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lunes, 14 de septiembre de 2026

Evangelio Exaltación de la Santa Cruz


 

Santa Notburga de Eben , San Alberto Monte CarmeloMás...

Libro de los Números 21,4b-9.

En el camino, el pueblo perdió la paciencia
y comenzó a hablar contra Dios y contra Moisés: "¿Por qué nos hicieron salir de Egipto para hacernos morir en el desierto? ¡Aquí no hay pan ni agua, y ya estamos hartos de esta comida miserable!".
Entonces el Señor envió contra el pueblo unas serpientes abrasadoras, que mordieron a la gente, y así murieron muchos israelitas.
El pueblo acudió a Moisés y le dijo: "Hemos pecado hablando contra el Señor y contra ti. Intercede delante del Señor, para que aleje de nosotros esas serpientes". Moisés intercedió por el pueblo,
y el Señor le dijo: "Fabrica una serpiente abrasadora y colócala sobre un asta. Y todo el que haya sido mordido, al mirarla, quedará curado".
Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre un asta. Y cuando alguien era mordido por una serpiente, miraba hacia la serpiente de bronce y quedaba curado.


Salmo 78(77),1-2.34-35.36-37.38.

No olviden las proezas del Señor.

Pueblo mío, escucha mi enseñanza,
presta atención a las palabras de mi boca:
yo voy a recitar un poema,
a revelar enigmas del pasado.

Cuando los hacía morir, lo buscaban
y se volvían a él ansiosamente:
recordaban que Dios era su Roca,
y el Altísimo, su libertador.

Pero lo elogiaban de labios para afuera
y mentían con sus lenguas;
su corazón no era sincero con él
y no eran fieles a su alianza.

El Señor, que es compasivo,
los perdonaba en lugar de exterminarlos;
una y otra vez reprimió su enojo
y no dio rienda suelta a su furor.


Evangelio según San Juan 3,13-17.

Jesús dijo a Nicodemo:
«Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.
De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto,
para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.
Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.



Bulle

Santa Isabel de la Trinidad (1880-1906)
carmelita descalza
Poesía114 (Œuvres Complètes, Cerf, Paris, 1996, p. 1025), trad. sc©evangelizo.org


La morada del alma que ama

“¿Dónde entonces habita él, sino en el dolor?”
¿En el dolor inmenso, en el dolor supremo?
Es la habitación del alma que ama
Y conforma su vida a la vida del Salvador.
No temas el sufrimiento, es un anticipo del amor,
“A la sombra de la Cruz, adéntrate enteramente,
El que te sostiene te dará luz”.
Él te fortificará para luchar cada día.
(EDD)

Reflexión sobre el manuscrito antiguo

Hoy celebramos la Exaltación de la Santa Cruz, momento en el que la Iglesia nos presenta la gran paradoja que se encuentra en el corazón del cristianismo: un instrumento de muerte se convirtió en el instrumento de nuestra salvación. La crucifixión fue ideada por los romanos para humillar, torturar y destruir públicamente a un ser humano. Sin embargo, gracias a que Cristo abrazó la Cruz, esta se ha convertido para los cristianos en el símbolo perdurable de nuestra fe.

La festividad de hoy también se asocia tradicionalmente con el hallazgo de la Vera Cruz por parte de Santa Elena, madre del emperador Constantino. En el año 326 d. C., Elena viajó a Jerusalén y ordenó que se realizaran excavaciones en los alrededores del lugar que se creía que era el Calvario y la tumba de Cristo. La tradición nos cuenta que allí se descubrieron tres cruces. Posteriormente surgieron diversas historias sobre cómo se identificó la Cruz de Cristo. Una de ellas sostenía que el titulus, la inscripción que nombraba a Jesús de Nazaret como Rey de los Judíos, seguía asociado a ella. Otra cuenta cómo las tres cruces se pusieron en contacto con una persona muerta o gravemente enferma, que volvió milagrosamente a la vida al ser tocada por la Verdadera Cruz. Sabemos que, a mediados del siglo IV, se empezaron a venerar las reliquias de la Verdadera Cruz.

Bajo el reinado de Constantino, se construyó un magnífico complejo de edificios sobre los lugares relacionados con la muerte y la resurrección de Cristo: la Iglesia del Santo Sepulcro. El Calvario y el sepulcro de Cristo quedaron reunidos en este gran santuario cristiano, que fue consagrado en septiembre del año 335 d. C. Las celebraciones anuales en torno a esa consagración se vincularon estrechamente con la veneración de la Cruz, dando lugar a la fiesta que celebramos hoy, 14 de septiembre. A lo largo de los siglos, la iglesia sufrió enormemente: resultó dañada durante la invasión persa de Jerusalén en el año 614 y gran parte de ella fue destruida bajo el califa fatimí al-Hakim en 1009. Se reconstruyó y modificó en numerosas ocasiones, pero la geografía sagrada se mantuvo igual: el lugar de la Cruz y el lugar de la Resurrección se encuentran extraordinariamente próximos entre sí.

