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miércoles, 31 de marzo de 2021

Cómo celebrar en casa el Jueves Santo


Guía a la Palabra de Dios para quienes no podrán participar en la celebración del Jueves Santo o para quienes quieran prepararse espiritualmente para el Triduo Pascual.

Esta celebración de la Palabra de Dios en casa se dirige a quienes no puedan participar en la celebración eucarística del Jueves Santo en su parroquia a causa de la pandemia o de otros impedimentos.
Asimismo, esta celebración puede convertirse en una excelente preparación para vivir con provecho el Triduo Pascual. 

Guía para la celebración

  • Recordemos lo que decía san Jerónimo sobre la escucha de la Palabra de Dios: “En lo que se refeire al misterio eucarístico, cuando cae una migaja de pan, nos sentimos aturdidos. Así sucede cuando escuchamos la Palabra de Dios: esta Palabra de Dios y el Cuerpo y la Sangre de Cristo  se dejan caer en nuestros oídos y, nosotros, ¿pensaremos en otra cosa?”.
  • Esta celebración tiene lugar de manera preferente al final de la tarde o en la noche.
  • Si se encuentra solo, es preferible leer las lecturas y oraciones de la misa de este domingo (que también podrá encontrar en esta guía) o seguir la misa por televisión o en Aleteia a través de esta página especial creada porAleteia para Semana Santa. Esta celebración requiere al menos la participación de dos personas.
  • Esta celebración se adapta particularmente a un marco familiar, de amistad o de vecinos. Ahora bien, en el respeto de las medidas del confinamiento, es necesario verificar si está permitido invitar a los vecinos o amigos. En todo caso, durante su celebración, deberán respetarse estrictamente las consignas de seguridad.
  • Se ha de colocar el número de sillas necesario ante un espacio de oración, respetando la distancia de un metro entre cada uno.
  • Debería colocarse una cruz o el crucifijo.
  • Se encenderán una o varias velas, que deberán colocarse en un soporte incombustible (por ejemplo, un plato de porcelana o cristal). Al final de la celebración, se apagarán las velas.
  • Se designa a una persona para dirigir la oración, quien establecerá la duración de los momentos de silencio.
  • Se designan lectores para la primera lectura, el salmo y el Evangelio. 

JUEVES SANTO

Celebración de la Palabra

Gracias, Señor, por tu sangre que nos lava.

Nos sentamos. El guía de la celebración, toma la palabra:

Hermanos y hermanas,
en este Jueves Santo,
pongamos nuestra mirada en Cristo Jesus,
en el momento en que enseñó a sus discípulos
a perpetuar la Eucaristía
hasta el final de los tiempos,
la Eucaristía de su vida
para la remisión de los pecados.
Cada vez que celebramos esta ofrenda,
en memoria suya, como Él mismo nos pidió, 
se cumple la obra de nuestra redención.

Por desgracia, en este día,
no podemos reunirnos en asamblea
para participar en la cena,
que constituye el sacramento de su amor.
Ahora bien, sabemos que cuando
nos reunimos para rezar en su Nombre,
Cristo se hace presente entre nosotros.
Y creemos firmemente que, cuando leemos su Palabra en Iglesia,
nos habla el mismo Verbo de Dios.

Pausa

Señor Jesús,
según las promesas de tu Iglesia,
te suplicamos:
haz que tu Palabra sea para nosotros
auténtico alimento para nuestra vida;
y danos la fuerza para imitarte
para actualizar de este modo tu entrega por nosotros,
amándonos los unos a los otros
como tú nos has amado.

Después de tres minutos de silencio,
todos se ponen de pie
y hacen la señal de la cruz, diciendo: 

En el nombre del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén

El guía de la celebración sigue diciendo: 

Para prepararnos a acoger la Palabra de Dios
y se convierta en motivo de purificación para todos nosotros,
reconozcamos con humildad nuestros pecados.

Sigue el rito penitencial:

Señor, ten misericordia de nosotros.
Porque hemos pecado contra ti.
Miéstranos, Señor, tu misericordia.
Y danos tu salvación.

Que Dios Todopoderoso tenga misericordia de nosotros,
perdone nuestros pecados,
y nos lleve a la vida eterna.
Amén.

Se pronuncia o canta:

Señor, ten piedad.
Señor, ten piedad.

Cristo, ten piedad.
Cristo, ten piedad.

Señor, ten piedad.
Señor, ten piedad.


ORACIÓN

Quien guía la celebración dice:

Dios nuestro,
reunidos para celebrar la santísima Cena
en la que tu Hijo unigénito,
antes de entregarse a la muerte,
confió a la Iglesia el nuevo y eterno sacrificio,
banquete pascual de su amor,
concédenos que, de tan sublime misterio,
brote para nosotros la plenitud del amor y de la vida.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

El encargado de la priera lectura permanece de pie,
mientras los demás se sientan.

PRIMERA LECTURA

Del libro del Éxodo (12, 1-8. 11-14)

En aquellos días, el Señor les dijo a Moisés y a Aarón en tierra de Egipto: “Este mes será para ustedes el primero de todos los meses y el principio del año. Díganle a toda la comunidad de Israel: ‘El día diez de este mes, tomará cada uno un cordero por familia, uno por casa. Si la familia es demasiado pequeña para comérselo, que se junte con los vecinos y elija un cordero adecuado al número de personas y a la cantidad que cada cual pueda comer. Será un animal sin defecto, macho, de un año, cordero o cabrito.

