Hace menos de una semana que fue ordenado el joven Andrés David Forero, hasta entonces diácono en la parroquia de San Pedro de Sencelles (Mallorca), la misma localidad que la tarde de este 5 de marzo acoge la celebración de su primera misa como sacerdote. Un proceso que muchos han destacado por su entrega en Cáritas, su atención en las parroquias y su labor pastoral con los fieles, pero especialmente por la esperanza que le ha acompañado en cada momento de su larga lucha contra el cáncer.
Precisamente en torno a su vivencia cristiana del dolor y la enfermedad giró toda la homilía del obispo Taltavull de Mallorca, que recordó las horas invertidas con el entonces diácono y los miembros de Cáritas preparando la Navidad.
Una “presencia”, le dijo el obispo, “que da fe del sentido del diaconado que acogiste con tanta alegría convirtiéndose en servicio a la causa del Evangelio. Han sido unos meses de predicación en esta y otras comunidades, pero sobre todo has predicado en silencio desde el hospital, desde la cama de la incertidumbre, de la abnegación y del dolor”, remarcó.
Testimonio inquebrantable de fe
El obispo aludió al testimonio de “inquebrantable fe” del sacerdote, recordando como no solo vivía su enfermedad “con la fortaleza de la fe y la constancia de la oración”, sino también de la convicción con la que lo expresaba. Tu testimonio, le dijo, nos ha dado mucha fuerza y consuelo a todos.
Taltavull también apuntó a la vivencia de los sacramentos como el sostén del diácono en la adversidad, pues “la gracia de la ordenación diaconal y de la ordenación sacerdotal son el don para mantener la firmeza de la fe, como también ha contribuido durante estos difíciles meses la gracia de la Eucaristía, del Perdón y de la Unción de los enfermos”.
El obispo concluyó con unas motivadoras palabras dirigidas de lleno al sacerdote y su experiencia de vida. “Solo tú sabes lo que significa vivir la prueba de una enfermedad a la que uno tiene que enfrentarse y lo has hecho, como dice san Pablo en su propia experiencia, “tomando parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios, y no te has avergonzado de dar testimonio de Jesucristo» (2Tm 1,8)”.
Un Dios que no abandona
Basándose en el relato paulino, el obispo remarcó cómo la palabra de Dios se hace eco de lo que vivimos y nos acompaña en todo momento dándonos su fuerza y su consuelo, despidiéndose con la misma certeza del recién ordenado: “Ten por seguro que no te dejará en ningún momento y podrás repetir con el salmo que hemos rezado después de contemplar la fe de Abraham: «Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti» (salmo 32)”.
Tras la ceremonia, el recién ordenado sacerdote expresó que su vocación ha sido un don recibido por gracia de Dios, un llamamiento que durante años llevó al corazón y que hoy se hace realidad no por mérito propio, sino por la fidelidad del Señor, que le ha sostenido incluso en medio de la fragilidad y la enfermedad.
El sacerdote Andrés David Forero, ordenado recientemente en Mallorca tras una larga lucha contra el cáncer.Diócesis de Mallorca.
Lleno en su primera misa
Este jueves 5 de marzo, el sacerdote ha celebrado su primera misa. Una ceremonia que ha acogido una gran afluencia de fieles, como se puede apreciar en las imágenes transmitidas por redes sociales y que ha sido retransmitida en YouTube.
Francisco Javier (Patxi) Bronchalo, cura de Leganés, diócesis de Getafe, ha escrito un libroRezar como Jesús nos enseñó(Nueva Eva) que da respuesta a este interrogante.
Si estás atravesando un momento de cambio, o estás viviendo una época de crisis, o bien has perdido la esperanza y la confianza en Dios, hay un libro que te puede ayudar a salir de ese túnel negro en dónde no se ve la luz.
Rezar como Jesús nos enseñó (Nueva Eva) está escrito por Francisco Javier (Patxi) Bronchalo, un sacerdote que lleva doce años de cura y es párroco en Nuestra Señora de Butarque, un barrio de gente trabajadora en Leganés, además de bloguero de Religión en Libertad y con activa presencia en las redes sociales parailuminar sobre el Evangelio y las enseñanzas de la Iglesia católica.
