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domingo, 12 de julio de 2026

Arzobispo de Los Ángeles presenta 45.000 intenciones de oración a la Virgen de Guadalupe en México

La tilma de la Virgen de Guadalupe en la Basílica Guadalupana en Ciudad de México. Crédito: David Ramos / EWTN News.

La tilma de la Virgen de Guadalupe en la Basílica Guadalupana en Ciudad de México. 

Acompañado de más de 300 fieles que lo acompañaron a rezar a los pies de la Morenita de Tepeyac, el Arzobispo de Los Ángeles, Mons. José Gomez, presentó 45.000 intenciones de oración a la Virgen de Guadalupe, en el marco de la peregrinación de su Iglesia particular a la Basílica Guadalupana en Ciudad de México.

“Es un privilegio estar aquí, en este lugar sagrado. Sé que comparto con ustedes este sentimiento de alegría al venerar la imagen milagrosa de Nuestra Señora de Guadalupe”, dijo el prelado de origen mexicano, que lidera la Arquidiócesis más grande de Estados Unidos, en su homilía de la Misa concelebrada por algunos de sus obispos auxiliares y 15 sacerdotes locales.

“Al acercarnos a la sagrada tilma y alzar la vista para contemplar sus ojos, escuchamos el eco de las tiernas palabras de la Virgen a San Juan Diego: ‘¿Acaso no soy tu madre?’”, indicó luego.

Las intenciones de oración, explica la Arquidiócesis de Los Ángeles, se recogieron durante la peregrinación anual arquidiocesana de la Virgen de Guadalupe y San Juan Diego en parroquias, escuelas y cementerios locales.

“En el Tepeyac, María viene a traernos a Jesús. Allí está, en el vientre de su Madre. El corazón de Jesucristo —nuestro Señor y Redentor— late bajo el de ella. El mismo corazón que latía en el Niño Jesús en Belén; el mismo corazón que fue traspasado en la cruz del Calvario”, dijo Mons. Gomez en su prédica.

“Y Jesús nos llama ahora a seguirle, a caminar con él y a difundir su amor y alegría hasta los confines de la tierra. Jesús nos llama a todos a llevar su amor al mundo, tal como nuestra Santísima Madre lo llevó a Santa Isabel”, continuó el prelado nacido en Monterrey.

“Cada uno de nosotros aquí presente hoy tiene ese mismo deber: llevar a Jesús a nuestros hogares, a nuestro trabajo, a nuestras conversaciones, a cada aspecto de nuestra vida cotidiana en sociedad”, subrayó.

El arzobispo también animó a los fieles a pedirle a la Virgen de Guadalupe “que interceda por nosotros hoy, que sea nuestra madre y nos guarde bajo su protección. Que aprendamos a amarla cada vez más, con el amor de un niño y con tierno afecto”.

“Nuestra Señora de Guadalupe, ruega por nosotros. Sé nuestra madre y tráenos a Jesús, para que nosotros podamos llevarlo a los demás”.

En la peregrinación también participan 26 peregrinos de Nueva York, quienes junto a los de Los Ángeles visitarán algunos lugares históricos como el Santuario de la Quinta Aparición de Guadalupe en Tulpetlac y la Iglesia de la Sagrada Familia en Ciudad de México.

Luego de la Misa, los peregrinos participaron de una charla sobre Nuestra Señora de Guadalupe a cargo de Ernesto Vega, coordinador del Ministerio de Formación en la Fe para Adultos Hispanos de la Arquidiócesis de Los Ángeles y estudioso de la Virgen de Guadalupe.

La peregrinación de este año se da cuando se celebra el 495 aniversario de la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe en 1531 a San Juan Diego. Este 2026 también se cumplen 50 años de la consagración de la actual Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, construida justo enfrente de la iglesia original, terminada en 1709

Walter Sánchez Silva, ACI

Vea también    Apariciones: La Virgen visita el mundo

Ángelus del Papa León XIV

 

PAPA LEÓN XIV

ÁNGELUS

 Plaza de la Libertad (Castel Gandolfo)

Domingo, 12 de julio de 2026

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 Queridos hermanos y hermanas, buenos días y feliz domingo.

Hoy, en la liturgia, el evangelista Mateo nos presenta la parábola del sembrador (cf. Mt 13,1-23), que describe la generosidad y la confianza con las que Dios esparce su Palabra en nuestro corazón y su poder en nosotros.

Jesús mismo, el Verbo hecho hombre, que dio la vida por nuestra salvación, es la semilla que el Padre sigue esparciendo en el mundo para que, muriendo, dé mucho fruto (cf. Jn 12,24). Es verdad que, a veces, encuentra en nosotros un terreno duro e insensible; otras veces, un terreno distraído, semejante al suelo pisoteado de los caminos, al terreno pedregoso o a los matorrales de espinos. Pero hay momentos en los que encuentra una tierra receptiva y fértil, y entonces se producen milagros de amor capaces de cambiar todo lo demás, como ciertamente también nosotros hemos experimentado en nuestra vida. Por eso el Padre no deja de sembrar, porque sabe que el poder de su amor es más fuerte que nuestra debilidad (cf. 2 Co 12,9-10).