Lo guardarán hasta el día catorce del mes, cuando toda la comunidad de los hijos de Israel lo inmolará al atardecer. Tomarán la sangre y rociarán las dos jambas y el dintel de la puerta de la casa donde vayan a comer el cordero. Esa noche comerán la carne, asada a fuego; comerán panes sin levadura y hierbas amargas. Comerán así: con la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano y a toda prisa, porque es la Pascua, es decir, el paso del Señor.

Yo pasaré esa noche por la tierra de Egipto y heriré a todos los primogénitos del país de Egipto, desde los hombres hasta los ganados. Castigaré a todos los dioses de Egipto, yo, el Señor. La sangre les servirá de señal en las casas donde habitan ustedes. Cuando yo vea la sangre, pasaré de largo y no habrá entre ustedes plaga exterminadora, cuando hiera yo la tierra de Egipto.

Ese día será para ustedes un memorial y lo celebrarán como fiesta en honor del Señor. De generación en generación celebrarán esta festividad, como institución perpetua’ ”.

Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

El encargado de leer el salmo se levanta,
mientras los demás permanecen sentados. 

SALMO 115 (12-13. 15-16bc. 17-18)

R/ Gracias, Señor, por tu sangre que nos lava.

¿Cómo le pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Levantaré el cáliz de salvación,
e invocaré el nombre del Señor.

R/ Gracias, Señor, por tu sangre que nos lava.

A los ojos del Señor es muy penoso
que mueran sus amigos.
De la muerte, Señor, me has librado,
a mí, tu esclavo e hijo de tu esclava.

R/ Gracias, Señor, por tu sangre que nos lava.

Te ofreceré con gratitud un sacrificio
e invocaré tu nombre.
Cumpliré mis promesas al Señor
Ante todo su pueblo.

R/ Gracias, Señor, por tu sangre que nos lava.

El lector encargado de la lectura se levanta,
mientras el resto permanecen sentados.

SEGUNDA LECTURA

Lectura de la Primera Carta del Apóstol San Pablo a los Corintios (11, 23-26)

Hermanos: Yo recibí del Señor lo mismo que les he trasmitido: que el Señor Jesús, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan en sus manos, y pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía”.

Lo mismo hizo con el cáliz después de cenar, diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza que se sella con mi sangre. Hagan esto en memoria mía siempre que beban de él”.

Por eso, cada vez que ustedes comen de este pan y beben de este cáliz, proclaman la muerte del Señor, hasta que vuelva.

Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

EVANGELIO

Todos se ponen de pie.
Se eleva la aclamación antes del Evangelio.

R/Honor y gloria a ti, Señor Jesús.

Les doy un mandamiento nuevo, dice el Señor,
que se amen los unos a los otros, como yo los he amado.

R/Honor y gloria a ti, Señor Jesús.

El lector encargado del Evangelio lo leerá con lentitud y sobriedad.

Lectura del santo Evangelio según san Juan (13, 1-15)

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

En el transcurso de la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, la idea de entregarlo, Jesús, consciente de que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas y sabiendo que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la mesa, se quitó el manto y tomando una toalla, se la ciñó; luego echó agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido.

Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: “Señor, ¿me vas a lavar tú a mí los pies?” Jesús le replicó: “Lo que estoy haciendo tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde”. Pedro le dijo: “Tú no me lavarás los pies jamás”. Jesús le contestó: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo”. Entonces le dijo Simón Pedro: “En ese caso, Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza”. Jesús le dijo: “El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. Y ustedes están limpios, aunque no todos”. Como sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: ‘No todos están limpios’.

Cuando acabó de lavarles los pies, se puso otra vez el manto, volvió a la mesa y les dijo: “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan”.


El Evangelio termina sin aclamación.

Todos se sientan. El guía repite lentamente,
como si se tratara de un eco lejano:

En lo más profundo de nuestro corazón,
dejemos resonar esta palabra del Señor,
que constituye para nosotros un programa de vida:

“Les he dado ejemplo,
para que lo que yo he hecho con ustedes,
también ustedes lo hagan”.

PADRE NUESTRO

Permanecemos tres minutos en silencio de meditación personal.
Al final, todos se levantan. El que guía la celeración introduce el Padrenuestro.

Fieles a la recomendación del Salvador,
y siguiendo su divina enseñanza,
nos atrevemos a decir:

Se reza o canta el Padre Nuestro:

Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.

E inmediatamente todos proclaman:

Tuyo es el reino,
tuyo el poder y la gloria,
por siempre, Señor.

El guía sigue diciendo:

Acabamos de unir nuestra voz
a la del Señor Jesús para orar al Padre.
Somos hijos en el Hijo.
En la caridad que nos une los unos a los otros,
renovados por la Palabra de Dios,
podemos intercambiar un gesto de paz,
signo de la comunión
que recibimos del Señor.

Todos intercambian un gesto de paz. Si fuera necesario, siguiendo las indicaciones de las autoridades, este gesto puede hacerse inclinando profundamente la cabeza hacia el otro o, en familia, enviando un beso a distancia con dos dedos en los labios.
Nos sentamos.

COMUNIÓN ESPIRITUAL

El guía dice:

Dado que no podemos recibir la comunión sacramental,
el Papa Francisco nos invita apremiantemente a realizar la comunión espiritual,
llamada también “comunión de deseo”.

La Iglesia nos recuerda que
“se trata de un ardiente deseo de alimentarse con este Pan celestial,
unido a una fe viva que obra por la caridad,
y que nos hace participantes de los frutos y gracias del Sacramento”.

