miércoles, 20 de junio de 2018

CORAZÓN DE JESÚS SALVACIÓN DE LOS QUE EN TI ESPERAN: TEN MISERICORDIA DE NOSOTROS - Meditación del Papa Juan Pablo II sobre las Letanías del Sagrado Corazón



Ángelus, 17 de septiembre de 1989
¡Queridos Hermanos y Hermanas!

1. A esta hora del Ángelus detengámonos durante algunos instantes para reflexionar sobre esa invocación de las letanías del Sagrado Corazón que dice: "Corazón de Jesús, salvación de los que en Ti esperan, ten misericordia de nosotros".

En la Sagrada Escritura aparece constantemente la afirmación según la cual el Señor es "un Dios que salva" (Ex 15,2; Sal 51,16; 79,9; Is 46,13) y la salvación es un don gratuito de Su Amor y de Su Misericordia. El Apóstol Pablo, en un texto de alto valor doctrinal, afirma: "Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad" (1 Tm 2,4;4,10).

Esta voluntad salvífica, que se ha manifestado en tantas intervenciones admirables de Dios en la historia, ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret, Verbo Encarnado, Hijo de Dios e Hijo de María, pues en Él se ha cumplido con plenitud la palabra dirigida por el Señor a su "Siervo". "Te voy a poner por luz de las gentes, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra" (Is 49,6; Lc. 2,32).

2.Jesús es la epifanía del Amor salvífico del Padre (Tt 2,11; 3,4). Cuando Simeón tomó en sus brazos al niño Jesús, exclamó: "han visto mis ojos tu salvación" (Mc 2,30). En efecto, en Jesús todo está en función de su misión de Salvador: el nombre que lleva ("Jesús" significa "Dios salva"), las palabras que pronuncia, las acciones que realiza y los sacramentos que instituye.

Jesús es plenamente consciente de la misión que el Padre le ha confiado: "El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc. 19 ,10). De Su Corazón, es decir, del núcleo más intimo de Su ser, brota ese celo por la salvación del hombre que lo impulsa a subir, como manso cordero, al monte del Calvario, a extender sus brazos en la cruz y a dar su vida como rescate por muchos (Mc 10,45).








Para los que NO han ido a Misa el Domingo pasado

Reflexionando sobre el Evangelio del Domingo pasado
¿Grano de mostaza o batería de teléfono?


Hace poco tiempo escuchaba a un sacerdote decir que hoy en día es muy complicado entender las parábolas. ¿Por qué es tan complicado? La argumentación era sencilla: actualmente no tenemos las mismas referencias vitales que en la Judea de hace 2000 años. Tras esta razón nos comentó que habría que traducir las parábolas y por ejemplo, hablar de la pila de teléfono móvil en vez del grano de trigo. Personalmente creo que tiene razón en nuestra incapacidad de entendimiento para todo lo que no salga en un meme en las redes sociales o en una serie de éxito de cualquiera de los canales de pago actuales. Esta es una de las contradicciones más evidentes de nuestra sociedad. Teóricamente estamos mucho más formados que nunca, pero ¿Tantos años de estudio no nos sirve para entender una simple y evidente parábola?
Es cierto que ya no vivimos los ciclos naturales que propiciaba una vida sencilla en el campo, pero no por ello dejamos de tener la capacidad de entender cuando nos explican algo sencillo. ¿Por qué referirnos a una batería de móvil, cuando disponemos de parábolas sobre las que meditar y comprender lo que Cristo nos señala a través de su Palabra? Las parábolas nos permiten ir más allá de la superficialidad de lo que aparentemente se relata. ¿Por qué quedarnos en la superficialidad de un relato, cuando podemos beber del Agua Viva que es la Palabra de Dios? Este es el primero de los problemas que nos encontramos cuando nos acercamos a las Sagradas Escrituras, que son Revelación directa de Dios.

Actualmente, muchos y relevantes católicos miran las Sagradas Escrituras como si hubieran sido escritas por pobres e ignorantes judíos del siglo I.

