De hecho, la Ley escrita sometió todo al pecado, para que la promesa se cumpla en aquellos que creen, gracias a la fe en Jesucristo.
Antes que llegara la fe, estábamos cautivos bajo la custodia de la Ley, en espera de la fe que debía ser revelada.
Así, la Ley nos sirvió de guía para llevarnos a Cristo, a fin de que fuéramos justificados por la fe.
Y ahora que ha llegado la fe, no necesitamos más de un guía.
Porque todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús,
ya que todos ustedes, que fueron bautizados en Cristo, han sido revestidos de Cristo.
Por lo tanto, ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo Jesús.
Y si ustedes pertenecen a Cristo, entonces son descendientes de Abraham, herederos en virtud de la promesa.
Salmo 105(104),2-3.4-5.6-7.
Canten al Señor con instrumentos musicales,
pregonen todas sus maravillas!
¡Gloríense en su santo Nombre,
alégrense los que buscan al Señor!
¡Recurran al Señor y a su poder,
busquen constantemente su rostro!
recuerden las maravillas que él obró,
sus portentos y los juicios de su boca!
Descendientes de Abraham, su servidor,
hijos de Jacob, su elegido:
el Señor es nuestro Dios,
en toda la tierra rigen sus decretos.
Evangelio según San Lucas 11,27-28.
Cuando Jesús terminó de hablar, una mujer levantó la voz en medio de la multitud y le dijo: "¡Feliz el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron!".
Jesús le respondió: "Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican".
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
San Maximiliano Mª Kolbe (1894-1941) franciscano, mártir Conferencia del 13 de junio 1933
“Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica.” (Lc 8,21)
Dios, en sus obras, se sirve de instrumentos. (...) Dios, que nos ha dado una voluntad libre quiere que le sirvamos libremente como instrumentos, poniendo nuestra voluntad a disposición de la suya, de la misma manera que la Madre Santísima cuando dijo: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.” (Lc 1,38) La palabra “hágase” tiene que estar siempre en nuestros labios porque entre la voluntad de la Inmaculada y la nuestra tiene que haber una armonía perfecta. Entonces ¿qué hay que hacer? ¡Dejémonos conducir sin temor por María!
(EDD)
Reflexión sobre el cuadro
El Evangelio de hoy es
extraordinariamente breve, pero también extraordinariamente poderoso. En
él cobran protagonismo dos mujeres. La primera permanece en el anonimato.
Se encuentra en algún lugar entre la multitud, escuchando a Jesús, y se
siente tan conmovida por él que, de repente, exclama alabando a su madre:
'¡Dichoso el vientre que te ha llevado y los pechos que te han
amamantado!’. En otras palabras, su admiración por Jesús la lleva de
forma natural a admirar a María. Del mismo modo, honramos a María
precisamente por Jesús: porque es la madre de Cristo, aquella a través de
la cual Dios entró en nuestra historia humana de una manera tan íntima y
extraordinaria.
Pero Jesús recoge las
palabras de la mujer y, con delicadeza, las lleva a un nivel más
profundo. Nos ofrece otra bienaventuranza: “Bienaventurados, más bien,
los que escuchan la palabra de Dios y la guardan”. No está restando
importancia a su madre; todo lo contrario. Está señalando la razón más
profunda de su bienaventuranza. María no se limitó a llevar a Jesús
físicamente en su seno. Primero hizo espacio para Dios en su corazón.
Estaba preparada, de modo que, cuando llegó la Anunciación, las palabras del
ángel Gabriel pudieron arraigarse de inmediato: “Hágase en mí según tu
palabra”. A partir de ese momento, toda su vida quedó marcada por ese
«sí».
Las palabras de la mujer del
Evangelio de hoy —'Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te
amamantaron'— encuentran un eco literal en el cuadro de hoy. Jean Fouquet
representa a María con un pecho al descubierto, siguiendo una antigua
tradición conocida como la “Virgo Lactans”, la Virgen lactante. Estas
imágenes se hicieron especialmente populares durante la Baja Edad Media,
aunque sus raíces se remontan mucho más atrás, incluyendo las imágenes
bizantinas de la Galaktotrophousa, la «Dadora de Leche». La devoción
medieval hacía cada vez más hincapié en la humanidad de Cristo: se
trataba verdaderamente de un niño que necesitaba que su madre lo
abrazara, lo alimentara y lo cuidara. Sí, Jesús era el Hijo de Dios, pero
era plenamente humano, y crecía como cualquiera de nosotros, totalmente
dependiente de que nuestras madres nos alimentaran. La leche de María se
convirtió, por tanto, en otro poderoso signo de la Encarnación.