El valor de nuestra comunión espiritual
depende, por tanto, de nuestra fe en la presencia de Cristo en la Eucaristía,
como fuente de vida, de amor y de unidad,
así como de nuestro deseo de comulgar, a pesar de las circunstancias.

Y para aumentar nuestro deseo de la presencia de Cristo,
vamos a cantar o rezar el cántico «Ubi caritas et amor, Deus ibi est«
(«Donde hay caridad y amor, allí está Dios»).

CÁNTICO

Si se quiere cantar o declamar en latín:

Ubi caritas et amor, Deus ibi est.
Congregavit nos in unum Christi amor.
Exsultemus, et in ipso jucundemur.
Timeamus, et amemus Deum vivum.
Et ex corde diligamus nos sincero.

Ubi caritas et amor, Deus ibi est.
Simul ergo cum in unum congregamur:
Ne nos mente dividamur, caveamus.
Cessent iurgia maligna, cessent lites.
Et in medio nostri sit Christus Deus.

Ubi caritas et amor, Deus ibi est.
Simul quoque cum beatis videamus,
Glorianter vultum tuum, Christe Deus:
Gaudium quod est immensum, atque probum,
Saecula per infinita saeculorum. Amen.

Si se prefiere declamar el cántico en castellano:

Donde hay caridad y amor, allí está Dios.
El amor de Cristo nos ha congregado y unido.
Alegrémonos y deleitémonos en Él.
Temamos y amemos al Dios vivo.
Con sincero corazón amémonos unos a otros.

Donde hay caridad y amor, allí está Dios.
Del mismo modo estemos congregados y unidos,
cuidémonos de estar desunidos en espíritu.
Cesen las malignas rencillas, cesen los disgustos.
Y Cristo nuestro Dios reine entre nosotros.

Donde hay caridad y amor, allí está Dios.
Ojalá junto con los bienaventurados veamos
también tu rostro en la gloria ¡oh Cristo Dios nuestro!
Este será el gozo santo e inefable
por los siglos infinitos. Amén

Al final del cántico, quien guía la celebración dice:

Les invito ahora a inclinar la cabeza,
a cerrar los ojos y a recoger su espíritu.

En lo más profundo de nuestro corazón,
dejemos crecer el ardiente deseo de unirnos a Jesús,
en la comunión sacramental,
y de hacer que su amor se haga vivo en nuestras vidas,
amando a nuestros hermanos y hermanas como Él nos ha amado.

Permanecemos cinco minutos en silencio en un diálogo de corazón a corazón con Jesucristo.
Podemos cantar un cántico de acción de gracias.

BENDICIÓN

La persona que guía la celebración, con las manos juntas, 
pronuncia en nombre de todos la fórmula de la bendición:

Por intercesión de san N.[patrón de la parroquia o del país],
de todos los santos y santas de Dios,
que el Señor de la perseverancia y la fortaleza
nos ayude a vivir el espíritu de
sacrificio, compasión y amor de Cristo Jesús.

De este modo, en comunión con el Espíritu Santo,
daremos gloria a Dios,
Padre de Nuestro Señor Jesucristo,
por los siglos de los siglos.
Amén.

Todos juntos mirando hacia la cruz,
piden la bendición del Señor:

El Señor nos bendiga y proteja,
ilumine su rostro sobre nosotros
y nos conceda su favor.
Amén.

Todos hacen la señal de la cruz.
Los padres pueden hacer la señal de la cruz en la frente de sus hijos.
Es posible concluir la celebración elevando un canto eucarístico.


Este Viernes Santo, Aleteia presentará una Celebración de la Pasión, con veneración de la cruz, para ayudarle a seguir celebrando, a pesar de las circunstancias, este momento culminante de la vida cristiana para gloria de Dios y la salvación del mundo.

Aleteia





Qué es el Triduo Pascual y qué se conmemora cada uno de estos días: sencilla catequesis del Papa

 


El Papa Francisco ha centrado la catequesis de la Audiencia General de este miércoles en el Triduo Pascual que comienza este Jueves Santo, y donde los cristianos celebran el misterio de la Pasión, la Muerte y la Resurrección del Señor.

“Este misterio –explicó el Papa- lo vivimos cada vez que celebramos la Eucaristía. Cuando nosotros vamos a Misa, no vamos solo a rezar, no: vamos a renovar, a hacer de nuevo, este misterio, el misterio pascual. Es importante no olvidar esto. Es como si nosotros fuéramos al Calvario —es lo mismo— para renovar, para hacer de nuevo el misterio pascual”.

Por ello, el Santo Padre fue desgranando durante su catequesis cada uno de estos días santos que se avecinan.

De este modo, de la tarde del Jueves Santo el Papa dijo que “reviviremos la Misa que se llama in Coena Domini, es decir la Misa donde se conmemora la Última cena, lo que sucedió allí, en ese momento. Es la tarde en la que Cristo dejó a sus discípulos el testamento de su amor en la Eucaristía, pero no como recuerdo, sino como memorial, como su presencia perenne”.

Así, Francisco recordó que “cada vez que se celebra la Eucaristía, como dije al principio, se renueva este misterio de la redención. En este Sacramento, Jesús sustituyó la víctima del sacrificio —el cordero pascual— consigo mismo: su Cuerpo y su Sangre nos donan la salvación de la esclavitud del pecado y de la muerte. La salvación de toda esclavitud está ahí”.