Nos parece que eran personas que no entendían nada de lo que Cristo les decía y hacía. En nuestra soberbia, nos atrevemos a reinterpretar las Sagradas Escrituras desde puntos de vista adecuados a lo que en pleno siglo XXI se considera aceptable. Todo esto se realiza olvidando la existencia de la Tradición Apostólica, que dejamos reposar en una vitrina de museo. Para nosotros, personas postmodernas del siglo XXI, la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés no pasa de una historieta imaginativa que nos ha llegado del pasado.
Leamos lo que dice Clemente de Alejandría (Padre de la Iglesia y miembro de gran relevancia de la Escuela de Alejandría) de las Parábolas y de las Sagradas Escrituras en general:
Los que sabemos bien que el Salvador no dice nada de una manera puramente humana, sino que enseña a sus discípulos todas las cosas con una sabiduría divina y llena de misterios, no hemos de escuchar sus palabras con un oído carnal, sino que, con un religioso estudio e inteligencia, hemos de intentar encontrar y comprender su sentido profundo.(Clemente de Alejandría, Quis dives salvetur 5, 2-4)
Ojo, los escritos Sagrados no contienen ninguna sabiduría oculta que es controlada por iniciados o sabios. Tampoco guardan ningún un secreto exclusivo que dote de poder a su poseedor. Tampoco contiene códigos secretos que sólo se pueden hallar por medio del esfuerzo personal. No se trata de volver a las interpretaciones gnosticistas de los primeros siglos.

Para entender las Sagradas Escrituras hace falta sentido común, humildad, oración, sencillez y la acción del Espíritu Santo que nos ayuda a abrir el corazón a Dios.

Si cambiamos el grano de trigo por una batería de teléfono móvil, a lo más que llegaremos es a vernos reflejados en la angustia hipercomunicativa que nos atenaza en este tecnificado siglo XXI. San Cromacio de Aquilea fue un obispo italiano del siglo V. En sus escritos nos habla del sentido profundo de estas parábolas. Un sentido que nos conduce al Misterio, que no es secreto ni reservado para unos pocos:
El Señor se comparó a sí mismo a un grano de mostaza: siendo Dios de gloria y majestad eterna, se hizo un niño muy pequeño, puesto que quiso nacer de una virgen tomando un cuerpo de niño. Lo pusieron en tierra cuando su cuerpo fue enterrado. Pero después de haberse enderezado de entre los muertos por su gloriosa resurrección, creció tanto en la tierra que llegó a ser un árbol en cuyas ramas habitan los pájaros del cielo.
Este árbol significa la Iglesia que la muerte de Cristo resucitó en  gloria. Sus ramas sólo pueden significar a los apóstoles porque, igual que las ramas son el ornamento natural del árbol, así también los apóstoles, por la belleza de la gracia que han recibido, son el ornamento de la Iglesia de Cristo. Se sabe que sobre sus ramas habitan los pájaros del cielo. Alegóricamente, los pájaros del cielo somos nosotros que, llegando a la Iglesia de Cristo, descansamos sobre la enseñanza de los apóstoles, tal como los pájaros lo hacen sobre las ramas. (San Cromacio de Aquilea (¿-407). Sermón 30, 2)
¿Puede el símil de la batería de móvil llegar a la profundidad que nos ofrece San Cromacio? ¿Qué impide darnos cuenta que los Evangelios son mucho más que cuentos míticos que expresan de una forma “peculiar” la vida de Jesús de Nazareth? El problema que tenemos los católicos del siglo XXI es que vivimos cegados por el emotivismo socio-cultural de la época que nos toca vivir. Nos pasa algo similar, pero agravado, de lo que sucedió en anteriores épocas: barroco, romanticismo, ilustración, modernidad, etc. ¿Por qué agravado? Porque...

...según nos alejamos de la fuente de la Tradición, nuestro entendimiento de la Revelación se va haciendo más y más discontinuo y rupturista.