Fouquet, sin embargo,
convierte este tema tan conocido en algo aún más extraordinario. Pintada
hacia 1452, esta obra era originalmente el ala derecha del famoso Díptico
de Melun. María aparece entronizada como Reina del Cielo, coronada con
perlas y piedras preciosas y envuelta en armiño. Su frente extremadamente
alta, su cintura diminuta y su piel pálida reflejan los ideales de
belleza de la corte francesa. Pero fíjate en la paleta de colores muy
limitada de Fouquet. Casi todo se reduce al rojo, al azul y a un blanco
casi sobrenatural... los colores de la nación francesa. En lugar de crear
un espacio natural y terrenal, Fouquet nos ofrece algo casi onírico y de
otro mundo.
by Padre Patrick van der Vorst
Oración
«Padre Celestial, te amamos y te damos gracias porque
eres un Dios fiel que siempre cumple sus promesas. Señor, muchas veces fallamos
o nos cuesta mantener lo que prometemos, pero acudimos a ti con humildad.
Ayúdanos a honrar nuestros compromisos, a cumplir nuestra palabra y a alinear
cada uno de nuestros actos con tu voluntad. Pon tu ley en nuestro corazón y
guárdanos en tu verdad. Amén.» [1,
2]
Luis Javier Moxó recupera la sorprendente vida de una mujer que cambió la corte por el silencio y convirtió sus heridas en una obra fecunda.
La nueva biografía recorre el camino de la fundadora concepcionista desde la corte portuguesa hasta la fundación nacida en Toledo
Una nueva biografía de la fundadora de las concepcionistas, Santa Beatriz de Silva, recupera la figura de una mujer que transformó la herida, la espera y la vida escondida en un carisma vivo para toda la Iglesia.
Santa Beatriz de Silva dejó el esplendor de la corte, atravesó una profunda prueba personal conservada por la tradición concepcionista y vivió largos años de retiro y maduración espiritual en Toledo.
De aquella vida escondida nació la Orden de la Inmaculada Concepción, una familia religiosa que, desde la ciudad del Tajo, alcanzaría proyección universal.
Luis Javier Moxó Soto, colaborador de Religión en Libertad, publica ahora Santa Beatriz de Silva. Vida y carisma de la fundadora de la Orden de la Inmaculada Concepción, editado por Xerión, editorial de Carlos García Costoya y prologado por Fr. Santiago Cantera Montenegro, O.S.B.
El autor combina investigación histórica, atención a las fuentes y reflexión espiritual para acercar al lector a una santa que interpela directamente a una época marcada por la exposición constante, la prisa y la necesidad de reconocimiento.
Licenciado en Ciencias Religiosas y profesor de Religión Católica, Moxó es también autor de Enredados por Cristo. Presencia, misión y propuestas de la Iglesia en internet (Digital Reasons, 2019).
La presentación del libro será el 28 de octubre, a las 18:00h, en el Monasterio de la Inmaculada Concepción, en la calle Concepción, 1, 45001 Toledo.
En esta entrevista explica por qué Toledo resulta decisivo para comprender a Beatriz, cómo ha abordado el conocido episodio del baúl de Tordesillas y qué puede decir hoy la vida contemplativa a una sociedad que mide casi todo por la utilidad y el rendimiento.
—¿Por qué era necesario publicar hoy un libro sobre santa Beatriz de Silva?
— Porque es una figura de enorme profundidad espiritual e histórica y, sin embargo, todavía merece ser mucho más conocida. Muchas personas han oído hablar de las concepcionistas, de la devoción a la Inmaculada o del episodio del baúl de Tordesillas, pero no siempre conocen el itinerario completo de una mujer que dejó la corte, atravesó una experiencia de vulnerabilidad, vivió largos años de silencio y oración en Toledo y acabó fundando una Orden religiosa con presencia universal.
El libro nace del deseo de acercar su vida al lector actual sin simplificarla. No quería hacer solamente una biografía devota ni una reconstrucción académica reservada a especialistas. He querido combinar los datos históricos, la tradición conservada por la Orden y una reflexión espiritual que permita descubrir qué puede decir santa Beatriz al hombre y la mujer de nuestro tiempo.
