
Hay amores que se asemejan al de Dios y se pueden contemplar todos los días. Uno de ellos es el amor de un padre por sus hijos. Para comprender mejor esta vocación, Aleteia entrevistó a cuatro papás que compartieron cómo ha sido su experiencia en distintas etapas de la paternidad: desde los primeros años de vida de sus hijos, pasando por la adolescencia, hasta la vida adulta y la llegada de los nietos.
Ser padre en los primeros años
Para Nivardo, padre de niños pequeños (tres hijos de cinco, tres años y 5 meses), esta etapa está marcada por el cansancio físico, los cuidados constantes, noches largas y una entrega total; pero también por una gran alegría diaria llena de momentos hermosos.
Describe a sus hijos como “tiernos y chistosos”, que llenan los días con ocurrencias y risas. En medio de ese ritmo, le emociona verlos crecer, descubrir cómo se forma su personalidad y, al mismo tiempo, desear que el tiempo se detenga un poco para seguir abrazándolos ahora que son pequeños.

“Lo más hermoso es el tiempo de calidad que puedas pasar con ellos”, explica, refiriéndose a esos momentos de juego, cercanía y cariño que construyen vínculos profundos.
Uno de los instantes que más atesora ocurre al llegar a casa:
“Desde que estaciono el carro fuera de la casa, escucho cómo corren y se asoman por la ventana y me gritan papiii! [Cuando] entro a la casa, todos se me lanzan al cuello y me quieren mostrar lo que están haciendo o me dicen que juegue con ellos”.
Sin embargo, también reconoce el lado exigente de esta etapa: la renuncia personal. La paternidad, dice, implica “dar la entrega total y realmente no dejar nada para ti”, lo cual exige reorganizar la vida entera para poner a la familia en el centro.
Crecer con ellos
En una etapa distinta se encuentra Alfonso, padre de tres hijos: una adolescente, un preadolescente y una niña pequeña.
La convivencia con hijos en diferentes etapas le ha enseñado que cada uno es único, con su propio carácter, necesidades y formas de ver el mundo. Uno de los mayores retos ha sido precisamente comprender que no existe una sola forma de educar y que cada hijo requiere un acompañamiento distinto.

Entre los momentos más significativos que ha vivido, hay uno que permanece especialmente en su memoria. Después de cuidar a su hijo enfermo durante varias noches difíciles, recibió unas palabras inesperadas: "Gracias, papá, por cuidarme".
“Fue una frase que nunca me la esperé, no estaba preparado para ello. Como papá, sabes que haces lo necesario para que tus hijos estén bien y nunca esperas algo a cambio, lo haces y ya. Pero en esa ocasión, supe lo que es el amor, en los cariños de un hijo a un padre”.
Para Alfonso, la paternidad también abre una puerta interior: “Cuando eres papá, vuelves a tener la oportunidad de sanar al niño interior que llevamos todos”.
Acompañarlos en la adultez
Rafael, padre de hijos adultos, mira la paternidad desde la perspectiva del camino recorrido. Para él, ser padre es, ante todo, “una bendición de Dios” y una experiencia que lo ha transformado profundamente.
Recuerda con especial emoción el nacimiento de sus hijos, momentos que fueron los más hermosos de su vida. Sin embargo, reconoce que la paternidad nunca viene con respuestas definitivas: es un aprendizaje constante que se renueva con los años.

Desde sus inicios como padre, vivió con el temor de no estar a la altura: de no poder guiarlos, educarlos o protegerlos como quisiera. Ese miedo lo llevó a apoyarse en su fe, buscando en la oración la fuerza necesaria para sostener su vocación.
Con el paso del tiempo, uno de los frutos que más valora es la relación entre sus hijos: verlos unidos, cuidándose mutuamente, es para él motivo de orgullo y gratitud.
Al mirar su vida en retrospectiva, resume su vocación en:
“Amarlos con todo mi corazón, sacrificarme por ellos y reflejar el amor de Dios con ellos.”
De ser padre a ser abuelo
Ignacio vive esta vocación desde una etapa aún más amplia: la de ver crecer la plenitud de sus cuatro hijas y, al mismo tiempo, volver a experimentar la ternura a través de sus diez nietos. La paternidad, lejos de terminar, se expande.
“El amor que he recibido de mi esposa e hijas, y ahora de mis nietos, nunca deparé que fuera tan maravilloso”.

Al mirar hacia atrás, reconoce que uno de los mayores desafíos fue aprender a ser papá sin tener un instructivo. Sin embargo, también afirma que el amor —junto con la ayuda de Dios— fue suficiente para sostener el camino: “No tenía escuela… pero con amor y la ayuda de Dios creo que lo hice más o menos bien”.
Su relación con Dios también se transformó profundamente a través de sus hijas. En ellas descubrió la presencia del Señor de una manera concreta y cotidiana, afirma que ellas mismas fueron un camino para conocerlo.
Al resumir su vocación como padre y abuelo, su respuesta apunta directamente al Cielo:
“Por esas vocaciones vivo y trabajo, para algún día estar con mi esposa, mis hijas y nietos en el cielo”.
Una vocación que conduce al Cielo
Cada etapa de la paternidad tiene su propio lenguaje pero todas comparten una misma raíz: el amor que se entrega sin medida. En ese camino, muchos padres descubren que no solo están formando a sus hijos, sino que también están siendo transformados para ser un reflejo del amor de Dios.
Yohana Rodríguez, Aleteia
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