Entradas populares

viernes, 3 de abril de 2026

Antonio Banderas sobre el significado de la Semana Santa

Para el actor de Hollywood, Antonio Banderas, la Semana Santa no es nostalgia, sino identidad, algo que se vive y a lo que se vuelve. Aquí narra su testimonio

Hay algo discretamente cautivador —e inspirador— en ver a Antonio Banderas alejarse del mundo que lo hizo famoso. Durante la mayor parte del año, su vida transcurre entre platós de cine, estrenos y el reconocimiento internacional. Y, sin embargo, cuando comienza la Semana Santa, regresa a Málaga, España. La estrella de Hollywood no vuelve por las apariencias ni por el espectáculo. Vuelve para ocupar su lugar, allí donde pertenece.

Desde hace más de 20 años, Banderas forma parte de la cofradía de María Santísima de Lágrimas y Favores, recorriendo en procesión las calles de su ciudad natal. Es un compromiso que se ha mantenido firme a pesar de la distancia que ha creado su carrera. Y cuando habla de ello, algo cambia. El lenguaje se vuelve más sencillo, más arraigado, casi instintivo.

"Más que la cofradía, me conecta con mi tierra, mis raíces, mi identidad", explicó recientemente en una entrevista con La Vanguardia. Es una frase sencilla, pero tiene peso. Especialmente viniendo de alguien cuya vida podría haberse alejado fácilmente de todo eso.

La Semana Santa de Málaga no es solo un evento. Es una de las expresiones más importantes de fe y cultura en España, donde comunidades enteras se reúnen para acompañar las procesiones que relatan la Pasión de Cristo. Las imágenes que se llevan por las calles no son solo objetos de devoción; forman parte de una tradición viva, forjada por siglos de fe, memoria y experiencia compartida.

La Semana Santa en España y otros países

Malaga Holy Week Spain

Las celebraciones de la Semana Santa en los países de tradición católica están vinculadas a las liturgias, pero también rinden homenaje a momentos y personajes concretos, especialmente a la Virgen María. Por ejemplo, puede haber una procesión centrada en los instrumentos de la Pasión: los clavos, la corona de espinas y el pilar donde Cristo fue azotado.

Hay procesiones para acompañar al Cristo muerto (representado con una estatua) de una iglesia a otra, tal y como su cuerpo habría sido llevado al sepulcro a última hora de la tarde del Viernes Santo. Otras procesiones pueden representar el encuentro entre Jesús y María, representados en dos estatuas que avanzan una hacia la otra hasta encontrarse.

Las procesiones van acompañadas de música conmovedora o del ritmo de los tambores, y generalmente de velas. Quienes llevan las estatuas (a menudo extremadamente pesadas) consideran su participación tanto un honor como una expresión espiritual.

Uno de los elementos más característicos y notables de las procesiones es la vestimenta que llevan quienes participan en ellas. Dependiendo de la devoción, las mujeres pueden ir vestidas de negro, con un velo de encaje que cubre la cabeza, una mantilla. Otras veces, la vestimenta refleja la penitencia, y los rostros de los participantes quedan cubiertos con capuchas largas y puntiagudas (en Estados Unidos, a menudo asociadas con el KKK, que las copió).

Una Semana Santa en familia

Lo que da profundidad a esta tradición no es solo su belleza, sino su continuidad. Los mismos gestos se repiten año tras año, no por costumbre, sino por fidelidad. Las familias regresan. Los niños observan y luego participan. Lo que comienza como algo externo se convierte poco a poco en algo interior.

El propio Banderas ha reflexionado sobre esta silenciosa transmisión entre generaciones. En declaraciones a la televisión española, señaló que "los chicos que están aquí ahora son los hijos, incluso los nietos, de los que estuvieron aquí antes". Y hay algo profundamente reconfortante en esa imagen. La fe, no como un concepto que hay que explicar, sino como algo que pasa, casi sin que se note, de una vida a otra.

También ha descrito la Semana Santa en términos más personales, reflexionando en una cobertura anterior de La Vanguardia que podría traducirse aproximadamente así: "La Semana Santa es una metáfora de la vida… hay momentos de dolor y momentos de gracia". No es una afirmación dramática, sino veraz. La vida rara vez separa ambos.

Lo que se desprende de todo esto no es una gran declaración de fe, sino algo más discreto. Una fidelidad. Un retorno. Ese tipo de fe que no siempre se proclama en voz alta, sino que se vive a través de hábitos que perduran. Quizá por eso su presencia tiene tanto impacto. No porque un actor de Hollywood se una a una procesión, sino porque vuelve a ella sin alterarla. No se mantiene al margen. Se integra en ella, plenamente.

