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domingo, 13 de abril de 2025

Homilía y Ángelus el Papa Francisco para el Domingo de Ramos

 



A las 10 de esta mañana, en la Plaza de San Pedro, Su Eminencia el Card. Leonardo Sandri, Vicedecano del Colegio Cardenalicio, presidió la solemne celebración litúrgica del Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor.

Al final de la Misa, el Papa Francisco se unió a los peregrinos y fieles en la Plaza y les deseó lo mejor para el Domingo de Ramos y el comienzo de la Semana Santa. Luego, de regreso a la Basílica, se detuvo en oración ante la tumba del Apóstol y frente al monumento dedicado a Benedicto XV.

Publicamos a continuación la homilía preparada por el Santo Padre y pronunciada por el Card. Sandri, tras la proclamación de la Pasión del Señor según San Lucas:

***

Homilía

«¡Bendito sea el Rey que viene en nombre del Señor!» (Lc 19,38). De este modo la multitud aclama a Jesús al entrar en Jerusalén. El Mesías atraviesa la puerta de la ciudad santa, abierta de par en par para recibir a Aquel que, pocos días después, saldrá de allí proscrito y condenado, cargado con la cruz.

Hoy también nosotros hemos seguido a Jesús, primero acompañándolo festivamente y después en una vía dolorosa, inaugurando la Semana Santa que nos prepara a celebrar la pasión, muerte y resurrección del Señor.

Mientras contemplamos, entre la multitud, los rostros de los soldados y las lágrimas de las mujeres, llama nuestra atención un desconocido, cuyo nombre entra en el Evangelio de improviso: Simón de Cirene. Este hombre fue detenido por los soldados, que «lo cargaron con la cruz, para que la llevara detrás de Jesús» (Lc 23,26). Él regresaba en ese momento del campo, pasaba por ahí, y se vio envuelto en una situación inquietante, como el pesado madero cargado sobre sus espaldas.

De camino hacia el Calvario, reflexionemos un momento sobre el gesto de Simón, busquemos su corazón, sigamos sus pasos junto a Jesús.

En primer lugar, su gesto, que tiene un doble significado. Por un lado, en efecto, el Cireneo es forzado a llevar la cruz; no ayuda a Jesús por convicción sino por obligación. Por otro lado, se encuentra en primera persona participando en la pasión del Señor. La cruz de Jesús se convierte en la cruz de Simón. Pero no de aquel Simón llamado Pedro que había prometido seguir siempre al Maestro. Ese Simón había desaparecido en la noche de la traición, después de haber afirmado: «Señor […], estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte» (Lc 22,33). Detrás de Jesús no camina ya el discípulo, sino este cireneo. Sin embargo, el Maestro había enseñado claramente: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga» (Lc 9,23). Simón de Galilea dice, pero no hace. Simón de Cirene hace, pero no dice; entre él y Jesús no hay ningún diálogo, no se pronuncia ninguna palabra. Entre él y Jesús sólo está el madero de la cruz.

Para saber si el Cireneo socorrió o detestó al exhausto Jesús, con el que debía compartir la pena; para entender si llevó o soportó la cruz, debemos mirar su corazón. Mientras el corazón de Dios está a punto de abrirse, traspasado por un dolor que revela su misericordia, el corazón del hombre permanece cerrado. No sabemos qué hay en el corazón del Cireneo. Pongámonos en su lugar: ¿sentiríamos rabia o piedad, tristeza o fastidio? Si recordamos lo que hizo Simón por Jesús, recordemos también lo que hizo Jesús por Simón —como lo hizo por mí, por ti, por cada uno de nosotros—: redimió al mundo. La cruz de madera, que el Cireneo sostiene, es la de Cristo, que carga con el pecado de todos los hombres. La lleva por amor a nosotros, en obediencia al Padre (cf. Lc 22,42), sufriendo con nosotros y por nosotros. Este es precisamente el modo, inesperado y desconcertante, en el que el Cireneo se ve involucrado en la historia de la salvación, donde ninguno es extranjero, ninguno es ajeno.

Sigamos ahora los pasos de Simón, porque nos enseña que Jesús sale al encuentro de todos, en cualquier situación. Cuando vemos la multitud de hombres y mujeres que manifiestan odio y violencia en el camino del Calvario, recordemos que Dios transforma este camino en lugar de redención, porque lo recorrió dando su vida por nosotros. ¡Cuántos cireneos llevan la cruz de Cristo! ¿Los reconocemos? ¿Vemos al Señor en sus rostros, desgarrados por la guerra y la miseria? Frente a la atroz injusticia del mal, llevar la cruz nunca es en vano, más aún, es la manera más concreta de compartir su amor salvífico.