Deberíamos tener claro que la vida de Cristo es una continua llamada a vivir en nosotros la Revelación. Una constante invitación a llevar la Verdad a cada momento de nuestra vida. Una invitación a morir a nosotros mismos para volver a nacer del Agua y del Espíritu (Jn 3, 5). Sólo entonces, una vez renacidos, daremos fruto abundante. Sólo si el grano de trigo muere como tal, puede fructificar, crecer y dar fruto abundante (Jn 12, 20-33). Nosotros mismos somos extensión del grano de mostaza: pequeños, incapaces e insignificantes por nosotros mismos.

Somos nada hasta que, renacidos en Cristo, nos convirtamos en medio del Evangelio.

Un medio similar al árbol capaz de albergar pájaros en sus ramas y que brota de ese insignificante grano de mostaza. La Gracia de Dios, los dones del Espíritu, la Comunión de los Santos, hacen que podamos decir “muévete” a una montaña y que la montaña de mueva (Mt 17, 20). ¿Moveremos lo que queramos? Evidentemente, cuando Amamos de verdad a Dios, nuestra voluntad queda unida a la Voluntad del Señor. Querremos lo que Dios desea y a través de nosotros, se hará realidad.



Hijos bien educados y felices

La educación positiva de los niños. 

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A finales del siglo XX, y gracias a Seligman, la psicología se dedicó a estudiar fenómenos que hasta entonces habían estado relegados a un segundo plano, tales como la creatividad, la felicidad, la inteligencia emocional. Esta corriente ha impregnado la Psicología del siglo XXI llegando también a la educación, ofreciendo sugerencias concretas sobre cómo educar a los hijos.
¿Qué es el soporte conductual positivo y cómo lo podemos aplicar en la educación de nuestros hijos?
La esencia de este nuevo enfoque es la educación a través de técnicas más positivas que creen un clima de bienestar en casa, un clima que estímulo a nuestros hijos para portarse bien y dar lo mejor de sí mismos.
Para lograrlo hay que tener paciencia y ser flexibles para facilitar sus aprendizajes. Darles las herramientas para que formen su identidad y su autoestima. Significa sobre todo, basar la educación en los esfuerzos que hacen, evitando los gritos y castigos innecesarios y dando siempre preferencia a los refuerzos positivos y a los premios sobre todo no materiales. Que aprendan a portarse bien por el sentimiento de bienestar que eso les genera. Esta es la base para educar con eficacia y exigencia la mismo tiempo garantizando calidad de vida  serenidad en el clima fami
Cuando usamos técnicas de refuerzo negativo basamos nuestra atención en las cosas que el niño/a hace mal y dejamos de responder a las cosas que hace bien. Las buenas motivaciones y el afecto son el mejor modo de educar a los hijos.
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Siete principios básicos para potenciar la educación en positivo
1. Ante todo conocer, proteger y dialogar. La educación en positivo exige paciencia y esfuerzo. Está basada en tres premisas:
  • Conocer y entender a los niños y las niñas: Cómo sienten, piensan y reaccionan según su etapa de desarrollo
  • Ofrecer seguridad y estabilidad: Los niños y las niñas tienen que confiar en sus padres, sentirse protegidos y guiados
  • Optar por la resolución de los problemas de manera positiva, sin recurrir a castigos físicos, gritos, amenazas o insultos.
2. Potenciar siempre el vínculo afectivo con los hijos. Son lazos invisibles pero de gran intensidad emocional que se crean entre el niño o la niña y sus padres o cuidadores, desde el momento mismo del nacimiento. Definen la relación entre ambos y tienen una influencia decisiva en el desarrollo de los niños y las niñas, en su personalidad y su autoestima. Es ese vínculo el que proporciona al niño o a la niña seguridad.
3. Hacer que los hijos se sientan queridos demostrando el afecto abiertamente. Los niños necesitan verlo sentirse amados para sentirse seguros. Las demostraciones expresas de amor son importantes: besos, abrazos, halagos, sonrisas. No hay nada más gratificante para un niño o una niña que sentir que es importante para sus padres y que estos están orgullos de él o ella. El afecto se manifiesta también mostrando interés por lo que los niños y las niñas sienten y piensan, dedicándoles tiempo.
4. Definir bien las normas y los límites para incrementar la seguridad de los hijos. Son tan necesarias para el desarrollo emocional, cognitivo y social como el afecto. Las normas deben ser claras, sencillas y estables, y servir para facilitar la convivencia familiar y la vida en sociedad. Es necesario que se acompañen de una explicación coherente, que los hijos puedan comprender.
5. Involucrar a los hijos en el proceso de toma de decisiones. De este modo es más fácil que las comprendan y acepten. Todos los miembros de la familia están más motivados a la hora de cumplir las normas si estas han sido habladas y consensuadas. Se pueden conseguir así decisiones más creativas y que sean percibidas como justas. Los niños y las niñas desarrollan una buena autoestima, confianza en sí mismos y sentido de la responsabilidad.
6. Recordar que las sanciones son inútiles si no son apoyadas por verdaderas motivaciones. Lo importante es que las sanciones sean claras y proporcionadas y sobre todo que no tengan la finalidad de frustrar o humillar a los menores sino de ayudarles a recordar que los comportamientos tienen consecuencias concretas en la vida. No todo error necesita una sanción. A veces es más difícil dedicar tiempo a explicar lo sucedido y se prefiere sancionar sin darse cuenta que la humillación no propicia comportamientos positivos. Por otra parte es importante que los hijos sepan que existen las sanciones en casa, como existen en la vida real.
7. Dedicar tiempo y atención a los hijos. El diálogo es necesario para que los hijos sientan seguridad y serenidad. Hijos serenos y con buenas bases afectivas gozan de una buena base humana para lo que será la futura adolescencia.
Esto es educar en positivo, evitando el castigo y entendiendo que los niños están aprendiendo y necesitan nuestra guía para hacerlo bien. Aprender algo nuevo requiere tiempo. Debemos ser pacientes y confiar en los inmensos beneficios de saber estimular los hijos con el amor y el dialogo.
Llena sus días de buenos momentos, de muestras de amor, de aplausos por sus buenas conductas y verás como ellos responden mejor, aprenden antes y son más felices.
Javier Fiz Pérez, aleteia







