El beato Donizetti Tavares de Lima, milagroso sacerdote brasileño, atraía a millones de personas, pero su corazón estaba con los pobres y los desfavorecidos
La historia de la Iglesia en todo el mundo está llena de ejemplos notables de hombres y mujeres santos que tuvieron un enorme impacto, tanto durante sus vidas como tras su muerte. Sin embargo, a pesar de su fama a nivel local o nacional, no siempre se oye hablar de ellos en otros países. Un ejemplo del que quizá no hayas oído hablar es el del beato Donizetti Tavares de Lima, que fue un milagroso sacerdote brasileño (3 de enero de 1882 – 16 de junio de 1961).
Trabajó incansablemente para ayudar a los pobres y a los trabajadores cuyos derechos no se respetaban. Sin embargo, también era conocido por sus curaciones milagrosas y su capacidad de levitar, entre otros dones sobrenaturales. Su reputación atrajo a millones de peregrinos a su localidad, en el sur de Brasil, en la década de 1950.
No obstante, cuando la afluencia de visitantes se volvió demasiado molesta, atendió a la petición de su obispo de dejar de recibir a las multitudes. Pasó sus últimos años como un sencillo párroco.
Esta es su historia, llena de detalles sorprendentes.
Un camino sinuoso hacia el sacerdocio
Donizetti Tavares de Lima nació el 3 de enero de 1882, hijo de Tristão Tavares de Lima (abogado) y Francisca Cândida Tavares de Lima (profesora). Era uno de los 16 hermanos. Por aquel entonces, vivían en Cássia, Minas Gerais (un estado del sureste de Brasil).
Cuando tenía 4 años, la familia se trasladó a la ciudad de Franca, en el estado vecino de São Paulo. Ingresó en el seminario con tan solo 12 años. A pesar de su corta edad, ya poseía unos conocimientos y un talento musical prodigiosos, y se convirtió en organista y profesor de música de sus compañeros.
Sin embargo, en 1900 decidió seguir los pasos de su padre y estudiar Derecho en una universidad de la ciudad de Sorocaba. Al mismo tiempo, siguió impartiendo clases de música en el seminario para ayudar a financiar sus estudios.
Tres años más tarde, decidió volver al seminario y estudió filosofía y teología en la diócesis de São Paulo. En 1905, se trasladó a la diócesis de Pouso Alegre (de nuevo en Minas Gerais). Recibió la ordenación sacerdotal el 12 de julio de 1908, y el obispo le asignó el cargo en la parroquia de São Caetano.
Poco después, el obispo que lo había ordenado, João Batista Corrêa Nery, fue elegido por el Papa para dirigir la recién creada diócesis de Campinas, en São Paulo. El joven padre Donizetti pidió seguirlo, y el obispo accedió. Allí ejerció como vicario parroquial en la parroquia de la Santa Madre de Dios, en Jaguariúna.
Sin embargo, esto le alejaba de su familia. Al sentir su ausencia, en 1909 volvió a cambiar de diócesis para estar más cerca de ellos. Así, se convirtió en párroco de la parroquia de Santa Ana en Vargem Grande do Sul, en la diócesis de Ribeirão Preto.
Acusado de ser comunista
El padre Donizetti se hizo famoso por su intensa labor pastoral, en la que prestaba especial atención a los pobres y desfavorecidos, ayudándoles tanto en el plano espiritual como en el material. Su interés por los derechos de los trabajadores y por la justicia social le valió acusaciones de comunismo. Sin embargo, su compromiso con los necesitados no se basaba en una ideología política, sino en el Evangelio.
También se dedicó con fervor a la catequesis de sus feligreses. A menudo, estos habían caído en prácticas sincréticas que combinaban supersticiones y prácticas espirituales no católicas con la fe. Les enseñó el catolicismo ortodoxo y fomentó la devoción a María.
Durante su estancia en esta parroquia, construyó una nueva iglesia parroquial y dos capillas: una dedicada a Nuestra Señora de Aparecida, patrona de Brasil, y la otra a San Benito.
Su incansable defensa de los pobres y de los trabajadores, a quienes sus patronos explotaban, le valió la persecución política y social por parte de las élites políticas y económicas. En 1926, su obispo lo trasladó a la parroquia de San Antonio, en Tambaú.
Milagros y fama
En su nuevo destino, no se desanimó. Continuó su labor con los pobres y sus esfuerzos por fomentar la justicia social, inseparables de su ministerio de evangelización. Entre otras iniciativas, fundó la Residencia San Vicente de Paúl para personas mayores que no tenían familia que cuidara de ellas. También fundó una Asociación para la Protección de Madres e Hijos.
Como era un administrador experto, pudo además adquirir terrenos y viviendas para personas en situación de extrema pobreza. Al mismo tiempo, decidió llevar una vida de pobreza personal desde el momento de su ordenación. Solía decir que sus únicas posesiones eran los libros. Dormía en un colchón en el suelo y solo tenía un par de mudas de ropa.
Fue en Tambaú donde se hizo famoso por sus milagros. Los fieles difundían relatos de cómo Dios sanaba a los enfermos con la bendición del sacerdote, se bilocaba, poseía un conocimiento inexplicable sobre el pasado y el presente de la vida de las personas e incluso levitaba mientras impartía la bendición.
Esto le valió una fama cada vez mayor, lo que hizo que la gente acudiera en peregrinación desde las zonas circundantes e incluso desde más lejos para recibir su bendición. Siempre recordaba a los fieles que Dios era el responsable de cualquier milagro, no él; además, insistía en que las gracias especiales se obtenían por intercesión de Nuestra Señora de Aparecida.
Obediencia a su obispo
A principios de la década de 1950, el número de peregrinos aumentó considerablemente. Se construyó un escenario frente a la rectoría desde donde podía predicar y bendecir a las multitudes. Esto se prolongó hasta 1955, cuando impartió su última bendición pública a los peregrinos. La afluencia incontrolable de devotos estaba colapsando las infraestructuras de la localidad; en los seis meses previos a mayo de 1955, la iglesia registró tres millones de visitantes. A veces llegaban a acudir hasta 200 000 personas a verlo en un solo día.
Dado que esta situación era insostenible, el gobierno estatal presionó al obispo para que pusiera fin a las peregrinaciones. El obispo, a su vez, habló con el padre Donizetti, quien accedió a dejar de recibir multitudes y de realizar milagros. Sin embargo, continuó con sus actividades parroquiales, que no contribuían a la saturación de visitantes.
El 30 de mayo de 1955 impartió su última bendición pública a la multitud desde el escenario. «Todo mi amor ha sido siempre para la religión católica, buscando vivir en obediencia a mis superiores jerárquicos», afirmó. «Es lo que siempre pretendo hacer, hasta exhalar mi último aliento […] cerrando los ojos, en paz, para volver a abrirlos por toda la eternidad en la contemplación de la presencia de Dios Nuestro Señor, a quien he servido, sirvo y serviré, viéndolo en la persona de cada uno de mis superiores jerárquicos, desde los que están aquí hasta los de Roma».
El padre Donizetti falleció seis años más tarde, a la edad de 79 años, por causas naturales. Su fama de santidad no hizo más que crecer, y su causa de beatificación se abrió en 1992. Fue beatificado el 23 de noviembre de 2019.