El Bautismo de Jesús en el río Jordán no es un episodio
secundario de su vida. Este acontecimiento, narrado por los evangelios de
Marcos, Mateo y Lucas, constituye un momento decisivo y revelador que inaugura
su misión y manifiesta varias verdades importantes acerca del sentido de su
encarnación. Aunque Jesús no necesitaba conversión, quiso entrar en las aguas
para iluminarlas desde dentro y abrir para todos un camino nuevo.
"En Navidad vimos a un bebé débil, dando prueba de
nuestra debilidad. En la fiesta de hoy, vemos a un hombre perfecto, insinuando
al Hijo perfecto que procede del Padre todo perfecto. En Navidad, el Rey se
pone la túnica real de su cuerpo, en la Epifanía la misma fuente envuelve, y,
por así decirlo, reviste el río. Venga entonces y vea nuevos y asombrosos
milagros: el sol de justicia lavándose en el Jordán, fuego sumergido en agua,
Dios santificado por el ministerio del hombre" (San Proclo).
Estas cinco claves nos ayudarán a comprender su
profundidad espiritual:
1. Jesús se pone en la fila de los pecadores
Uno de los rasgos más sorprendentes del Bautismo de Jesús es
su solidaridad radical con la humanidad. Juan predicaba un bautismo de
conversión para el perdón de los pecados, y, aun así, Jesús —el Santo de Dios—
se acerca como uno más.
Este gesto revela que el Mesías no nos salva desde la
distancia, sino desde la cercanía. Jesús asume nuestra condición humana en
todo, excepto en el pecado, y se sumerge simbólicamente en la realidad herida
de nuestra humanidad. Como afirma san Pablo: “Al que no conoció pecado, Dios lo
hizo pecado por nosotros” (2 Co 5,21). Así, el Bautismo del Señor nos recuerda
que Dios no desprecia nuestra fragilidad: entra en ella para redimirla.
“El bautismo de Jesús es por su parte la aceptación e
inauguración de su misión como Siervo doliente. Se deja contar entre los
pecadores; es ya "el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo".
Anticipa ya el "bautismo" de su muerte sangrienta. viene ya a
"cumplir toda justicia", es decir, se somete enteramente a la
voluntad de su Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de
nuestros pecados” (Catecismo de la Iglesia Católica, 536).
2. Jesús se dispone al cumplimiento del plan de su Padre
Ante la resistencia de Juan, Jesús responde: “Conviene que
así cumplamos toda justicia” (Mt 3,15). Esta justicia no es solo el
cumplimiento de una norma, sino la fidelidad total al designio del Padre. El
Bautismo marca el inicio público de la misión de Jesús. Él se entrega
plenamente a la voluntad de su Padre, mostrándonos que el camino de la
salvación pasa por la obediencia confiada y el abandono.
Para nosotros como creyentes, este pasaje es una invitación
a descubrir que la vida espiritual no consiste solo en grandes gestos, sino en
decir sí al plan de Dios, incluso cuando no lo comprendemos del todo.
3. Jesús se nos revela como parte de la trinidad
En el Bautismo de Jesús se manifiesta de forma clara el
misterio de la Trinidad: El Hijo se sumerge en el Jordán, el Espíritu Santo
desciende en forma de paloma y la voz del Padre proclama: “Este es mi Hijo
amado, en quien me complazco” (Mt 3,17). Este momento revela que la misión de
Jesús brota del amor trinitario. No actúa solo ni por iniciativa propia, sino
en comunión con el Padre y el Espíritu Santo.
El Bautismo de Jesús nos recuerda que la vida cristiana es
esencialmente relación: estamos llamados a vivir inmersos en el amor del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo.
4. Jesús es consagrado por el Espíritu
La unción del Espíritu Santo señala a Jesús como el Mesías
esperado, el Ungido. Este gesto evoca las profecías de Isaías: “El Espíritu del
Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido” (Is 61,1). Cristo comienza
su misión no desde el poder humano, sino desde la fuerza del Espíritu, que lo
conducirá al desierto, a la predicación, a la Cruz y a la Resurrección.
Jesús nos recuerda que toda misión auténtica nace de la
acción del Espíritu Santo. No somos enviados por nuestras capacidades, sino por
la gracia que Dios derrama en nuestros corazones.
5. Jesús anticipa nuestro propio bautismo
El Bautismo de Jesús ilumina el sentido de nuestro bautismo
cristiano. Al entrar en el Jordán, Jesús santifica las aguas y las prepara para
convertirse en signo eficaz de vida nueva. En nuestro bautismo: somos
sumergidos en la muerte y Resurrección de Cristo (cf. Rom 6,3-4), recibimos el
Espíritu Santo y escuchamos, en la fe, las mismas palabras del Padre: “Tú eres
mi hijo amado”.
Este acontecimiento en la vida de Jesús, nos invita a
recordar y renovar nuestra identidad bautismal, viviendo como hijos amados y
enviados al mundo como discípulos.
"Quizás alguien dirá: 'Él que es santo, ¿por qué
quiso ser bautizado?' ¡Presten atención, pues! Cristo es bautizado, no para ser
santificado en las aguas, sino para que Él mismo santifique las aguas, y por su
propia purificación puede purificar los arroyos que toca” (San Máximo de
Turín).
En el Bautismo de Jesús en el Jordán, Dios se nos revela
como un Dios que se abaja, que se revela como comunión de amor y que nos llama
a una vida nueva. Contemplar este pasaje no es solo un ejercicio bíblico, sino
una experiencia espiritual que nos invita a sumergirnos —con Cristo— en el amor
del Padre y a dejarnos conducir por el Espíritu en nuestra vida cotidiana.
Luisa Restrepo, churchpop

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