¿Cómo amar de verdad a los demás, en un mundo que ya no lo entiende?

Existe un mecanismo que aporta equilibrio tanto a la bondad como a la verdad; sin él, nuestro esfuerzo es incompleto.

Vivo en un animado convento con más de 50 hermanas religiosas. Nuestra comunidad es grande y no escasean las oportunidades para hacer obras caritativas, ya sea al lavar los platos, escuchar pacientemente a otra hermana o recoger a alguien del aeropuerto. Sin embargo, con el tiempo, tras observarme a mí misma en la comunidad, me he dado cuenta de que cuando hago algo caritativo, a menudo es por alguna forma de interés propio.
Si observamos atentamente nuestra vida emocional interior —y si somos sinceros con nosotros mismos—, muchos nos percataremos de que a menudo hacemos cosas aparentemente cariñosas por motivos egoístas. Amamos para poder lograr reconocimiento de los demás, para gustar, para sentirnos superiores a otros, para sentirnos necesitados y para conservar amistades.
Realizamos actos de amor para recibir algo a cambio. Debido a que los actos caritativos pueden enmascarar tan fácilmente un amor egoísta, me he preguntado muchas veces: “¿Qué es la auténtica caridad cristiana?” y “¿Cómo puedo vivir el amor real?”.
Aprender cómo es la caridad cristiana ha sido una larga travesía para mí y, después de siete años en el convento, puedo decir que apenas he empezado a entenderla realmente. Una cosa que he comprendido es que no se parece a la idea secular y mundana que define el amor como una emoción dramática: el afecto no “daña” a nadie. Esta noción es incompleta y también es inherentemente imperfecta, porque está concebida como separada de y no relacionada con Dios.
Pero Dios es amor, así que el amor sin Dios, simplemente, no es amor.
Ya que el amor que vemos profesarse en el mundo está divorciado de Dios, a menudo termina faltándole verdad. Cuando al amor le falta verdad, entonces la bondad se convierte en el aspecto más vital del amor. El amor mundano es amable y tolerante con todo el mundo, excepto para quienes creen que al amor incluye corrección fraternal y una articulación de verdad moral objetiva; para ellos se reserva la mayor de las intolerancias.
En respuesta a esta visión incorrecta del amor, algunos cristianos enfatizan con razón que el amor desafía el comportamiento inmoral porque tiene el bien del prójimo en su centro. Por desgracia, este amor también se vuelve a menudo demasiado centrado estrictamente en la corrección, tanto que excluye otros aspectos de los frutos de la caridad, a saber: misericordia, gozo, paz, generosidad, amistad y comunión (ver CIC 1829).
Cuando los cristianos no viven la plenitud de los frutos de la caridad, se convierte en una fuente de auténtico escándalo y confusión para no cristianos y cristianos por igual. El escándalo de un amor cristiano incompleto hace que las personas de alejen de Jesús y las acerca a la visión parcial del amor del mundo exterior.
Toda la confusión en torno al amor es uno de los motivos por los que he tenido dificultades para vivir la virtud de la caridad en el convento. El énfasis del mundo en la amabilidad a menudo me conduce a preguntarme si me falta amor cuando soy “antipática”. Y el énfasis de algunos cristianos sobre la corrección fraternal me conduce a pensar que no estoy amando al prójimo si no le estoy corrigiendo constantemente.