La obra de arte que hoy nos ocupa nos transporta a esa época. A primera vista, puede parecer bastante modesta: no es un cuadro de la Crucifixión, ni un relicario resplandeciente que contenga un fragmento de la Cruz, sino un simple plano. Sin embargo, se trata de un documento extraordinario. Procede de una copia manuscrita del siglo IX de De Locis Sanctis  (Sobre los Lugares Santos), escrito por San Adomnán, abad del monasterio de Iona desde el año 679 hasta el 704. El propio Adomnán nunca viajó a Jerusalén. En cambio, su relato se basó especialmente en el testimonio de Arculf, un peregrino franco que había recorrido Tierra Santa hacia el año 670 y que posteriormente describió con detalle lo que había visto. A partir de los recuerdos de Arculf, complementados con otras fuentes, Adomnán elaboró una descripción en tres libros de Jerusalén, Belén y otros lugares sagrados.

El pequeño dibujo que estamos contemplando hoy es especialmente valioso porque conserva lo que se considera el plano más antiguo que se conserva de la Iglesia del Santo Sepulcro. La versión que tenemos ante nosotros se conserva en un manuscrito del siglo IX. Sus círculos, líneas y espacios cuidadosamente dispuestos pueden parecer casi infantiles a los ojos modernos, acostumbrados a planos arquitectónicos precisos. Sin embargo, no se trataba de un plano de un arquitecto moderno. Se trata más bien de algo parecido a un mapa de la memoria y la fe: un intento de transmitir a los cristianos que vivían a miles de millas de distancia la forma física del lugar donde habían tenido lugar los acontecimientos fundamentales de su fe cristiana.

Y quizá eso haga que este sencillo dibujo resulte especialmente adecuado para la fiesta de hoy. El cristianismo no solo se basa en ideas, sino también en lugares, cuerpos y hechos reales. Jesús llevó una cruz real y verdadera por las calles de una ciudad real. Fue crucificado en un lugar concreto y depositado en una tumba concreta cercana. El pequeño plano de Adomnán intenta situar esos lugares en el pergamino: aquí estaba el Calvario; aquí estaba la tumba; aquí vinieron generaciones de peregrinos a arrodillarse y rezar. Casi trece siglos después de que se copiara este manuscrito, los peregrinos siguen entrando en la Iglesia del Santo Sepulcro y desplazándose entre esos mismos dos lugares. La distancia entre el Calvario y la tumba es sorprendentemente pequeña. Y ahí reside quizá el mensaje más bello de la festividad de hoy: la Cruz y la Resurrección nunca están muy lejos la una de la otra.

by Padre Patrick van der Vorst

Oración

¡Oh Santa Cruz! Madero Hermoso en donde murió mi Señor para darme eterna luz y librarme del contrario, ante ti me humillo y reverente imploro a mi Señor Jesucristo que por los padecimientos que sobre ti recibió en su Santísima Pasión me conceda los bienes espirituales y corporales que me convengan.

Elevada ante el mundo, eres faro luminoso que congregas a tu rededor a la cristiana grey para entonar cantos de Gloria al Cristo Rey, al Dios Hombre que siendo dueño de todo lo creado, permitió ser crucificado sobre Ti para la redención del genero humano.

Sobre ti se operó el asombroso misterio de la redención del mundo, desde entonces libra al cristiano de la culpa original, puede llamarse Hijo de Dios Eterno y aspirar a la gloria celestial.

Bendita seas! por los siglos de los siglos, fuiste entre los paganos signo de valor y afrenta y hoy eres emblema del cristiano y esperanza para ser perdonado por el sublime sacrificio de mi Señor Jesucristo, a quien esperamos servir y honrar por toda la eternidad. Amen

¡Santa Cruz de mi Jesús, que expiró para darnos luz, yo te doy mi reverencia, oh preciosa y Santa Cruz!.

El camino que nos marques en el mundo seguiremos, que a la Cruz siempre abrazados con su signo venceremos.

A tus plantas hoy me encuentro, mi Divino Redentor.

Haz que con su santa paciencia, carguen en el mundo mi Cruz.

Oh Dios Omnipotente que sufriste en la Cruz la muerte, para redimirnos de nuestros pecados, oh Santa Cruz de Jesucristo, sé mi verdadera luz, oh Santa Cruz de Jesucristo, ten piedad de mí, oh Santa Cruz de Jesucristo, sé mi esperanza, oh Santa Cruz de Jesucristo, aleja de mí todo temor a la muerte.

