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viernes, 27 de febrero de 2026

Evangelio del día - sábado semana 1 de cuaresma


 

Libro de Ezequiel 18,21-28.

Así habla el Señor Dios:
Si el malvado se convierte de todos los pecados que ha cometido, observa todos mis preceptos y practica el derecho y la justicia, seguramente vivirá, y no morirá.
Ninguna de las ofensas que haya cometido le será recordada: a causa de la justicia que ha practicado, vivirá.
¿Acaso deseo yo la muerte del pecador -oráculo del Señor- y no que se convierta de su mala conducta y viva?
Pero si el justo se aparta de su justicia y comete el mal, imitando todas las abominaciones que comete el malvado, ¿acaso vivirá? Ninguna de las obras justas que haya hecho será recordada: a causa de la infidelidad y del pecado que ha cometido, morirá.
Ustedes dirán: "El proceder del Señor no es correcto". Escucha, casa de Israel: ¿Acaso no es el proceder de ustedes, y no el mío, el que no es correcto?
Cuando el justo se aparta de su justicia, comete el mal y muere, muere por el mal que ha cometido.
Y cuando el malvado se aparta del mal que ha cometido, para practicar el derecho y la justicia, él mismo preserva su vida.
El ha abierto los ojos y se ha convertido de todas las ofensas que había cometido: por eso, seguramente vivirá, y no morirá.


Salmo 130(129),1-8.

Si tienes en cuenta las culpas, Señor, ¿quién podrá subsistir?

Desde lo más profundo te invoco, Señor.
¡Señor, oye mi voz!
Estén tus oídos atentos
al clamor de mi plegaria.

Si tienes en cuenta las culpas, Señor,
¿quién podrá subsistir?
Pero en ti se encuentra el perdón,
para que seas temido.

Mi alma espera en el Señor,
y yo confío en su palabra.
Mi alma espera al Señor,
más que el centinela la aurora.

Como el centinela espera la aurora
Espere Israel al Señor,
porque en él se encuentra la misericordia
y la redención en abundancia:
Él redimirá a Israel
de todos sus pecados.


Evangelio según San Mateo 5,20-26.

Jesús dijo a sus discípulos:
Les aseguro que si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos.
Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: No matarás, y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal.
Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquel que lo insulta, merece ser castigado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, merece la Gehena de fuego.
Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti,
deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Trata de llegar en seguida a un acuerdo con tu adversario, mientras vas caminando con él, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al guardia, y te pongan preso.
Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.



Bulle

San Fulgencio de Ruspe (467-532)
obispo en África del Norte
Contra Fabien, 28 (Lectures chrétiennes pour notre temps, Abbaye d'Orval,1971), trad. sc©evangelizo.org


¡Pidamos la caridad del Señor al Espíritu Santo!

Si sabes en qué consiste la ofrenda del sacrificio, comprenderás por qué imploramos la venida del Espíritu Santo.
Según el testimonio del apóstol Pablo, la ofrenda es hecha para que la muerte del Señor sea anunciada y reavive la memoria del que ha dado la vida por nosotros. Él Señor había dicho “No hay más grande amor que dar la vida por los amigos” (Jn 15,13). Ya que Cristo murió por nosotros por amor, que el amor nos sea dado con la venida del Espíritu Santo, cuando en la ofrenda hacemos memoria de su muerte. Suplicando, pedimos recibir el mismo amor que ha llevado a Cristo a dejarse crucificar por nosotros. Habiendo nosotros recibido la gracia del Espíritu Santo, que imitando a nuestro Señor podamos ser crucificados a lo mundano, para caminar en una vida nueva.
Así, los fieles que aman a Dios y al prójimo, mismo si no beben el cáliz de una pasión corporal, beben el cáliz de la caridad del Señor. Bebemos el cáliz del Señor cuando guardamos su santa caridad. Sin ella, ni siquiera sirve de nada librar el cuerpo a las llamas (cf. 1 Cor 13,3). El don de la caridad nos confiere ser en verdad lo que celebramos místicamente en la ofrenda. (…) Por eso, pedimos que el Espíritu Santo venga a darnos la caridad.
(EDD)

Reflexión sobre el dibujo de antiguos maestros

En el Evangelio de hoy, Jesús habla de la virtud, pero no de la virtud superficial. Pide algo más profundo que el 'cumplimiento de las normas', algo más profundo que el mero cumplimiento externo. Mira a la raíz de las cosas. La Ley de Moisés había trazado cuidadosamente cómo debían vivir y relacionarse las personas, y era un don precioso. Pero Jesús no se detiene en el comportamiento. Va más allá, a los lugares ocultos del corazón. Pide una santidad radical. Esa palabra viene del latín 'radix', que significa “raíz”. Cristo desea una virtud arraigada no en el miedo al castigo o a las expectativas sociales, sino en un corazón radicalmente transformado por la gracia.