San Juan Crisóstomo, refiriéndose a la «semilla» de la Palabra de Dios, afirma: «¿En qué cabeza cabe —me dirás— sembrar sobre espinas y sobre roca y sobre camino? —Tratándose de semillas que han de sembrarse en la tierra, eso no tendría sentido; mas, tratándose de las almas y de la siembra de la doctrina, la cosa es digna de mucha alabanza». (Homilías sobre el Evangelio de Mateo, 44, 3), porque en las manos de Dios es posible que «la roca se transforme y se convierta en tierra grasa; y que el camino deje de ser pisado y se convierta también en tierra fecunda, y que las espinas desaparezcan y dejen crecer exuberantes las semillas» (ibíd.).

La generosidad de Dios para con nosotros no es ingenua, sino sabia, y sabe descubrir en nosotros la posibilidad de un bien del que, a veces, ni siquiera nosotros mismos somos conscientes. Por eso el Señor, que conoce bien el terreno de nuestro corazón mejor de lo que nosotros mismos lo conocemos, no deja de creer en nosotros, en lo que somos y en lo que podemos llegar a ser, día tras día, si con fe nos abandonamos en Él.

Así, de la gratuidad y la confianza con las que se esparce la semilla, y de la humildad y la disponibilidad con las que es recibida, crecen en nosotros y se difunden los frutos del Espíritu Santo, que son, como enseña san Pablo: «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio de sí» (Gal 5,22). ¡Cuánto necesita nuestro mundo de estos frutos, de ser colmado y transformado por ellos!

Comprometámonos, entonces, especialmente en estos días de vacaciones, a dar espacio a la escucha, a la lectura y a la meditación de la Palabra de Dios, cultivando, junto con el descanso y la sana diversión, también momentos significativos de silencio y de oración. Volveremos a nuestras ocupaciones habituales renovados en el cuerpo y en el espíritu, dispuestos a anunciar la Buena Noticia del Evangelio y cada vez con más capacidad de colaborar en el crecimiento del Reino de Dios.

Que María, Reina de los Apóstoles y Estrella de la evangelización, nos ayude a todo esto.

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Después del Ángelus

 Queridos hermanos y hermanas:

Saludo a los habitantes de esta hermosa localidad, Castel Gandolfo, donde estoy pasando algunos días de descanso, y a todos ustedes los recibo con alegría, peregrinos procedentes de todas las partes del mundo.

Por desgracia, vuelven a soplar los vientos de la guerra en Oriente Medio, en Ucrania y en muchas otras partes del mundo, sembrando violencia, terror y muerte y afectando, una vez más, a tantos inocentes. No permitamos que estos vientos apaguen la pequeña llama de la esperanza y de la paz, incluso cuando parece frágil y vacilante.

Renuevo mi deseo de que se recorra con perseverancia el camino del diálogo, del encuentro y de la diplomacia, única vía capaz de conducir a una paz justa y duradera, en la que los pueblos puedan vivir reconciliados, con seguridad recíproca y en el respeto de la dignidad de toda persona.

Hoy se celebra el “Domingo del Mar”. Mi pensamiento se dirige a todos los marinos, pescadores y trabajadores portuarios del mundo, quienes, marcados por la distancia de sus seres queridos y, en ocasiones, por el temor ante los conflictos que atraviesan las rutas marítimas, sostienen con su trabajo paciente y silencioso el comercio y la vida de muchos pueblos.

Finalmente, me uno en la oración a los numerosos fieles polacos reunidos en la peregrinación anual ante el icono de Jasna Góra, para que, como «discípulos misioneros», sean testigos alegres del Evangelio. Feliz domingo para todos.




Para los Padres de Familia que transmiten la Fe a los Hijos

 ¿Usted siembra en su casa/familia?



¿Los 
El estudio de las Sagradas Escrituras debe ser una puerta abierta a todos los creyentes. Es fundamental que la Palabra revelada fecunde radicalmente la catequesis y todos los esfuerzos por transmitir la fe. La evangelización requiere la familiaridad con la Palabra de Dios y esto exige a las diócesis, parroquias y a todas las agrupaciones católicas, en las familias de creyentes proponer un estudio serio y perseverante de la Biblia, así como promover su lectura orante personal y comunitaria. Nosotros no buscamos a tientas ni necesitamos esperar que Dios nos dirija la palabra, porque realmente «Dios ha hablado, ya no es el gran desconocido sino que se ha mostrado» [Benedicto XVI]. Acojamos el sublime tesoro de la Palabra revelada.
(Papa Francisco Exhortación apostólica “Evangelii Gaudium / La alegría del Evangelio” §174-175)


Palabra del día Domingo 15 A TO - ¿No sería muchísimo mejor escucharlo con la familia proclamado en la Santa Misa Dominical presencial?


Santos Fortunato y Hermágoras , Santa Verónica CalvarioMás...

Libro de Isaías 55,10-11.

Así habla el Señor:
Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo
y no vuelven a él sin haber empapado la tierra,
sin haberla fecundado y hecho germinar,
para que dé la semilla al sembrador
y el pan al que come,
así sucede con la palabra que sale de mi boca:
ella no vuelve a mí estéril,
sino que realiza todo lo que yo quiero
y cumple la misión que yo le encomendé.