Oh Santa Cruz de Jesucristo, derrama en mi alma el bien, oh Santa Cruz de Jesucristo, aleja de mi todo mal, oh Santa Cruz de Jesucristo, hazme entrar en el camino de la salvación, oh Santa Cruz de Jesucristo, presérvame de todos los accidentes, temporales y corporales para que pueda adorarte siempre, así como a Jesús Nazareno a quién imploro para que tenga piedad de mí.

Haz que el espíritu maligno visible o invisible huya de mi por todos los siglos de los siglos. Amén....

Jesús mío, por la amargura que sufriste por mí en la Santa Cruz, principalmente cuando Tu Alma tan sagrada se separó de Tu Cuerpo, ten piedad de mi alma cuando se separe de este mundo.

¡Oh Jesús! concédeme el valor necesario para soportar mi cruz a imitación Tuya, enséñame a llevar con paciencia todos los sufrimientos, que mi temor a ellos se convierta en virtud.

Que la Omnipotencia del Padre se digne de cubrirme con la sabiduría del Espíritu Santo.

Dígnate recibirme y conducir mi alma a la vida eterna.

Amén.

(oblatos)

domingo, 13 de septiembre de 2026

Carta a mi "yo" de antes de entrar al Seminario

NOTA: Cuando lo leas cambia mi nombre por el de cualquier sacerdote que conozcas

Carta a mi

Carta a mi "yo" de antes de entrar al Seminario


    Querido Patxi, sé que estás dudando, y es normal, porque la decisión que al final tomarás es muy importante y sobrepasa tus fuerzas y capacidades. Sé que no le has dicho a casi nadie lo que de verdad estás pensando, sé que no quieres decirlo porque tienes miedo. Te asustan las reacciones de los que te quieren, piensas que puedes defraudar a tu familia y a tus amigos.

    El día que digas que vas a entrar al seminario todos van a preguntarte lo mismo: “¿estás seguro?”. Les dirás que si, porque verdaderamente así es, pero tantas preguntas te harán daño y te harán dudar. A veces pensarás “y si me equivoco, ¿qué pasará?”. No temas. Sigue adelante, Y tranquilo si algunos no lo aceptan. En poco tiempo te verán muy contento y se alegrarán mucho por ti.

    Cuando entres al seminario vas a echar de menos cosas que ahora crees imprescindibles y vas a descubrir que no lo eran tanto. Ya no decidirás tu propio horario, tendrás que comer lo que no te gusta, no podrás dormir hasta tarde, ni ver una serie cuando te dé la gana, ni te saltarás las clases si estés cansado. Tu vida va a cambiar mucho, ya no verás a tus amigos de siempre todos los días, ni volverás a tener una novia. Pero estarás bien.

    Vas a aprender cosas que son apasionantes, habrá asignaturas que te encante estudiar. Profundizarás cada vez más en la intimidad con Dios, verás que te va a gustar mucho leer la Escritura. No te machaques cuando te desanimes porque siempre te duermes en la capilla o porque no retienes lo estudiado. También te enseñarán a cantar aunque ahí harás lo que puedas, no te preocupes. Y mejorarás bastante en el fútbol, es lo que tiene jugar casi todos los días.

    Vas a conocer gente que te va a enseñar más de Dios que los libros. Fíjate en ellos, no solo en los apuntes. Estarás cerca de sacerdotes mayores que serán auténticos padres para ti. Te encantará ir a la pastoral a las parroquias, a Móstoles, Boadilla, Parla, Valdemoro. Como eres orgulloso pensarás que tu presencia allí ayuda mucho, pero poco a poco irás descubriendo que en realidad eres tú el que es ayudado yendo y estando en contacto con la vida de las iglesias.

    Vas a tener momentos difíciles que se prolongan durante meses, especialmente en el segundo y el cuarto año. Va a haber un año, el quinto, en el que vas a querer dejar todo. Hasta pondrás fecha. Calma. Servirá para purificar muchas cosas y conocer a Dios de un modo nuevo. La certeza de que Él te ha llamado te acompañará desde entonces muy claramente y a ella te aferrarás una y otra vez en los sufrimientos cuando seas cura. No te arrepentirás de seguir adelante.

    Aprenderás muchas cosas. Otras no las entenderás hasta que las vivas en persona. Acompañarás a padres que han perdido a sus hijos, consolarás a hombres y mujeres que han enviudado, compartirás la alegría de los novios recién casados, te emocionarás con las familias que llevan a sus bebés a bautizar. Verás a muchos jóvenes pasar de ser adolescentes llenos de heridas a hombres y mujeres hechos y derechos que forman familias cristianas.

    Te hará sufrir la indiferencia de quienes acuden a recibir sacramentos como quien va al supermercado y nunca más vuelve. No caigas en la trampa del desánimo por esto.

