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miércoles, 20 de mayo de 2026

Discurso del Santo Padre León XIV a Su Santidad Aram I, Catolicós de la Iglesia Apostólica Armenia-Sede de Cilicia (Líbano), y su séquito


 El Santo Padre recibió en audiencia en la Biblioteca Privada del Palacio Apostólico al Catolicós de la Iglesia Apostólica Armenia, Aram I. Además del coloquio personal y los discursos oficiales, ambos líderes religiosos rezaron juntos en la capilla urbaniana del Palacio Apostólico. Ofrecemos a continuación la traducción al castellano que ZENIT realizó del discurso del Papa:


Santidad, querido Hermano: «Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo» (Ef 1, 2). Con el saludo del apóstol Pablo, le doy la bienvenida a usted, Santidad, y a los distinguidos miembros de su delegación al inicio de su visita a la Iglesia de Roma.

¿Podría existir un vínculo espiritual más grande entre nuestras Iglesias que el del apóstol Pablo de Tarso, nacido en Cilicia, lugar de vuestra Sede, y que recibió la corona del martirio aquí en Roma? A san Pablo, el Apóstol por excelencia de la comunión entre las Iglesias, encomiendo vuestra peregrinación a Roma. ¿Y cómo no mencionar también a los grandes santos de la Iglesia que se afanaron por la unidad de los cristianos? Mi pensamiento va al santo Nerses el Gracioso, Catholicós de Cilicia, que puede ser considerado el pionero del ecumenismo, y cuya reciente inclusión en el Martirologio Romano es un ejemplo más de ese «ecumenismo de los santos» que ya une a nuestras Iglesias.

Situado en el cruce de varios pueblos y culturas, el Catholicosato de la Santa Sede de Cilicia ha estado marcado durante mucho tiempo por su vocación ecuménica, en particular hacia la Iglesia de Roma. Esta relación especial entre nuestras Iglesias, que fue especialmente intensa en la Edad Media, conoció nuevos desarrollos en el siglo XX, y sobre todo después del Concilio Vaticano II.

Recuerdo bien que su venerable predecesor, el Catholicós Khoren I, fue el primer primado de una Iglesia ortodoxa oriental en visitar Roma tras el Concilio, ya en mayo de 1967. Usted, Santidad, se distingue por su incansable celo, tanto a nivel local, como uno de los fundadores del Consejo de Iglesias del Medio Oriente, como a nivel internacional en el Consejo Ecuménico de las Iglesias, donde ha ocupado posiciones de relieve.

 Le estoy profundamente agradecido por sus esfuerzos en favor de las relaciones con la Iglesia católica y por su cercanía a la Iglesia de Roma, que visitó por primera vez como Catholicós durante la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos en 1997, y a la que desde entonces ha honrado con su presencia en numerosas ocasiones.

Le agradezco en particular su compromiso personal en la promoción del diálogo teológico entre nuestras Iglesias, que tuvo lugar en 2003 en el marco de la Comisión mixta internacional para el Diálogo Teológico entre la Iglesia Católica y las Iglesias Ortodoxas Orientales. Ese diálogo, que se beneficia de la valiosa contribución de los delegados armenios, ha publicado ya tres importantes documentos sobre la naturaleza y la misión de la Iglesia, sobre la comunión en la Iglesia primitiva y sobre los sacramentos. Espero sinceramente que, a pesar de las recientes dificultades, dicho diálogo prosiga con renovado vigor, pues no puede haber restablecimiento de la comunión entre nuestras Iglesias sin unidad en la fe. 

Su presencia entre nosotros trae a la memoria el amado país del que usted proviene, y que tuve la alegría de visitar el pasado diciembre. Esta tierra del Líbano, tan querida para mi corazón, que durante tanto tiempo ha mostrado al mundo entero que es posible para personas de diversas culturas y religiones vivir juntas como una sola nación, sigue afrontando pruebas difíciles. En un momento en que la unidad y la integridad de vuestro país se ven nuevamente amenazadas, nuestras Iglesias están llamadas a reforzar los lazos fraternos que unen a los cristianos no solo entre sí, sino también con sus hermanos y hermanas de otras comunidades en su patria común. Santidad, le aseguro mis oraciones cotidianas y la profunda preocupación que albergo por el pueblo del Líbano y por las Iglesias del Medio Oriente, a las que usted dedicará una conferencia durante su estancia en Roma.

En estos días que preceden a la solemnidad de Pentecostés, mientras nos preparamos para revivir el misterio del milagro de la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia naciente, me alegra poder rezar, tras este encuentro, junto a usted, Santidad, al Espíritu, Señor y dador de vida, para que nos conceda el don de la unidad, nos otorgue una paz duradera y renueve la faz de la tierra.