Cualquiera de estas perspectivas, si le falta equilibrio, está incompleta, lo cual puede originar graves obstáculos para la vida espiritual. Por un lado, si tememos hacer sacrificios y nos desafiamos a nosotros mismos y a los demás, quizás nos encontremos que caemos en una falsa bondad y en un amor de comodidad que no se parece en nada al amor real. Por otro lado, si nos centramos en exceso en detallar los defectos de los demás en vez de amarlos, quizás nos volvamos sentenciosos.
Sin equilibrio, nos quedamos atrapados en nuestros instintos y nuestro amor se paraliza. Vivir solamente por la amabilidad es vivir superficialmente. Vivir por la verdad divorciada del amor —que no es en absoluto verdad— es terminar frustrado, sintiéndose incomprendido y aislado de los demás (y poco de lo que hacemos influye en el comportamiento de aquellos a quienes nos gustaría corregir).
En medio de esta confusión, el poder del Evangelio y de la gracia de nuestro Bautismo queda, en cierto modo, neutralizado, algo que debe complacer en gran medida al diablo.
Así que, la pregunta se me sigue presentando: “¿Cómo puedo vivir la auténtica caridad cristiana?”. ¿Cuál es el mecanismo que trae equilibrio tanto para la bondad como para la verdad?
Thomas Merton escribió una vez: “Nuestro crecimiento en Cristo es crecimiento en caridad”. A medida que los años pasan en el convento, una cosa ha quedado más clara: no puedo vivir la caridad real yo sola. Abandonada a mis propios medios, mis actos de amor a menudo enmascaran intenciones egoístas. Pero la virtud de la caridad es una participación en el amor de Dios mismo.
Crecer en la virtud es, pues, crecer en la vida de Dios. Hacer eso siempre implica rendir las preocupaciones o los intereses propios. Por consiguiente, rendirse es ese mecanismo que nos falta; nos ofrece el equilibrio necesario que autentica nuestra caridad cristiana. Solo la caridad desinteresada de uno mismo —de los sentimientos propios o de la necesidad propia de sentirse victorioso de alguna forma— puede ser realmente “verdadera”.
El amor exige un acto de voluntad, pero también requiere una rendición sincera y completa a la acción de Dios en nuestro interior. Esto desata la gracia. Lo que separa a una persona caritativa de otra que no lo es no es que una sea perfecta y la otra imperfecta: todos estamos rotos y somos egoístas de alguna forma. Sin embargo, cuando una persona ha hecho algo verdaderamente caritativo, es porque ha rendido sus “recipientes de barro” (2 Cor 4,7) sin esperar la gracia de Dios, de modo que pueda fluir libremente y obrar libre de cargas en ella, por el bien del prójimo.
Cualquiera puede ser caritativo con la ayuda de Dios. Cualquier puede convertirse en un conducto de gracia, a través de la caridad, ya sea esa caridad “bondadosa” o “correctora”. Requiere una rendición al equilibrio que Cristo ejemplifica para nosotros en el Evangelio, que nuestro amor se arraigue en la Verdad y que nuestra verdad se temple con Amor.
Theresa Noble, aleteia