La pasión de Jesús se vuelve compasión cuando tendemos la mano al que ya no puede más, cuando levantamos al que está caído, cuando abrazamos al que está desconsolado. Hermanos, hermanas, para experimentar este gran milagro de la misericordia, decidamos durante la Semana Santa cómo llevar la cruz; no al cuello, sino en el corazón. No sólo la nuestra, sino también la de aquellos que sufren a nuestro alrededor; quizá la de aquella persona desconocida que una casualidad —pero, ¿es justo una casualidad?— hizo que encontráramos. Preparémonos a la Pascua del Señor convirtiéndonos en cireneos los unos para los otros.



ÁNGELUS

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy, Domingo de Ramos, en el Evangelio hemos escuchado el relato de la Pasión del Señor según san Lucas (cf. Lc 22,14-23,56). Hemos escuchado a Jesús dirigirse varias veces al Padre: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya» (22,42); «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (23,34); «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (23,46). Indefenso y humillado, lo hemos visto caminar hacia la cruz con los sentimientos y el corazón de un niño agarrado al cuello de su padre, frágil en la carne, pero fuerte en el abandono confiado, hasta a dormirse, en la muerte, entre sus brazos.

Son sentimientos que la liturgia nos llama a contemplar y a hacer nuestros. Todos tenemos dolores, físicos o morales, y la fe nos ayuda a no ceder a la desesperación, a no cerrarnos en la amargura, sino a afrontarlos sintiéndonos arropados, como Jesús, por el abrazo providencial y misericordioso del Padre.

Hermanas y hermanos, os agradezco mucho por vuestras oraciones. En este momento de debilidad física me ayudan a sentir aún más la cercanía, la compasión y la ternura de Dios. Yo también rezo por vosotros y os pido que encomendéis conmigo al Señor a todos los que sufren, especialmente a los afectados por la guerra, por la pobreza o por los desastres naturales. En particular, que Dios acoja en su paz a las víctimas del derrumbe de un local en Santo Domingo, y sostenga a sus familiares.

El 15 de abril será el segundo triste aniversario del inicio del conflicto en Sudán, con miles de muertos y millones de familias forzadas a abandonar sus casas. El sufrimiento de los niños, de las mujeres y de las personas vulnerables grita al cielo y nos implora que actuemos. Renuevo mi llamamiento a las partes implicadas para que pongan fin a la violencia y emprendan caminos de diálogo y a la Comunidad internacional, para que a la población no le falten las ayudas esenciales.

Y recordemos también al Líbano, donde hace cincuenta años comenzó una trágica guerra civil: que con la ayuda de Dios pueda vivir en paz y prosperidad.

Que llegue por fin la paz a la martirizada Ucrania, a Palestina, Israel, la República Democrática del Congo, Myanmar, Sudán del Sur. Que María, Madre, Virgen de los Dolores, nos conceda esta gracia y nos ayude a vivir con fe la Semana Santa.

Vatican.va













martes, 4 de abril de 2023

El Papa preside la Misa de Ramos: «Él sufrió el abandono para no dejarnos rehenes de la desolación»


El Papa, ya recuperado de la bronquitis que le llevó a ser ingresado en el hospital, ha podido presidir el Domingo de Ramos: "El abandono no es el final, porque Jesús ha estado allí y está ahora contigo".

 

La Iglesia universal celebra el Domingo de Ramos. En la Plaza de San Pedro del Vaticano, en una mañana soleada, 30.000 fieles llegados de Roma y del resto del mundo participaron de la Eucaristía presidida por el Papa Francisco. Un Santo Padre recuperado de la bronquitis, aunque visiblemente fatigado.

Con una breve celebración en el "obelisco vaticano", en la que había varios cardenales de la Curia, comenzó la Misa del Domingo de Ramos en el Vaticano. Posteriormente se realizó la Procesión de Ramos hasta el altar central. Francisco, que no usaba silla de ruedas en esta ocasión, fue trasladado en "papamóvil" por el pasillo central. 

