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sábado, 4 de abril de 2026

Evangelio de la Noche - Vigilia Pascual


Libro del Exodo 14,15-31.15,1a.

Después el Señor dijo a Moisés: "¿Por qué me invocas con esos gritos? Ordena a los israelitas que reanuden la marcha.
Y tú, con el bastón en alto, extiende tu mano sobre el mar y divídelo en dos, para que puedan cruzarlo a pie.
Yo voy a endurecer el corazón de los egipcios, y ellos entrarán en el mar detrás de los israelitas. Así me cubriré de gloria a expensas del Faraón y de su ejército, de sus carros y de sus guerreros.
Los egipcios sabrán que soy el Señor, cuando yo me cubra de gloria a expensas del Faraón, de sus carros y de sus guerreros".
El Angel de Dios, que avanzaba al frente del campamento de Israel, retrocedió hasta colocarse detrás de ellos; y la columna de nube se desplazó también de delante hacia atrás,
interponiéndose entre el campamento egipcio y el de Israel. La nube era tenebrosa para unos, mientras que para los otros iluminaba la noche, de manera que en toda la noche no pudieron acercarse los unos a los otros.
Entonces Moisés extendió su mano sobre el mar, y el Señor hizo retroceder el mar con un fuerte viento del este, que sopló toda la noche y transformó el mar en tierra seca. Las aguas se abrieron,
y los israelitas entraron a pie en el cauce del mar, mientras las aguas formaban una muralla a derecha e izquierda.
Los egipcios los persiguieron, y toda la caballería del Faraón, sus carros y sus guerreros, entraron detrás de ellos en medio del mar.
Cuando estaba por despuntar el alba, el Señor observó las tropas egipcias desde la columna de fuego y de nube, y sembró la confusión entre ellos.
Además, frenó las ruedas de sus carros de guerra, haciendo que avanzaran con dificultad. Los egipcios exclamaron: "Huyamos de Israel, porque el Señor combate en favor de ellos contra Egipto".
El Señor dijo a Moisés: "Extiende tu mano sobre el mar, para que las aguas se vuelvan contra los egipcios, sus carros y sus guerreros".
Moisés extendió su mano sobre el mar y, al amanecer, el mar volvió a su cauce. Los egipcios ya habían emprendido la huida, pero se encontraron con las aguas, y el Señor los hundió en el mar.
Las aguas envolvieron totalmente a los carros y a los guerreros de todo el ejército del Faraón que habían entrado en medio del mar para perseguir a los israelitas. Ni uno solo se salvó.
Los israelitas, en cambio, fueron caminando por el cauce seco del mar, mientras las aguas formaban una muralla, a derecha e izquierda.
Aquel día, el Señor salvó a Israel de las manos de los egipcios. Israel vio los cadáveres de los egipcios que yacían a la orilla del mar,
y fue testigo de la hazaña que el Señor realizó contra Egipto. El pueblo temió al Señor, y creyó en él y en Moisés, su servidor.
Entonces Moisés y los israelitas entonaron este canto en honor del Señor:


Libro del Exodo 15,1b-2.3-4.5-6.17-18.

Cantaré al Señor, que se ha cubierto de gloria.

«Cantaré al Señor, que se ha cubierto de gloria:
él hundió en el mar los caballos y los carros.
El Señor es mi fuerza y mi protección,
él me salvó.
El es mi Dios y yo lo glorifico,
es el Dios de mi padre y yo proclamo su grandeza.

El Señor es un guerrero,
su nombre es "Señor".
El arrojó al mar los carros del Faraón y su ejército,
lo mejor de sus soldados se hundió en el Mar Rojo.

El abismo los cubrió,
cayeron como una piedra en lo profundo del mar.
Tu mano, Señor, resplandece por su fuerza,
tu mano, Señor, aniquila al enemigo.