Su historia tiene una fuerza especial porque no es la de alguien que triunfa desde el poder o desde la visibilidad. Es la historia de una mujer que aprende a esperar, que deja que Dios transforme la herida y que descubre que una vida aparentemente escondida puede llegar a ser profundamente fecunda.
—El título habla de “vida” y “carisma”. ¿Por qué era importante mantener unidas esas dos dimensiones?
—Porque no se puede entender el carisma de santa Beatriz como una idea abstracta ni como una devoción desconectada de su experiencia personal. El carisma nace de una vida concreta: de una historia, de una herida, de una forma de rezar, de una mirada sobre la Virgen y de una respuesta confiada a Dios.
La vida de Beatriz tiene además elementos que deben tratarse con cuidado. Contamos con documentos, con tradiciones hagiográficas y con una memoria espiritual custodiada durante siglos por las concepcionistas. No todos esos materiales tienen el mismo valor histórico ni permiten afirmar exactamente lo mismo. Por eso he procurado distinguir los planos con respeto: señalar aquello que está documentado, recoger la tradición como tradición y mostrar el sentido espiritual que la familia concepcionista ha descubierto en ella.
La crítica histórica no disminuye la santidad. Al contrario: la protege de los adornos innecesarios y permite contemplar mejor su verdadera grandeza. La grandeza de Beatriz está en que, desde una circunstancia dolorosa o profundamente recordada como tal por la tradición, nace una vida totalmente entregada a Dios.
Portada del libro de Luis Javier Moxó sobre santa Beatriz de Silva publicado en XeriónReL
—El episodio del baúl de Tordesillas es el más conocido y también el más difícil. ¿Cómo lo has abordado?
—Con una doble actitud: prudencia histórica y respeto espiritual. La tradición concepcionista narra que Beatriz, vinculada a la corte de Isabel de Portugal, fue encerrada en un cofre o baúl debido a los celos de la reina. Es un relato de enorme fuerza, presente en la memoria de la Orden, en la iconografía y en la devoción a la santa.
Sin embargo, no poseemos documentación contemporánea que permita verificar todos sus detalles: ni la motivación exacta, ni la duración del encierro, ni las circunstancias precisas de la liberación. Era importante decirlo con claridad, porque la honestidad no debilita el relato; lo sitúa en su verdadero lugar.
Para las concepcionistas, aquel baúl no es un simple pasaje dramático. Es el símbolo de una prueba radical, de una noche oscura, de una entrega confiada a la Virgen. Puede leerse como un lugar de muerte y renacimiento: el espacio en el que una mujer amenazada y vulnerable comienza a recibir una misión nueva.
La santidad no consiste en convertir una vida en leyenda. Consiste en descubrir que la gracia puede abrir un camino incluso allí donde parece que todo se ha cerrado. En Beatriz, la herida no tiene la última palabra; la tiene Dios.
Luis Javier Moxó, autor de la biografía de Santa Beatriz de Silva, fundadora de la de la Orden de la Inmaculada Concepción.
—Toledo ocupa un lugar decisivo en el libro. ¿Por qué es imposible comprender a santa Beatriz sin esta ciudad?
—Porque Toledo no es un escenario de fondo: es la ciudad en la que su vocación maduró y su obra tomó cuerpo. Tras dejar la corte, Beatriz vivió durante muchos años en el ámbito de Santo Domingo el Real, acogida como seglar por las dominicas. Fue una larga etapa de retiro, oración, penitencia y maduración interior.
Ese dato resulta muy revelador para nuestra época. Tendemos a medir una vida por sus resultados visibles y rápidos. Pero santa Beatriz pasó décadas en una existencia aparentemente retirada. No fueron años vacíos ni una espera inútil. Allí se fue formando la mujer que más tarde daría origen a una familia religiosa llamada a extenderse por diversos países y continentes.
También fue en Toledo donde la fundación pudo concretarse. La bula Inter universa, promulgada por Inocencio VIII el 30 de abril de 1489, confirma que Isabel la Católica había concedido a Beatriz una casa con iglesia dedicada a Santa Fe, donde ella y otras mujeres vivían ya en comunidad. Una inspiración personal se convirtió entonces en una obra eclesial: hizo falta una casa, una comunidad, una protección, una regla y una forma estable de vida.