El Viernes Santo es un día de penitencia, ayuno y oración, recalcó el Papa. “A través de los textos de la Sagrada Escritura y las oraciones litúrgicas, estaremos como reunidos en el Calvario para conmemorar la Pasión y la Muerte redentora de Jesucristo. En la intensidad del rito de la Acción litúrgica se nos presentará el Crucificado para adorar. Adorando la Cruz, reviviremos el camino del Cordero inocente inmolado por nuestra salvación. Llevaremos en la mente y en el corazón los sufrimientos de los enfermos, de los pobres, de los descartados de este mundo; recordaremos a los ‘corderos inmolados’ víctimas inocentes de las guerras, de las dictaduras, de las violencias cotidianas, de los abortos…”, agregó.

Catequesis del Papa en la Audiencia General

Por su parte, el Sábado Santo es el día del silencio: “hay un gran silencio sobre toda la Tierra; un silencio vivido en el llanto y en el desconcierto de los primeros discípulos, conmocionados por la muerte ignominiosa de Jesús. Mientras el Verbo calla, mientras la Vida está en el sepulcro, aquellos que habían esperado en Él son sometidos a dura prueba, se sienten huérfanos, quizá también huérfanos de Dios”.

Pero también, Francisco señaló que “este sábado es también el día de María: también ella lo vive en el llanto, pero su corazón está lleno de fe, lleno de esperanza, lleno de amor. La Madre de Jesús había seguido al Hijo a lo largo de la vía dolorosa y se había quedado a los pies de la cruz, con el alma traspasada. Pero cuando todo parece haber terminado, ella vela, vela a la espera manteniendo la esperanza en la promesa de Dios que resucita a los muertos. Así, en la hora más oscura del mundo, se ha convertido en Madre de los creyentes, Madre de la Iglesia y signo de la esperanza. Su testimonio y su intercesión nos sostienen cuando el peso de la cruz se vuelve demasiado pesado para cada uno de nosotros”.

El Santo Padre prosiguió relatando que “en las tinieblas del Sábado Santo irrumpirán la alegría y la luz con los ritos de la Vigilia pascual, tarde por la noche, y el canto festivo del Aleluya. Será el encuentro en la fe con Cristo resucitado y la alegría pascual se prolongará durante los cincuenta días que seguirán, hasta la venida del Espíritu Santo. ¡Aquel que había sido crucificado ha resucitado! Todas las preguntas y las incertidumbres, las vacilaciones y los miedos son disipados por esta revelación”.

En este sentido, el Papa agregó que “el Resucitado nos da la certeza de que el bien triunfa siempre sobre el mal, que la vida vence siempre a la muerte y nuestro final no es bajar cada vez más abajo, de tristeza en tristeza, sino subir a lo alto. El Resucitado es la confirmación de que Jesús tiene razón en todo: en el prometernos la vida más allá de la muerte y el perdón más allá de los pecados. Los discípulos dudaban, no creían. La primera en creer y ver fue María Magdalena, fue la apóstola de la resurrección que fue a contar que había visto a Jesús, que la había llamado por su nombre. Y después, todos los discípulos le han visto”.

Sin embargo, Francisco quiso detenerse en el hecho de que los guardias que estaban en el sepulcro negaron luego haberle visto. “Los enemigos le han visto, y después han fingido que no le habían visto. ¿Por qué? Porque fueron pagados. Aquí está el verdadero misterio de lo que Jesús dijo una vez: “Hay dos señores en el mundo, dos, no más: dos. Dios y el dinero. Quien sirve al dinero está contra Dios”. Y aquí está el dinero que hizo cambiar la realidad. Habían visto la maravilla de la resurrección, pero fueron pagados para callar. Pensemos en las muchas veces que hombres y mujeres cristianos han sido pagados para no reconocer en la práctica la resurrección de Cristo, y no han hecho lo que el Cristo nos ha pedido que hagamos, como cristianos”.

La Catequesis completa del Papa

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Ya inmersos en el clima espiritual de la Semana Santa, estamos en la vigilia del Triduo pascual. Desde mañana y hasta el domingo viviremos los días centrales del Año litúrgico, celebrando el misterio de la Pasión, de la Muerte y de la Resurrección del Señor. Y este misterio lo vivimos cada vez que celebramos la Eucaristía. Cuando nosotros vamos a Misa, no vamos solo a rezar, no: vamos a renovar, a hacer de nuevo, este misterio, el misterio pascual. Es importante no olvidar esto. Es como si nosotros fuéramos al Calvario —es lo mismo— para renovar, para hacer de nuevo el misterio pascual.

La tarde del Jueves Santo, entrando en el Triduo pascual, reviviremos la Misa que se llama in Coena Domini, es decir la Misa donde se conmemora la Última cena, lo que sucedió allí, en ese momento. Es la tarde en la que Cristo dejó a sus discípulos el testamento de su amor en la Eucaristía, pero no como recuerdo, sino como memorial, como su presencia perenne. Cada vez que se celebra la Eucaristía, como dije al principio, se renueva este misterio de la redención. En este Sacramento, Jesús sustituyó la víctima del sacrificio —el cordero pascual— consigo mismo: su Cuerpo y su Sangre nos donan la salvación de la esclavitud del pecado y de la muerte. La salvación de toda esclavitud está ahí. Es la tarde en la que Él nos pide que nos amemos haciéndonos siervos los unos de los otros, como hizo Él lavando los pies a los discípulos. Un gesto que anticipa la cruenta oblación en la cruz. Y de hecho el Maestro y Señor morirá el día después para limpiar no los pies, sino los corazones y toda la vida de sus discípulos. Ha sido una oblación de servicio a todos nosotros, porque con ese servicio de su sacrificio nos ha redimido a todos.