Jesús lo ilustra con un buen ejemplo. Toma uno de los Diez Mandamientos, el que prohíbe el asesinato. Dice que, por supuesto, el asesinato está mal, pero ¿qué lleva a alguien a asesinar? La ira. Jesús siempre quiere ir a la raíz de las cosas, y en este caso es la ira la que lleva a alguien a cometer actos de extrema violencia. Él siempre busca las causas más profundas de las cosas. ¿Qué hay debajo? ¿Cuál es la raíz de cómo nos sentimos o nos comportamos a veces? Mucho antes de que se cobre una vida, algo ya ha ido mal dentro del alma. El primer acto de violencia en las Escrituras, Caín levantándose contra Abel, no comenzó con un arma, sino con resentimiento y orgullo herido. El resentimiento estaba en la raíz de las cosas.

Nuestro dibujo de 1819, obra de Johann Christian Reinhart, ilustra las raíces de un árbol. Las raíces que vemos son sólo las de la superficie, pero, por supuesto, las verdaderas raíces están debajo, bajo la superficie. Es ahí, sin que nadie lo vea y en silencio, donde el árbol extrae su savia, su fuerza, su vida. Las raíces son las que sostienen el conjunto. Lo mismo ocurre con nosotros. Lo que se ve en nuestras acciones es sólo la superficie; la verdadera historia está debajo: en las raíces ocultas de nuestros pensamientos, deseos e intenciones. Si esas raíces se nutren de la gracia, de la oración y de la Palabra de Dios, todo el árbol de nuestra vida dará buenos frutos. Eso es lo que Jesús quiere decir cuando nos llama a ser radicales: a tener nuestro 'radix', nuestras raíces profundamente en Él.

by Padre Patrick van der Vorst

Oración

"Señor, aquí estoy, reconociendo mi necesidad de Ti. Te pido que envíes tu Santo Espíritu para iluminar mi corazón y mi ser. Aleja de mí el egoísmo, el orgullo y el rencor, y enciende en mí el fuego de tu amor. Cambia, Señor, mi corazón de piedra en un corazón de carne, sensible a tu voz y al servicio a mis hermanos. Concédeme la gracia de una conversión constante y auténtica, para vivir siempre en tu presencia y reflejar tu inmensa misericordia. Amén".


jueves, 26 de febrero de 2026

Evangelio del día - Jueves de Cuaresma semana 1


Libro de Ester 4,1.3-5.12-14.

En aquellos días, la reina Ester, temiendo el peligro inminente,
acudió al Señor y rezó así al Señor, Dios de Israel: "Señor mío, único rey nuestro. Protégeme, que estoy sola y no tengo otro defensor fuera de ti,
pues yo misma me he expuesto al peligro.
Desde mi infancia oí, en el seno de mi familia, cómo tú, Señor, escogiste a Israel entre las naciones, a nuestros padres entre todos sus antepasados, para ser tu heredad perpetua; y les cumpliste lo que habías prometido.
Atiende, Señor, muéstrate a nosotros en la tribulación, y dame valor, Señor, rey de los dioses y señor de poderosos.
Pon en mi boca un discurso acertado cuando tenga que hablar al león; haz que cambie y aborrezca a nuestro enemigo, para que perezca con todos sus cómplices.
«¡Señor mío, nuestro Rey, tú eres el Unico! Ven a socorrerme, porque estoy sola, no tengo otra ayuda fuera de ti

Libro de Ester 

Salmo 138(137),1-2a.2bc-3.7c-8.

¡Me respondiste cada vez que te invoqué, Señor!

Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
te cantaré en presencia de los ángeles.
Me postraré ante tu santo Templo.

y daré gracias a tu Nombre
por tu amor y tu fidelidad.
Me respondiste cada vez que te invoqué
y aumentaste la fuerza de mi alma.

y tu derecha me salva.
El Señor lo hará todo por mí.
Tu amor es eterno, Señor,
¡no abandones la obra de tus manos!


Evangelio según San Mateo 7,7-12.

Jesús dijo a sus discípulos:
Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá.
Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá.
¿Quién de ustedes, cuando su hijo le pide pan, le da una piedra?
¿O si le pide un pez, le da una serpiente?
Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará cosas buenas a aquellos que se las pidan!
Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas.


Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

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Bulle

Tertuliano (c. 155-c. 220)
teólogo
Sobre la oración, 28-29 (Lectures chrétiennes pour notre temps, Abbaye d'Orval, 1970), trad. sc©evangelizo.org


Dios nada rechaza a la oración que sube hacia él

“La hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores, adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (Jn 4,23), dijo Jesús. Somos verdaderos adoradores, verdaderos sacerdotes, cuando rezamos en espíritu y así llevamos a Dios, en ofrenda, nuestra oración. Ella le es reservada y le es agradable, él la ha pedido y preparado. Esta oración, es ofrecida del fondo del corazón, alimentada con la fe, elevada en la verdad, intacta e inocente, íntegra y pura, coronada por el amor. Debemos llevarla al altar de Dios con un cortejo de buenas acciones, entre salmos e himnos, y ella nos obtendrá todo de parte de Dios.
Dios nada rechaza a la oración que sube a él en espíritu y verdad, ya que él mismo la ha pedido. ¡Leemos, escuchamos y creemos en tantos testimonios de su eficacia! Ya la antigua oración libraba del fuego, de la bestia del hambre, aunque aún no había recibido su forma de Cristo. ¡Cuánto debe ser mayor la eficacidad de la oración cristiana! Quizás no envía un ángel para apagar el fuego, no cierra las fauces del león, no lleva alimento a los que tienen hambre, no suprime las pasiones por un don de la gracia. Pero enseña la paciencia a los que prueban un dolor y les da la fe que hace comprender, a los que sufren con paciencia por el nombre de Dios, lo que el Señor les reserva (…)
Toda criatura de algún modo pide. Los animales domésticos y las bestias salvajes piden y doblan las rodillas. Saliendo de sus establos o de sus cuevas hacen vibrar el aire con sus gritos. Mismo los pájaros que vuelan en el cielo extienden sus alas como una cruz y cantan como si fuera una oración.
¿Qué más decir en homenaje a la oración ? El Señor ha rezado, a él honor y poder por los siglos de los siglos.
(EDD)



miércoles, 25 de febrero de 2026

Reconciliación: ¿con qué frecuencia debería confesarme?

confesión, reconciliación, penitencia

Un sacramento importante en la vida del cristiano es la Reconciliación, por eso, surge la inevitable pregunta personal: ¿cada qué tiempo debo confesarme?  

La Iglesia ha puesto dentro de sus cinco mandamientos que el cristiano debe recibir el sacramento de la Reconciliación por lo menos una vez al año:

"El segundo mandamiento ("confesar los pecados al menos una vez al año") asegura la preparación a la Eucaristía mediante la recepción del sacramento de la Reconciliación, que continúa la obra de conversión y de perdón del Bautismo (cf CIC can. 989; CCEO can. 719)". (CEC 2042)

San Juan Pablo II escribió en su exhortación apostólica Reconciliación y Penitencia que "Para un cristiano el sacramento de la penitencia es el único modo ordinario de obtener el perdón de sus pecados graves cometidos después del bautismo".

Reconciliación y conversión

San Juan Pablo II menciona que para que la reconciliación sea plena, necesariamente se exige la liberación del pecado, "que ha de ser rechazado en sus raíces más profundas".

Por eso, existe una estrecha conexión interna que une a la "conversión y reconciliación". Así mismo, el cristiano debe reconocer que requiere hacer un examen de conciencia minucioso para cumplir con estas condiciones espirituales.

Aquí es en donde entramos al tema de la frecuencia con la que deberíamos confesarnos.

La confesión frecuente

El mandamiento indica "una vez al año" como mínimo. Esta premisa supone que no existe conciencia de pecado mortal. En caso contrario, si se ha cometido una falta grave es indispensable y urgente la confesión sacramental.

Ahora bien, la Reconciliación incrementa la gracia santificante, por lo que es muy recomendable acudir a la confesión por lo menos cada tres meses para ir venciendo los pecados veniales y fortalecer el espíritu contra las tentaciones.

Pero si alguien desea mayores beneficios, podría confesarse cada mes. Quizá nos motive recordar que el papa Francisco, que de Dios goce, se confesaba cada quince días.

Sin embargo, lo más importante es que cada quien haga una evaluación de sus necesidades espirituales y tal vez consultar con algún sacerdote para elegir lo que más convenga, porque dependerá incluso de su carácter, estilo de vida, trabajo, por mencionar algunas variables.

Mónica Muñoz, Aleteia

Vea también    La Confesión: Reconciliación
con Dios y con los demás