Audiencia general del Papa León XIV

 

LEÓN XIV

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles, 20 de mayo de 2026

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Los documentos del Concilio Vaticano II. III. Constitución Sacrosantum Concilium. 9. La liturgia en el misterio de la Iglesia

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Hoy comenzamos una serie de catequesis sobre el primer documento promulgado por el Concilio Vaticano II: la Constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium (SC).

Al elaborar esta Constitución, los Padres conciliares quisieron no solo emprender una reforma de los ritos, sino también llevar a la Iglesia a contemplar y profundizar en ese vínculo vivo que la constituye y la une: el misterio de Cristo. La liturgia, en efecto, toca el corazón mismo de este misterio: es a la vez el espacio, el tiempo y el contexto en el que la Iglesia recibe de Cristo su propia vida. En la liturgia, de hecho, «se ejerce la obra de nuestra Redención» (SC, 2), que nos convierte en linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios (cf. 1Pt 2,9).

Como ha puesto de manifiesto la triple renovación —bíblica, patrística y litúrgica— que ha atravesado la Iglesia a lo largo del siglo XX, el Misterio en cuestión no designa una realidad oscura, sino el designio salvífico de Dios, oculto desde la eternidad y revelado en Cristo, según la afirmación de San Pablo (cf. Ef 3,3-6). He aquí, pues, el Misterio cristiano: el acontecimiento pascual, es decir, la pasión, la muerte, la resurrección y la glorificación de Cristo, que precisamente en la liturgia se nos hace sacramentalmente presente, de modo que cada vez que participamos en la asamblea reunida «en su nombre» (Mt 18,20) estamos inmersos en este Misterio.

Cristo mismo es el principio interior del misterio de la Iglesia, el pueblo santo de Dios, nacido de su costado traspasado en la cruz. En la santa liturgia, con el poder de su Espíritu, Él sigue actuando. Santifica y asocia a la Iglesia, su esposa, a su ofrenda al Padre. Ejerce su sacerdocio absolutamente único, Él que está presente en la Palabra proclamada, en los sacramentos, en los ministros que celebran, en la comunidad reunida y, en grado sumo, en la Eucaristía (cf. SC, 7). Así es como, según San Agustín (cf. Serm., 277), al celebrar la Eucaristía, la Iglesia «recibe el Cuerpo del Señor y se convierte en lo que recibe»: se convierte en el Cuerpo de Cristo, «morada de Dios en el Espíritu» (Ef 2,22). Esta es «la obra de nuestra redención», que nos configura a Cristo y nos edifica en la comunión.

En la santa liturgia, dicha comunión se realiza «por medio de los ritos y de las oraciones» (SC, 48). La ritualidad de la Iglesia expresa su fe —según el célebre dicho lex orandi, lex credendi— y, al mismo tiempo, plasma la identidad eclesial: la Palabra proclamada, la celebración del Sacramento, los gestos, los silencios, el espacio, todo ello representa y da forma al pueblo convocado por el Padre, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo. Cada celebración se convierte así en una verdadera epifanía de la Iglesia en oración, como recordó san Juan Pablo II (Carta apostólica Vicesimus quintus annus, 9).

Si la liturgia está al servicio del misterio de Cristo, se comprende por qué se la ha definido como «la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza» (SC, 10). Es cierto que la acción de la Iglesia no se limita únicamente a la liturgia; sin embargo, todas sus actividades (la predicación, el servicio a los pobres, el acompañamiento de las realidades humanas) convergen hacia esta «cumbre». En sentido inverso, la liturgia sostiene a los fieles sumergiéndolos siempre y de nuevo en la Pascua del Señor y, por lo tanto, a través de la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos y la oración común, estos son fortalecidos, animados y renovados en su compromiso de fe y en su misión. En otras palabras, la participación de los fieles en la acción litúrgica es al mismo tiempo «interior» y «exterior».

Esto significa también que está llamada a desarrollarse concretamente a lo largo de toda la vida cotidiana, en una dinámica ética y espiritual, de modo que la liturgia celebrada se traduzca en vida y exija una existencia fiel, capaz de hacer concreto lo que se ha vivido en la celebración: es así como nuestra vida se convierte en «sacrificio vivo, santo y agradable a Dios», realizando nuestro «culto espiritual» (Rom 12,1).