Salmo 65(64),10abcd.10e-11.12-13.14.

La semilla cayó en tierra fértil y dio fruto.

Visitas la tierra, la haces fértil
y la colmas de riquezas;
los canales de Dios desbordan de agua,
y así preparas sus trigales:

.
Riegas los surcos de la tierra,
emparejas sus terrones;
la ablandas con aguaceros

y bendices sus brotes.
Tú coronas el año con tus bienes,
y a tu paso rebosa la abundancia;
rebosan los pastos del desierto

y las colinas se ciñen de alegría.
Las praderas se cubren de rebaños
y los valles se revisten de trigo:
todos ellos aclaman y cantan.


Carta de San Pablo a los Romanos 8,18-23.

Hermanos:
Yo considero que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria futura que se revelará en nosotros.
En efecto, toda la creación espera ansiosamente esta revelación de los hijos de Dios.
Ella quedó sujeta a la vanidad, no voluntariamente, sino por causa de quien la sometió, pero conservando una esperanza.
Porque también la creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios.
Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto.
Y no sólo ella: también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente anhelando que se realice la redención de nuestro cuerpo.


Evangelio según San Mateo 13,1-23.

Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar.
Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa.
Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía: "El sembrador salió a sembrar.
Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron.
Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda;
pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron.
Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron.
Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta.
¡El que tenga oídos, que oiga!".
Los discípulos se acercaron y le dijeron: "¿Por qué les hablas por medio de parábolas?".
El les respondió: "A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no.
Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene.
Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden.
Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán,
Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los cure.
Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen.
Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron."
Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador.
Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino.
El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría,
pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.
El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto.
Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno".

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

Bulle

San Bernardo (1091-1153)
monje cisterciense y doctor de la Iglesia
Sermón en la Natividad de María “El Acueducto”, §13, 18  


«El sembrador siembra la Palabra»

En lo demás, hermanos, debemos procurar con el mayor cuidado que aquella Palabra que salió de la boca del Padre para nosotros por medio de la Virgen, no se vuelva vacía, sino que por mediación de Nuestra Señora devolvamos gracia por gracia. Mientras suspiramos por la presencia, fomentemos con toda nuestra atención su memoria, y así sean restituídas a su origen las corrientes de la gracia para que fluyan después más copiosamente...
Así, los que hacéis memoria del Señor, no guardeis silencio, no permanezcáis mudos, aunque, a la verdad, los que tienen presente al Señor no necesitan de exhortación, y aquellas palabras del profeta: alaba, Jerusalén, al Señor, alaba a tu Dios, Sión, más bien son de congratulación que de amonestación, pero porque los que caminan aún en la fe, necesitan de amonestación para que no callen y no respondan al Señor con el silencio, porque El hace oír su voz y habla palabras de paz para su pueblo y para sus santos y para todos aquellos que se vuelven a El de corazón(Sal. 84,9)... Por esto se dice en el salmo: Con el santo serás santo, y con el varón inocente, inocente, y oirá al que le oye y hablará al que le habla. De otra suerte le habrás dado silencio, si tú callas. Pero ¿si tú callas de qué? De la alabanza. No calléis, dice, y no le deis silencio hasta que establezca y ponga a Jerusalén y hasta que haga de ella la admiración de la tierra (Is 62, 6- 7). La alabanza de Jerusalén es gustosa y hermosa alabanza, a no ser que acaso juzguemos que los ciudadanos de Jerusalén se deleitan de las alabanzas mutuas y que se engañan recíprocamente con la vanidad.
Por eso aquello poco que deseas ofrecer, procura depositarlo en aquellas manos de María, graciosísimas y dignísimas de todo aprecio, a fin de que sea ofrecido al Señor, sin sufrir de El repulsa.         
(EDD)

Reflexión sobre el cuadro

Mi abuela era una gran jardinera. De niña, recuerdo observarla mientras plantaba semillas. Colocaba una sola semilla en un vasito de plástico lleno de tierra y lo dejaba en el alféizar del invernadero, revisándolo cada día con gran expectación. Poco a poco, casi imperceptiblemente, aparecía el primer brote verde y, con el tiempo, la diminuta planta se hacía lo suficientemente fuerte como para trasladarla al jardín, donde podía crecer, florecer y dar frutos. Había algo profundamente misterioso en todo ese proceso. Oculta bajo la superficie, más allá de lo que yo pudiera ver o comprender del todo, la vida se desarrollaba en silencio.

La naturaleza encierra ese sentido de misterio, y las lecturas de hoy nos invitan a contemplarla con los ojos de la fe. El profeta Isaías habla de la lluvia y la nieve que descienden del cielo, regando la tierra y permitiéndole producir semilla para el sembrador y pan para la mesa. San Pablo describe a la propia creación como algo que anhela y se esfuerza, como si estuviera en los dolores del parto, a la espera de la plenitud de la redención. En el Evangelio, Jesús señala una imagen familiar de Galilea: un labrador que esparce la semilla por sus campos. Para Isaías, Pablo y Jesús, el mundo natural nunca fue un mero telón de fondo de la vida; revelaba algo profundo sobre Dios y su obra entre nosotros. Jesús explica en nuestra lectura cómo veía en la naturaleza una imagen de su propia misión. Al igual que el agricultor esparce generosamente la semilla sobre la tierra, así Dios esparce continuamente la semilla de su palabra, confiando en que, en los corazones preparados para recibirla, surgirá algún día una cosecha abundante.