-Patxi, señalas en la introducción del libro que en un momento determinado de oscuridad, mientras estudiabas en el seminario, escuchaste en una charla que “tenemos que aprender a rezar el Padrenuestro al revés, haciendo un camino a la inversa para volver a Dios cuando estamos caídos, perdidos y destrozados”…
-Así es. Cuando estaba en el seminario atravesé una noche interior muy fuerte. Como una crisis de no ver sentido a lo que había visto años anteriores con claridad: ser cura. Recuerdo que en unos ejercicios espirituales un sacerdote me dijo: "Cuando no puedes ni rezar puedes empezar a decir las oraciones del Padre Nuestro empezando por la última y hasta la primera".
Francisco Javier Bronchalo es autor de 'Rezar como Jesús nos enseñó'.archivo
-Cuando le pedimos a Dios: “Líbranos del mal”, ¿qué le estamos reclamando realmente?
-Empezar diciendo "líbranos del mal" es reconocerse necesitado de Dios estando en el pozo más hondo, es decirle que que necesitamos un Salvador, necesitamos ser rescatados. El camino de vuelta a Dios empieza así, reconociendo la fragilidad.
»No pedimos solo que nos pasen menos cosas malas, le decimos a Dios que nos arranque del poder del mal, de la desesperación, de la angustia, del pecado que nos destruye por dentro y de todo lo que nos separa de Él. Es un grito de salvación.
-Y cuando le decimos: “No nos dejes caer en la tentación”, ¿estamos reconociendo que no nos podemos sostener solos?
-Sí. "No nos dejes caer en la tentación" es la oración humilde de quien sabe que solo no puede. Es el siguiente paso. El pueblo de Israel después de haber visto como Dios por medio de Moisés les sacaba de Egipto, después de haber experimentado como milagrosamente les abría el mar Rojo para que pasaran y pudieran librarse del faraón y su ejército que los perseguía, después de haber tenido experiencia real del Señor en su vida concreta tuvieron la tentación de volver atrás, a la esclavitud de Egipto, porque el camino por el desierto era duro.
»Después de haber salido del mal el tentador puede presentarnos que aquella situación de mal puede parecer de nuevo buena, por eso es importante rezar con esta sexta petición del Padre Nuestro. El cristiano no confía en su fuerza, sino en la gracia de Dios. Pedimos que Él nos sostenga cuando el corazón se tambalea.
-“Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Hay ofensas difíciles de perdonar a no ser que Dios te dé una gracia especial, un don…
-Totalmente cierto. Perdonar de verdad muchas veces es imposible humanamente. Como decía, no es cuestión de nuestra fuerza. Por eso el perdón cristiano es también un milagro de la gracia que podemos pedir a Dios para que Él conceda que el corazón se apacigüe y esté en paz. Incluso para llegar a rezar por los enemigos, como Jesús enseñó en el monte de las Bienaventuranzas e hizo en el monte Calvario.
»Cuando uno se sabe profundamente perdonado por Dios, empieza a encontrar la fuerza para perdonar incluso lo que parecía imperdonable. Por eso tras haber pedido salir del mal y no caer en tentación toca pedirle perdón por los pecados cometidos, quizás algunos de ellos influyeron en que nos fuéramos al pozo.
-“Danos hoy nuestro pan de cada día”, ¿el perdón culmina con un banquete?
-Sí. El perdón siempre termina en una mesa. El "pan de cada día" es la vida que Dios nos regala y, en plenitud, es la Eucaristía. Después del perdón viene el banquete del Padre, como en la parábola del hijo pródigo, que salió del pozo de vivir con los cerdos y caminó de vuelta a casa. Para comulgar necesitamos estar en gracia, por eso la confesión es necesaria, pedir perdón nos hace participar plenamente en el banquete de la Eucaristía.
-Cómo es la historia del padre Matthieu, en Filipinas, que decía que a los niños que tenía acogidos en su orfanato “no sabía llevarlos a Dios, así que llevó a Dios a los niños”.
-Tuve la dicha de ir a Manila con un grupo de jóvenes hace algunos años. Allí conocí a este sacerdote francés, el padre Matthieu, que iba por las calles de los barrios más pobres de allí y de los vertederos recogiendo a los niños de la calle. Muchos niños y niñas vivían en los grandes basureros recogiendo desperdicios para venderlos, muchos eran víctimas de la trata y eran obligados a prostituirse por las mafias.