Lo que mejor funciona con los adolescentes es…

Para favorecer el trato padre-hijo adolescentes sería conveniente adoptar las siguientes actitudes

TEENAGER
La etapa del desarrollo que denominamos adolescencia –aproximadamente entre los 12 y los 19 años- se caracteriza por cambios rápidos y no siempre estables en la forma en que el adolescente se comunica con su entorno. Pero por otra parte en este momento se fijarán pautas de comportamiento que le acompañarán el resto de su vida.
No podemos esperar que nuestro hijo o hija esté de acuerdo con nosotros siempre, ya que los objetivos de un adolescente a menudo son muy distintos de los objetivos de sus padres. Lo que sí podemos esperar, es que atienda nuestras propuestas y opiniones y las tenga en cuenta, aunque en ocasiones sea para desecharlas.

Comunicación padre e hijo

Para facilitar la comunicación, sería conveniente considerar los siguientes aspectos comentados en la siguiente galería de fotos

Libertad y responsabilidad

Cuando nuestros hijos crecen, esperamos de ellos que aumenten su responsabilidad. Esperamos que colaboren en más cosas, que lo hagan por iniciativa propia o que asuman las consecuencias de sus decisiones.
Simultáneamente, vamos a tener mayor facilidad para confiar en ellos, en sus recursos y capacidades para organizarse y para cuidarse, incluso para cuidar a personas de su entorno, como por ejemplo, hermanos pequeños.
La responsabilidad está íntimamente ligada a la libertad. Cuando los padres sienten y comprueban que sus hijos son más responsables, tienen menos dificultades para ofrecerles confianza y libertad para actuar y decidir según su criterio. Del mismo modo, con frecuencia se muestran más responsables cuando disfrutan de mayor capacidad de decisión.

Lo que da más resultado

  • Mantener aquello que quiero mantener, confiar. La confianza entre las personas es un vínculo de doble dirección. Es muy difícil que un hijo adolescente confíe en nosotros si no siente que confiamos en el. Respetando su necesidad de disponer de una mayor intimidad, ofrecer confianza es la mejor manera de facilitar recibirla.
  • Intercambios equitativos. Dar para recibir. Cuando nos ofrecemos a facilitar algo a alguien, algo que es importante o al menos atractivo para esa persona, facilitamos una situación que nos permite proponer un nuevo intercambio. Es muy interesante, en negociaciones con adolescentes, al hacer alguna concesión en algo que es fundamental para ellos, conseguir algo que sea fundamental igualmente para los padres. En líneas generales, ofrecer libertad a cambio de responsabilidad y viceversa.