    Habrá personas que se acerquen y te pidan la bendición por la calle y otros que te griten “peder…sta” desde lejos. Ya no serás alguien anónimo, donde vayas habrá gente te mire, eso no te gustará pero ha de ser así, nunca sabes cuando tu presencia estará ayudando a alguien a elevar a Dios la mirada.

    Sufrirás cuando veas hermanos sacerdotes dejar el ministerio. El demonio te susrrará que hagas lo mismo. No le escuches, pero tampoco te engrías porque tú no eres mejor que esos curas, si no fuera por Dios ni te mantendrías en pie cada día.

    Cuando te ordenes pensarás que vas a salvar la Iglesia. No seas tonto. Sólo Jesús la salva igual que te salva a ti. Lo irás comprendiendo un poco con el tiempo. Harás muchas cosas y querrás hacer muchas más. Eso es bueno, eres inquieto, pero cuídate porque muchas veces caerás en el activismo, verás que se te seca el alma. Cuidar tu vida interior, estar con Jesús en la capilla, es prioritario, aunque fuera haya muchas cosas que hacer.

    De todo lo que hagas, recuerda que hay dos cosas prioritarias: escucha y consuela. A veces se te va a olvidar esto, querrás dar soluciones rápidas pero no es eso lo que necesita la gente.

    Vas a fallar muchas veces. Vas a decir cosas en una homilía de las que te vas a arrepentir. Vas a dar consejos desafortunados. Sigue subiendo al altar de todas formas. Verás que a veces, cuando acabes de predicar, sentirás vergüenza porque vives de manera imperfecta muchas de las cosas que explicas. Se claro y ten firmeza, pero nada de moralina, conviértete tú y ten mucha misericordia con la gente. No separes verdad y caridad.

    Disfruta mucho esta aventura que va a empezar. Estudia todo lo que puedas, luego lo echarás de menos. No escatimes tiempo de estar con Jesús en la capilla, ahí es donde se forja el corazón de un sacerdote. No tengas miedo a sufrir, nunca vas a dejar de hacerlo, pero verás que Dios está ahí contigo siempre. Pídele a María permanecer firme en la Cruz, ella es la única que sabe. Ama mucho al Crucificado.

    ¿Sabes?, ya son casi veintiún años desde que me fui de casa de mamá y papá para entrar al Seminario, y catorce desde que soy sacerdote. Solo te puedo decir que si volviera a nacer sin duda ninguna volvería a decir sí a Jesús. No temas. Es apasionante.

    Un abrazo.

    Francisco Javier (¿o pensabas que te iban a llamar Patxi toda la vida?)

    Francisco Javier Bronchalo, ReL

    Vea también    Vocación misionera: cómo encontrarla




    «No en una democracia»: la campaña de firmas que clama contra las presiones del lobby gay

    Elena Lorenzo lleva 10 años de denuncias de asociaciones LGTBI y ahora se enfrenta a la cárcel. Peticiones Católicas anima a apoyar su causa.

    Se enfrenta al procedimiento más grave: una acusación que solicita años de cárcel, una sanción económica muy elevada y su inhabilitación profesional.

    Se enfrenta al procedimiento más grave: una acusación que solicita años de cárcel, una sanción económica muy elevada y su inhabilitación profesional.


      En las últimas horas se ha puesto en marcha una campaña de firmas en Peticiones Católicas para apoyar a Elena Lorenzo, la coach de identidad que afronta un proceso penal tras una década de denuncias archivadas, sanciones anuladas y episodios de hostigamiento que incluyen suplantaciones de identidad y amenazas de muerte

      Puedes firmar en este enlace.

      La iniciativa surge como respuesta ciudadana ante un caso que, según numerosos fieles y profesionales, trasciende a la propia Elena y toca directamente la defensa de la libertad de expresión y de información, tal como ella misma explica en su relato: "Este es el punto en el que me encuentro actualmente: a la espera de juicio oral para defender mi libertad de expresión y la libertad de información de todos".

      Penas de cárcel

      La campaña de firmas busca respaldar públicamente a una mujer que, durante más de quince años, ha acompañado a personas adultas que acudían libremente a ella para explorar cuestiones de identidad y afectividad

      En el documento que ha hecho público, Elena recuerda que "nunca he recibido una sola denuncia por parte de mis clientes" y que todas las sanciones administrativas previas fueron finalmente revocadas por la Administración. 

      Sin embargo, ahora se enfrenta al procedimiento más grave: una acusación que solicita años de cárcel, una sanción económica muy elevada y su inhabilitación profesional.

      Quienes han impulsado esta campaña consideran que no se puede permitir que una profesional certificada, cuyo trabajo ha sido reiteradamente avalado por resoluciones judiciales y administrativas, sea llevada a juicio por expresar información y opiniones que forman parte del debate científico y académico. 