El cuadro que nos ocupa hoy, *La maceta rota*, de Jan Verhas, muestra a dos niños pequeños con expresión bastante desconcertada tras dejar caer y romper una maceta, que parecen haber cogido de la jardinera que tienen detrás. No hay drama, ni lágrimas, solo esa expresión tan familiar de la inocencia infantil: una mezcla de sorpresa y arrepentimiento. Sin embargo, incluso entre los fragmentos de cerámica, las propias flores siguen luciendo vibrantes, un suave recordatorio de que la vida es más resistente que los frágiles recipientes que la contienen.

Puede que los niños hayan roto la maceta, pero no fueron ellos quienes crearon las flores que había en su interior. La vida misma sigue siendo un regalo, que se desarrolla según leyes y procesos mucho más grandes de lo que las manos humanas pueden controlar. De manera muy similar, Jesús se refiere al sembrador que esparce la semilla, Isaías a la lluvia que nutre la tierra y Pablo a la creación que gime esperando su plenitud. Nosotros plantamos, cuidamos y, a veces, incluso rompemos cosas por el camino, pero, en última instancia, es Dios quien da el crecimiento.

by Padre Patrick van der Vorst

Oración

Señor Dios, Padre misericordioso,
Hoy vengo ante ti con un corazón dispuesto y humilde, reconociendo que tu Palabra es lámpara para mis pasos y luz en mi sendero. [1, 2, 3]
Te pido que envíes tu Espíritu Santo para que abra mi entendimiento y me conceda la gracia de escuchar tu voz. Despoja mi mente de distracciones, ansiedades y dudas. Quita de mi vida todo lo que me aleje de ti y ayúdame a recibir con docilidad tu mensaje, sabiendo que tiene el poder de salvar y transformar mi alma. [1, 2, 3, 4, 5]
Señor, no permitas que sea solo un oyente, sino un hacedor de tu voluntad. Que tu Palabra no quede como semilla estéril, sino que eche raíces profundas en mi corazón y dé frutos de amor, paciencia, justicia y paz en mi vida diaria. [1, 2, 3, 4, 5]
Moldea mi ser a la imagen de tu Hijo, Jesucristo, para que sus enseñanzas guíen todas mis decisiones y acciones. Que mi vida entera sea un reflejo vivo de tu Evangelio y un testimonio de tu amor para quienes me rodean. [1, 2]

Amén.

sábado, 11 de julio de 2026

San Benito y la reconstrucción de Europa: cuando el silencio levanta monasterios sobre las ruinas

Fiesta de San Benito, abad, patrono de Europa (11 de julio)

Un monasterio sobre ruinas: así empezó con San Benito la reconstrucción cristiana de Europa.

Un monasterio sobre ruinas: así empezó con San Benito la reconstrucción cristiana de Europa.


    Europa ya ha conocido otras ruinas. Mucho antes de convertirse en un continente de aeropuertos, autovías y parlamentos, fue un mosaico de ciudades derrumbadas, calzadas invadidas por la maleza, bibliotecas ardiendo, pueblos en movimiento, violencia cotidiana. El Imperio romano, que se había creído eterno, se desmoronó entre guerras, decadencia moral y cansancio. En medio de aquel paisaje incierto, un joven de Nursia llamado Benito decidió marcharse.

    No huyó para salvarse solo; huyó para buscar a Dios. Se retiró a la soledad de una cueva en Subiaco y comenzó a vivir lo que muchos en su época consideraron una locura: una vida ordenada únicamente por la búsqueda del Señor, lejos del ruido político y de los juegos de poder. De esa decisión aparentemente irrelevante nacería, con el tiempo, un modo de vida capaz de atravesar siglos, civilizaciones y crisis: la vida benedictina, el monacato occidental.

    Cuando hoy la Iglesia celebra a San Benito como patrono de Europa, no está haciendo un homenaje arqueológico. Está recordando que el rostro cristiano de este continente no se construyó en despachos ni en tratados, sino en monasterios levantados sobre ruinas, en campanas que marcaban la jornada de los pueblos, en bibliotecas donde se copiaba y salvaba lo que otros destruían, en campos cultivados con paciencia, en salmos cantados mientras alrededor cambiaban reinos y fronteras.

    En estos meses, tras el viaje de León XIV a España y sus llamadas a una “nueva unidad del continente europeo” fundada en sus raíces cristianas, la figura de Benito adquiere un relieve especial. Es como si la Providencia pusiera en diálogo al viejo abad de Nursia y al Papa que recorre hoy un continente herido para recordarle que, sin Cristo, no hay unidad que dure.

    El hombre que eligió a Dios en vez del poder

    De Benito no tenemos crónicas periodísticas, pero sí el retrato que hace san Gregorio Magno: un hombre que “brilló por la santidad de su vida más que por los milagros”. Eso ya dice mucho.