»Él les sacaba de allí y les llevaba a un hogar en el que eran atendidos y cuidados, recibían educación y todo el día giraba en torno a Dios, juntos rezaban por la mañana y por la noche y tenían la Misa todos los días.
»Me impresionó como el padre Matthieu exponía el Santísimo en medio de los vertederos y los niños empezaban a acudir. A alguno le daría un patatús de verlo, diría que no es litúrgico. El padre Matthieu me dijo algo precioso: "Yo no sé llevar a estos niños a Dios… así que llevo a Dios a los niños". Eso es el cristianismo: hacer presente el amor de Dios allí donde alguien sufre.
-“Hágase tu voluntad”. ¿Cómo reconocemos lo que Dios quiere que hagamos en cada momento?
-Esto tiene que ver con la vocación concreta. ¿Qué quiere Dios de mí? Sin duda mi bien y mi salvación y que ayude al bien y a la salvación de otros. La vocación es el camino que Dios me pone para ello. Pero escuchar la voz de Dios requiere hacer todo el camino previo de las meditaciones anteriores.
»Tener la experiencia de que Dios nos ha sacado del pozo, saber que en la vida no va a faltar la tentación, estar reconciliados de nuestros pecados con Dios y vivir del alimento que es la Eucaristía. Es entonces cuando podemos preguntar a Dios qué quiere de nosotros. La voluntad de Dios se descubre viviendo cerca de Él, en el trato con Él en la intimidad de la oración y en aprender a reconoce su voz en los hechos concretos de la vida.
-“Venga a nosotros tu reino”. ¿Qué significa?
-Cuando decimos "venga a nosotros tu Reino" pedimos que Dios reine de verdad en el corazón de cada persona. Jesús dijo que su reino no es de este mundo, que no está aquí o allí. Es un rey distinto que tiene por trono una cruz y por corona las espinas. Donde Dios reina hay verdad, justicia, misericordia y esperanza.
»El Reino empieza en el corazón, pero está llamado a transformar el mundo. Por eso esta petición va aquí, quien vive la vocación a la que Dios le llama hace presente el Reino de Dios, es sal y luz en medio de los que tiene alrededor.
-En los años setenta había corrientes dentro de la Iglesia que llamaban a los cristianos a diluirse con el mundo y a mimetizarse con la cultura de entonces. ¿Eso es lo contrario con ser ”sal y luz del mundo"?
-Ser sal y luz no significa diluirse, sino dar sabor y claridad. Seguro que hay buena intención, pero me temo que esa interpretación de diluirse en el entorno puede hacer que el evangelizador pierda la fe y el entorno lo "evangelice" a él.
»Cuando esto ocurre vemos que avanza la secularización y la descristianización. De aquellos polvos vienen estos lodos. Cuando el cristiano se mimetiza completamente con el mundo deja de ser sal. La fe no está para desaparecer, sino para iluminar y servir desde dentro de la sociedad.
-“Santificado sea tu nombre” es sinónimo de alabar al Padre en todo momento…
-Eso es. Y así culmina todos en la alabanza. Lo dice San Ignacio de Loyola al comienzo de los Ejercicios Espirituales, es el principio y fundamento: "El hombre es creado para alabar a Dios". Pero llegar a ello requiere hacer el camino anterior. El chico de la parábola del Hijo pródigo vivía con el Padre pero no le amaba de verdad, solo lo hizo después de haber recorrido el camino.
»Al hijo mayor le pasaba lo mismo solo que era más cumplidor y no se marchó, pero también él, sin necesidad de marcharse de la casa, tenía que hacer ese camino interior del que hemos hablado. "Santificado sea tu nombre" es reconocer quién es Dios y ponerlo en el centro. Es amarle no por lo que nos da sino por quién es Él.
-Y, por último, ¿cómo rezar cuando no tenemos fuerzas para hacerlo?
-A mí me ha pasado. No hay que asustarse ni escandalizarse. Lo primero es pedir a otros que recen por tí, somos Iglesia, comunidad, tenemos hermanos, necesitamos hermanos. Lo segundo es recordar que cuando no tenemos fuerzas para rezar, basta con ponerse delante de Jesús en el sagrario. Basta decir "Señor, no puedo ni rezar, pero aquí estoy, tu conoces lo que hay en mi corazón. Líbrame del mal". Y eso ya es oración.