      La pluralidad, recuerdan, es un valor esencial de cualquier sociedad democrática, y Elena lo expresa con claridad en su texto: "Exijo el mismo respeto por las mías que yo muestro por las suyas".

      La campaña de firmas pretende, además, ayudar a visibilizar la recaudación de fondos que Elena ha iniciado para cubrir los 16.000 euros de su defensa legal

      Su situación, marcada por años de presión mediática, perfiles falsos creados para dañarla y mensajes amenazantes, ha generado una ola de solidaridad entre quienes creen que la libertad de expresión no puede quedar condicionada por campañas de descrédito ni por la imposición de una única visión sobre temas complejos.

      Firmar esta petición es, para muchos, un gesto de coherencia: un modo de afirmar que el debate público debe ser plural, que las diferencias deben poder expresarse sin miedo y que nadie merece ser perseguido por acompañar a personas que acuden voluntariamente a buscar orientación. 

      Es también una forma de sostener a Elena en un momento decisivo, recordándole que no está sola y que miles de personas reconocen el valor de su trabajo y la injusticia de la situación que atraviesa.

      Puedes firmar en este enlace.

      Puedes apoyar económicamente la causa de Elena en este enlace.

      ReL

      Vea también     Persecución de los bienintencionados




      Ángelus del Papa León XIV comentando el Evangelio del Domingo,

       

      PAPA LEÓN XIV

      ÁNGELUS

      Plaza de San Pedro
      Domingo, 13 de septiembre de 2026

      ___________________________________

      Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

      Hoy el Evangelio (cf. Mt 18,21-35) nos habla de un valor fundamental de la vida cristiana: el perdón. Jesús lo enseñó y lo atestiguó hasta en la cruz, donde oró al Padre por sus perseguidores con las palabras que todos conocemos: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

      En el pasaje de hoy, Pedro interroga al Maestro precisamente sobre este tema: «Señor —le pregunta—, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?» (Mt 18,21). Sus palabras revelan un corazón generoso: el número siete, de hecho, simboliza en la Biblia la plenitud, y “perdonar siete veces” significa perdonar con gran generosidad. La respuesta de Jesús, sin embargo, va más allá: «No te digo que hasta siete veces —afirma—, sino hasta setenta veces siete» (v. 22), es decir, más allá de todo límite, sin medida.

      Y para aclarar mejor su pensamiento, el Salvador cuenta la parábola de un siervo que tenía, una deuda tan grande con su señor, que era prácticamente imposible de pagar. Aunque por pura misericordia, había obtenido la condonación no había mostrado la misma piedad hacia uno de sus compañeros, y por eso fue reprendido y castigado severamente (vv. 23-30).

      Con estas palabras, Jesús nos recuerda que el don y el perdón son la base de nuestra existencia. Todo nos lo da Dios por puro amor, y ninguno de nosotros puede decirse perfecto a la hora de responder a tanta bondad. Por eso, la gratuidad, que es la fuente de nuestra propia vida, es también la mejor regla para nuestra convivencia. Lo experimentamos cada día. El perdón es indispensable, sin él no se puede vivir en paz: tarde o temprano, en el corazón y entre las personas, surgen conflictos, acusaciones, rencores y venganzas que destruyen las relaciones, dividen a las familias y desencadenan guerras.

      Sólo el perdón libera y devuelve la luz, incluso allí donde la pobreza material y moral del hombre, por un momento, ha ensombrecido el horizonte y ha hecho incierto el camino. El perdón, como un viento favorable, disipa incluso las nubes más densas, hasta que vuelve a dejarnos ver el sol. El mismo san Pedro lo experimentó en varias ocasiones a lo largo de su vida; en particular cuando, tras haber negado y abandonado a Jesús durante la Pasión, al encontrárselo resucitado a orillas del lago, escuchó una única pregunta: «Simón […], ¿me amas?» (Jn 21,15), acompañada de una invitación: «Sígueme» (v. 19). Exactamente como al principio, el día de su primer encuentro, como si nada hubiera pasado. Y esta caridad, que olvida y sana, supondrá para el primero de los apóstoles la confirmación de su misión.

      Pidamos, pues, a la Virgen María, Madre de la Misericordia, que nos ayude a perdonar siempre, incluso cuando resulte difícil dar el primer paso, y a difundir, con valentía y constancia, la luz serena y sanadora del amor que vence al odio y desarma todo rencor.

      _________________________

      Después del Ángelus

      Queridos hermanos y hermanas:

      Hace dos días se cumplieron veinticinco años de los atentados terroristas del 11 de septiembre en los Estados Unidos de América. Renuevo mi oración por quienes perdieron la vida y por quienes continúan llevando consigo las heridas de aquel trágico día. En un tiempo en el que los conflictos y la violencia afligen a tantos hermanos y hermanas nuestros, invito a todos a rezar para que el Señor conceda al mundo el don de la paz.