    Benito no fue un estratega ni un ideólogo. Fue un buscador de Dios que, al tratar de ordenar su propia vida, ofreció al mundo una forma de orden distinta de la del Imperio. En un tiempo de corrupción y violencia, propuso una vida de obediencia. En un ambiente de lujo y miseria, propuso la sobriedad y el trabajo. En medio de la dispersión, propuso una estabilidad: permanecer en un lugar, en una comunidad concreta, hechos escuela del servicio del Señor.

    Su famosa Regla, esa pequeña joya de sabiduría cristiana, no es un tratado abstracto, sino un manual de realismo evangélico. Enseña a ordenar las horas del día entre oración y trabajo; a vivir la autoridad como servicio; a acoger al huésped como si fuera Cristo; a cuidar lo pequeño; a tratar con misericordia las debilidades de los hermanos; a no anteponer nada al amor de Cristo. Sin saberlo, Benito estaba levantando los pilares de una civilización.

    Hace poco, León XIV recordaba ante políticos europeos que “la identidad europea solo puede comprenderse y promoverse en referencia a sus raíces judeocristianas” y que esos principios éticos y patrones de pensamiento son fundamentales para afrontar las crisis actuales: pobreza, exclusión, guerra. Es difícil encontrar una figura que encarne mejor esas raíces que San Benito: su Regla modeló la manera cristiana de trabajar, obedecer, mandar, acoger y rezar en Europa.

    Monasterios como luces en medio de la noche

    Los monasterios benedictinos no surgieron como grandes proyectos de ingeniería social. Fueron, al principio, pequeñas comunidades de hombres que querían vivir con radicalidad el Evangelio bajo una Regla y un abad. Pero, casi sin proponérselo, se convirtieron en faros para siglos: lugares donde se rezaba, se trabajaba, se estudiaba, se acogía, se enseñaba.

    Mientras muchas ciudades antiguas se derrumbaban o cambiaban de manos, los monasterios permanecían. En sus bibliotecas se copiaban manuscritos que habrían desaparecido para siempre. No solo textos religiosos: también obras clásicas, filosóficas, jurídicas, literarias. Sin los “escribas” benedictinos y, más tarde, cistercienses, buena parte de la memoria de Europa se habría perdido. Sin hacer campañas de propaganda, estaban salvando la cultura que otros daban por caduca.

    En torno a esos monasterios nacieron aldeas, oficios, escuelas, hospitales, formas nuevas de organizar el trabajo y la tierra. El ora et labora no quedó dentro de los muros: se derramó sobre el territorio. La oración comunitaria marcaba el ritmo del día. El trabajo, lejos de ser una maldición, se comprendía como colaboración con el Creador. La tierra se convertía en don, no en botín.

    Los cistercienses llevaron esa intuición a lugares aún más inhóspitos: buscaban valles retirados, tierras difíciles, para transformarlas en espacios habitables mediante el trabajo paciente y la disciplina interior. Donde antes había pantanos, bosques cerrados o campos abandonados, se levantaron abadías que todavía hoy son testigos silenciosos de una forma distinta de habitar el mundo: humilde, orante, laboriosa, sobria.

    Europa se recompuso porque hubo hombres y mujeres que, en vez de lamentarse por las ruinas, se pusieron a rezar y a trabajar sobre ellas. León XIV, en su reciente viaje, ha recordado algo semejante: no saldremos de esta crisis de identidad a base de gritos ni de eslóganes, sino reconstruyendo pacientemente una civilización del amor, hecha de comunidades concretas que viven el Evangelio en lo pequeño.

    Europa, un continente herido que busca su alma

    El título de “patrono de Europa” no es un adorno devocional. En 1964, Pablo VI quiso reconocer en San Benito al verdadero “padre de Europa”, por su contribución insustituible a la unidad, al desarrollo cultural y espiritual del continente. Juan Pablo II, Benedicto XVI y ahora León XIV han retomado esa intuición: Europa necesita volver a mirar a sus santos si quiere reconocerse a sí misma.

    Hoy el viejo continente vive una crisis distinta a la caída del Imperio, pero igual de profunda en algunos aspectos. No se desploman murallas de piedra, pero se desmoronan certezas que parecían intocables. Se tambalean la familia, la natalidad, la idea misma de verdad, el sentido de la vida, el respeto a la dignidad de cada persona. Europa sufre una especie de cansancio de sí misma: parece no creer en su historia ni en su futuro.

    Se reivindican derechos, pero se olvidan responsabilidades. Se proclama la autonomía, pero se multiplican las adicciones. Se exalta la tolerancia, pero crece la agresividad. Se habla de valores, pero se ha cortado el vínculo con la fuente que los hacía vivos: la fe cristiana. Como ha señalado León XIV, el relativismo y la reducción de la verdad a una opinión dejan sin suelo común a las sociedades; sin “verdades compartidas”, ningún proyecto político ni económico puede sostenerse mucho tiempo.

    En este contexto, volver a San Benito no significa idealizar una cristiandad perdida, sino recordar dónde estuvo la verdadera fuerza de Europa: en hombres y mujeres que pusieron a Dios en el centro de su vida y, desde ahí, fecundaron la historia. No fueron perfectos, pero vivieron con tal coherencia que su fe dejó huellas en las piedras, en las leyes, en el arte, en las fiestas, en la organización del tiempo.