Una comunicación abierta

Una de las características principales de la adolescencia son las dificultades para mantener una comunicación que los padres consideren eficaz o válida.
Paulatinamente, el adolescente modifica la forma de relacionarse y comunicarse con los demás y, especialmente, con sus padres. El adolescente aumenta la parcela de su vida que considera íntima, y la protege de posibles invasiones. 
Descubrimos que se ha vuelto más reservado sin motivo aparente. Los cambios corporales durante la adolescencia también influyen en el estado de ánimo. Los adolescentes con frecuencia pueden tener arranques verbalmente agresivos cuando se sienten confusos o contrariados. Además, la adolescencia es un largo proceso de construcción y afirmación de la personalidad, la autoimagen y la autoestima.
Esto lleva a las personas en estas edades a resultar críticas con algunos aspectos de su entorno, a la vez que despectivas y autocomplacientes en determinadas situaciones. Este conjunto de características producen un periodo que fácilmente redunda en discusiones y conflictos más o menos frecuentes con los padres y hermanos.
El amor por los hijos es el verdadero motivo por el que los padres de familia se esfuerzan por afrontar el periodo de la adolescencia con paso firme pero al mismo tiempo con tanta paciencia y amplio margen de comprensión. Los hijos se están transformando en jóvenes y esto requiere un trabajo diario de seguimiento en una continua transformación que es difícil sobre todo para los mismos hijos. 
Javier Fiz Pérez, aleteia


martes, 19 de junio de 2018

417 ¿Su Fe es la Fe de la Iglesia? ¡Compruébelo!

Esta es nuestra Fe, la Fe de la Iglesia que nos gloriamos de profesar en Cristo Jesús, Señor nuestro.

 importancia del acto conyugal

417. ¿Qué sentido tiene el acto conyugal dentro del matrimonio?
Según la voluntad de Dios, el esposo y la esposa se encuentran en el placer erótico y sexual para unirse en el amor más profundamente y permitir que de su amor surjan los hijos. [2362­-2367]

El cuerpo, el placer y el disfrute erótico gozan de una alta estima en el cristianismo: «El Cristianismo [ ... ] cree que la materia es buena, que Dios mismo asumió forma humana, que incluso en el cielo se nos dará un tipo de cuerpo y que éste será una parte esencial de nuestra felicidad, belleza y poder. El Cristianismo ha enaltecido el matrimonio más que cualquier otra religión. Casi toda la alta poesía amorosa de la literatura mundial ha sido elaborada por cristianos y el Cristianismo se opone a quien afirma que la sexualidad es mala en sí misma» (C. S. Lewis, Perdón, soy cristiano). Pero el placer no es un fin en sí mismo. Allí donde el placer de una pareja se cierra en sí mismo y no está abierto a la nueva vida que pudiera surgir de él, no hace justicia a la esencia del amor.
 importancia del acto conyugal

* El texto (pregunta y respuesta) proviene del Youcat = Catecismo para Jóvenes. Los números que aparecen después de la respuesta hacen referencia al pasaje correspondiente del Catecismo de la Iglesia Católica que desarrolla el tema aún más. Basta un clic en el número y será transferido. 




Nuestro error en el noviazgo: llamar amor al sexo

Adela* nunca se imaginó que el tener relaciones sexuales durante su noviazgo, dejaría una profunda huella que afectaría negativamente su matrimonio

Han pasado años de su divorcio, en los que sus hijos y ella han sufrido entre otras cosas la lastimosa carencia de la figura paterna, de tal forma que decidió a asistir a cursos de educación familiar que le ayudasen a comprender este fracaso y a educar bien a sus hijos para evitar así otros fracasos vitales.
Ahora, tras esta dura experiencia y con la perspectiva de lo que ha aprendido en estos años ha querido contar su testimonio con la intención ayudar a quien pueda necesitarlo.

