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miércoles, 8 de julio de 2026

Pierre y Lise, la pareja que se confirmo a los 40 años

Casados desde hace catorce años y padres de dos hijos, Pierre y Lise recibieron juntos el sacramento de la confirmación. Confirmados a los 40 años, su historia demuestra que nunca es demasiado tarde para dejarse llevar por el Espíritu Santo

¿Cómo encontrar un hueco para Dios cuando los días solo tienen veinticuatro horas? Para Lise y Pierre, la pareja de médicos, esta pregunta surge una y otra vez. Entre los largos estudios de medicina, las guardias en el hospital y su vida familiar con dos hijos de 8 y 9 años, estos dos bautizados desde hace mucho tiempo habían pospuesto durante mucho tiempo una etapa esencial de su vida cristiana: la confirmación.

Preparación para la confirmación

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Sin embargo, ese deseo nunca los había abandonado. De hecho, fue durante su preparación para el matrimonio, en 2012, cuando se dieron cuenta de ese "vacío" en su camino de fe. Pero el ritmo del hospital y las exigencias del día a día siempre acababan imponiéndose.

"Durante años, nos decíamos que lo haríamos cuando tuviéramos tiempo, el año que viene…", confiesa Pierre. Hasta que tuvieron una revelación compartida como pareja: "Al cabo de un tiempo, nos dijimos que íbamos a dejar de esperar a tener tiempo y que íbamos a sacárnoslo".

"Deja que tus hijos te evangelicen"

Esta decisión maduró en el seno de su vida familiar. El año pasado, sus dos hijos hicieron la primera comunión. Al intentar responder a las preguntas de sus hijos, ellos mismos redescubrieron los fundamentos de su fe. Una homilía que escucharon poco después en la parroquia vino a confirmar esta llamada: "Dejaos evangelizar por vuestros hijos".

"Durante años, nos hemos dicho que lo haríamos más adelante. En realidad, solo hay que decidir dedicar ese tiempo. El objetivo de la vida no es vivir mucho tiempo ni ser rico, sino conocer a Dios".

A pesar de todas las limitaciones que les imponía su labor como cuidadores, Pierre y Lise llamaron a la puerta de la casa parroquial. La respuesta del padre Kevin fue decisiva para poner en marcha sus preparativos.

Con sencillez, les respondió: "Ya nos las arreglaremos". Para él, lo esencial era otra cosa: su sincero deseo de recibir este sacramento y su fidelidad a la misa dominical. Lo demás ya se iría organizando. A medida que avanzaban juntos, encontraron la fuerza para reorganizar sus agendas e incorporarse al grupo de catequesis para adultos.

"A mí me lo hicisteis" (Mt 25,40)

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Con ese apoyo y ese ánimo, han redescubierto la belleza de las enseñanzas de la Iglesia con su mirada de adultos. Esta preparación no se ha quedado en lo teórico. Poco a poco, han visto cómo su fe impregnaba cada vez más su forma de vivir su profesión.

Ante complicaciones quirúrgicas o pronósticos sombríos, la fe de Pierre le invita a calmar la ira y a replantearse las prioridades: "El más pequeño está ahí, sufre; haz lo que puedas por él, deja de perder el tiempo con el papeleo. Te han puesto ahí". La fe de Lise le ayuda de forma concreta a encontrar la fuerza para comunicar diagnósticos graves, para acompañar a los enfermos y para "mantener la esperanza, al tiempo que reza por ellos de forma muy discreta".

La fe llevada al consultorio

A veces, algunos pacientes les dicen: "Doctor, se nota que es usted creyente, porque aborda las cosas de una manera determinada". De hecho, fue al comprender cómo podían convertirse en testigos activos en su entorno profesional cuando Pierre se sintió por fin "maduro" para este sacramento de la edad adulta.

El día de su confirmación, rodeados de sus hijos, dicen que les invadió una profunda paz. "¡Hay que hacerlo! Durante años, nos dijimos que lo haríamos más adelante. En realidad, solo hay que decidir dedicar ese tiempo. El objetivo de la vida no es vivir mucho tiempo ni ser rico; es conocer a Dios. No hay edad para dejarse llevar por el Espíritu Santo. Incluso a los 40 años, no es demasiado tarde".

Christine Magne, Aleteia

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¿Por qué dejamos de mostrar a la pareja en redes sociales?