    León XIV y San Benito: una misma llamada a recomenzar desde las raíces

    En su reciente viaje a España, León XIV ha hablado de Europa sin complejos: ha pedido que el continente no reniegue de sus raíces cristianas, que no se avergüence de la cruz, que no silencie la contribución de la Iglesia al bien común. Sus palabras han resonado como un eco contemporáneo de lo que la figura de San Benito viene diciendo desde hace siglos: una Europa que se avergüenza de Cristo se avergüenza de sí misma.

    Tu propia crónica del viaje, leyendo esas jornadas como un “canon de unidad y civilización del amor”, encaja perfectamente aquí: San Benito fue, en su tiempo, un canon vivo de esa civilización del amor que hoy el Papa vuelve a proponer. El monje de Nursia no escribió tratados políticos, pero su Regla modeló una forma de convivencia donde la autoridad es servicio, el fuerte cuida al débil, el huésped es Cristo y el trabajo cotidiano se hace bajo la mirada de Dios.

    León XIV insiste en que Europa tiene “un papel esencial en la paz” y que cualquier negociación seria debe contar con ella. Pero esa responsabilidad no puede ejercerse si el continente olvida cuál es su alma. La paz no es solo ausencia de guerra; es orden justo, respeto a la verdad del hombre, defensa del débil, apertura a la trascendencia. Sin esa base, las instituciones quedan a merced del último conflicto.

    San Benito y León XIV, cada uno desde su lugar, señalan en la misma dirección: volver a poner a Dios en el centro, no para restaurar un pasado imposible, sino para que no se pierdan los recursos espirituales que hicieron de Europa algo más que un espacio geográfico.

    Monasterios, parroquias, familias: los nuevos “Montes Casino”

    No todos están llamados a la vida monástica, pero todos pueden aprender del espíritu benedictino. Hoy, los “Montes Casino” no son solo abadías entre montañas; son también parroquias vivas, comunidades nuevas, familias que convierten su casa en un pequeño monasterio doméstico, grupos laicales que se toman en serio la oración y la formación.

    Cada vez que una familia decide rezar junta, cada vez que un grupo de jóvenes se reúne para adorar, cada vez que una parroquia abre sus puertas para ofrecer silencio y sacramentos, se está levantando un pequeño monasterio en medio de la ciudad. Allí donde la vida se ordena según Dios, allí donde el horario se deja marcar por la Misa, por la liturgia de las horas, por el rosario, por la lectio divina, Europa comienza a ser reconstruida desde dentro.

    Los benedictinos y los cistercienses siguen siendo, a día de hoy, centinelas discretos en muchos lugares de España y del mundo. Sus monasterios son oasis donde se puede respirar lo que el mundo parece haber olvidado: que Dios existe, que la vida tiene sentido, que trabajar y rezar no se oponen, que el silencio no es vacío, sino presencia. Quien entra en uno de esos lugares percibe que Europa no está muerta mientras haya una campana que llame a la oración.

    La fiesta de San Benito es, por tanto, una llamada a discernir nuestros propios “monasterios”. ¿Dónde, en nuestra vida concreta, dejamos que Dios marque el ritmo? ¿Qué espacios de silencio, de estudio, de trabajo bien hecho, de acogida, estamos levantando en medio del ruido? ¿Qué ruinas —familiares, culturales, espirituales— estamos dispuestos a ofrecer al Señor para que Él vuelva a construir sobre ellas?

    Una oración por Europa cansada

    Al proclamar a San Benito patrono de Europa, la Iglesia no solo le honró; le encomendó este continente. Hoy, cuando León XIV pide una “nueva unidad” que supere tensiones y divisiones, esa encomienda se hace más urgente.

    Intercede, San Benito, por una Europa que defiende derechos pero se olvida de los más débiles.

    Intercede por una Europa que ha llenado sus plazas de arte cristiano y sus leyes de principios cristianos, pero que actúa como si Cristo fuera un huésped molesto.

    Intercede por una Europa donde todavía hay monasterios y parroquias, ancianos que rezan, jóvenes que buscan, sacerdotes y laicos que se entregan, pero que necesitan ser confirmados en la esperanza.

    Quizá la mejor manera de honrarte hoy sea retomar, cada uno, una pequeña decisión benedictina: fijar una hora diaria para Dios, cuidar la calidad de nuestro trabajo, tratar con misericordia al hermano difícil, convertir nuestra casa en un lugar donde la fe se vea en los objetos, en los horarios, en las conversaciones.

    Europa no se reconstruirá solo con leyes ni con discursos. Se reconstruirá, como entonces, con comunidades que vivan de verdad el Evangelio. Y en esa tarea, la figura silenciosa de un monje de Nursia, y la voz de un Papa que desde Roma pide a Europa que no reniegue de sus raíces, seguirán siendo, muchos siglos después, una campana que, aun sonando lejos, recuerda a este continente cansado que todavía hay un camino de vuelta a casa.

     Luis Javier Moxó Soto, ReL

    Vea también    San Benito de Nursia - Benedicto XVI




    ¿Comunión en la boca o en la mano?