—¿Puede el libro ayudar a redescubrir en Toledo los lugares relacionados con la memoria de la santa?
—Ese sería uno de los frutos más hermosos. El libro no pretende quedarse en una lectura individual ni reducirse a una mera publicación editorial. Aspira a favorecer el conocimiento de santa Beatriz, a animar la conversación y a poner en relación la historia, la espiritualidad y la vida concreta de la Iglesia.
Toledo es el lugar natural para ello. Sería especialmente significativo poder presentar el libro en la Casa Madre de las concepcionistas, porque allí no se hablaría solo de una fundadora del pasado, sino de un carisma que continúa vivo. Una presentación en ese contexto tendría una dimensión eclesial muy particular: permitiría acercarse a la memoria de Beatriz desde la continuidad real de la Orden que nació de su vocación.
También sería muy valioso hacerlo en la parroquia de Santa Beatriz de Silva. Una parroquia que lleva su nombre manifiesta que la santa no pertenece únicamente a la clausura ni a la historia religiosa de finales de la Edad Media. Puede hablar hoy a familias, jóvenes, catequistas, profesores y fieles que buscan modelos concretos de vida cristiana.
Ojalá estas posibles presentaciones se conviertan en algo más que actos culturales: en encuentros de memoria, oración, reflexión y comunión eclesial.
La historia de Beatriz permite unir investigación, identidad local, espiritualidad mariana y una renovada valoración de la vida contemplativa.
—La tradición afirma que Beatriz cubría su rostro con un velo. ¿Qué sentido tiene ese gesto en una sociedad de exposición permanente?
—Tiene una actualidad sorprendente. La tradición presenta a Beatriz como una mujer de gran belleza y vincula esa belleza con la crisis vivida en la corte. Después, ella opta por cubrir su rostro y vivir bajo otra mirada: la de Dios.
No se trata de desprecio del cuerpo ni de rechazo del mundo. Tampoco es una invitación a desaparecer. Es la decisión de no quedar definida por la apariencia, por la opinión ajena o por la necesidad de aprobación. En ese sentido, el velo de Beatriz puede resultar profundamente liberador.
Vivimos en una cultura que exige mostrarse continuamente. La imagen, la comparación y la búsqueda de reconocimiento pueden acabar convirtiéndose en una forma de esclavitud. Santa Beatriz recuerda que la persona posee una dignidad que no depende de su éxito, de su visibilidad ni de la mirada fluctuante de los demás.
Ella no se oculta porque desprecie quién es, sino porque quiere ser contemplada ante todo por Dios. Esa intuición tiene una enorme fuerza para cualquier persona que sienta que su vida está sometida a la presión de tener que exhibirse, justificarse o competir de manera constante.
—La Orden de la Inmaculada Concepción nació antes de la definición dogmática de la Inmaculada, en 1854. ¿Cómo debe entenderse esa relación?
—Hay que explicarla con precisión. Santa Beatriz no formuló por anticipado una definición dogmática, ni la fundación de la Orden surgió en un vacío teológico. La devoción a la Concepción de María ya estaba muy extendida en la piedad cristiana y poseía una especial intensidad en el ámbito franciscano.
Lo que hicieron Beatriz y sus hijas espirituales fue vivir, celebrar y encarnar de un modo muy profundo ese misterio mariano que la Iglesia definiría solemnemente siglos después. La Inmaculada expresa para ellas la belleza de una vida enteramente disponible para Dios, la gracia que precede y sostiene toda vocación y la victoria de Dios sobre el pecado.
La configuración jurídica de la Orden fue también gradual. La comunidad recibió inicialmente una aprobación en un marco cisterciense; después fue orientada hacia la Regla de santa Clara y vinculada a los franciscanos observantes; finalmente, Julio II concedió una regla propia mediante la bula Ad statum prosperum, del 17 de septiembre de 1511.
—El libro defiende que la vida contemplativa sigue siendo necesaria. ¿Por qué?
—Porque una sociedad que solo reconoce lo útil, lo rentable o lo visible termina empobreciendo su idea del ser humano. La vida contemplativa recuerda que hay realidades decisivas que no se pueden medir: la oración, la gratuidad, el silencio, la adoración, la fraternidad, la esperanza y la apertura a la eternidad.