En una época donde la masculinidad es cuestionada y los modelos de paternidad desaparecen tras ideologías confusas, surge una figura silenciosa pero demoledora: San José.
Él no fue un espectador pasivo ni una estatua de mármol sin sentimientos. Fue un hombre que enfrentó crisis reales, miedos profundos y noches de insomnio. La Tradición de la Iglesia lo llama el "Salvador del Salvador".
Si quieres ser un hombre que marque la diferencia en este 2026, aquí tienes las 10 virtudes del "Terror de los Demonios" que debes imitar:
1. El silencio que atruena
En la era del ruido y la auto-promoción, José no dijo ni una palabra en las Escrituras. Su hombría no se basaba en "opiniones", sino en decisiones. Como enseñaba San Juan Pablo II en su exhortación Redemptoris Custos, su silencio es la prueba de su profunda vida interior.
2. Valentía sobre el miedo
Cuando el ángel le pidió no temer al recibir a María, José sintió el peso de lo imposible. Sin embargo, su virtud fue actuar a pesar del miedo. No fue un hombre sin temores, sino un hombre que no permitió que el miedo dictara sus pasos.
3. Obediencia sin debates
A mitad de la noche, con el cansancio sobre los hombros, José se levantaba ante el mandato divino. Entendió que la verdadera hombría es saber someter la propia voluntad a un plan más grande, incluso cuando no se tienen todas las respuestas.
4. Castidad valiente
La Tradición lo llama el "Lirio de Pureza". Pero no te confundas: José amaba con pasión. Su castidad no fue falta de deseo, sino un sacrificio heroico y un dominio de sí mismo para proteger la misión de María. Un hombre que se domina es el único verdaderamente libre.
5. Protector ante la amenaza real
Imagínate a José huyendo a Egipto: sin trabajo, sin casa y con un tirano persiguiéndolos. Él no se quebró. La Iglesia lo honra como Patrono de la Iglesia Universal porque supo ser el escudo de lo sagrado en los momentos de mayor peligro.
6. La santificación del trabajo
En el taller de Nazaret, José no buscaba fama. Como recordó el Papa Pío XII al instituir la fiesta de San José Obrero, el trabajo manual es un camino de gloria. José nos enseña que proveer para el hogar es un acto de culto a Dios.
7. Justicia sin espectáculo
La Biblia lo llama "Justo". En la cultura del "mírame", José nos enseña la justicia de quien hace lo correcto cuando nadie lo está viendo. No buscaba likes, buscaba la aprobación del Padre.
8. Paternidad presente y cercana
Jesús aprendió a caminar sosteniendo la mano de José. En un mundo de "padres ausentes", José nos grita que la mayor herencia de un hombre es su presencia física y espiritual en la vida de sus hijos.
9. Fortaleza en el exilio
Fue un hombre que conoció la angustia del migrante y la incertidumbre del mañana. Su fuerza no venía de su cuenta bancaria, sino de su confianza ciega en la Providencia. Un hombre de fe no se rinde ante la crisis económica o social.
10. El líder que sirve
Él era la cabeza de la Sagrada Familia, pero su vida fue un don total. San Juan Crisóstomo destacaba su entrega absoluta. José nos enseña que el liderazgo masculino es sacrificio, no tiranía; es ponerse al final de la fila para que los suyos estén primero.
Oración a San José por el trabajo y la familia
(Papa San Juan XXIII)
¡San José, guardián de Jesús y casto esposo de María!, tú empleaste toda tu vida en el cumplimiento perfecto de tu deber... Tú conoces sus aspiraciones, sus angustias y sus esperanzas. Acuden a ti porque saben que tú los comprendes y los proteges. Amén.
¿Cuál de estas virtudes te desafía más en tu vida diaria? ¡Cuéntanos en los comentarios y comparte este reto con tus hermanos de fe!
Naamán, general del ejército del rey de Arám, era un hombre prestigioso y altamente estimado por su señor, porque gracias a él, el Señor había dado la victoria a Arám. Pero este hombre, guerrero valeroso, padecía de una enfermedad en la piel.
