En su reflexión del Ángelus en la Solemnidad de Todos los Santos, el Papa
León XIV destacó la santidad como «una vocación universal» que nos compromete a
«construir la paz».
Johan Pacheco – Ciudad del Vaticano
«Celebramos a todos los santos: a aquellos que la
Iglesia ha reconocido como tales y también a tantos que no lo han sido, pero
que Dios conoce», expresó el Papa León XIV en su meditación previa al rezo del Ángelus de este domingo, 1 de noviembre, Solemnidad de Todos
los Santos.
«La solemnidad de Todos los Santos, que hoy
celebramos, nos invita a probar la alegría de esa innumerable familia de
hombres y mujeres que, siguiendo al Señor Jesús, hicieron de su vida un don a
Dios y al prójimo», dijo el Papa.
Meditando sobre la liturgia de la Palabra de este día,
que describe esta fiesta como una «muchedumbre inmensa, que nadie podría
contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas» (Ap 7, 9), recordó que
se celebra a los santos reconocidos por la Iglesia «y también a tantos que no
lo han sido, pero que Dios conoce».
Las bienaventuranzas
«Como nos recuerda el Evangelio de hoy (Mt 5, 1-12),
se trata de pobres de espíritu, pero ricos en el amor de Dios. Tienen rostros
surcados por las lágrimas, pero consolados en la oración. Son mansos frente a
la violencia y recompensados por el Padre; hambrientos de justicia y saciados
en lo más profundo de su conciencia; dispuestos al perdón y abrazados por la
misericordia; desarmados en el corazón, pero protegidos por Dios; constructores
de paz, a quienes Dios llama por su nombre; perseguidos y ofendidos, pero
fuertes en la fe y en la caridad», así los describió León XIV en su reflexión.
Ante la certeza de lo imposible que resultaría contar
«la multitud de estos hermanos y hermanas» que alcanzaron la vida de santidad,
el Pontífice reconoció que «la santidad, de hecho, no se puede reducir a ningún
cálculo, porque así es el bien que todos los santos han difundido a su
alrededor en el mundo».
Los santos, ¿qué hicieron?
«Al contemplarlos con admiración, nos preguntamos:
estas personas, con la gracia de Dios, ¿qué hicieron? Esencialmente, gestos y
decisiones de amor que superan los cálculos de la codicia y la prepotencia del
mal, que a veces parece prevalecer», señaló el Papa.
Refiriéndose a los santos y santas, los definió como
«el signo más hermoso y más fuerte del Reino de Dios que viene; es más —como
enseña Jesús—, que ya está entre nosotros (cf. Lc 17, 20-21)».
Del mismo modo, consideró que «la santidad no es un
privilegio para unos pocos, sino una vocación universal que nos interpela a
cada uno de nosotros allí donde vivimos».
Dios ve el bien
El Papa reiteró que el mensaje de esperanza en la
fiesta de Todos los Santos es que «Dios ve el bien que nosotros no vemos,
conoce historias que nosotros no conocemos, llega a corazones a los que
nosotros no tenemos acceso».
Antes de rezar el Ángelus desde el balcón del Palacio
Apostólico, pidió a la Virgen María que «acompañe nuestros pasos en el camino
de la santidad, para que no nos cansemos de construir la paz, tanto en los
hechos más importantes como en los más sencillos de la vida cotidiana».
(vatican.va)





No todos los que se acercan (a los sacramentos) son santos, pero los santos serán siempre escogidos entre aquellos que los reciben con frecuencia.
No te alejes del altar sin derramar lágrimas de dolor y de amor a Jesús, crucificado por tu salvación.
La adoración eucarística no es sino la continuación obvia de la celebración eucarística, la cual es en sí misma el acto más grande de adoración de la Iglesia.
Los ángeles rodean al sacerdote. Todo el santuario y el espacio que circunda al altar están ocupados por las potencias celestes para honrar al que está presente en el altar.
¡Que cosa más rica es para el alma que ama pasar la vida junto al Sagrario! Después que comulgo me siento en el cielo, y dominada por el amor infinito de Dios.
La participación en la Misa dominical es distintivo característico del cristiano y una exigencia para alimentar la propia fe y para dar fuerza al testimonio cristiano. Sin la Misa del domingo y de los demás días festivos, faltaría el corazón mismo de la vida cristiana.
Pues, si cuando andaba en el mundo, de sólo tocar sus ropas sanaba los enfermos, ¿qué hay que dudar que hará milagros estando tan dentro de mí, si tenemos fe, y nos dará lo que le pidiéremos, pues está en nuestra casa? Y no suele Su Majestad pagar mal la posada, si le hacen buen hospedaje.
En la Santa Misa no se está, se participa. La Santa Misa no es de otros, es mía. La Santa Misa no es algo más, es el centro.