      El recuerdo del trágico acontecimiento de hace veinticinco años nos impulsa a renovar nuestro compromiso por la paz, ante todo mediante la oración, que confiamos a la intercesión de la Virgen María.

      Y ahora, saludo con afecto a todos ustedes, romanos y peregrinos.

      Doy la bienvenida a los grupos procedentes de São Paulo, Brasil, y a los llegados de diversos países.

      Saludo a los miembros de la Asociación Religiosa Jesús Nazareno Cautivo, residentes en Roma, al grupo del Oratorio Salesiano de Chieri, a los fieles de Dolianova, en Cerdeña, y a los peregrinos llegados desde Asís por la Vía de San Francisco.

      Saludo a la “Familia Bellunesa”, junto con la Escuela de Erechim, en Brasil; así como a los motociclistas reunidos para manifestarse en favor de la paz y de la vida.

      A todos les deseo un feliz domingo.

      (vatican.va)



      Evangelio del día Domingo 24 del tiempo ordinario ¿No sería muchísimo mejor escucharlo con la familia proclamado en la Santa Misa Dominical presencial?


       

      Libro de Eclesiástico 27,30.28,1-7.

      También el rencor y la ira son abominables, y ambas cosas son patrimonio del pecador.
      El hombre vengativo sufrirá la venganza del Señor, que llevará cuenta exacta de todos sus pecados.
      Perdona el agravio a tu prójimo y entonces, cuando ores, serán absueltos tus pecados.
      Si un hombre mantiene su enojo contra otro, ¿cómo pretende que el Señor lo sane?
      No tiene piedad de un hombre semejante a él ¡y se atreve a implorar por sus pecados!
      El, un simple mortal, guarda rencor: ¿quién le perdonará sus pecados?
      Acuérdate del fin, y deja de odiar; piensa en la corrupción y en la muerte, y sé fiel a los mandamientos;
      acuérdate de los mandamientos, y no guardes rencor a tu prójimo; piensa en la Alianza del Altísimo, y pasa por alto la ofensa.


      Salmo 103(102),1-2.3-4.9-10.11-12.

      El Señor es bondadoso y compasivo.

      Bendice al Señor, alma mía,
      que todo mi ser bendiga a su santo Nombre;
      bendice al Señor, alma mía,
      y nunca olvides sus beneficios.

      El perdona todas tus culpas
      y cura todas tus dolencias;
      rescata tu vida del sepulcro,
      te corona de amor y de ternura.

      No acusa de manera inapelable
      ni guarda rencor eternamente;
      no nos trata según nuestros pecados
      ni nos paga conforme a nuestras culpas.

      Cuanto se alza el cielo sobre la tierra,
      así de inmenso es su amor por los que lo temen;
      cuanto dista el oriente del occidente,
      así aparta de nosotros nuestros pecados.


      Carta de San Pablo a los Romanos 14,7-9.

      Ninguno de nosotros vive para sí, ni tampoco muere para sí.
      Si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos, morimos para el Señor: tanto en la vida como en la muerte, pertenecemos al Señor.
      Porque Cristo murió y volvió a la vida para ser Señor de los vivos y de los muertos.


      Evangelio según San Mateo 18,21-35.

      Se adelantó Pedro y le dijo: "Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?".
      Jesús le respondió: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
      Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores.
      Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos.
      Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.
      El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Señor, dame un plazo y te pagaré todo".
      El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.
      Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: 'Págame lo que me debes'.
      El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: 'Dame un plazo y te pagaré la deuda'.
      Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
      Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor.
      Este lo mandó llamar y le dijo: '¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda.
      ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de tí?'.
      E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.
      Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos".


      Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

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      Bulle

      San Cipriano (c. 200-258)
      obispo de Cartago y mártir
      La Oración del Señor, 23-24


      «Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a os que nos han ofendido»

           El Señor nos obliga a perdonar las ofensas de los que nos han ofendido, tal como nosotros pedimos que nos perdone las nuestras (Mt 6,12). Hemos de saber que no podemos obtener lo que pedimos en lo referente a nuestros pecados, si no hacemos lo mismo con los que han pecado contra nosotros. Por esto Cristo dice en otra parte: «La medida que usaréis la usarán también con vosotros» (Mt 7,2). Y el siervo que, después de haber sido perdonado de toda su deuda, no ha querido hacer él lo mismo con el compañero de servicio que le debía, es metido en la cárcel. Porque no quiso tener compasión con su compañero, perdió lo que su amo le había concedido gratuitamente. Y esto, Cristo lo establece aún con más fuerza en sus preceptos, cuando decreta...: «Cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas. Pero si no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en el cielo os perdonará vuestras culpas» (Mc 11,25-26)...
      Cuando Abel y Caín, ofrecieron los primeros sus sacrificios, no fueron su ofrendas lo que Dios miró, sino su corazón (Gn 4,3s). Aquel cuya ofrenda le agradó, es aquel cuyo corazón le agradaba. Abel, pacífico y justo, ofreciendo en su inocencia un sacrificio a Dios, enseñaba a los demás a acercarse con el temor de Dios a ofrecer su ofrenda sobre el altar, con un corazón sencillo, el sentido de la justicia, y mereció llegar a ser él mismo una preciosa ofrenda y dar el primer testimonio de martirio. Prefiguró, por la gloria de su sangre, la Pasión del Señor, porque poseía la justicia y la paz del Señor. Los hombres semejantes a él son los que se ven coronados por el Señor, y que, en el día del juicio, obtendrán la justicia.
      (EDD)