     

    Aclarando dudas de un joven

    Dos fieles comulgan en la boca y en la mano.

    Dos fieles comulgan en la boca y en la mano


      A veces me pregunto después de distribuir la comunión: ¿saben los que se acercan a comulgar a quién están recibiendo? Lo pregunto sin juzgar, porque yo mismo soy el primero que necesita que se lo recuerden cada día. Lo pregunto porque hay algo en la forma en que muchas veces se comulga hoy que me genera una inquietud pastoral.

      La Eucaristía es, en palabras del Concilio, "fuente y culmen de toda la vida cristiana" (Lumen Gentium, 11). En ella no comemos pan: comemos el Cuerpo de Cristo, sustancial y realmente presente, el mismo que nació de María, que murió en la Cruz y que resucitó al tercer día: Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Eso que se deposita en la mano o en la lengua en el momento de comulgar es Dios. El mismo Jesús que dijo: "Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él" (Jn 6, 55-56). Por la forma en que muchas veces comulgamos y en el poco tiempo que nos quedamos después rezando creo que no somos conscientes de esto. Y es un preocupa. Tiene que ver también con la forma de comulgar...

      Norma y excepción

      La comunión en muchas de nuestras misas se ha convertido en una fila que avanza deprisa, como si estuviéramos haciendo cola lo más rápido posible para recoger un pedido en una ventanilla. Uno de los factores que ha contribuido a esto, aunque no sea el único, ha sido el modo en que se ha generalizado la comunión en la mano. Sé que decir esto me señala y que me pueden llamar carca, tradi, y esas cosas, pero voy a explicar por qué lo pienso. Además por unas preguntas que hace poco me ha hecho un joven me di cuenta de que hay una gran confusión con este tema y no pocos escrúpulos por parte de gente que realmente tiene amor a la Eucaristía y es consciente de lo que es. Quiero dejar claro desde el principio que no estoy diciendo que el que comulga en la boca es consciente y que el que comulga en la mano no es consciente. Yo no suelo hacer simplificaciones de esas.

      La comunión en la mano no es la norma de la Iglesia. Nunca lo ha sido. La norma universal y ordinaria de la Iglesia latina sigue siendo la comunión en la lengua, reafirmada expresamente por san Pablo VI en Memoriale Domini (1969) tras consultar a todo el episcopado mundial, con un resultado llamativo y aplastante: 1.233 obispos votaron en contra de cambiar la forma de comulgar, frente a 567 a favor. Es decir, que la mayoría de los obispos consultados querían que se mantuviese la comunión en la boca y no se permitiese la comunión en la mano. El Papa tomó nota y confirmó la norma: lo normal y habitual lo que debe ser común es comulgar en la boca.

      La comunión en la mano es, jurídicamente, un indulto, es decir, una excepción formal a la ley general, concedida territorio por territorio mediante un procedimiento muy preciso: votación de dos tercios de la Conferencia Episcopal más confirmación expresa de la Santa Sede; es decir, que el Papa concedió que si una mayoría de la Conferencia Episcopal votaba a favor de la comunión en la mano, entonces se podía aplicar una excepción en esa región. Fíjate: una excepción. En España ese indulto se concedió en 1976, y por eso en nuestras diócesis existe la posibilidad legítima de comulgar en la mano. Posibilidad que es una excepción a la norma; una posibilidad, que es distinto de una obligación, y la excepción desde luego no deroga la norma. Redemptionis Sacramentum (2004), número 92, lo dice claro clarinete: "todo fiel tiene siempre derecho a recibir la sagrada Comunión en la boca". Ese derecho no depende de que exista o no el indulto, no puede ser restringido por ningún ministro bajo ningún pretexto, y no admite presión de ningún tipo.

      Presentar la comunión en la mano como si fuese la norma, como si la comunión en la lengua fuera una rareza de nostálgicos, carece de fundamento doctrinal. Y lo que ya constituye directamente un abuso litúrgico, un abuso de autoridad y de conciencia, denunciado expresamente en los documentos, es negar o dificultar la comunión en la boca a quien la pide. Abuso que ocurre,; yo lo he visto cuando en mi familia, en Barcelona, han negado la comunión en la boca a algunos de mis hermanos o les han dejado de lado u obligado a ponerse de pie cuando se han arrodillado para comulgar. Hay comunidades, parroquias, incluso algunos movimientos eclesiales que de facto imponen la comunión en la mano como única forma posible, que hacen sentir raros o anticuados a quienes quieren arrodillarse o comulgar en la boca. El Derecho Canónico no respalda eso en absoluto. La forma de comulgar es algo propio del fiel que debe poder elegir y no puede ser impuesto por nadie, ni siquiera por un movimiento, comunidad o sacerdote en concreto ni obispo ni el Papa.