En una cultura que a menudo fomenta la reinvención, hay algo profundamente reconfortante en ese tipo de constancia. Sugiere que la identidad no es algo que dejamos atrás a medida que la vida se expande, sino algo que llevamos con nosotros y, cuando es necesario, a lo que volvemos.

Y a veces, ese regreso se parece a caminar lentamente por calles familiares, llevando contigo no solo recuerdos, sino también significado.

Cerith Gardiner, Aleteia

Vea también     Misterio Pascual, eneñanza amplia del Papa Paulo VI



Lope de Vega, Quevedo, Góngora… Los 10 mejores sonetos para meditar sobre la Pasión de Cristo

Al pie de la Cruz, la emoción y la reflexión se conjuntan, y también se expresan como arte

Al pie de la Cruz, la emoción y la reflexión se conjuntan, y también se expresan como arte


    La Semana Santa siempre ha sido un tiempo de celebración y devoción para los fieles y también de inspiración para los artistas.

    Los motivos de la Pasión y la Resurrección del Señor han dado lugar a innumerables obras de incalculable valor en todos los campos: escultura, pintura, música, cine (a partir del siglo XX)… Y también, por supuesto, en la literatura.

    Uno de los géneros de la literatura es la poesía y una de las formas de la poesía es el soneto (del italiano sonetto, cancioncilla).

    Esta compilación es sólo y exclusivamente de sonetos que tienen como motivo –total o parcialmente- una escena de la Pasión. Todos los seleccionados corresponden a autores de los siglos de oro de la literatura española (XVI y XVII).

    Si Lope de Vega y Quevedo se llevan la palma con cuatro poemas cada uno, es porque son los que más se prodigaron en esta suerte.

    Sonetos de la Pasión

    1.

    Pastor que con tus silbos amorosos

    me despertaste del profundo sueño,

    Tú que hiciste cayado de ese leño,

    en que tiendes los brazos poderosos,

    vuelve los ojos a mi fe piadosos,

    pues te confieso por mi amor y dueño,

    y la palabra de seguirte empeño,

    tus dulces silbos y tus pies hermosos.

    Oye, pastor, pues por amores mueres,

    no te espante el rigor de mis pecados,

    pues tan amigo de rendidos eres.

    Espera, pues, y escucha mis cuidados,

    pero ¿cómo te digo que me esperes,

    si estás para esperar los pies clavados?

    Lope de Vega

    2. En la muerte de Cristo, contra la dureza del corazón del hombre

    Pues hoy derrama noche el sentimiento

    por todo el cerco de la lumbre pura,

    y amortecido el sol en sombra oscura,

    da lágrimas al fuego, y voz al viento;

    pues de la muerte el negro encerramiento

    descubre con temblor la sepultura,

    y el monte, que embaraza la llanura

    del mar cercano, se divide atento,

    de piedra es hombre duro, de diamante

    tu corazón, pues muerte tan severa

    no anega con tus ojos tu semblante.

    Mas no es de piedra, no; que si lo fuera,

    de lástima de ver a Dios amante,

    entre las otras piedras se rompiera.

    Francisco de Quevedo

    El Cristo crucificado de Velázquez

    3. Soneto a Cristo crucificado

    No me mueve, mi Dios, para quererte

    el cielo que me tienes prometido,

    ni me mueve el infierno tan temido

    para dejar por eso de ofenderte.

    Tú me mueves, Señor, muéveme el verte

    clavado en una cruz y escarnecido,

    muéveme ver tu cuerpo tan herido,

    muévenme tus afrentas y tu muerte.

    Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,

    que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

    y aunque no hubiera infierno, te temiera.

    No me tienes que dar porque te quiera,

    pues aunque lo que espero no esperara,

    lo mismo que te quiero te quisiera.

    Anónimo

    4. Sobre estas palabras que dijo Jesucristo en la Cruz: “Mulier, ecce filius tuus: ecce Mater tua” (Ioan, 19)

    Mujer llama a su Madre cuando expira,

    porque el nombre de madre regalado

    no la añada un puñal, viendo clavado

    a su Hijo, y de Dios, por quien suspira.

    Crucificado en sus tormentos, mira

    su Primo, a quien llamó siempre «el Amado»,

    y el nombre de su Madre, que ha guardado,

    se le dice con voz que el Cielo admira.

    Eva, siendo mujer que no había sido

    madre, su muerte ocasionó en pecado,

    y en el árbol el leño a que está asido.

    Y porque la mujer ha restaurado

    lo que sólo mujer había perdido,

    mujer la llama, y Madre la ha prestado.