Nos cuenta su historia

A mi novio y a mí, por diferentes medios, se nos dio información sobre nuestra sexualidad en cuanto al cómo ejercerla “sin riesgos”. Se trataba de una liberación sexual en la que se nos hablaba de los derechos sobre nuestro cuerpo como un logro del pensamiento humano moderno. Igualmente de los grandes logros de ciencia que “liberaba” a las mujeres de los embarazos no deseados, con diversos métodos anticonceptivos.
Nos hicieron creer que la sexualidad pertenecía al campo de la biología, algo solo fisiológico y no  al ámbito de la persona misma alcanzándola en su máxima dignidad. Por lo que nos alejamos de los valores que nos pudieron haber protegido. 
Creíamos así liberarnos de viejos tabús y prejuicios.
En ese contexto, y ante la insistencia de mi entonces novio, cedí mantuvimos relaciones sexuales con la máxima pasión, concentrados solo en nuestros sentidos y muy afectados por la adrenalina al estar haciendo algo prohibido. Paradójicamente, nos ocultábamos aunque pensáramos estar en lo correcto.
El sexo invadió nuestra relación y lo confundimos con el amor. 
Recurriendo a los anticonceptivos no me quedé embarazada y nos casamos sin  que nadie se enterara de habíamos tenido relaciones. Me casé tanto por lo civil como por la iglesia vestida de blanco, un color que para nosotros respondía simplemente a los “usos y costumbres”.
Parecía que todo había salido bien, pero lo que verdaderamente sucedió,es que todo ello impidió que nos conociéramos de verdad, nuestra verdad completa como personas.
Pocos y amargos años después nos separamos por las constantes infidelidades de mi esposo, que denotaban sobre todo una absoluta falta de amor y compromiso personal hacia mí y hacia nuestros hijos. 
El matrimonio exige desde sus inicios compromiso, responsabilidad ante el proyecto vital emprendido y la total entrega de dos personas que prometen a amarse hasta que la muerte les separe, aceptando  defectos y limitaciones.

Una etapa para vivir en los hechos, el ser unión

Quizás no lo logramos porque, entre otras cosas y ante las dificultades naturales del comienzo, creo que necesitábamos el contrapeso de la felicidad que proporciona el hecho de estar y vivir juntos. Necesitábamos vivir una íntima unión, donde pudiéramos entregarnos completamente y disfrutáramos de una exclusiva fidelidad. Y nosotros, esto último lo habíamos desvirtuado. 
El no haber sido fieles a nosotros mismos desde el principio, trajo consecuencias en nuestro  matrimonio y se convirtió en un grave problema relacionado con nuestro pasado.
¿Por qué? Fracasamos porque comprobamos que el auténtico amor matrimonial exige que, en la relación sexual, la pareja esté presente en cuerpo y alma. En nuestro caso, no fue posible, porque las relaciones mantenidas durante nuestro noviazgo impidieron que nuestras almas se conocieran de verdad para valorar si realmente estábamos hechos el uno para el otro. El sexo nos quitó libertad porque generó un vínculo emocional que nos condicionó, nos cegó y nos animó a llamar amor lo que era sexo o afecto.
Fue cuando nos casamos cuando comprobamos que entre nosotros existía falsedad y apariencias. Demasiado tarde.  
Allí comprendí la importancia de que cuerpo y alma estén presentes en la relación sexual cuando mi esposo buscaba ansioso el sexo sin importar la presencia de su alma. Él no estaba y yo me inundaba de un terrible un sentimiento de soledad y angustia.
Habíamos llegado al matrimonio habiendo sido cómplices en una actitud que enfermó toda la relación, de tal modo que mi esposo, rayando en lo patológico, se sentía sexualmente insatisfecho, pues para él su sexualidad dependía de la adrenalina de lo prohibido o novedoso, y eso le frustraba.
Con cinismo admitió que fue por eso que se convirtió en infiel. Ahora pienso que siempre lo fue, y que siguió con esa actitud como una adicción que el matrimonio por sí mismo difícilmente resuelve.
Entonces, problemas solubles y comunes de tantas parejas, a nosotros nos abatieron.
Por liberación sexual se suele entender, dar rienda suelta al apetito sexual. Se trata de una supuesta “liberación” que, paradójicamente, ni responde, ni respeta la verdadera libertad personal, pues acaba sometiéndola a la esclavitud de las pasiones sensibles.
En este contexto se puede hablar de deseo, de placer, de medio, etc., pero no de amor personal, pues la persona es considerada como objeto o simple instrumento.

* El nombre ha sido cambiado respetando la privacidad de quien dona su testimonio. 
Por Orfa Astorga de Lira.
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