En una de sus incursiones, los arameos se habían llevado cautiva del país de Israel a una niña, que fue puesta al servicio de la mujer de Naamán.
Ella dijo entonces a su patrona: "¡Ojalá mi señor se presentara ante el profeta que está en Samaría! Seguramente, él lo libraría de su enfermedad".
Naamán fue y le contó a su señor: "La niña del país de Israel ha dicho esto y esto".
El rey de Arám respondió: "Está bien, ve, y yo enviaré una carta al rey de Israel". Naamán partió llevando consigo diez talentos de plata, seis mil siclos de oro y diez trajes de gala,
y presentó al rey de Israel la carta que decía: "Al mismo tiempo que te llega esta carta, te envío a Naamán, mi servidor, para que lo libres de su enfermedad".
Apenas el rey de Israel leyó la carta, rasgó sus vestiduras y dijo: "¿Acaso yo soy Dios, capaz de hacer morir y vivir, para que este me mande librar a un hombre de su enfermedad? Fíjense bien y verán que él está buscando un pretexto contra mí".
Cuando Eliseo, el hombre de Dios, oyó que el rey de Israel había rasgado sus vestiduras, mandó a decir al rey: "¿Por qué has rasgado tus vestiduras? Que él venga a mí y sabrá que hay un profeta en Israel".
Naamán llegó entonces con sus caballos y su carruaje, y se detuvo a la puerta de la casa de Eliseo.
Eliseo mandó un mensajero para que le dijera: "Ve a bañarte siete veces en el Jordán; tu carne se restablecerá y quedarás limpio".
Pero Naamán, muy irritado, se fue diciendo: "Yo me había imaginado que saldría él personalmente, se pondría de pie e invocaría el nombre del Señor, su Dios; luego pasaría su mano sobre la parte afectada y curaría al enfermo de la piel.
¿Acaso los ríos de Damasco, el Abaná y el Parpar, no valen más que todas las aguas de Israel? ¿No podía yo bañarme en ellos y quedar limpio?". Y dando media vuelta, se fue muy enojado.
Pero sus servidores se acercaron para decirle: "Padre, si el profeta te hubiera mandado una cosa extraordinaria ¿no la habrías dicho? ¡Cuánto más si él te dice simplemente: Báñate y quedarás limpio!".
Entonces bajó y se sumergió siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del hombre de Dios; así su carne se volvió como la de un muchacho joven y quedó limpio.
Luego volvió con toda su comitiva adonde estaba el hombre de Dios. Al llegar, se presentó delante de él y le dijo: "Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra, a no ser en Israel. Acepta, te lo ruego, un presente de tu servidor".
Salmo 42(41),2-3.43(42),3-4.
¡Mi alma tiene sed del Dios viviente!
Como la cierva sedienta
busca las corrientes de agua,
así mi alma suspira
por ti, mi Dios.
Mi alma tiene sed de Dios,
del Dios viviente:
¿Cuándo iré a contemplar
el rostro de Dios?
Envíame tu luz y tu verdad:
que ellas me encaminen
y me guíen a tu santa Montaña,
hasta el lugar donde habitas.
Y llegaré al altar de Dios,
el Dios que es la alegría de mi vida;
y te daré gracias con la cítara,
Señor, Dios mío.
Evangelio según San Lucas 4,24-30.
Cuando Jesús llegó a Nazaret, dijo a la multitud en la sinagoga: "Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra.
Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país.
Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón.
También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio".
Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron
y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo.
Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.
Guillermo de San Teodorico (c. 1085-1148) monje benedictino y después cisterciense La Contemplación de Dios, 12; SC 61 bis
“Había muchas viudas en Israel.”
Señor, mi alma está desnuda y aterida; desea calentarse con el calor de tu amor... En la inmensidad del desierto de mi corazón, no puedo recoger ni unas pocas ramas, sino solamente estas briznas, para prepararme algo para comer con el puñado de harina y la orza de aceite, y luego, entrando en mi aposento, me moriré. (cf 1R 17,10ss) O mejor dicho: no moriré en seguida, no Señor, “no moriré, viviré para contar las proezas del Señor”(Sal 117,17).