      Reflexión sobre la escultura de mármol

      Alguien dijo una vez que el perdón parece una idea estupenda hasta que tienes a alguien a quien perdonar. Hay mucha verdad en eso. Podemos escuchar las palabras de Jesús y estar totalmente de acuerdo con ellas. Su enseñanza suena hermosa, sabia y acertada... hasta que la vida, de repente, pone a prueba esa enseñanza. Si alguien provoca un accidente que te cambia la vida, ¿perdonas? Si un médico comete un grave error durante una intervención, ¿simplemente perdonas? Si alguien te traiciona profundamente, destruye tu reputación o incluso le quita la vida a alguien a quien quieres, ¿puedes perdonar entonces? De repente, las palabras de Jesús ya no son ideales reconfortantes. Se convierten en una dolorosa realidad.

      Ese es, a menudo, el reto del Evangelio. Lo que Jesús nos pide no cambia, pero nuestras circunstancias sí. Una enseñanza que hoy nos parece sencilla puede resultar extraordinariamente difícil mañana. Y eso es precisamente lo que encontramos en el Evangelio de hoy: la llamada al perdón. Pero, ¿qué significa eso realmente? ¿Se espera realmente de nosotros que perdonemos a todo el mundo y todo? ¿Significa el perdón fingir que no ha pasado nada? ¿Significa que no debe haber justicia ni consecuencias? ¿Perdonar significa también olvidar? No son preguntas fáciles.

      Pedro intenta comprender la enseñanza sobre el perdón. Le pregunta a Jesús: ‘Señor, ¿cuántas veces debo perdonar a mi hermano si me ofende? ¿Hasta siete veces?’. En el mundo bíblico, el siete simbolizaba la plenitud y la totalidad. Por eso, Pedro cree que está siendo extraordinariamente generoso. Siete veces es sin duda suficiente. Sin embargo, Jesús responde: ‘No te digo que siete, sino setenta y siete veces’. En otras palabras: ¡deja de contar! El perdón no puede reducirse simplemente a una cuota que, una vez agotada, nos dé permiso para aferrarnos al resentimiento.

      Ese tema del perdón queda plasmado con gran ternura en nuestra escultura de hoy, *Le Pardon* (El perdón), esculpida en mármol blanco por el escultor belga Pieter Braecke entre 1893 y 1895. Vemos a una madre y a su hijo en ese momento en el que las palabras parecen casi innecesarias. El hijo se ha acercado a ella, con una postura que sugiere remordimiento y vulnerabilidad, mientras que la madre se inclina hacia él y lo acoge de nuevo en sus brazos. No sabemos qué ha hecho él. Braecke deja deliberadamente la historia sin contar, permitiéndonos imaginar el dolor que se ha interpuesto entre ellos. Lo que importa es el gesto que vemos ahora: la reconciliación. El mármol puede ser frío y duro, pero la escena en sí es maravillosamente cálida y tierna. Quizás eso sea, en parte, lo que hace el perdón... convertir la frialdad en calidez...

      by Padre Patrick van der Vorst

      Oración

      Señor Jesús, hoy te pido la gracia de poder perdonar a todos los que me han ofendido en la vida. Sé que Tú me darás la fuerza para perdonar.

      Te doy gracias por que Tú me amas y deseas mi felicidad más que yo mismo/a.

      Señor, yo te perdono por todas las veces que pensé que Tú en­viabas la muerte a mi familia y la gente decía que era "la volun­tad de Dios". Si ha habido algún resentimiento subconsciente en mí yo te perdono, Señor.

      Yo te perdono también por las dificultades, problemas económi­cos, castigos, ya que pensaba que Tú los enviabas a mi y a mis familiares. Señor, es posible que de niño/a haya guardado estos resentimientos, pero ahora yo te perdono.

      Señor me perdono a mí mismo/a por mis pecados, por mis faltas y mis caídas. Por todo lo que es verdaderamente malo en mí, por todo lo que pienso que es malo, me perdono a mí mismo/a. Me perdono por cualquier participación en espiritismo, brujerías, horóscopos, consultas de adivinos y búsquedas de suerte. Por tomar tu Nombre sin necesidad, y por no adorarte como Tú te mereces.

