El obispo Erik Varden habla de una nueva primavera para la Iglesia en Noruega, donde crece la búsqueda de Dios y conviven católicos de 130 países.

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En un país de tradición protestante y marcado por la secularización, la Iglesia católica está experimentando lo que algunos consideran un inesperado despertar espiritual. Así lo asegura Erik Varden, obispo de Trondheim y monje cisterciense, que habla abiertamente de una nueva primavera para el catolicismo noruego.
«Estamos viviendo un tiempo de primavera», afirma el prelado en una entrevista concedida a Aleteia, realizada por la periodista Mathilde de Robien. Una conversación en la que aborda su conversión, el crecimiento de la comunidad católica y la importancia de recuperar la vida interior en una sociedad dominada por el ruido y la exposición pública.

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«Estamos presenciando verdaderamente la gracia en acción»
Varden no oculta su entusiasmo ante lo que está sucediendo en Noruega. «En este momento hay muchas gracias, muchos desafíos y también muchas responsabilidades. Estamos presenciando verdaderamente la gracia en acción», explica.
Según el obispo, cada vez encuentra más personas que buscan sinceramente respuestas a las grandes preguntas de la existencia.
«Muchas personas buscan con diligencia, fervor y sinceridad la verdad, la comunión y la vida verdadera», señala.
Durante siglos, el catolicismo permaneció prácticamente ausente de la vida pública noruega. Tras la Reforma protestante, su presencia fue muy limitada y no comenzó a recuperarse hasta el siglo XIX.
Sin embargo, Varden considera que la situación ha cambiado profundamente.
«El catolicismo, que durante mucho tiempo permaneció muy marginal en la estructura de la sociedad, ya no es tan marginal», sostiene.
Para el obispo, la Iglesia debe asumir ahora una responsabilidad mayor en la sociedad, contribuyendo a orientarla y sostenerla desde la fe.
Una Iglesia con católicos de 130 países
Una de las características más llamativas del catolicismo noruego es su extraordinaria diversidad.
«En Trondheim tenemos católicos de 130 países diferentes», explica Varden.
La inmigración ha desempeñado un papel fundamental en la configuración de estas comunidades, que reúnen a fieles de numerosas nacionalidades, culturas y tradiciones.
Esta diversidad presenta dificultades, reconoce el obispo, pero constituye también una enorme riqueza espiritual.
Lejos de entender el catolicismo como una identidad exclusivamente nacional, Varden considera que esta realidad permite experimentar de manera especialmente intensa la universalidad de la Iglesia.
Se trata, explica, de construir una auténtica comunión entre personas de procedencias muy distintas, unidas por una misma fe.
Una conversión que comenzó escuchando música
La trayectoria personal del obispo ayuda a comprender su visión del despertar religioso.
Nacido en una familia cristiana poco practicante, atravesó durante su adolescencia una etapa de alejamiento de la fe.
Pero a los 14 o 15 años comenzó a preguntarse por el sentido de la existencia. Una experiencia inesperada, relacionada con la música, desencadenó su búsqueda espiritual.
Aquella vivencia le hizo comprender que existía una realidad que trascendía su propia comprensión.
«Esta otra realidad era una presencia que tenía un nombre. Así que me propuse encontrar ese nombre», recuerda.
Su búsqueda le condujo a la Biblia, a Jesucristo y finalmente a la Iglesia católica, a la que se incorporó en 1993. En 2002 ingresó en la vida monástica trapense.
El secreto del renacimiento espiritual: aprender a escuchar
Varden acaba de publicar dos libros dedicados a la importancia de la vida oculta y la interioridad.
Frente a una sociedad obsesionada con exhibirlo todo, reivindica el silencio como espacio privilegiado para encontrarse con Dios.
«Cultivar la vida interior no significa aislarse de los demás», advierte.
El obispo insiste en que la voz de Dios no se descubre mediante la agitación, sino aprendiendo a escuchar.
«El Espíritu prefiere hablar en silencio; posee una paciencia asombrosa», explica.
«Debemos aprender, o reaprender, a escuchar, a esperar y a consentir la acción de Dios en nuestras vidas, renunciando al deseo profundamente arraigado en todos nosotros de considerarnos Dios. Esta es la tendencia a querer moldear nuestras vidas, nuestro futuro y nuestras comunidades a nuestra propia imagen, en lugar de recibir la imagen que el Creador nos concibió para nuestro bien y nuestra felicidad».
Por eso propone recuperar la lectura de las Escrituras, la vida sacramental y la comunión eclesial como caminos para reconocer la acción divina.
Una propuesta que conecta con esa primavera católica que, según Varden, comienza a florecer en Noruega: una Iglesia diversa, que recupera presencia social y en la que numerosas personas vuelven a buscar a Dios.
ReL
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