Le quedaba una certeza

"El sufrimiento de Jesús fue grande y cada vez que escuchamos el relato de la Pasión nos conmueve. Sufrió en el cuerpo: de las bofetadas a los golpes, de la flagelación a la corona de espinas, hasta llegar al suplicio de la cruz. Sufrió en el alma: la traición de Judas, las negaciones de Pedro, las condenas religiosas y civiles, las burlas de los guardias, los insultos bajo la cruz, el rechazo de muchos, el fracaso de todo, el abandono de los discípulos", comenzó diciendo el Papa en su homilía.

PapaCon una breve celebración en el 'obelisco vaticano', con la presencia de varios cardenales de la Curia, comenzó la Misa del Domingo de Ramos en el Vaticano.

Sin embargo, hay un dolor mayor, aseguró el Papa. "En todo este dolor, a Jesús le quedaba una certeza: la cercanía del Padre (...). Pero ahora sucede lo impensable; antes de morir grita: 'Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?'. Este es el sufrimiento más lacerante, el del espíritu; en la hora más trágica, Jesús experimenta el abandono de Dios. Nunca antes había llamado al Padre con el nombre genérico de Dios", afirmó.

"El verbo 'abandonar' en la Biblia es fuerte; aparece en momentos de extremo dolor: en amores fracasados, negados y traicionados; en hijos rechazados y abortados; en situaciones de repudio, viudez y orfandad; en matrimonios agotados, en exclusiones que privan de vínculos sociales, en la opresión de la injusticia y la soledad de la enfermedad. Cristo llevó todo ello a la cruz, tomando sobre sí el pecado del mundo", añadió Francisco.

Solidario hasta el extremo

El Papa, en este punto, animó a hacerse una pregunta. "¿Por qué llegó a ese punto? La respuesta es una sola: por nosotros. Se hizo solidario con nosotros hasta el extremo, para estar con nosotros hasta las últimas consecuencias. Para que ninguno de nosotros pudiera considerarse solo e insalvable. Experimentó el abandono para no dejarnos rehenes de la desolación y estar a nuestro lado para siempre", aseguró.

Gänswein"El verbo 'abandonar' en la Biblia es fuerte; aparece en momentos de extremo dolor: en amores fracasados, negados y traicionados; en hijos rechazados y abortados".

"Hermano, hermana, lo hizo por ti, por mí, para que cuando tú, yo, o cualquiera se vea entre la espada y la pared, perdido en un callejón sin salida, sumido en el abismo del abandono, absorbido por el torbellino del 'por qué', pueda tener esperanza. No es el final, porque Jesús ha estado allí y está ahora contigo", continuó diciendo el Papa.

Francisco expresó cuál era el sentido del sacrificio que hizo Jesús. "Él, el Padre y el Espíritu sufrieron el alejamiento del abandono para acoger en su amor todos nuestros distanciamientos. Para que cada uno de nosotros pueda decir: en mis caídas, en mi desolación, cuando me siento traicionado, descartado y abandonado, Tú estás ahí, Jesús. En mis fracasos, Tú estás conmigo. Cuando me siento errado y perdido, cuando ya no puedo más, Tú estás ahí, Tú estás conmigo", comentó.

"En el abandono sigue amando a los suyos que lo habían dejado solo y perdona a los que lo crucifican. Así es como el abismo de nuestra maldad se hunde en un amor más grande, de modo que toda nuestra separación se transforma en comunión; toda distancia en cercanía; toda oscuridad en luz. El culmen de nuestra miseria es abrazado por la misericordia. He aquí quién es Dios y cuánto nos ama. ¡Cuánto nos quiere! ¡Cuánto le hemos costado!", expresó.

"Hay tantos cristos abandonados invisibles, escondidos, que son descartados con guante blanco: niños no nacidos, ancianos que han sido dejados solos, enfermo no visitados, discapacitados ignorados, jóvenes que sienten un gran vacío interior sin que nadie escuche realmente su grito de dolor. Jesús abandonado nos pide que tengamos ojos y corazón para los abandonados", expresó Francisco. 

ReL

Vea también     Oración al colocar el ramo o la palma bendecidos en la propia casa.


















domingo, 2 de abril de 2023

Domingo de Ramos

 


Oración para colocar las palmas benditas en casa
Bendice Señor nuestro hogar.
Que tu Hijo Jesús y la Virgen María reinen en él.
Por tu intercesión danos paz, amor y respeto,
para que respetándonos y amándonos
los sepamos honrar en nuestra vida familiar,
Sé Tú, el Rey en nuestro hogar.
Amén.


miércoles, 13 de abril de 2022

Así se vivió el primer Domingo de Ramos después del aislamiento social por COVID-19

 

domingo de ramos 2022 en todo el mundo
Créditos: @Solena_Tad, Twitter / @amatijevic16, Twitter / @ednyoka, Twitter.