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Un fenómeno en crecimiento que va más allá de la privacidad, analizado desde la mirada de una psicóloga para entender qué hay detrás

Las redes sociales se han convertido en nuestra ventana pública hacia el mundo. En ellas compartimos lo que hacemos, con quién estamos y qué nos gusta. Sin embargo, también son un espacio donde construimos una imagen, donde elegimos qué mostrar y qué resguardar.

En este contexto, ha comenzado a surgir un fenómeno cada vez más común en las relaciones: dejar de mostrar a la pareja en redes sociales. Lo que antes parecía una señal casi obligatoria de compromiso —publicar fotos juntos, historias compartidas o menciones constantes— hoy se ha vuelto una decisión mucho más matizada. Para algunos, es una cuestión de privacidad; para otros, refleja dinámicas más complejas.

Y es que cada relación es un universo distinto. Las razones detrás de esta decisión no son únicas ni universales, sino que responden a historias personales y formas de vincularse. Por lo que conversamos con la psicóloga Andrea Herrera Escartín para profundizar sobre este tema.

Entre la privacidad y la incertidumbre

Una de las razones más frecuentes para no mostrar a la pareja en redes tiene que ver con el nivel de seguridad dentro de la relación. No hacerla pública puede ser una forma de protegerse mientras el vínculo aún se está consolidando.

“Para muchas personas, publicar su relación es una forma de formalizarla; por lo tanto, no hacerlo les otorga la oportunidad de tomar decisiones sobre el futuro de su vínculo en estricta privacidad”.

A esto se suma el miedo a que la relación no funcione. En un entorno donde todo queda registrado, algunas personas prefieren evitar la exposición para no tener que enfrentar preguntas, juicios o incluso el “archivo” digital de una relación que no prosperó.

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El papel de la relación con la tecnología

También hay quienes apenas usan redes sociales o las limitan a fines laborales o específicos, lo cual hace coherente que no compartan aspectos personales. Pero cuando alguien es activo en redes, comparte constantemente su vida y, aun así, excluye a su pareja, la situación puede generar dudas y merece ser observada con más atención.

La clave está en la congruencia: no es lo mismo una decisión general de privacidad que una omisión selectiva.

El apego y el miedo al compromiso

La forma en que nos vinculamos emocionalmente también juega un papel importante. Personas con estilos de apego evitativo suelen percibir la exposición en redes como una amenaza a su independencia.

“Evitan hacer pública la relación no por falta de afecto, sino porque se sienten amenazados por ese nivel de compromiso”.

Asimismo, las experiencias pasadas influyen profundamente en esta decisión. Haber vivido una ruptura pública, sentirse juzgado o expuesto, o incluso haber experimentado infidelidades, puede generar una resistencia a compartir la vida amorosa en redes.

En algunos casos, no publicar se convierte en una forma de autoprotección.

¿Privacidad sana o señal de alerta?

No mostrar a la pareja en redes no es, por sí mismo, algo negativo. Puede ser una decisión completamente válida cuando existe coherencia y la relación se vive con apertura en la vida real.

La diferencia está en cómo se comporta la persona fuera del entorno digital. Si hay respeto, presencia, integración con su círculo cercano y claridad en el vínculo, la ausencia en redes pierde relevancia.

Sin embargo, uno de los conflictos más frecuentes surge cuando se interpretan las acciones del otro desde las propias inseguridades. Es fácil caer en conclusiones como pensar que no ser publicado significa vergüenza, desinterés o infidelidad: son suposiciones sin fundamento que no aportan.

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Por ello, la comunicación es clave. Entender qué significa para cada persona el hecho de publicar o no publicar permite transformar el conflicto en una oportunidad de conexión.

“Busquen ser curiosos con el otro. Cuando realmente amamos a alguien, nos interesa profundizar y conocer cuáles son sus verdaderas motivaciones”.

Más allá de las redes

En un mundo donde la validación digital parece tener tanto peso, es fácil confundir la visibilidad con el valor de una relación. Sin embargo, la realidad es que el amor no se mide en publicaciones, sino en su verdadera solidez.

“Si nos acercamos desde la compasión, la mirada amorosa y la curiosidad por entender su perspectiva, la comunicación se vuelve asertiva, abriendo una oportunidad hermosa para conocerse y fortalecer la relación más allá de una pantalla”.

Porque, al final, más importante que ser visibles para todos, es ser auténticos entre nosotros.

Yohana Rodríguez, Aleteia

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