LEÓN XIV
AUDIENCIA GENERAL
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Catequesis - Los documentos
del Concilio Vaticano II. IV. Constitución
pastoral Gaudium et spes (GS 12-22) 4. El sentido de la actividad
humana en el universo (GS, 33-39)
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Continuando nuestro recorrido por la Constitución
pastoral Gaudium et Spes del Concilio
Ecuménico Vaticano II, llegamos al tercer capítulo de la primera parte, que
tiene un título atractivo: «La actividad humana en el mundo». La pregunta de
fondo es esta: ¿cuál es el valor de la actividad humana en el mundo, y, por lo
tanto, del progreso técnico, social y científico? Podemos recordar que, menos
de cuatro años después de la clausura del Concilio, en la noche entre el 20 y
el 21 de julio de 1969, el hombre pisó la Luna por primera vez.
Creado a imagen y semejanza de Dios, el ser humano es agente
del progreso. Mediante la libertad y la inteligencia aumenta sus propios
conocimientos, logrando así que toda la sociedad progrese. Esto se aprecia
fácilmente al considerar la mejora en las condiciones de vida a lo largo de las
sucesivas generaciones. En efecto, dice el Documento, un «gran número de bienes
que antes el hombre esperaba alcanzar sobre todo de las fuerzas superiores, hoy
los obtiene por sí mismo» (n. 33).
Por este motivo, algunos pensadores han presentado el
progreso técnico-científico como algo que debilita la relación del hombre con
Dios hasta el punto de hacerla parecer superflua o, incluso, como algo
contrario a la fe cristiana. Y esta lectura ha provocado, respecto a las épocas
precedentes, un cambio en la mirada del hombre contemporáneo sobre el mundo. Un
prejuicio de este tipo prevalece, principalmente, en esa parte de la cultura
occidental que ha perdido su vínculo con la Revelación cristiana. En los
humanismos postcristianos, el ser humano y Dios son presentados erróneamente
como rivales: para afirmar sus conocimientos, su libertad y su progreso, el
hombre debería emanciparse de Dios. Sin embargo, al negar la relación con Dios,
al final se pierde también la posibilidad de afirmar el valor trascendente de
la persona humana. Es el “drama del humanismo ateo”, bien descrito por un
importante teólogo del Concilio Vaticano II, Henri de Lubac. [1]
El Concilio
desea proporcionar una respuesta clara. Afirma la Gaudium
et spes: «Una cosa hay cierta para los creyentes: la actividad humana
individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el
hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida,
considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios» (n. 34). Es más,
prosigue la Constitución, «los cristianos, lejos de pensar que las conquistas
logradas por el hombre se oponen al poder de Dios y que la criatura racional
pretende rivalizar con el Creador, están, por el contrario, persuadidos de que
las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su
inefable designio» (ibid.). En resumen, Dios ha puesto en las manos del hombre
y de la mujer una creación todavía in statu viae -es decir, en camino,
en crecimiento- para que ellos la conduzcan a buen término por medio de su
sabia actividad [2].
Se encuentra aquí una importante referencia al misterio de
la Encarnación. La humanidad -y, con ella, el trabajo, el progreso y la
autonomía de las realidades creadas- no queda absorbida o anulada por el
encuentro con Dios, sino más bien asumida en su totalidad; y sigue siendo, en
Cristo, libre y operosa: efectivamente, en Él encuentra la verdad y la libertad
plenas. Asimismo, en la celebración eucarística, el fruto del trabajo humano,
representado por el pan y el vino, se coloca cada día sobre el altar para ser
transformado en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
Desde esta perspectiva surge una verdad importante: para
encontrar a Dios, el ser humano no debe abandonar las ocupaciones terrenas,
sino que puede vivir plenamente su propia vocación haciendo bien su trabajo
cotidiano y santificándolo [3]. Los cristianos participan, como todos,
en la edificación de la ciudad de los hombres, con la mirada puesta en el fin
de todas las cosas y en el encuentro con Dios, y recordando este fin último a
aquellos con quienes comparten la aventura del progreso, la ciencia y la vida.
Ciertamente, es preciso distinguir bien el progreso temporal
del crecimiento del reino de Cristo; sin embargo, el Concilio afirma que tal
progreso, «en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana,
interesa en gran medida al reino de Dios. […] Todos los frutos excelentes de la
naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra
en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos
limpios de toda mancha, iluminados y trasfigurados» (n. 39).
Finalmente, recordemos que, para constituir auténtico
progreso humano -es decir, de todo el hombre y de todos los hombres-, el
progreso técnico y científico debe estar animado y orientado por la caridad.
Solo así se podrá utilizar siempre para defender la dignidad del hombre y
promover las condiciones de vida de todos, especialmente de los más
desfavorecidos.
Queridos hermanos y hermanas, el Concilio
Vaticano II nos invita a compartir el pan del saber y del saber-hacer, para
que todos los hombres y todos los pueblos puedan desarrollar sus
potencialidades, de forma que podamos construir juntos, con la ayuda de Dios,
un futuro mejor.
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[1] Cfr. H. de Lubac, Le drame de l’humanisme
athée (1944), tr. it. Brescia 2013.
[2] Cfr. Catecismo de la Iglesia
Católica, n. 302, 306, 307.
[3] Cfr. S. Juan Pablo II,
Homilia
para la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer (6 de octubre de 2002).
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Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. En
la Eucaristía ofrecemos los frutos de la tierra y del trabajo humano para que
se conviertan en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo. Unamos también nuestra
vida y nuestras tareas al sacrificio eucarístico, para que el Señor las
transforme en una ofrenda viva, santa y agradable a Él. Que Dios los bendiga.
Muchas gracias.
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. En
la Eucaristía ofrecemos los frutos de la tierra y del trabajo humano para que
se conviertan en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo. Unamos también nuestra
vida y nuestras tareas al sacrificio eucarístico, para que el Señor las
transforme en una ofrenda viva, santa y agradable a Él. Que Dios los bendiga.
Muchas gracias.
Llamamiento
El próximo domingo, 27 de septiembre, se celebra la Jornada
Mundial del Migrante y del Refugiado. Mi pensamiento va a los migrantes y los
refugiados, especialmente a los menores que se ven obligados a abandonar su
tierra. Los niños y los adolescentes son los más vulnerables. A menudo viven
sufrimientos indescriptibles, violencia, torturas, explotación y situaciones
traumáticas, y no es raro que pierdan la vida a lo largo de las rutas
migratorias. Hago un llamamiento a la responsabilidad de todos: que cada uno se
sienta implicado en la vida de estos jóvenes, que siempre deben ser tutelados y
asistidos.
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Resumen leído en español por el Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas:
En esta catequesis reflexionamos sobre el tercer capítulo de
la Constitución
pastoral Gaudium et spes, dedicado a la actividad humana en el
mundo. El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, gracias a su libertad e
inteligencia es capaz de conocer, de progresar y de mejorar las condiciones de
vida de la sociedad.
Algunos pensadores, sin embargo, comenzaron a afirmar
erróneamente que la humanidad, para demostrar sus conocimientos, su libertad y
su progreso, debería emanciparse de Dios. El Concilio
Vaticano II, en cambio, haciendo referencia al misterio de la Encarnación,
asevera que los hombres, así como las obras de sus manos, no son anulados en el
encuentro con Dios, sino que en Él encuentran su plena verdad y libertad.
Otra consecuencia de esta perspectiva es que el ser humano
no debe abandonar las ocupaciones terrenas, sino que está llamado a vivir su
vocación realizando bien su trabajo cotidiano y hallando en él un camino de
santificación.
(vatican.va)