De este modo, «la liturgia edifica día a día a los que están dentro de la Iglesia para ser templo santo en el Señor» (SC, 2), y forma una comunidad abierta y acogedora para con todos. De hecho, está habitada por el Espíritu Santo, nos introduce en la vida de Cristo, nos convierte en su Cuerpo y, en todas sus dimensiones, representa un signo de la unidad de todo el género humano en Cristo. Como decía el Papa Francisco: «El mundo todavía no lo sabe, pero todos están invitados al banquete de bodas del Cordero (Ap 19,9)» (Carta apostólica Desiderio desideravi, 5).

Queridísimos, dejémonos moldear interiormente por los ritos, por los símbolos, por los gestos y, sobre todo, por la presencia viva de Cristo en la liturgia, que tendremos ocasión de profundizar en las próximas catequesis.
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Saludo del Santo Padre

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude a dejarnos formar interiormente por la liturgia, para que toda nuestra vida sea una continua “acción de gracias”. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

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Resumen leído en español por el Santo Padre 

Queridos hermanos y hermanas:

En esta catequesis comenzamos a reflexionar sobre el primer documento promulgado por el Concilio Vaticano II: la Constitución Sacrosanctum Concilium, dedicada a la sagrada liturgia. Su propósito es conducir a la Iglesia a contemplar y profundizar el vínculo que la une con el misterio de Cristo; es decir, con su pasión, muerte, resurrección y glorificación. Esta comunión se realiza en la sagrada liturgia a través de ritos y oraciones. La Iglesia expresa así su fe y modela su identidad como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo.

En la liturgia, Cristo sigue actuando, presente en la Palabra proclamada, en los sacramentos, en los ministros que celebran, en la comunidad reunida y, sobre todo, en la Eucaristía. La participación de los fieles en la acción litúrgica los edifica, los renueva y los envía a manifestar lo celebrado en la vida cotidiana, haciendo de la propia existencia un «sacrificio vivo, santo y agradable a Dios» (Rm 12,1).

(vatican.va)



Pigmeos, selvas, guerras y fe: un obispo español en el corazón de África

 


    Desde 2021, el burgalés Jesús Ruiz Molina es el obispo de Mbaiki, una diócesis misionera y pobrísima en las selvas del suroeste de República Centroafricana, zona rural con unos 270.000 habitantes, la mitad bautizados católicos, una docena de parroquias y 20 sacerdotes. Lleva en el país desde 2008 y también fue unos años obispo auxiliar en Bangassou con el  obispo misionero cordobés Juan José Aguirre.

    Jesús Molina ha trabajado mucho con los pigmeos, y logró que muchos quisieran ser cristianos, a la vez que las comunidades de otras etnias, que los despreciaban, empezaran a tratarlos como hermanos.

    Habla de evangelizar "con dos alas, la Palabra y la oración, pero también la promoción humana, la escuela, los pozos".

    Le piden que bendiga agua y la guardan como su única medicina. Querría abrir dispensarios o pequeñas clínicas en zonas remotas, pero apenas consigue financiación para organizar misiones médicas de voluntarios de vez en cuando, en zonas donde no conocen ni lo que es un médico.

    En esta entrevista en Obras Misionales Pontificias habla de su experiencia como misionero comboniano y como obispo misionero en el corazón de África, golpeado por guerras y pobreza, pero donde la gente tiene fe, a veces mezclada con superstición. [27 min 43 seg]



    El padre Cándido, exorcista de Roma y maestro de exorcistas, vencía al diablo con paciencia y amor

    El padre Cándido fue maestro del padre Amorth, exorcista de la diócesis de Roma

    El padre Cándido fue maestro del padre Amorth, exorcista de la diócesis de Roma


      El Padre Pío lo había conocido personalmente y lo había definido «un sacerdote según el corazón de Dios». La fama de santidad de este sacerdote, Cándido Amantini (1914-1992), nos hace pensar que, efectivamente, también en esta ocasión el Santo de Pietrelcina había acertado.

      Tras una vida dedicada al servicio de la Iglesia y de su grey, en 2012 el padre Cándido fue proclamado Siervo de Dios y en el mes de noviembre de 2016 se cerró la investigación diocesana para confirmar sus virtudes heroicas, paso preliminar a una posible beatificación.

      El 22 de septiembre [de 2017], y en los tres días precedentes, en correspondencia con el vigésimo quinto aniversario de su muerte, los hermanos pasionistas del Santuario Pontificio de la Scala Santa en Roma -donde había vivido durante mucho tiempo- lo han recordado en la oración junto a los fieles.