    Francisco de Quevedo

    5. Fuerza de lágrimas

    Con ánimo de hablarle en confianza

    de su piedad entré en el templo un día,

    donde Cristo en la cruz resplandecía

    con el perdón que quien le mira alcanza.

    Y aunque la fe, el amor y la esperanza

    a la lengua pusieron osadía,

    acordéme que fue por culpa mía,

    y quisiera de mí tomar venganza.

    Ya me volvía sin decirle nada,

    y como vi la llaga del costado,

    paróse el alma en lágrimas bañada:

    Hablé, lloré y entré por aquel lado,

    porque no tiene Dios puerta cerrada

    al corazón contrito y humillado.

    Lope de Vega

    Detalle de los pies en el Cristo crucificado de Velázquez

    6. A Cristo en la Cruz

    Pender de un leño, traspasado el pecho

    y de espinas clavadas ambas sienes;

    dar tus mortales penas en rehenes

    de nuestra gloria, bien fue heroico hecho.

    Pero más fue nacer en tanto estrecho

    donde, para mostrar en nuestros bienes

    a dónde bajas y de dónde vienes,

    no quiere un portadillo tener techo.

    No fue esta más hazaña, ¡oh gran Dios mío!,

    del tiempo, por haber la helada ofensa

    vencido en flaca edad, con pecho fuerte

    —que más fue sudar sangre que haber frío—,

    sino porque hay distancia más inmensa

    de Dios a hombre que de hombre a muerte.

    Luis de Góngora

    7.

    ¡Cuántas veces, Señor, me habéis llamado,

    y cuántas con vergüenza he respondido,

    desnudo como Adán, aunque vestido

    de las hojas del árbol del pecado!

    Seguí mil veces vuestro pie sagrado,

    fácil de asir, en una cruz asido,

    y atrás volví otras tantas, atrevido,

    al mismo precio en que me habéis comprado.

    Besos de paz os di para ofenderos,

    pero si fugitivos de su dueño

    hierran cuando los hallan los esclavos,

    hoy que vuelvo con lágrimas a veros,

    clavadme vos a vos en vuestro leño,

    y tendréisme seguro con tres clavos.

    Lope de Vega

    Cristo después de la flagelación, de Murillo

    8. Al buen ladrón, sobre las palabras: “Memento mei” et “Hodie mecum eris in Paradiso”, acordando lo que dice: “Non rapinam arbitratus”

    ¡Oh vista de ladrón bien desvelado,

    pues estando en castigo tan severo

    vio reino en el suplicio y el madero,

    y rey en cuerpo herido y justiciado!

    Pide que dél se acuerde el coronado

    de espinas, luego que Pastor Cordero

    entre en su reino, y deja el compañero

    por seguir al que robo no ha pensado.

    A su memoria se llegó, que infiere

    con Dios su valimiento, porque vía

    que por ella perdona a quien le hiere.

    Sólo que dél se acuerde le pedía

    cuando en su reino celestial se viere,

    y ofreciósele Cristo el mismo día.

    Francisco de Quevedo

    9.

    Muere la vida, y vivo yo sin vida,

    ofendiendo la vida de mi muerte,

    sangre divina de las venas vierte,

    y mi diamante su dureza olvida.

    Está la majestad de Dios tendida

    en una dura cruz, y yo de suerte

    que soy de sus dolores el más fuerte,

    y de su cuerpo la mayor herida.

    ¡Oh duro corazón de mármol frío!,

    ¿tiene tu Dios abierto el lado izquierdo,

    y no te vuelves un copioso río?

    Morir por él será divino acuerdo,

    mas eres tú mi vida, Cristo mío,

    y como no la tengo, no la pierdo.

    Lope de Vega

    Agnus Dei de Zurbarán

    10. Refiere cuán diferentes fueron las acciones de Cristo Nuestro Señor y de Adán

    Adán en Paraíso, Vos en huerto;

    él puesto en honra, Vos en agonía;

    él duerme, y vela mal su compañía;

    la vuestra duerme, Vos oráis despierto.

    Él cometió el primero desconcierto,

    Vos concertastes nuestro primer día;

    cáliz bebéis, que vuestro Padre envía;

    él come inobediencia, y vive muerto.

    El sudor de su rostro le sustenta;

    el del vuestro mantiene nuestra gloria:

    suya la culpa fue, vuestra la afrenta.

    Él dejó horror, y Vos dejáis memoria;

    aquél fue engaño ciego, y ésta venta.

    ¡Cuán diferente nos dejáis la historia!

    Francisco de Quevedo

    F. Delgado-Iribarren, ReL

    Vea también    Valor redentor de la Pasión de Cristo - S. Juan Pablo II