Cada año, los católicos celebramos el Domingo de Ramos en todo el mundo. Recordamos la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén antes de su Pasión, Muerte y Resurrección.

Fotos y videos de estas celebraciones aparecieron en las redes sociales. Desde África, Irak, México, El Salvador, Polonia, Ciudad del Vaticano, Estados Unidos y muchos otros lugares, millones de fieles vivieron su devoción en el espacio público.

A continuación se muestran algunas de las mejores fotos y videos de la Iglesia en acción.

Así se vivió el primer Domingo de Ramos después del aislamiento social por COVID-19

@amatijevic16, Twitter

El sacerdote recién ordenado P. Andy Matijevic de la Arquidiócesis de Chicago escribió : “ ¡Bendito Domingo de Ramos! El primero como sacerdote”.

El padre Edmond Nyoka, de la diócesis de Mzuzu en el sureste de África, publicó videos de las celebraciones de su país.

Su primera publicación de video dice: “¡Y el Domingo de Ramos es así en los seminarios aquí!”

La segunda publicación de video del padre Nyoka dice: “¡Esto no es en mi parroquia, pero sí en mi país! ¡El Domingo de Ramos es como este estado de ánimo en Malawi!”

El periodista Sachin Jose también publicó fotos de las celebraciones del Domingo de Ramos.

Niña en Domingo de Ramos
Sachinettiyll, Twitter

Uno de los tuits de José dice: “Fotografía del Domingo de Ramos de un pueblo iraquí”.

Procesión en domingo de ramos
@Sachinettiyil, Twitter

Otro tuit dice: “Procesión del Domingo de Ramos en la Universidad de María”.

La periodista de EWTN Solène Tadié publicó fotos de una tradición del Domingo de Ramos en Lipnica Murowana, Polonia. 

Aquí están sus fotos a continuación:

@Solena_Tad, Twitter
Domingo de Ramos en polonia
@Solena_Tad, Twitter
@Solena_Tad, Twitter

La Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en México también publicó fotos de su celebración.

La publicación traducida dice: “… Mons. Salvador Martínez Ávila, rector de la Basílica de Santa María de Guadalupe, presidió la Misa Solemne del Domingo de Ramos, con el fin de dar inicio a la Semana Santa y recordar la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo”.

Las celebraciones también se llevaron a cabo en El Salvador.

Catholic News Service publicó el video a continuación:

La publicación dice: “El padre carmelita descalzo Mario Calderón rocía agua bendita el [Domingo de Ramos] antes de una procesión en San Salvador, El Salvador”.

Los Padres Norbertinos de California publicaron un video de la Abadía de St. Michael. El video muestra a los sacerdotes bendiciendo las palmas junto con un hermoso canto gregoriano.

La publicación dice: “Bendición de Ramos y Procesión del Domingo de Ramos de ayer marcando el comienzo de la Semana Santa en la Abadía de San Miguel”.

Por último, (pero definitivamente no menos importante) el Papa Francisco celebró el Domingo de Ramos en la Plaza de San Pedro por primera vez en dos años.

Aquí están los videos a continuación:

 

Jacqueline Burkepile   ChurchPOP




























martes, 12 de abril de 2022

El tiempo de una presencia: Semana Santa, nos amó hasta el fin

La Semana Santa es el centro del año litúrgico: revivimos en estos días los momentos decisivos de nuestra redención. La Iglesia nos lleva de la mano, con su sabiduría y su creatividad, del Domingo de Ramos a la Cruz y a la Resurrección.

La Semana Santa es el centro del año litúrgico: revivimos en estos días los momentos decisivos de nuestra redención. La Iglesia nos lleva de la mano, con su sabiduría y su creatividad, del Domingo de Ramos a la Cruz y a la Resurrección.

En el corazón del año litúrgico late el Misterio pascual, el Triduo del Señor crucificado, muerto y resucitado. Toda la historia de la salvación gira en torno a estos días santos, que pasaron desapercibidos para la mayor parte de los hombres, y que ahora la Iglesia celebra «desde donde sale el sol hasta el ocaso»[1]. Todo el año litúrgico, compendio de la historia de Dios con los hombres, surge de la memoria que la Iglesia conserva de la hora de Jesús: cuando, «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin»[2].