      Lo más importante: la comunión consciente y fructuosa

      Pero más allá de la cuestión disciplinar, que importa y mucho porque la liturgia forma la fe y no al revés, lo que me preocupa de fondo es otra cosa. La extensión masiva de la comunión en la mano, unida a la rapidez con que se administra, ha contribuido a que mucha gente haya perdido el sentido de a quién está recibiendo. Lo veo en cómo se sostiene la hostia en la mano antes de consumirla. Lo veo en quien se va antes de consumirla por completo, llevándose de paseo al Señor. Lo veo, y esto sí que es grave, en los casos que Redemptionis Sacramentum enumera como abuso grave: fieles que se llevan la hostia, que la depositan en el bolso, que no la consumen de inmediato ante el ministro como exige el propio indulto. Es tremendo tener que parar toda la fila de la comunión y perseguir a alguien para ver si ha comulgado. O, como me pasó en una parroquia, ver que una mujer se había llevado a la Sagrada Forma para pegarla con celo en un cartoncito y tenerla en adoración en casa... Con buena intención y muy poca formación. Ya no hablemos de las profanaciones satánicas... El indulto tiene condiciones estrictas: consumir inmediatamente, ante el ministro, sin alejarse con la sagrada forma y revisar bien en la palma de la mano para asegurarse de que no queden partículas del cuerpo de Cristo. Que esas condiciones se incumplan de forma habitual sin que nadie diga nada, mientras se sigue considerando que todo va bien, es lo que quiero señalar en este artículo.

      La Iglesia siempre ha reservado el contacto directo con la Eucaristía a las manos consagradas del sacerdote. Esto parte de la comprensión de que lo que se toca en ese momento es algo sagrado: el Cuerpo del Señor, y que ese contacto pide la mayor reverencia posible. Los Padres de la Iglesia, que conocían bien el mundo antiguo y no eran precisamente idiotas, escribían sobre la Eucaristía con un temblor, respeto y reverencia que muchas veces no encuentro reflejado en la forma en que recibimos la comunión hoy. San Cirilo de Jerusalén, en sus catequesis mistagógicas, instruía a los fieles a formar con las manos un trono para el Rey antes de recibir la comunión, y a no perder ni un fragmento, porque "si te falta algo, es como si perdieras uno de tus propios miembros". Esa conciencia de la presencia real es la que me gustaría ayudar a recuperar.

      Mi propuesta es sencilla: comulgar en la boca. No porque sea obligatorio, aunque sí es lo que la norma universal de la Iglesia privilegia. Invito a comulgar en la boca porque es la forma que mejor expresa la consciencia de lo que estamos recibiendo, la que más protege la presencia real, la que evita la pérdida de fragmentos perdidos y de gestos inadvertidos, y por supuesto de profanaciones. Pone el cuerpo en una postura de adoración, reverencia y recepción: recibes, no tomas por ti mismo, a Cristo, a quien no merecemos. Este modo de comulgar educa la fe. Yo invito incluso a arrodillarse para mostrar aún más reverencia y adoración cumpliendo con el cuerpo lo que acabamos de decir: "Señor, no soy digno de que entres en mi casa...", y abrir la boca ante el sacerdote es un gesto que todo el cuerpo hace junto con el alma, diciéndole a Cristo: tú te me das, yo te recibo, tú eres el Señor y yo soy tu criatura.

      Y si por la razón que sea se prefiere comulgar en la mano (donde el indulto está vigente hay todo el derecho de hacerlo) que al menos se haga como la Iglesia manda: formar un trono con las palmas, una sobre otra, esperar a que el sacerdote deposite la hostia, llevarla a la boca inmediatamente sin alejarse, sin dejar fragmentos en la palma. No es complicado. Es lo minimo que merece el Dios a quien estamos recibiendo.

      A quien recibimos

      Lo que me gustaría es que la próxima vez que alguien vaya a comulgar, algo cambie en su interior antes de llegar al altar. Que sepa que va a recibir a Dios. Al mismo que curó leprosos y resucitó a Lázaro. Al mismo que murió por nosotros y que quiere entrar, habitarnos, transformarnos desde dentro. "El que come mi carne permanece en mí y yo en él" (Jn 6, 56). Si eso se toma en serio, todo cambia: la forma de comulgar, la forma de acercarse en la fila (cuyo nombre real es Vía sacra), el silencio de después, la acción de gracias...

      La Iglesia distingue entre el efecto del Sacramento y el fruto del Sacramento. El efecto se produce por sí mismo al margen de la fe de la gente (ex opere operato). En el caso de la Eucaristía se trata de la presencia real de Cristo bajo la forma de pan y vino. Pero el fruto es la gracia que el sacramento causa en la persona que lo recibe. Y el fruto sí que depende de la consciencia, de la preparación y de las disposiciones interiores del sujeto (ex opere operantis). Por eso comulgar como quien come una galleta no sirve para nada. Como dice San Pablo, "el que come y bebe sin discernir el cuerpo come y bebe su propia condenación" (1 Corintios 11, 29). Ya no hablemos si no se cumplen las condiciones para comulgar como el ayuno eucarístico, no estar en pecado mortal, en situación objetivamente desordenada. 

      La espiritualidad católica es esencialmente eucarística. En la Eucaristía está Cristo, y sin Cristo no se sostiene nada. Aprovecha su presencia. Comulga bien. Quédate después un rato a darle gracias. Y si un día te acercas al altar con prisas, de pasada, como quien recoge algo en un mostrador, para. Respira, detente y recuerda a quién vas a recibir.

      Jesús María Silva Castignani, ReL

      Vea también    La comunión y la oración final
      - Papa Francisco