Las contemplativas no son una reliquia del pasado ni una evasión del mundo. Su vida constituye una forma profunda de presencia. Mientras el mundo afirma que solo vale lo que produce resultados inmediatos, ellas proclaman que Dios merece ser buscado por sí mismo y que el ser humano necesita un horizonte más alto que el consumo, el rendimiento o la imagen.
Decir que hacen falta monjas no es expresar nostalgia por una época idealizada ni ignorar las dificultades vocacionales actuales. Es afirmar que una Iglesia misionera necesita también un corazón contemplativo. La misión exterior, la caridad, la cultura y la evangelización necesitan raíces de oración.
Santa Beatriz de Silva muestra precisamente esa fecundidad escondida. La obra nacida de su vida retirada llegó a extenderse mucho más allá de Toledo y sigue recordando que el silencio, cuando está habitado por Dios, nunca es estéril.
—Eres colaborador habitual de Religión en Libertad, donde escribes artículos, entrevistas, reseñas y crónicas de actualidad eclesial. ¿Qué relación tiene ese trabajo con este libro?
—El trabajo en ReL me permite acercarme diariamente a la vida de la Iglesia: libros, testimonios, iniciativas apostólicas, actualidad, autores, directores de películas católicas, comunidades y acontecimientos que muestran una realidad mucho más rica de lo que a veces aparece en los grandes titulares.
Las entrevistas y las crónicas exigen atención a la actualidad, capacidad de escucha y claridad para explicar. El libro, en cambio, responde a otro ritmo: pide más tiempo, documentación, contraste de fuentes y una inmersión prolongada en una figura y en su contexto. Pero no veo ambas tareas como separadas.
En los dos casos se trata de servir a la verdad, de ayudar a comprender mejor la vida eclesial y de mostrar que la fe sigue siendo capaz de generar cultura, esperanza, caridad y formas concretas de santidad. La comunicación católica debe informar, pero también debe ofrecer memoria, contexto y razones para la esperanza.
Mi primer libro, Enredados por Cristo. Presencia, misión y propuestas de la Iglesia en internet —publicado por Digital Reasons en 2019— reflexionaba sobre la misión de la Iglesia en el espacio digital.
Este nuevo trabajo se detiene en una santa del siglo XV, marcada por el silencio y la clausura. Puede parecer un salto muy grande, pero hay un mismo hilo: comunicar a Cristo exige estar presentes en el mundo, pero también beber de una vida interior profunda. No hay evangelización sólida sin oración, verdad y raíces.
—¿Qué te gustaría que el lector encontrase al terminar el libro?
—Me gustaría que se encontrara verdaderamente con santa Beatriz de Silva. Que no la viera solo como una figura lejana, como una estampa piadosa o como un nombre ligado a una Orden religiosa, sino como una mujer real que atravesó la fragilidad, conoció la espera y respondió a Dios con una confianza extraordinaria.
Me gustaría también que el lector comprendiera mejor la riqueza del carisma concepcionista y mirara con gratitud a las comunidades contemplativas.
La vida de Beatriz ayuda a formular preguntas muy actuales: qué hacemos con nuestras heridas, dónde buscamos nuestra identidad, cómo vivimos la espera, qué lugar concedemos al silencio y si creemos de verdad que Dios puede hacer fecundo aquello que parece oculto o estéril.
Si el libro consigue despertar interés por la santa, gratitud hacia las concepcionistas y deseo de conocer mejor los lugares de Toledo ligados a su vida, habrá cumplido ampliamente su propósito.
Reconozcan, entonces, que los verdaderos hijos de Abraham son los que tienen fe.
La Escritura, previendo que Dios justificaría a los paganos por la fe, anticipó esta buena noticia a Abraham, prometiéndole: En ti serán bendecidas todas las naciones.
De esa manera, los que creen son los que participan de la bendición de Abraham, el creyente.
En efecto, todos los que confían en las obras de la Ley están bajo una maldición, porque dice la Escritura: Maldito sea el que no cumple fielmente todo lo que está escrito en el libro de la Ley.
Es evidente que delante de Dios nadie es justificado por al Ley, ya que el justo vivirá por la fe.
La Ley no tiene en cuenta la fe, antes bien, el que observa sus preceptos vivirá por ellos.
Cristo nos liberó de esta maldición de la Ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros, porque también está escrito: Maldito el que está colgado en el patíbulo.
Y esto, para que la bendición de Abraham alcanzara a todos los paganos en Cristo Jesús, y nosotros recibiéramos por la fe el Espíritu prometido.
