PAPA LEÓN XIV
ÁNGELUS
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Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
El Evangelio de la liturgia de hoy (Mt 11,25-30)
nos invita a compartir la alabanza que Jesús eleva al Padre, «Señor del cielo y
de la tierra» (v. 25). El Hijo de Dios, hecho hombre, manifiesta su amor al
incluir a todas las criaturas en esta acción de gracias.
La sencillez de un gesto tan espontáneo y alegre corresponde
al estilo de Dios, que ama revelarse “a los pequeños”, mientras permanece
oculto “a los sabios y entendidos” (cf. v. 25). Estos, en efecto, están tan
llenos de sus propias ideas que no reconocen la presencia de Cristo, el Mesías
que visita a su pueblo. La sabiduría humana se convierte entonces en arrogancia
y la doctrina degenera en soberbia. La verdadera sabiduría de Dios se revela,
en cambio, en la humildad de la carne y su enseñanza se dirige a quienes pasan
más dificultad: «Vengan a mí todos los cansados y abrumados por cargas» (v.
28), dice el Señor. Acudir a Jesús significa corresponder a su amor y compartir
su vida hasta la cruz, tal y como Él mismo nos explicó: «Si alguno quiere venir
detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue su cruz y me siga» (Mt 16,24).
Precisamente la entrega de sí mismo por amor es el “yugo” de Jesús (cf. Mt 11,29),
es decir, la síntesis de su enseñanza, el corazón de su sabiduría, ardiente de
caridad hacia todos.
Hermanos y hermanas, ¿cómo puede ser “ligero” y “suave” el
peso de la cruz (cf. v. 30)? Por una única razón: porque el Señor lo lleva
primero y junto con todos nosotros, sin dejarnos nunca solos ante lo que nos
abate. Como auténtico maestro, Jesús se hace cargo de la humanidad herida por
el mal, para cuidar de ella. La sabiduría que Él nos dona es, pues, un anuncio
de salvación, y su yugo nos levanta en cada caída. Al seguir a Cristo, nuestro
camino no es, por tanto, una ascética que mortifica: es una escuela de
libertad, que se toma en serio el drama de la historia y siempre ilumina su
sentido, sobre todo en los momentos más oscuros. De hecho, sólo en la cruz de
Jesús se redime el mal: sólo en su pasión nuestro cansancio mortal encuentra
consuelo y redención.
En la esclavitud, Cristo es liberación. Bajo el azote de la
guerra, Cristo es esperanza. En la hora del pecado, Cristo es perdón. Esta es
la verdadera sabiduría, es decir, el camino que queremos recorrer juntos,
unidos en su nombre como discípulos. Jesús nos lo enseña como Hijo, haciéndose
nuestro hermano: con la fuerza del Espíritu Santo, Él mismo revela a la Iglesia
la verdad de Dios y del hombre, porque «nadie conoce al Padre sino el Hijo y
aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (v. 27).
Queridos amigos, mientras damos gracias al Señor por esta
muestra de confianza llena de amor, pidamos la intercesión de María, Reina de
la paz, por el bien de la Iglesia y del mundo entero.
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Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
El jueves pasado, 2 de julio, en el Santuario de Tac Say en
Vietnam, fue beatificado el sacerdote Francesco Saverio Tru’o’ng Bǚu, asesinado
en 1946 por odio a la fe. En un contexto de abuso de poder y de violencia, se
hizo defensor de los derechos de la gente y no abandonó a sus feligreses. Que
su intercesión y oración sostengan a los servidores del Evangelio que, incluso
hoy, se encuentran en situaciones de persecución.
Les saludo con afecto a todos ustedes, que se encuentran
presentes hoy en la Plaza de San Pedro.
Doy la bienvenida a los peregrinos de Brasil. Bienvenido el
Coro de la Universidad de Mérida, en Venezuela. Recuerdo siempre en mis
oraciones a las víctimas del terremoto y a todo el pueblo venezolano: que el
Señor lo sostenga en este momento tan difícil.
Saludo a algunos grupos de polacos: a los neo sacerdotes de
la orden de los Frailes Menores Capuchinos de la Provincia de Cracovia; al coro
infantil de la Arquidiócesis de Łódź, acompañado por el Obispo auxiliar, y al
grupo de la Diócesis de Legnica.
Saludo a los jóvenes de Bellagio y al coro “Jubilaeum” de
Augusta, en Sicilia, junto con el alcalde y el párroco.
¡A todos les deseo un feliz domingo!
(vatican.va)
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