Permanezco en mi soledad...y abro la boca hacia ti, Señor, buscando aliento. Y alguna vez, Señor... tú me metes alguna cosa en la boca del corazón; pero no permites que sepa qué es lo que metes. Ciertamente, saboreo algo muy dulce, tan suave y reconfortante que ya no busco nada más. Pero cuando lo recibo no me permites que conozca lo que me das... Cuando recibo tu don, lo quiero retener y rumiar, saborear, pero al instante desaparece...
Por experiencia sé lo que tú dices del Espíritu en el evangelio: “...no sabes ni de dónde viene y ni a dónde va” (Jn 3,8). En efecto, todo lo que he confiado con atención a mi memoria para poderlo recordar según mi voluntad y saborearlo de nuevo, lo encuentro muerto e insípido dentro de mí. Oigo la palabra: “El Espíritu sopla donde quiere” y descubro que dentro de mí sopla no cuando yo quiero sino cuando Él lo quiere...
“A ti levanto mis ojos, Señor” (Sal 122,1)... ¿Cuánto tiempo esperarás? ¿Cuánto tiempo mi alma dará vueltas cerca de ti, miserable, ansiosa, agotada? (cf Sal 12,2). Escóndeme, Señor, en el secreto de tu rostro, lejos de las intrigas humanas, protégeme en tu tienda, lejos de las lenguas pendencieras (cf Sal 30,21).
(EDD)
Reflexión sobre el grabado
del Viejo Maestro
Todos conocemos la
experiencia de la ira. Es algo con lo que nos encontramos regularmente en
nuestras vidas. A veces, nuestra propia ira revela lo que ocurre en
nuestro interior. Podemos reaccionar bruscamente, sólo para darnos cuenta
más tarde de que proviene del estrés, la fatiga, la frustración o la
tensión interior. En otros momentos, la ira es provocada por algo externo
a nosotros, como una palabra pronunciada, una acción realizada, una
situación que nos parece injusta, nuestros hijos que no se portan bien...
A menudo, es una mezcla de ambas cosas: lo que está dentro de nosotros y
lo que viene de fuera se reúnen en una fuerte reacción: la ira.
En el Evangelio de hoy, oímos
que la gente de la sinagoga de Nazaret estaba llena de ira contra Jesús.
Su reacción parece deberse tanto a lo que él dijo como a lo que ya estaba
presente en sus corazones. Jesús menciona a dos profetas que trajeron la
ayuda de Dios no a israelitas, sino a forasteros: una viuda de Sidón y un
hombre de Siria, tierras tradicionalmente consideradas hostiles a Israel.
Esto desafía sus expectativas y les inquieta. Su comprensión de Dios era
limitada, mientras que Jesús revela a un Dios cuyo amor va mucho más allá
de las fronteras y divisiones judías. Como Hijo, conoce plenamente al
Padre, y muestra que el cuidado de Dios se extiende a todos. Esta visión
más amplia del amor de Dios es a la vez liberadora y, para algunos,
profundamente incómoda, llegando incluso a provocar ira.
Nuestro llamativo grabado,
realizado en el siglo XVIII a partir de un dibujo de Charles Le Brun, se
centra por completo en el poder expresivo del rostro humano. Le Brun, uno
de los principales artistas del Barroco francés y pintor de la corte de
Luis XIV, se interesó profundamente por la representación visual de las
emociones. Estudió las expresiones faciales casi científicamente. Aquí,
la cólera se representa con intensidad: los ojos del hombre están muy
abiertos, casi desorbitados, los orificios nasales abiertos y la boca
apretada hacia abajo, como si luchara por contener una oleada de emoción.
La barba y el pelo parecen reflejar la agitación interior, aumentando la
sensación de turbulencia. Artistas como Le Brun comprendieron que la
cólera no se percibe sólo en un rasgo, sino en todo el rostro, en la
tensión de los músculos, la agudeza de la mirada, el apretamiento de los
labios. El resultado es un dibujo poderoso: reconocemos inmediatamente la
emoción de la cólera, casi la sentimos nosotros mismos.
by Padre Patrick van der Vorst
Oración
"Con tu ayuda, Señor, quiero la dulzura
a través de los encuentros y contratiempos diarios.
Tan pronto como me dé cuenta de que la ira se enciende en mí,
reuniré mis fuerzas -no violentamente, sino con dulzura