Salmo 111(110),1-2.3-4.5-6.
¡Grandes son las obras del Señor!
Doy gracias al Señor de todo corazón,
en la reunión y en la asamblea de los justos.
Grandes son las obras del Señor:
los que las aman desean comprenderlas.
Su obra es esplendor y majestad,
su justicia permanece para siempre.
Él hizo portentos memorables,
el Señor es bondadoso y compasivo.
Proveyó de alimento a sus fieles
y se acuerda eternamente de su alianza.
Manifestó a su pueblo el poder de sus obras,
dándole la herencia de las naciones.
Evangelio según San Lucas 11,15-26.
Habiendo Jesús expulsado un demonio, algunos de entre la muchedumbre decían: "Este expulsa a los demonios por el poder de Belzebul, el Príncipe de los demonios".
Otros, para ponerlo a prueba, exigían de él un signo que viniera del cielo.
Jesús, que conocía sus pensamientos, les dijo: "Un reino donde hay luchas internas va a la ruina y sus casas caen una sobre otra.
Si Satanás lucha contra sí mismo, ¿cómo podrá subsistir su reino? Porque -como ustedes dicen- yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul.
Si yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul, ¿con qué poder los expulsan los discípulos de ustedes? Por eso, ustedes los tendrán a ellos como jueces.
Pero si yo expulso a los demonios con la fuerza del dedo de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes.
Cuando un hombre fuerte y bien armado hace guardia en su palacio, todas sus posesiones están seguras,
pero si viene otro más fuerte que él y lo domina, le quita el arma en la que confiaba y reparte sus bienes.
El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.
Cuando el espíritu impuro sale de un hombre, vaga por lugares desiertos en busca de reposo, y al no encontrarlo, piensa: 'Volveré a mi casa, de donde salí'.
Cuando llega, la encuentra barrida y ordenada.
Entonces va a buscar a otros siete espíritus peores que él; entran y se instalan allí. Y al final, ese hombre se encuentra peor que al principio".
Pero, porque la fuente de la enfermedad del pecado
Siempre surge en mi sin fin,
Y mi alma está bien arreglada
Como casa y alojamiento para él,
Habiendo tomado siete compañeros,
Los más malvados por su moral depravada,
El primer demonio los adosó a sí
Y volvió con ellos a la morada de mi alma.
Mi último estado era peor
Que el primero, en maldad,
Ya que no puedo más purificarme en la fuente,
Si no con ascesis y mortificación.
Pero él, que es muy ladino,
Después de ocupar la fortaleza,
La dominó por segunda vez,
Siguiendo la antigua táctica.
Tú, recházalo de nuevo
Hacia el desierto de los abismos,
Mismo si no he seguido la Ley,
Sino según tu abundante Gracia.
Y en vez de siete malos espíritus
Que rechazarás como Adversarios,
Haz habitar en mí al Espíritu
Con los siete dones de tu Gracia.
(EDD)
Oración
(la anterior)
Reflexión sobre el cuadro
San Juan Enrique Newman (1801-1890) fue una de las
grandes figuras intelectuales y espirituales de la Inglaterra del siglo
XIX. Nacido en Londres, fue ordenado inicialmente sacerdote anglicano y
se convirtió en una de las voces más destacadas del Movimiento de Oxford,
que pretendía recuperar las raíces católicas de la Iglesia de Inglaterra.
Su profundo estudio de los primeros Padres de la Iglesia le llevó
gradualmente a la plena comunión con la Iglesia católica en 1845. Más
tarde fue ordenado sacerdote católico y fundó el Oratorio de San Felipe
Neri en Birmingham, dedicando gran parte de su ministerio a la
predicación y a la escritura.
Los escritos de Newman sobre la conciencia, la fe y el
desarrollo de la doctrina siguen marcando el pensamiento católico en la
actualidad. En 1879, el papa León XIII lo nombró cardenal, y en 2019 el
papa Francisco lo canonizó en la plaza de San Pedro. Yo había comenzado
el seminario apenas un mes antes y tuve la suerte de estar allí para la
canonización: ¡un día verdaderamente hermoso e inolvidable!
El lema de Newman, “Cor ad cor loquitur” —«El corazón
habla al corazón»—, refleja a la perfección su concepción de la fe. El
cristianismo nunca fue simplemente un conjunto de ideas que debían
entenderse de forma intelectual. En última instancia, era un encuentro:
el corazón de Cristo hablando directamente al corazón humano.