El Viernes Santo es día de penitencia, de ayuno y de oración. A través de los textos de la Sagrada Escritura y las oraciones litúrgicas, estaremos como reunidos en el Calvario para conmemorar la Pasión y la Muerte redentora de Jesucristo. En la intensidad del rito de la Acción litúrgica se nos presentará el Crucificado para adorar. Adorando la Cruz, reviviremos el camino del Cordero inocente inmolado por nuestra salvación. Llevaremos en la mente y en el corazón los sufrimientos de los enfermos, de los pobres, de los descartados de este mundo; recordaremos a los “corderos inmolados” víctimas inocentes de las guerras, de las dictaduras, de las violencias cotidianas, de los abortos… Delante de la imagen de Dios crucificado llevaremos, en la oración, los muchos, demasiados crucificados de hoy, que solo desde Él pueden recibir el consuelo y el sentido de su sufrimiento. Y hoy hay muchos: no olvidar a los crucificados de hoy, que son la imagen del Jesús Crucificado, y en ellos está Jesús.

Desde que Jesús tomó sobre sí las llagas de la humanidad y la misma muerte, el amor de Dios ha regado nuestros desiertos, ha iluminado nuestras tinieblas. Por que el mundo está en las tinieblas. Hagamos una lista de todas las guerras que se están combatiendo en este momento; de todos los niños que mueren de hambre; de los niños que no tienen educación; de pueblos enteros destruidos por las guerras, el terrorismo. De tanta, tanta gente que para sentirse un poco mejor necesita de la droga, de la industria de la droga que mata… ¡Es una calamidad, es un desierto! Hay pequeñas “islas” del pueblo de Dios, tanto cristiano como de cualquier otra fe, que conservan en el corazón las ganas de ser mejores. Pero digámonos la realidad: en este Calvario de muerte, es Jesús quien sufre en sus discípulos. Durante su ministerio, el Hijo de Dios había derramado generosamente la vida, sanando, perdonando, resucitando… Ahora, en la hora del supremo Sacrificio en la cruz, lleva a cumplimiento la obra encomendada por el Padre: entra en el abismo del sufrimiento, entra en estas calamidades de este mundo, para redimir y transformar. Y también para liberarnos a cada uno de nosotros del poder de las tinieblas, de la soberbia, de la resistencia a ser amados por Dios. Y esto, solo el amor de Dios puede hacerlo. Por sus llagas hemos sido sanados (cf. 1 P 2,24), dice el apóstol Pedro, de su muerte hemos sido regenerados, todos nosotros. Y gracias a Él, abandonado en la cruz, nunca nadie está solo en la oscuridad de la muerte. Nunca, Él está siempre al lado: solo hay que abrir el corazón y dejarse mirar por Él.

El Sábado Santo es el día del silencio: hay un gran silencio sobre toda la Tierra; un silencio vivido en el llanto y en el desconcierto de los primeros discípulos, conmocionados por la muerte ignominiosa de Jesús. Mientras el Verbo calla, mientras la Vida está en el sepulcro, aquellos que habían esperado en Él son sometidos a dura prueba, se sienten huérfanos, quizá también huérfanos de Dios. Este sábado es también el día de María: también ella lo vive en el llanto, pero su corazón está lleno de fe, lleno de esperanza, lleno de amor. La Madre de Jesús había seguido al Hijo a lo largo de la vía dolorosa y se había quedado a los pies de la cruz, con el alma traspasada. Pero cuando todo parece haber terminado, ella vela, vela a la espera manteniendo la esperanza en la promesa de Dios que resucita a los muertos. Así, en la hora más oscura del mundo, se ha convertido en Madre de los creyentes, Madre de la Iglesia y signo de la esperanza. Su testimonio y su intercesión nos sostienen cuando el peso de la cruz se vuelve demasiado pesado para cada uno de nosotros.

En las tinieblas del Sábado Santo irrumpirán la alegría y la luz con los ritos de la Vigilia pascual, tarde por la noche, y el canto festivo del Aleluya. Será el encuentro en la fe con Cristo resucitado y la alegría pascual se prolongará durante los cincuenta días que seguirán, hasta la venida del Espíritu Santo. ¡Aquel que había sido crucificado ha resucitado! Todas las preguntas y las incertidumbres, las vacilaciones y los miedos son disipados por esta revelación. El Resucitado nos da la certeza de que el bien triunfa siempre sobre el mal, que la vida vence siempre a la muerte y nuestro final no es bajar cada vez más abajo, de tristeza en tristeza, sino subir a lo alto. El Resucitado es la confirmación de que Jesús tiene razón en todo: en el prometernos la vida más allá de la muerte y el perdón más allá de los pecados. Los discípulos dudaban, no creían. La primera en creer y ver fue María Magdalena, fue la apóstola de la resurrección que fue a contar que había visto a Jesús, que la había llamado por su nombre. Y después, todos los discípulos le han visto. Pero, yo quisiera detenerme sobre esto: los guardias, los soldados, que estaban en el sepulcro para no dejar que vinieran los discípulos y llevarse el cuerpo, le han visto: le han visto vivo y resucitado. Los enemigos le han visto, y después han fingido que no le habían visto. ¿Por qué? Porque fueron pagados. Aquí está el verdadero misterio de lo que Jesús dijo una vez: “Hay dos señores en el mundo, dos, no más: dos. Dios y el dinero. Quien sirve al dinero está contra Dios”. Y aquí está el dinero que hizo cambiar la realidad. Habían visto la maravilla de la resurrección, pero fueron pagados para callar. Pensemos en las muchas veces que hombres y mujeres cristianos han sido pagados para no reconocer en la práctica la resurrección de Cristo, y no han hecho lo que el Cristo nos ha pedido que hagamos, como cristianos.