Tú lo llevas y lo plantas en la montaña de tu herencia,
en el lugar que preparaste para tu morada,
en el Santuario, Señor, que fundaron tus manos.
¡El Señor reina eternamente!»


Carta de San Pablo a los Romanos 6,3-11.

Hermanos:
¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte?
Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva.
Porque si nos hemos identificado con Cristo por una muerte semejante a la suya, también nos identificaremos con él en la resurrección.
Comprendámoslo: nuestro hombre viejo ha sido crucificado con él, para que fuera destruido este cuerpo de pecado, y así dejáramos de ser esclavos del pecado.
Porque el que está muerto, no debe nada al pecado.
Pero si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él.
Sabemos que Cristo, después de resucitar, no muere más, porque la muerte ya no tiene poder sobre él.
Al morir, él murió al pecado, una vez por todas; y ahora que vive, vive para Dios.
Así también ustedes, considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.


Evangelio según San Mateo 28,1-10.

Pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a visitar el sepulcro.
De pronto, se produjo un gran temblor de tierra: el Angel del Señor bajó del cielo, hizo rodar la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella.
Su aspecto era como el de un relámpago y sus vestiduras eran blancas como la nieve.
Al verlo, los guardias temblaron de espanto y quedaron como muertos.
El Angel dijo a las mujeres: "No teman, yo sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado.
No está aquí, porque ha resucitado como lo había dicho. Vengan a ver el lugar donde estaba,
y vayan en seguida a decir a sus discípulos: 'Ha resucitado de entre los muertos, e irá antes que ustedes a Galilea: allí lo verán'. Esto es lo que tenía que decirles".
Las mujeres, atemorizadas pero llenas de alegría, se alejaron rápidamente del sepulcro y fueron a dar la noticia a los discípulos.
De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: "Alégrense". Ellas se acercaron y, abrazándole los pies, se postraron delante de él.
Y Jesús les dijo: "No teman; avisen a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán".

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.



Bulle

Una homilía griega del siglo 4º
Sobre la Pascua, §1 et 58s; PG 59, 743; SC 27 (inspirada en una homilía perdida de San Hipólito de Roma; trad. cf coll. Icthus, t. 10, p. 59s et SC, p. 117s)


Es el Señor quién lo ha hecho, ha sido un milagro patente (Sal. 117,23)

He aquí la hora en que aparece la luz bendita de Cristo; los rayos puros del Espíritu se levantan y el cielo abre los tesoros de la gloria divina. La noche vasta y oscura es engullida, las tinieblas espesas se dispersan, la sombra triste de la muerte se ahoga en la sombra. La vida estalla sobre el mundo; todo se llena de una luz infinita. La Aurora de las auroras sube sobre la tierra, y "el que existía antes que la estrella de la mañana" (Sal. 109,3), antes que los astros, inmortales e inmensos, Cristo, brilla por encima de todos los seres más que el sol. Para nosotros que creemos en él se instaura un día de luz, pleno, eterno, que nada apagará: es la Pascua mística, celebrada en prefiguración por la Ley, cumplida de verdad por Cristo, Pascua magnífica, la maravilla de la fuerza de Dios, obra de su poder, la fiesta verdadera, el memorial eterno: la liberación de todo sufrimiento nace de la Pasión, la inmortalidad nace de la muerte, la vida nace de la tumba, la curación nace de la herida, el levantamiento nace de la caída, la ascensión nace del descenso a los infiernos …
Son las mujeres las que primero lo vieron resucitado. Así como una mujer había introducido la primera el pecado en el mundo, de igual manera ella es portadora, la primera todavía, de la noticia de la vida. Por eso ellas escuchan estas palabras sagradas: "¡Mujeres, alegraos!" (Mt 28,9 griego,) con el fin de que la primera tristeza sea absorbida por la alegría de la resurrección… Vieron la maravilla, la naturaleza humana unida con la de Dios, y clamaron a su regreso: "¿Quién es este Rey de gloria?" Otros respondieron:"El Señor de los ejércitos, Él es el Rey de gloria, fuerte, valiente y poderoso en el combate" (Sal. 23,7s LXX).
(EDD)