      Pasionista, discípulo de otro venerable

      Pero, ¿quién era el padre Amantini? Nacido en el pequeño municipio toscano de Santa Fiora, fue bautizado con el nombre de Eraldo y a los seis años recibió la Confirmación. A los doce se mudó a Nettuno para entrar en el seminario de los Pasionistas porque le había impresionado una misión de predicación que estos habían llevado a cabo en su pueblo natal.

      Su maestro de noviciado fue el padre Nazareno Santolini, hoy venerable, que lo ayudó en su crecimiento espiritual. Tomó los hábitos en 1929 con el nombre de Cándido de la Inmaculada. Una vez acabado el instituto empezó los estudios de Filosofía y Teología, mostrando además un excelente conocimiento de lenguas como el hebreo, el griego, el sanscrito y el alemán.

      Se dedicó durante años a la enseñanza del hebreo y de la Sagrada Escritura, pero un empeoramiento de su salud lo obligó en 1961 a una larga estancia en el hospital y al abandono de la docencia.

      A partir de este momento tuvo inicio el cambio que le llevó a ejercer habitualmente el ministerio por el cual es más conocido: el de exorcista.

      De Arezzo a Roma

      Mientras enseñaba ya había ayudado al padre Alessandro Coletti, más joven que él, en algunos exorcismos en la diócesis de Arezzo. Pero en 1962 y 1963, por la piedad, la prudencia y la integridad que se le reconocían, fue nombrado oficialmente exorcista en la diócesis de Roma.

      Para llevar a cabo este difícil ministerio le daban fuerza la oración y, particularmente, el rosario, y la adoración eucarística: como relatan sus hermanos, tenía la costumbre de levantarse en medio de la noche para acompañar durante una hora al Santísimo.

      Sentía una profunda devoción hacia la Virgen, a la que dedicó su único libro: El misterio de María, en el que condensaba toda su ciencia teológica, la experiencia correspondiente a la acción del maligno (el demonio puede engañar y tentar a las almas de innumerables maneras, pues «conoce la estructura del hombre mucho mejor que el mejor de los antropólogos de este mundo») y el papel de la Santísima Virgen en la salvación de las almas, que no deben olvidarse de invocar su especial protección.

      Las anécdotas del padre Amorth

      El amor por María lo unía con su discípulo más famoso, el padre Gabriele Amorth que, en 1986 y de manera repentina, fue nombrado exorcista por el cardenal vicario de Roma, Ugo Poletti. Una intuición que reveló ser providencial y que había surgido tras una simple charla.

      El propio Amorth relató en un libro el simpático episodio, recordando las palabras del purpurado: «Querido padre Gabriele, no hace falta que diga nada. Así lo he decidido -dijo Poletti-, y así debe ser. La Iglesia tiene una desesperada necesidad de exorcistas, Roma sobre todo. Hay demasiadas personas que sufren porque están poseídas y no hay nadie encargado de liberarlas. Hace tiempo que el padre Cándido me ha pedido una ayuda y siempre he evitado la cuestión porque no sabía a quién enviarle. Cuando usted me ha dicho que le conocía, he comprendido que no podía retrasarlo más. Usted hará el bien. No tema. El padre Cándido es un maestro especial. Sabrá cómo ayudarle».

      Y así fue. En la última fase de su ministerio, que ejerció hasta un par de años antes de morir, el padre Cándido le enseñó a Amorth cómo ayudar a las almas a librarse del demonio. Y, efectivamente, tuvo lugar el paso de testigo entre los dos.

      "El diablo le temía, pero el padre no se enfadaba nunca"

      Como recordaba Amorth, que volvió a la casa del Padre en septiembre de 2016 (este 16 de septiembre pasado se ha celebrado el primer aniversario de su fallecimiento), «el padre Cándido no se enfadaba nunca, tampoco con el diablo. Satanás le temía, ¡pues vaya si le temía, temblaba ante él! Huía enseguida. El diablo en realidad tiene miedo de todos nosotros, basta que uno viva en gracia de Dios».

      Además de una gran paciencia, el padre Cándido sentía un profundo amor por el prójimo. Muchos eran lo que se quedaban hasta el amanecer delante de la puerta de la Scala Santa para conseguir hablar con él o recibir sólo su bendición. Recibía a todos y tenía tantos carismas que le bastaba poner una mano sobre la cabeza de una persona, mirarla a los ojos o sólo observar una fotografía para comprender si necesitaba ayuda.