Queridos hermanos y hermanas, también este año viviremos las celebraciones pascuales en el contexto de la pandemia. En muchas situaciones de sufrimiento, especialmente cuando quienes las sufren son personas, familias y poblaciones ya probadas por la pobreza, calamidades o conflictos, la Cruz de Cristo es como un faro que indica el puerto a las naves todavía en el mar tempestuoso. La Cruz de Cristo es el signo de la esperanza que no decepciona; y nos dice que ni siquiera una lágrima, ni siquiera un lamento se pierden en el diseño de salvación de Dios. Pidamos al Señor que nos dé la gracia de servirle y de reconocerle y de no dejarnos pagar para olvidarle.


Saludos:

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. Que en estos momentos de incerteza y aflicción por la pandemia, la fuerza de Cristo resucitado afiance nuestra fe, renueve nuestra esperanza y aumente nuestra caridad. Felices pascuas de Resurrección para todos. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.




Especialmente para los que NO suelen ir a Misa los Domingos: Vea lo que está perdiendo

 Aquí podemos presentar sólo unos cuantos aspectos
de las mil maravillas de la Santa Misa
,

El sacrificio es siempre uno sólo.

Nosotros ofrecemos siempre el mismo Cordero, y no uno hoy y otro mañana, sino siempre el mismo. Por esta razón el sacrificio es siempre uno sólo... También nosotros ofrecemos ahora aquella víctima, que se ofreció entonces y que jamás se consumirá.

San Juan Crisóstomo



La Sagrada Eucaristía culmina la iniciación cristiana.

La Sagrada Eucaristía culmina la iniciación cristiana. Los que han sido elevados a la dignidad del sacerdocio real por el Bautismo y configurados más profundamente con Cristo por la Confirmación, participan por medio de la Eucaristía con toda la comunidad en el sacrificio mismo del Señor.

Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1322


La Eucaristía es fuente y cima de toda la vida cristiana.

La Eucaristía es "fuente y cima de toda la vida cristiana". Los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua.

Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1324


La unidad y caridad perfecta en la Eucaristía.

Mi Corazón -dice Jesús- desea unir constantemente a sí todos los corazones por medio de la Eucaristía, como él mismo está unido a Mi Padre por el Amor, en la unidad y caridad perfecta.

Beata Dina Bélanger


Renazco en cada hostia consagrada.

Yo nací una vez; pero ese nacimiento me hace nacer continuamente, renazco en cada hostia consagrada, renazco cada vez que la criatura vuelve a mi gracia; mi primer nacimiento me dio lugar para hacerme nacer siempre.

S.D. Luisa Piccarreta
Diario Vol XIX, Feb 1 1926

En la Santa Misa está encerrado todo el misterio de nuestra santa religión.

Mientras participaba al Santo Sacrificio de la Misa, Jesús me daba a entender que en la Santa Misa, bien considerada hasta el fondo del misterio que se desarrolla, está encerrado en ella todo el misterio de nuestra sacrosanta religión. ¡Ah! Sí, la Santa Misa nos da a conocer todo, y sin palabras nos habla al corazón de todo el infinito amor de Dios con expansión inaudita, y que tan generosamente se le ha dado al hombre para su provecho. Nos recuerda siempre nuestra redención cumplida; nos hace recordar parte por parte las penas que Jesús sufrió por nosotros, ingratos a su amor; nos hace comprender que él, no estando satisfecho de haber muerto sobre la cruz una sola vez por nosotros, quiso todo él difundirse siempre más en su inmenso amor, mediante la institución de este perenne sacrificio, para continuar su estado de víctima en la Santísima Eucaristía.

Sierva de Dios Luisa Piccarreta; Diario, volumen 1





Apostolado de la Santa Misa Diaria




¿Por qué cuesta tanto abandonarse en las manos de Dios?

 

WOMAN MEDITATING


¿Y cómo se hace para poder confiar?

El Diablo es un mentiroso: trata de persuadirnos de que somos capaces de encontrar la felicidad fuera de Dios y que podemos perfectamente juzgar lo que es bueno para nosotros.

¡Es una trampa tan vieja como el pecado original, en la cual nos dejamos atrapar cada día!

Cada vez que preferimos nuestro capricho a la voluntad de Dios, cada vez que confundimos libertad e independencia, cada vez que nos aferramos a nuestros bienes materiales en vez de remitirnos a la Providencia, nos comportamos como el hijo pródigo de la parábola (Lc 15, 11-32), que solo tenía una idea en la cabeza: ¡librarse de la autoridad de su padre a fin de ser libre y de actuar a su antojo!

Pero en lugar de desarrollarse personalmente, pronto terminó sintiéndose más miserable que los cerdos que guardaba, hambriento, amargado y perdido.

¿Creemos de verdad?

¿Creemos realmente que Dios nos ama?

Una de dos: o Jesús dijo la verdad, y Dios es un verdadero Padre que nos ama infinitamente y que envió a su Hijo para que “os alegréis conmigo y vuestra alegría sea completa”… y en ese caso, no tenemos nada que temer y todo a esperar de un Padre tan amante y misericordioso; o Dios no nos ama verdaderamente, y Jesús, pues, es un mentiroso; entonces no vale la pena seguirLe.