Reflexión sobre el cuadro

Hoy es Sábado Santo, un día diferente a cualquier otro del año litúrgico. No hay Misa durante el día. Sólo hay una profunda quietud entre el dolor del Viernes Santo y la alegría que estallará esta noche en la Vigilia Pascual. La Iglesia espera en silencio ante el misterio de Cristo yaciendo en el sepulcro. El Evangelio que comparto hoy pertenece en realidad a esa vigilia de esta noche, cuando la luz de la Resurrección irrumpirá por fin en la oscuridad. Pero hasta que llegue ese momento, se nos invita simplemente a esperar.

Donde yo crecí, en Flandes, llamamos al Sábado Santo “Sábado de Silencio”. Siempre me ha gustado ese nombre. Capta perfectamente el ambiente de este día: un día de quietud, vacío y vigilante expectación. El altar permanece desnudo, el sagrario vacío, la Iglesia contiene la respiración. Parece que no va a pasar nada y, sin embargo, todo está a punto de suceder.

Nuestro cuadro es una de las obras de arte más impactantes del Sábado Santo. Holbein muestra a Cristo yaciendo solo en la tumba: rígido, sin vida, estirado sobre una estrecha losa de piedra. No hay ángeles, ni plañideras, ni signos de resurrección. Sólo el crudo silencio de la muerte. El realismo es casi estremecedor: El cuerpo de Cristo muestra las marcas del sufrimiento, recordándonos que realmente entró en las profundidades de la muerte humana. El cuadro capta exactamente el ambiente del Sábado Santo: el mundo contiene la respiración, esperando en la oscuridad el amanecer de la Pascua.

El novelista ruso Fiódor Dostoievski fue una de las personas que más se conmocionó con este cuadro. Cuando vio esta obra de arte durante una visita a Basilea en 1867, se sintió tan abrumado por ella que, al parecer, su mujer tuvo que apartarle del cuadro, temiendo que la intensidad del momento pudiera desencadenar uno de sus ataques epilépticos. Dostoievski escribió más tarde que “uno podría perder la fe ante un cuadro así”. Lo que le perturbaba tan profundamente era el brutal realismo de la imagen. Para Dostoievski, el cuadro enfrenta al espectador con una pregunta aterradora: si éste es realmente el Hijo de Dios yaciendo allí, sometido a toda la fuerza de la muerte y la decadencia, entonces ¿dónde está la victoria de Dios? Esta lucha fascinaba a Dostoievski porque tocaba el corazón mismo de sus propias preocupaciones espirituales. En su novela El idiota, escribe sobre este cuadro.

by Padre Patrick van der Vorst

Oración 

María, Madre de los Dolores,
mujer del sábado
que, en silencio, desgarrada por el dolor,
has seguido a tu Hijo Jesús
hasta la Cruz,
permanece junto a nosotros,
que hemos sido hechos hijos tuyos por tu Hijo.
Guárdanos y defiéndenos
bajo tu manto,
mientras esperamos el nuevo día,
el día de la resurrección de tu Hijo.
María, Madre Dolorosa,
mujer del sábado,
ayúdanos a vivir este tiempo
de cruz y silencio.
Del mismo modo en que tú, Virgen Madre,
permaneciste de pie bajo la cruz de tu Hijo,
y supiste custodiar en la espera
a los discípulos de tu Hijo Jesús,
ayúdanos hoy así también a nosotros
a vivir a la espera de un tiempo bueno,
aprendiendo a no desperdiciar
esta experiencia de pasión.
María, Madre de los Dolores, Mujer del Sábado,
Cuídanos y defiéndenos,
ruega por nosotros ahora y siempre. Amén.

(Oración de A.V.)

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