      Por haber herido a mis padres, por emborracharme, por dro­garme, por mis pecados contra la pureza, por adulterio, por abor­to, por robar, por mentir, por todo esto me perdono sincera­mente. Gracias, Señor, por tu gracia en este momento.

      Yo perdono sinceramente a mi madre, yo le perdono todas las veces que ella me hirió, me causó resentimiento, que se enojó conmigo y todas las veces que ella prefirió a mis hermanos y a mis hermanas en vez de mí. Le perdono las veces que me dijo: "Tonto/a", "feo/a", "estúpido/a", "el/la peor de todos mis hi­jos", y porque dijo que le costé mucho dinero. Por las veces que ella me dijo que no era deseado/a, que vine a este mundo por casualidad, o que no era lo que ella había querido, que fui una equivocación. Yo la perdono de todo corazón.

      Yo perdono a mi padre. Yo le perdono por las veces que no me ayudó, por su falta de amor, afecto y atención. Yo lo perdono por su falta de tiempo, y por no estar conmigo dándome su compañía. Yo le perdono sus hábitos de beber, sus discusiones y peleas con mi madre y con mis hermanos. Por sus castigos seve­ros, por abandonarnos, por haberse alejado de casa, por divor­ciarse de mi madre y por las veces que prefirió estar fuera de casa. Yo lo perdono.

      Señor, quiero que mi perdón llegue a mis hermanos y hermanas. Perdono a los que me rechazaron, mintieron acerca de mí, que me odiaron y guardaron rencor. A los que me hirieron física y espiritualmente. Aquellos que eran demasiado severos conmigo, me castigaron y que, de alguna manera me hicieron la vida desa­gradable. Yo les perdono.

      Señor, perdono a mis amigos y amigas, a los que hablaron mal de mí, que perdieron contacto conmigo, que no me dieron apoyo, que no estuvieron disponibles cuando yo los necesité, a los que les presté dinero y no me lo devolvieron, yo les perdono.

      Señor, yo perdono al (a la) que fue mi enamorado/a. Por su falta de sinceridad, por engañarme, serme infiel, utilizarme, indu­cirme al aborto, hacerme sufrir a mí y a mis familiares, perjudi­carme en mis estudios, humillarme, dejarme por otra persona, alejarme de Ti. Yo le perdono.

      Señor, yo perdono a mi esposo/a por sus faltas de amor, afecto, consideración, apoyo, atención, comunicación; por sus faltas, sus caídas, sus debilidades, sus acciones y palabras que me hirie­ron y me molestaron. Yo le perdono.

      Señor ayúdame a perdonar a mis suegros, a mis abuelitos y abuelitas y a todos los que hayan interferido con mi vida familiar y hayan sido posesivos en relación a algún aspecto de mi vida. Yo los perdono.

      Jesús, ayúdame a perdonar a mis compañeros de trabajo que me desagradan y que me hacen la vida molesta. A aquellos que me recargan de tareas, que me critican, que no cooperan conmigo, y a los que se esfuerzan por quitarme mi trabajo. Yo les perdono.

      También perdono a mi Obispo, a mi Párroco, a mi Iglesia, a mi Comunidad: por su falta de apoyo, su mezquindad, su falta de amistad, por no alentarme como debían, por no ser una inspiración para mí, por no ponerme en puestos en los que yo me sentía capacitado/a, por no invitarme a servir en tareas en las que yo creía ser útil y por todas las heridas que me causaron. Yo les perdono.

      Señor, perdono a todos los profesionales que de alguna forma me odiaron: doctores, enfermeras, abogados, policías, empleados... Por todo lo que hayan hecho, yo los perdono.

      Señor, yo perdono a mi jefe de trabajo por no pagarme lo debido, por no apreciar mi trabajo, por no ser bondadoso y razonable conmigo, por tener mal carácter, ser poco amistoso, por no darme un puesto mejor y no felicitarme en mi trabajo cuando .me lo merecía. Yo lo perdono.

      Señor, perdono a mis profesores e instructores, tanto del pasado como del presente. A aquellos que me castigaron, me humillaron, insultaron, fueron injustos conmigo, se burlaron, me dijeron tonto/a, estúpido/a e hicieron que me quedara después de clase. Yo los perdono.

      Señor Jesús, yo oro en forma especial para obtener la gracia de perdonar a la persona que más me haya ofendido.

      Te pido poder perdonar a quien considero mi peor enemigo, al que me cueste más perdonar o por el que digo que nunca lo per­donaría.

      Gracias, Señor, porque me libras del mal y me ayudas a perdonar. Gracias por tu amor y tu paz. Haz que tu Espíritu Santo ilumine todos los rincones de mi mente. Amén.

      (mscperu.org)