Hay que ser coherente: o creemos en Dios –el Dios de Jesucristo- o no creemos en Él.

Pero si creemos, saquemos todas las consecuencias.

No podemos decir que el Evangelio es verdad “teóricamente” y no vivirlo concretamente. No podemos proclamar cada domingo en el Credo que creemos en Dios y comportarnos como si esta Fe fuese extraña a nuestra vida cotidiana.

Si creemos que Jesús dice la verdad, que Él ciertamente es el Hijo de Dios y nuestro Salvador.

Si creemos, junto con toda la Iglesia, que su Palabra es verídica, especialmente cuando nos revela la infinita bondad del Padre, su misericordia inagotable y su ternura; entonces ¿por qué dudamos en poner todo en manos de Dios? ¿Por qué tememos darseLo todo?

Mucho más que el “Jackpot”

Si no osamos abandonarnos sin reserva, es porque, todavía, nos dejamos caer en la trampa del Maligno.

Este manipulador nos susurra –¡y nuestra imaginación cae de bruces en el truco!- que Dios se aprovechará, despiadado, de nuestra confianza para devastar nuestra vida.

¡Como si Él no esperara más que una señal de nuestra parte para hacernos desgraciados!

¡Pero es exactamente todo lo contrario!

Todos los bienes me han sido dados a partir del momento que yo no los he buscado”, afirmaba san Juan de la Cruz.

Todo aquel que ha hecho la prueba de remitirse completamente a la bondad de Dios os dirá lo mismo.

Apostar todo a Dios no es una fórmula mágica que permitiría ganar el “jackpot”.

No se trata de hacer una inversión rentable o de subscribir un seguro de vida: se trata de salir de la lógica del mundo para entrar en la del Reino.

Cuando san Juan de la Cruz habla de “todos sus bienes”, no habla de la gloria y las riquezas, sino de los bienes que necesitamos para ser verdaderamente felices, de los que son capaces de colmarnos.

Sin miedo

Apostar todo a Dios no hace llover pruebas… ¡pero tampoco nos dispensa de ellas!

Por el contrario, remitirse completamente al amor del Señor nos hace aptos a recibir de Él tesoros de gozo, de paz, de fuerza y de confianza, en los éxitos y en la adversidad.

En vez de cargar con nuestra carga solos, recibimos de Jesús “un yugo y una carga ligeros” (Mt 11, 30)…

No forzosamente ligera en apariencia, pero ligera en realidad, porque Jesús la lleva, realmente, con nosotros.

¿Cómo abandonarnos?

Abandonándonos. Dicho de otra manera, pidiendo esta gracia al Señor. PidiéndoSela con confianza, incansablemente, y sin preocuparnos por nuestras dificultades a recibirla y a vivirla.

Cada vez que una inquietud nos atenace o que estemos tentados de llevar nuestra vida “solos como los mayores”, volvamos a decir a Dios que nos queremos apoyar únicamente en Él.

No mantengamos ninguna preocupación, ni la de no llegar a entregarnos totalmente al Señor.

¿Nuestro corazón está escindido, es pusilánime, es infiel? No tengamos miedo. Dios es más grande que nuestro corazón.

Por Christine Ponsard, Edifa


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Vía Crucis: Estación 11 Jesús es clavado en la cruz

 

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Vía Crucis Estación 11: Jesús es clavado en la cruz
 
 

Cristo clavado en la Cruz, Pintado por Gerardo David (1460-1523), Pintado en 1481, Óleo sobre tabla de roble © National Gallery, Londres

Lo crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y a Jesús entre ellos. Pilato también escribió un título y lo puso en la cruz; decía "Jesús de Nazaret, rey de los judíos".

Juan 19:18-19



¿Somos capaces de conmovernos por el amor de Dios?



En la misa del Domingo de Ramos, Papa Francisco nos pide dejarnos sorprender "para volver a vivir"

En este día “pidamos la gracia del estupor”. Fue la exhortación del Papa Francisco en su homilía en la Misa de la Conmemoración del ingreso del Señor Jesús a Jerusalén, en el Domingo de Ramos. La liturgia de hoy, comenzó diciendo el Papa, “suscita cada año en nosotros un sentimiento de asombro”, pues “pasamos de la alegría que supone acoger a Jesús que entra en Jerusalén, al dolor de verlo condenado a muerte”. Se trata de un sentimiento “que nos acompañará toda la Semana Santa”. 

Es necesario pasar de la admiración al asombro

Recordando el ingreso de Jesús a Jerusalén, en un humilde burrito, mientras en cambio la gente esperaba con solemnidad para la Pascua “al libertador poderoso” y celebrar la victoria sobre los romanos “con la espada”, Francisco planteó un interrogante: “¿Qué le sucedió a aquella gente, que en pocos días pasó de aclamar con hosannas a Jesús a gritar ‘crucifícalo’?” Y explicó: 

En realidad, aquellas personas seguían más una imagen del Mesías, que al Mesías real. Admiraban a Jesús, pero no estaban dispuestas a dejarse sorprender por Él. El asombro es distinto de la simple admiración. La admiración puede ser mundana, porque busca los gustos y las expectativas de cada uno; en cambio, el asombro permanece abierto al otro, a su novedad. 

