¿Podría existir un vínculo espiritual más grande entre nuestras Iglesias que el del apóstol Pablo de Tarso, nacido en Cilicia, lugar de vuestra Sede, y que recibió la corona del martirio aquí en Roma? A san Pablo, el Apóstol por excelencia de la comunión entre las Iglesias, encomiendo vuestra peregrinación a Roma. ¿Y cómo no mencionar también a los grandes santos de la Iglesia que se afanaron por la unidad de los cristianos? Mi pensamiento va al santo Nerses el Gracioso, Catholicós de Cilicia, que puede ser considerado el pionero del ecumenismo, y cuya reciente inclusión en el Martirologio Romano es un ejemplo más de ese «ecumenismo de los santos» que ya une a nuestras Iglesias.
Situado en el cruce de varios pueblos y culturas, el Catholicosato de la Santa Sede de Cilicia ha estado marcado durante mucho tiempo por su vocación ecuménica, en particular hacia la Iglesia de Roma. Esta relación especial entre nuestras Iglesias, que fue especialmente intensa en la Edad Media, conoció nuevos desarrollos en el siglo XX, y sobre todo después del Concilio Vaticano II.
Recuerdo bien que su venerable predecesor, el Catholicós Khoren I, fue el primer primado de una Iglesia ortodoxa oriental en visitar Roma tras el Concilio, ya en mayo de 1967. Usted, Santidad, se distingue por su incansable celo, tanto a nivel local, como uno de los fundadores del Consejo de Iglesias del Medio Oriente, como a nivel internacional en el Consejo Ecuménico de las Iglesias, donde ha ocupado posiciones de relieve.
Le estoy profundamente agradecido por sus esfuerzos en
favor de las relaciones con la Iglesia católica y por su cercanía a la Iglesia
de Roma, que visitó por primera vez como Catholicós durante la Semana de
Oración por la Unidad de los Cristianos en 1997, y a la que desde entonces ha
honrado con su presencia en numerosas ocasiones.
Le agradezco en particular su compromiso personal en la promoción del diálogo
teológico entre nuestras Iglesias, que tuvo lugar en 2003 en el marco de la
Comisión mixta internacional para el Diálogo Teológico entre la Iglesia
Católica y las Iglesias Ortodoxas Orientales. Ese diálogo, que se beneficia de
la valiosa contribución de los delegados armenios, ha publicado ya tres
importantes documentos sobre la naturaleza y la misión de la Iglesia, sobre la
comunión en la Iglesia primitiva y sobre los sacramentos. Espero sinceramente
que, a pesar de las recientes dificultades, dicho diálogo prosiga con renovado
vigor, pues no puede haber restablecimiento de la comunión entre nuestras Iglesias
sin unidad en la fe.
Su presencia entre nosotros trae a la memoria el amado país
del que usted proviene, y que tuve la alegría de visitar el pasado diciembre.
Esta tierra del Líbano, tan querida para mi corazón, que durante tanto tiempo
ha mostrado al mundo entero que es posible para personas de diversas culturas y
religiones vivir juntas como una sola nación, sigue afrontando pruebas
difíciles. En un momento en que la unidad y la integridad de vuestro país se
ven nuevamente amenazadas, nuestras Iglesias están llamadas a reforzar los
lazos fraternos que unen a los cristianos no solo entre sí, sino también con
sus hermanos y hermanas de otras comunidades en su patria común. Santidad, le
aseguro mis oraciones cotidianas y la profunda preocupación que albergo por el
pueblo del Líbano y por las Iglesias del Medio Oriente, a las que usted
dedicará una conferencia durante su estancia en Roma.
En estos días que preceden a la solemnidad de Pentecostés, mientras nos
preparamos para revivir el misterio del milagro de la venida del Espíritu Santo
sobre la Iglesia naciente, me alegra poder rezar, tras este encuentro, junto a
usted, Santidad, al Espíritu, Señor y dador de vida, para que nos conceda el
don de la unidad, nos otorgue una paz duradera y renueve la faz de la tierra.








