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domingo, 5 de julio de 2026

¿Aguantar a los «pesados» santifica? San Pablo y San Josemaría responden

La paciencia con los demás exige amabilidad, para que esta primera se haga ostensible, visible, perceptible, tangible.

Seremos medidos con la misma vara de medir con la que midamos.

Seremos medidos con la misma vara de medir con la que midamos. Kat Love / Unsplash.

05.07.2026 | 07:22

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    Con motivo de la reciente festividad de San Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei (prelatura que ha dado un sinfín de buenos frutos, pero a la que no pertenezco), pude volver a leer una de sus proverbiales citas, la cual reza así: "Escuchar con paciencia, también, es amar"

    Esta frase del fundador de La Obra veo que guarda una estrecha relación -o íntima avenencia- con una cita de San Pablo, en la que nos alienta a ser amables, humildes y pacientes, para soportarnos los unos a los otros con amor. 

    A pesar de la aparente sencillez de la enseñanza paulina, he de reconocer que las palabras no pueden estar mejor hiladas: humildes, amables y pacientes, una triada de términos que forman una sucesión verdaderamente coherente y lograda. 

    Una conclusión a la que he llegado es que la paciencia con los demás exige amabilidad, para que esta primera se haga ostensible, visible, perceptible, tangible, véase para que sea materializada y encarnada, para que no se quede flotando en las impenetrables alturas de la bóveda celeste. En síntesis, si somos pacientes, pero no lo exteriorizamos comportándonos de forma amable, la paciencia se quedaría encerrada dentro de nosotros, como una etérea y vaporosa entelequia. 

    A su vez, considero pertinente incidir en que la amabilidad sin paciencia tan sólo nos llevaría a ser amables con aquellos que nos resultasen agradables, por lo que estaríamos dejando de imitar a Cristo, Quien amó hasta la extenuación a aquellos que le crucificaron, fustigaron, laceraron, taladraron y escarnecido con burlas infamantes. El amor sin dádiva, donado solamente a aquellos que nos corresponden y provocan satisfacción, quedaría reducido a simpatía intermitente y selectiva. 

    Dicho esto, agrego que el binomio paciencia-amabilidad requiere de una humildad previa, que es la de pensar que tenemos que soportar a los demás del mismo modo que necesitamos que Dios nos aguante a nosotros. Así pues, cuando nos sintamos tentados a esquivar a otros por ser pesados e "intensitos", pensemos que los pelmazos somos nosotros, es decir, que somos los primeros necesitados de que el Señor cargue con nuestras pesadeces e "intensidades". 

    De esta guisa, cuando uno ser cerciore humildemente de esta realidad tendrá una razón más que suficiente para soportar a su prójimo con paciencia y con amabilidad; a lo cual he de añadir que, como dicen las Sagradas Escrituras, seremos medidos con la misma vara de medir con la que midamos a los demás; motivo por el cual Dios nos premiará con creces nuestra capacidad de ser humildes, amables y pacientes con el prójimo. 

    Parafraseando una cita de Sir William Shakespeare, extraída de su obra de teatro Hamlet, si la justicia nos fuese aplicada a todos a la intemperie, con toda su dureza (y su crudeza), ¿Quién escaparía de ser azotado? Con esto, el literato inglés nos instigaba a ser humildes, a mirar primero lo necesitados que estamos de misericordia y comprensión antes de juzgar a los demás. 

    Es cierto que uno, a través del sentido común que nos obsequia la ley natural, puede llegar por sí solo a la importancia de ser humildes, amables y pacientes, para soportarnos los unos a los otros con amor, pero seremos verdaderamente conscientes de ello si alguien nos explica por qué; lo cual es lo que acabo de intentar hacer, a pesar de mis humanas deficiencias. 

    Por esto, precisamente, Santo Tomás de Aquino insistió en la importancia vital -y capital- de que el entendimiento ha de ser previo a la voluntad, y la voluntad una necesaria prolongación del entendimiento. En otros términos, para obrar con bondad y rectitud es necesario que primero entendamos el porqué de nuestras obras, su significado y trascendencia. De ahí, la relevancia de formarnos con hondura en la doctrina católica. 

    Como colofón, quiero añadir que la célebre psiquiatra Marian Rojas Estapé nos recomienda prestar atención a las personas atizadas por la soledad, puesto que este modo de actuar nos lleva a forjarnos en la paciencia, a aprender a detenernos un poco en esta trepidante era de la velocidad, a sanar nuestra corteza prefrontal frente a esa ansiedad e inmediatez que no cesan de extraviarla. 

    Vivimos en la cultura del "hacer por hacer" (como dice aquella canción de Miguel Bosé), de hacer muchas cosas por el mero hecho de realizarlas, lo cual nos arrastra hacia un voluntarismo que reniega de cultivar el entendimiento primero (tal y como nos aconsejaba Santo Tomás de Aquino) y que daña nuestra salud mental (a fuera de lo desarrollado por Marian Rojas Estapé).

     Ignacio Crespí de Valldaura, Rel

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