El Papa señaló que también hoy hay muchos que admiran a Jesús, pero que, sin embargo “sus vidas no cambian”. Esto porque “admirar a Jesús no es suficiente”, sino que es necesario “seguir su camino, dejarse cuestionar por Él, pasar de la admiración al asombro”. Lo que más sorprende del Señor y de su Pascua, afirma el Sumo Pontífice, es “el hecho de que Él llegue a la gloria por el camino de la humillación”.

Él triunfa acogiendo el dolor y la muerte, que nosotros, rehenes de la admiración y del éxito, evitaríamos. […] Sorprende ver al Omnipotente reducido a nada. Verlo a Él, la Palabra que sabe todo, enseñarnos en silencio desde la cátedra de la cruz. Ver al rey de reyes que tiene por trono un patíbulo. Ver al Dios del universo despojado de todo. Verlo coronado de espinas y no de gloria. Verlo a Él, la bondad en persona, que es insultado y pisoteado. 

Jesús subió a la cruz para descender a nuestro sufrimiento

El Señor se humillópor nosotros, “para tocar lo más íntimo de nuestra realidad humana, para experimentar toda nuestra existencia, todo nuestro mal”, explicó Francisco. Subió a la cruz para descender a nuestro sufrimiento, probando nuestros peores estados de ánimo: el fracaso, el rechazo de todos, la traición de quien le quiere e, incluso, el abandono de Dios. Experimentando en su propia carne nuestras contradicciones más dolorosas las redimió y las transformó: 

Su amor se acerca a nuestra fragilidad, llega hasta donde nosotros sentimos más vergüenza. Y ahora sabemos que no estamos solos. Dios está con nosotros en cada herida, en cada miedo. Ningún mal, ningún pecado tiene la última palabra. Dios vence, pero la palma de la victoria pasa por el madero de la cruz. Por eso las palmas y la cruz están juntas. 

Levantemos nuestra mirada a la Cruz

La vida cristiana, aseguró el Papa, “sin asombro, es monótona”, pues, si la fe «pierde su capacidad de sorprenderse se queda sorda”: no siente la maravilla de la gracia, ni experimenta el gusto del Pan de vida y de la Palabra, y no percibe la belleza de los hermanos y el don de la creación, y no tiene otra vía que refugiarse en legalismos, clericalismos y todas esas cosas que Jesús condena en el capítulo 23 de Mateo. De ahí la invitación del Santo Padre a que, en esta Semana Santa, “levantemos nuestra mirada hacia la cruz para recibir la gracia del estupor”.

San Francisco de Asís, mirando al Crucificado, se asombraba de que sus frailes no llorasen. Y nosotros, ¿somos capaces todavía de dejarnos conmover por el amor de Dios? ¿Por qué hemos perdido la capacidad de asombrarnos ante él? Tal vez porque nuestra fe ha sido corroída por la costumbre. Tal vez porque permanecemos encerrados en nuestros remordimientos y nos dejamos paralizar por nuestras frustraciones. Tal vez porque hemos perdido la confianza en todo y nos creemos incluso fracasados. Pero detrás de todos estos “tal vez” está el hecho de que no nos hemos abierto al don del Espíritu, que es Aquel que nos da la gracia del estupor. 

Abrirse al don del Espíritu que nos da la gracia del estupor y “volver a comenzar desde el asombro», es, pues, la exhortación del Santo Padre: mirar al Crucificado y decirle “Señor, ¡cuánto me amas! ¡qué valioso soy para Ti!”. Dejarse sorprender por Jesús “para volver a vivir, porque la grandeza de la vida no está en tener o en afirmarse, sino en descubrirse amados». «La grandeza de la vida está precisamente en la belleza del amor».

En el Crucificado vemos a Dios humillado, al Omnipotente reducido a un despojo. Y con la gracia del estupor entendemos que, acogiendo a quien es descartado, acercándonos a quien es humillado por la vida, amamos a Jesús. Porque Él está en los últimos, en los rechazados, en aquellos que nuestra cultura farisea condena. 

Ante la cruz no hay lugar a malas interpretaciones

El Sumo Pontífice concluyó su homilía refiriéndose a la escena “más hermosa” del estupor que el Evangelio de hoy nos muestra: la del centurión que, al ver expirar a Jesús exclama: “¡Realmente este hombre era Hijo de Dios!”. El centurión, dijo el Papa, se dejó asombrar por el amor: vio morir a Jesús “amando” y eso lo asombró. Sufría, estaba agotado, pero seguía amando. 

Esto es el estupor ante Dios, quien sabe llenar de amor incluso el momento de la muerte. En este amor gratuito y sin precedentes, el centurión, un pagano, encuentra a Dios. ¡Realmente este hombre era Hijo de Dios! Su frase ratifica la Pasión. 

Muchos otros antes del centurión, habían reconocido a Jesús como Hijo de Dios. Pero, sin embargo, “Cristo mismo los había mandado callar, porque existía el riesgo de quedarse en la admiración mundana, en la idea de un Dios que había que adorar y temer en cuanto potente y terrible”. Ahora, ante la cruz “no hay lugar a malas interpretaciones”, pues “Dios se ha revelado y reina sólo con la fuerza desarmada y desarmante del amor”. De ahí la exhortación final del Sumo Pontífice que, haciendo presente que Dios “continúa sorprendiendo nuestra mente y nuestro corazón”, anima a que dejemos que «el estupor nos invada”: 

“Miremos al Crucificado y digámosle también nosotros: “Realmente eres el Hijo de Dios. Tú eres mi Dios”.”

Aleteia

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