PAPA LEÓN XIV
ÁNGELUS
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Queridos hermanos y hermanas: ¡Feliz domingo!
Hoy, primer domingo de Cuaresma, el Evangelio nos habla de
Jesús que, guiado por el Espíritu, va al desierto y es tentado por el diablo
(cf. Mt 4,1-11). Después de ayunar durante cuarenta días,
siente el peso de su humanidad: el hambre a nivel físico y las tentaciones del
diablo a nivel moral. Enfrenta la misma dificultad que todos experimentamos en
nuestro camino y, resistiendo al demonio, nos muestra cómo vencer sus engaños y
sus trampas.
La liturgia, con esta Palabra de vida, nos invita a
considerar la Cuaresma como un itinerario resplandeciente en el que, con la
oración, el ayuno y la limosna, podemos renovar nuestra colaboración con el
Señor para hacer de nuestra vida una obra maestra irrepetible. Se trata de
permitirle eliminar las manchas y curar las heridas que el pecado haya podido
causar en ella, y de comprometernos a hacerla florecer con toda su belleza
hasta alcanzar la plenitud del amor, que es la única fuente de felicidad verdadera.
Es verdad, se trata de un camino exigente, y existe el
riesgo de que nos desanimemos o de que nos dejemos seducir por caminos de
satisfacción menos agotadores, como la riqueza, la fama y el poder (cf. Mt 4,3-8).
Estas tentaciones, que también fueron las de Jesús, no son más que pobres
sucedáneos de la alegría para la que fuimos creados y que, al final, nos dejan
inevitable y eternamente insatisfechos, inquietos y vacíos.
Por eso, san Pablo VI enseñaba
que la penitencia, lejos de empobrecer nuestra humanidad, la enriquece,
purificándola y fortaleciéndola en su camino hacia un horizonte «que tiene como
término el amor y el abandono en el Señor» (Const. ap. Paenitemini,
17 febrero 1966, I). De hecho, la penitencia, al tiempo que nos hace
conscientes de nuestras limitaciones, nos da la fuerza para superarlas y vivir,
con la ayuda de Dios, una comunión cada vez más intensa con Él y entre
nosotros.
En este tiempo de gracia, practiquémosla generosamente,
junto con la oración y las obras de misericordia; demos espacio al silencio,
apaguemos un poco los televisores, la radio y los smartphone.
Meditemos la Palabra de Dios, acerquémonos a los sacramentos; escuchemos la voz
del Espíritu Santo, que nos habla al corazón, y escuchémonos unos a otros, en
las familias, en los lugares de trabajo y en las comunidades. Dediquemos tiempo
a los que están solos, especialmente a los ancianos, a los pobres y a los
enfermos. Renunciemos a lo superfluo y compartamos lo que ahorramos con quienes
carecen de lo necesario. Entonces, como dice san Agustín, “nuestra oración,
hecha con humildad y caridad, acompañada del ayuno y las limosnas, de la
templanza y del perdón; practicando el bien y no devolviendo mal por mal,
alejándonos del mal y entregándonos a la virtud, llegará al Cielo y nos dará la
paz” (cf. Sermón 206,3).
A la Virgen María, Madre que siempre asiste a sus hijos en
la prueba, le confiamos nuestro camino cuaresmal.
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Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
Han pasado ya cuatro años desde el inicio de la guerra
contra Ucrania. Mi corazón sigue la dramática situación que todos tenemos ante
nuestros ojos: ¡cuántas víctimas, cuántas vidas y familias destrozadas, cuánta
destrucción, cuánto sufrimiento indecible! En verdad, toda guerra es una herida
infligida a la familia humana: deja tras de sí muerte, devastación y un rastro
de dolor que marca a generaciones.
La paz no puede posponerse, es una necesidad urgente, que
debe encontrar espacio en los corazones y traducirse en decisiones
responsables. Por eso renuevo con fuerza mi llamamiento: que callen las armas,
que cesen los bombardeos, que se llegue sin demora a un alto el fuego y que se
refuerce el diálogo para abrir el camino a la paz.
Invito a todos a unirse en la oración por el martirizado
pueblo ucraniano y por todos los que sufren a causa de esta guerra y de todos
los conflictos en el mundo, para que brille en nuestros días el tan esperado
don de la paz.
Y ahora dirijo mi saludo a todos ustedes, fieles de Roma,
peregrinos italianos y de diversos países.
Bendigo de corazón a las Hermanas Obreras de Jesús, en el
centenario de la fundación de su Instituto. Saludo a la Escuela de San José
Calasanz de Prievidza, en Eslovaquia, y renuevo mi apoyo a las asociaciones que
se comprometen a afrontar juntas las enfermedades raras.
Saludo al grupo del Apostolado de la Oración de Biella, a
los fieles de Nicosia, de Castelfranco Veneto y del Decanato de Melegnano; a
los confirmandos de Boltiere, a los jóvenes de la Comunidad pastoral Santa
María Magdalena de Milán y a los scouts de Tarquinia.
Les deseo a todos un buen domingo y un buen camino
cuaresmal.
