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jueves, 2 de julio de 2026

Para los cardenales, la “guerra justa” ya no es tan justa

Reunidos a finales de junio en un consistorio en Roma, los cardenales abordaron un tema delicado planteado por León XIV en su encíclica Magnifica humanitas: el cuestionamiento de la doctrina de la "guerra justa". Abogan por recurrir más bien al concepto de la legítima defensa, abriendo así un espacio de reflexión en torno a los fundamentos morales del uso de la fuerza

La "guerra justa" fue uno de los temas que el Papa había pedido explícitamente que se incluyera en la agenda de los cardenales que reunió en el Vaticano el viernes y sábado pasados. Esta doctrina tradicional, que se menciona en el Catecismo de la Iglesia Católica, se rige por elementos precisos: la Iglesia Católica juzga la legitimidad moral de la guerra mediante una serie de criterios, entre los que se incluyen la proporcionalidad, la necesidad, la garantía de éxito y la legitimidad de la autoridad estatal que pretende llevarla a cabo.

Sin embargo, en su primera encíclica, Magnifica humanitas, León XIV invitó a "ir más allá" de este concepto. Un llamado al que se hizo eco el cardenal Víctor Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, quien intervino durante el consistorio explicando que "la puesta en práctica, pero también la noción misma de legítima defensa, debe precisarse mejor para que se comprenda en su sentido más estricto". Para el "guardián del dogma", en efecto, la legítima defensa se ha convertido hoy en pretexto para una "enorme desproporción en las intervenciones militares" en diversas partes del mundo.

Durante los numerosos grupos de intercambio, característicos de los consistorios convocados por León XIV, los cardenales también destacaron "la necesidad de superar la lógica de la 'guerra justa', ya que el Evangelio no se impone por la fuerza". Invitaron a hablar "más bien de un derecho a una defensa proporcionada", según se lee en el informe de la Santa Sede. Ante las "profundas transformaciones que se han producido en la naturaleza de los conflictos contemporáneos", esta reflexión merece ser desarrollada más a fondo con "rigor teológico y pastoral", coincidió el pontífice en su discurso de clausura de los trabajos.

¿Se acabaron las agresiones justas?

Para un observador romano, "no se trata de cuestionar la teoría de la guerra justa, sino las circunstancias de su aplicación". Hoy en día, analiza este canonista, "parece que se ha producido un desplazamiento del concepto de guerra justa hacia el concepto de agresión justa: se justifica la agresión, mientras que la teoría tradicional justificaba la respuesta a las agresiones".

Por su parte, una fuente vaticana considera la posibilidad de una profundización doctrinal en el futuro, argumentando que la Iglesia podría declarar que no existe una guerra justa, sino solo "una legítima defensa". En este esquema, que sigue el principio del mal menor, "nunca hay una guerra justa, sino guerras posibles; nunca hay una agresión justa, sino una defensa justa".

Otros expertos entrevistados por Aleteia destacan la necesidad de basarse en el concepto de proporcionalidad para replantear los conflictos en la era de las tecnologías digitales. "Quizás podríamos pensar ya no en una 'guerra justa', sino en una 'guerra proporcional'", sugiere uno de ellos. ¿Se tratará de condenar la guerra justa? ¿De eliminar este concepto del Catecismo de la Iglesia Católica? ¿De precisar mejor este concepto? El debate ya está abierto…

Anna Kurian, Aleteia

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Amar a Dios significa entregarte a Él sin reservas

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Después del pecado original, Dios no acabó con el hombre por el infinito amor que le profesaba. Y lo amó sin reservas, así como debemos amar nosotros al Señor

Estamos tan acostumbrados a escuchar que Cristo murió por nosotros en la cruz y que con su sacrificio nos redimió de todos nuestros pecados, que ya no nos impacta. Sin embargo, un amor tan grande no puede pagarse mas que con la misma moneda: amar al Señor sin reservas, sin regateos, con confianza en que no hay nada mejor que Él.

Entenderlo sería agradecer sin cesar

Quizá ha mermado nuestra capacidad de asombro el hecho de vivir en un mundo que ya no se detiene para reflexionar. Pero, si entendiéramos por lo menos en su mínima expresión todo lo que conllevó que el mismo Dios decidiera hacerse como nosotros, depreciando su condición divina para poder pagar el precio de nuestros delitos, estaríamos extasiados.

La contemplación del sacrificio de Cristo en la cruz hizo a santa Teresa sentir un enorme dolor porque no había agradecido suficiente lo que Jesús había hecho por ella - y por cada uno de nosotros -

"Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle" (Libro de la Vida, cap. 9, párrafo 1).

Si lográramos entender la magnitud de su sacrificio, le agradeceríamos todo el tiempo y sin cesar ni un instante

Święta Teresa z Ávili na Wielki Post

La Preciosa Sangre es sinónimo de amor

El sacrificio de su cuerpo bendito maltrecho y desgarrado, todo el sufrimiento físico y moral, representan solamente el exterior de lo que realmente ocurría dentro de Él: su amor infinito que se desbordaba por cada uno de nosotros en cada gota de su Preciosa Sangre.

¿Cómo no amarlo? Él no dio a medias y pide de nosotros lo mismo: un amor completo para Él, sin reservas, en la misma medida en que el Señor nos dio todo lo que tenía.

Sin embargo, queremos quedarnos con algo siempre, como si temiéramos que, al entregarnos, solamente nos devolverá dolor. Es inaudito que alguien piense que, al ofrecer a Dios todo lo que tiene, recibirá a cambio sufrimiento.

Leemos en la primera carta del apóstol san Juan:

"No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor tiene que ver con el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor. Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero" (1 Jn 4, 18-20)

Tengamos la valentía de darle todo al Señor: nuestra vida, nuestra familia, nuestros amigos, nuestros bienes... Él se encargará de todo y nos lo devolverá en abundancia.

Mónica Muñoz, Aleteia

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