Nuestro retrato fue pintado por John Everett Millais
en 1881, cuando Newman tenía casi ochenta años, y fue encargado por el
duque de Norfolk, uno de sus grandes mecenas. Millais no intenta ocultar
la edad de Newman. Tiene los hombros caídos, el cuerpo se hunde
ligeramente en la silla y las vestiduras cardenalicias parecen casi
demasiado grandes para la frágil figura que las lleva. Hay algo
maravillosamente humano en él. No hay libros que pongan de manifiesto su
inmenso intelecto, ni grandiosa arquitectura, ni elaborados símbolos de
poder eclesiástico. Fíjate especialmente en sus manos, casi como las de
un niño, que descansan tranquilamente en su regazo.
Pero es su rostro lo que nos cautiva. Pálido, surcado
de arrugas y pensativo, transmite a la vez una inteligencia formidable y
una gran dulzura. Son los rasgos de un hombre que había reflexionado
profundamente, luchado con ahínco y cambiado el rumbo de su vida a costa
de un enorme sacrificio personal para seguir lo que creía que era verdad.
Quizá por eso el retrato de Millais se adapta tan bien a Newman. No se
limita a pintar al gran teólogo, al famoso converso o al cardenal. Pinta
al hombre que se esconde tras todos esos títulos. Las vestiduras nos
dicen en qué se convirtió Newman; el rostro nos dice quién era.
En su Audiencia, León XIV animó a los cristianos a
"tener una visión positiva del mundo" sin dejar de ser
"firmes" al "presentar el mensaje del Evangelio"
León XIV exhortó a los cristianos a "tener una visión
positiva del mundo" sin diluir el mensaje del Evangelio, durante la
audiencia general en la Plaza de San Pedro el 7 de octubre de 2026. Se les
invitó a "animar al mundo con el espíritu cristiano", especialmente
en "la familia" y en el "mundo del trabajo".
Tras una pausa la semana pasada para reflexionar sobre su
viaje apostólico a Francia, León XIV retomó este miércoles su ciclo de
catequesis sobre los textos del Concilio Vaticano II. Ante una nutrida
congregación de peregrinos bajo un cielo nublado, se centró en el cuarto
capítulo de Gaudium et spes, dedicado
a «la misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo».
La Iglesia no está ni "por encima" ni "al
lado" del mundo, sino que está "arraigada" en él, afirmó León
XIV. "Habita el mundo" para mostrar a los hombres la voluntad de Dios
de "hacernos a todos sus hijos dentro de una gran familia humana".
Su primera misión es "ayudar a las personas a
reflexionar sobre las preguntas profundas de la vida", afirmó el
pontífice. "La lógica del lucro a cualquier precio y la manipulación de la
información" empujan a las personas a adoptar un "estilo de vida
centrado en el consumo", mientras que "nuestros corazones están
hechos para mirar hacia el cielo", enfatizó.
Luchar contra "la opresión de los más débiles y los
pobres"
León XIV recordó que el concilio
había exhortado a la Iglesia a contribuir a la "construcción de la ciudad
terrenal". Esto no significaba involucrarse en política, sino dar
testimonio de la "fe" y la "caridad", y comprometerse con
la "justicia, la paz y la fraternidad". Los cristianos "no
pueden aceptar la opresión de los humildes y los pobres", declaró.
El Papa número 267 exhortó a que la doctrina social de la
Iglesia guíe las acciones de los cristianos para promover el bien común. Subrayó la importancia de los fieles laicos
en esta misión: "Por su bautismo, están llamados a vivificar el mundo con
el espíritu cristiano". Afirmó que los principales ámbitos de acción son
la familia y el mundo laboral.
"La Iglesia siempre está atenta a lo que sucede y se
desarrolla en la sociedad", continuó el Papa. Esto requiere
"discernir qué, en las culturas de nuestro tiempo, merece ser tomado en
consideración" y tener "una mente equilibrada, libre de cualquier
moda cultural".
Por lo tanto, los cristianos deben ser capaces de
"tener una visión positiva del mundo" sin dejar de ser
"firmes" al "presentar el mensaje del Evangelio".
"Ciertamente, no es diluyendo los contenidos y suavizando las exigencias
como se puede hacer atractivo el cristianismo", insistió el pontífice
estadounidense.