
Aquí sus regalos antes de su muerte
Bendiciones con tiza, cantos en los pasillos, estudio, trabajo, oración ante el Sagrario y descanso: así fue la última noche de un alegre joven con epilepsia. Aunque solo tenía 19 años, Joe sabía y sentía que cualquiera podía ser su último día en este mundo, especialmente por su epilepsia.
"Tal vez por eso, inspirado por su lectura de las reflexiones de san Agustín sobre la muerte y la salvación, trabajó tan duro para fomentar el espíritu de entrega que lo prepararía para encontrarse con su Señor", dijeron sus padres, Mary Kate y Chris Weinkopf, en su funeral, el 23 de enero de 2026.
"Estamos eternamente agradecidos por esta preparación", afirmaron en la multitudinaria despedida celebrada en la Capilla Nuestra Señora de la Santísima Trinidad del Thomas Aquinas College de Santa Paula, en California.

En esa misma iglesia, ante el Sagrario, estuvo rezando el joven, como solía hacer cada noche antes de irse a dormir, el pasado 16 de enero.
Horas después falleció por una crisis epiléptica. El joven llamaba a la epilepsia su “cruz que cargar”.
Sus padres destacaron que siempre sobrellevó su condición con generosidad, aceptando los tratamientos y limitaciones que imponía, pero decidido a llevar una vida plena.
"VIVIR"
Joseph Malcolm Winkopf nació el 8 de octubre de 2006 en una familia numerosa católica. Desde pequeño se le daba bien escuchar y comprender a los demás. Por eso hizo grandes amigos, empezando por casa. Su hermano mayor, Kolbe, destacó en el funeral de Joe "su humildad, tranquila y sencilla, que enamoraba a todos los que le conocían".
"No temía morir -aseguró-; en cambio, eligió vivir en abundancia". Y recordó sonriendo que había grabado la palabra "VIVIR" en las tablas de la litera de su habitación. Cada noche y cada mañana, Joe veía esa inscripción, añadió su hermano, "ahora rezo y espero que viva más plenamente que nunca".
Amigos, música, deporte
A Joe le encantaba el arte, especialmente la música. Cantaba con el coro local de educación en casa y tocaba la guitarra.
También le apasionaba el deporte. Practicaba fútbol, béisbol y atletismo. Trabajó como instructor de natación y socorrista. Y ayudaba a entrenar a un equipo infantil de fútbol.
De hecho, se le daban muy bien los niños. En verano organizaba campamentos deportivos para niños, y siempre se le ocurrían nuevos juegos para divertir a sus hermanos pequeños.
En su parroquia, enseñó a docenas de niños a ayudar como monaguillos en la celebración de la misa. Algunos de ellos asistieron a su funeral.

En la universidad, Joe forjó grandes amistades, estudió, leyó libros clásicos y creció mucho espiritualmente. Cada día celebraba la misa y rezaba ante el Sagrario. En invierno se unió a un ejercicio espiritual ascético llamado Éxodo 90 que incluye ayunos y duchas frías.
En su último día, junto a sus amigos fue escribiendo con tiza bendiciones de Epifanía en las puertas de la residencia cantando villancicos con entusiasmo.
Después, tras su turno de estudio y de trabajo en la cafetería del campus, rezó en la capilla hasta la hora permitida. Ahora la fe es un consuelo para su familia, que ha dado las gracias a todos los que les han acompañado y ha pedido oración.
Patricia Navas, Aleteia
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