      Las ironías del viejo exorcista

      Una vez, tal como contó el padre Amorth en una entrevista en el TgCom, tras un exorcismo agotador el padre Cándido le dijo al diablo que dejara el alma que estaba atormentando, y lo hizo con ironía: «Vete, que el Señor te ha creado una casa muy calentita»

      Pero Satanás (al que Dios obliga a veces a decir la verdad si está en juego la correcta comprensión del plan celestial y, por lo tanto, la salvación de las almas) lo interrumpió diciendo: «Tú no sabes nada. ¡No ha sido Él, Dios, quien ha creado el Infierno! Hemos sido nosotros. Él ni siquiera ha pensado en ello».

      Un santo en vida

      Concluimos con las palabras del pasionista Carlo Fioravanti, que tuvo al padre Cándido como director espiritual. 

      En ocasión de la ceremonia de clausura de la investigación diocesana, lo recordó así: «Murió entre mis brazos. De él aprendí el gran amor por Jesucristo y el prójimo. Para mí fue un santo ya en vida, también porque cada vez que entraba en su despacho percibía olor a rosas». No es casualidad que fuera Cándido de la Inmaculada.

      (Traducción del italiano por Helena Faccia Serrano; publicado originariamente en La Nuova Bussola; en español en ReL en 2017).

      Vea también    ¿Cuáles son las armas para
      vencer al demonio?




      Cómo una visita del papa puede marcar positivamente tu vida

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      Un encuentro con el Papa puede convertirse en un momento trascendental. A unos días del viaje del Papa a España, te presentamos cómo puede impactar en tu vida

      España se prepara para recibir al Papa León XIV en una visita histórica que reunirá a miles de fieles en Madrid, Barcelona y Canarias. Pero más allá de la emoción colectiva y el acontecimiento mediático, participar en una visita papal puede convertirse en una experiencia capaz de fortalecer la fe, unir a las familias y renovar la esperanza.

      Mientras miles de fieles se preparan para la llegada del Sumo Pontífice, entre cantos, tradición y emoción colectiva, una visita papal puede convertirse en un momento único y especial, pues nos recuerda que en este peregrinar no caminamos solos sino que la iglesia camina junto con nosotros al igual que millones de fieles unidos por un mismo propósito: alcanzar a Cristo. 

      ¿Qué impacto tiene vivir de cerca (o por las redes) un encuentro con el Papa?

      1Un momento que une a las familias

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      Presenciar y vivir un encuentro con el papa en familia puede unirnos y acrecentar la convivencia y el vínculo familiar. 

      Puedes compartir con tu familia la emoción, la espera y la preparación creando recuerdos juntos y significativos, así como también enseñar a los hijos a salir del hogar para encontrarse en una sola fe y conocer a otras familias que, con su testimonio, también pueden acercarnos a Cristo y vivir en comunión. 

      Ten presente que para muchos niños y jóvenes, una visita papal puede convertirse en un recuerdo espiritual que los acompañe toda la vida.

      2No estamos solos en el camino de la fe

      Como católicos no podemos negar que nos enfrentamos a tiempos difíciles, tiempos donde estamos siendo guiados por la Inteligencia Artificial, omitiendo el contacto humano y fomentando el aislamiento.

      Por lo tanto, la venida del papa puede concientizarnos para retomar el rumbo, sabiendo que el Espíritu Santo nos acompaña y que no estamos solos en este "caminito espiritual" como lo llama santa Teresita.

      Mientras el mundo nos invita a una cultura de individualismo, la visita del papa nos ayuda a romper con el aislamiento espiritual que muchas veces provoca la vida moderna y unirnos como iglesia local y global. 

      3Inspiración, esperanza y paz

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      Léon XIV.

      Cada visita del papa tiene un propósito en particular, por lo que su mensaje se adapta a la situación actual que se enfrente en el país que visite. Por ello, su visita siempre nos traerá un mensaje de inspiración como hijos de Dios. 

      Estas palabras sabias nos pueden ayudar a recobrar la esperanza y a llevar a cabo nuestra misión como católicos, que es anunciar el Evangelio. 

      ¿Qué hacer después de la visita papal?

      Una visita papal puede durar solo unos días y aunque para asistir a un encuentro haya que pasar por contratiempos e incomodidades como cambios de clima, tiempos de espera, largas caminatas, entre muchas otras cosas, algo que no podemos dudar es que su huella puede permanecer durante años. 

      Hoy más que nunca, vivir un encuentro así puede ayudarnos a recordar que la fe también se vive en comunidad, en familia y con esperanza. Porque, a veces, basta un momento compartido para volver a mirar el corazón con más claridad.

      Karen Hutch, Aleteia

      Vea también     El Papa Juan Pablo II y el sufrimiento