MUCHOS DE LOS RITOS QUE VIVIMOS ESTOS DÍAS ECHAN SUS RAÍCES EN MUY ANTIGUAS TRADICIONES; SU FUERZA ESTÁ AQUILATADA POR LA PIEDAD DE LOS CRISTIANOS Y POR LA FE DE LOS SANTOS DE DOS MILENIOS

La Iglesia despliega en estos días su sabiduría maternal para meternos en los momentos decisivos de nuestra redención: a poco que no ofrezcamos resistencia, nos vemos arrastrados por el recogimiento con que la liturgia de la Semana Santa nos introduce en la Pasión; la unción con la que nos mueve a velar junto al Señor; el estallido de gozo que mana de la Vigilia de la Resurrección. Muchos de los ritos que vivimos estos días echan sus raíces en muy antiguas tradiciones; su fuerza está aquilatada por la piedad de los cristianos y por la fe de los santos de dos milenios.

El Domingo de Ramos

El Domingo de Ramos es como el pórtico que precede y dispone al Triduo pascual: «este umbral de la Semana Santa, tan próximo ya el momento en el que se consumó sobre el Calvario la Redención de la humanidad entera, me parece un tiempo particularmente apropiado para que tú y yo consideremos por qué caminos nos ha salvado Jesús Señor Nuestro; para que contemplemos ese amor suyo —verdaderamente inefable— a unas pobres criaturas, formadas con barro de la tierra»[3]

Cuando los primeros fieles escuchaban la proclamación litúrgica de los relatos evangélicos de la Pasión y la homilía que pronunciaba el obispo, se sabían en una situación bien distinta de la de quien asiste a una mera representación: «para sus corazones piadosos, no había diferencia entre escuchar lo que se había proclamado y ver lo que había sucedido»[4]. En los relatos de la Pasión, la entrada de Jesús en Jerusalén es como la presentación oficial que el Señor hace de sí mismo como el Mesías deseado y esperado, fuera del cual no hay salvación. Su gesto es el del Rey salvador que viene a su casa. De entre los suyos, unos no lo recibieron, pero otros sí, aclamándole como el Bendito que viene en nombre del Señor[5].



El Señor, siempre presente y operante en la Iglesia, actualiza en la liturgia, año tras año, esta solemne entrada en el «Domingo de Ramos en la Pasión del Señor», como lo llama el Misal. Su mismo nombre insinúa una duplicidad de elementos: triunfales unos, dolorosos otros. «En este día —se lee en la rúbrica— la Iglesia recuerda la entrada de Cristo, el Señor, en Jerusalén para consumar su Misterio pascual»[6]. Su llegada está rodeada de aclamaciones y vítores de júbilo, aunque las muchedumbres no saben entonces hacia dónde se dirige realmente Jesús, y se toparán con el escándalo de la Cruz. Nosotros, sin embargo, en el tiempo de la Iglesia, sí que sabemos cuál es la dirección de los pasos del Señor: Él entra en Jerusalén «para consumar su misterio pascual». Por eso, para el cristiano que aclama a Jesús como Mesías en la procesión del domingo de Ramos, no es una sorpresa encontrarse, sin solución de continuidad, con la vertiente dolorosa de los padecimientos del Señor.

Es ilustrativo el modo en que la liturgia nos traduce este juego de tinieblas y de luz en el designio divino: el Domingo de Ramos no reúne dos celebraciones cerradas, yuxtapuestas. El rito de entrada de la Misa no es otro que la procesión misma, y esta desemboca directamente en la colecta de la Misa. «Dios todopoderoso y eterno, tú quisiste —nos dirigimos al Padre— que nuestro Salvador se hiciese hombre y muriese en la cruz»[7]: aquí todo habla ya de lo que va a suceder en los días siguientes.

El Jueves Santo

El Triduo pascual comienza con la Misa vespertina de la Cena del Señor. El Jueves Santo se encuentra entre la Cuaresma que termina y el Triduo que comienza. El hilo conductor de toda la celebración de este día, la luz que lo envuelve todo, es el Misterio pascual de Cristo, el corazón mismo del acontecimiento que se actualiza en los signos sacramentales.

La acción sagrada se centra en aquella Cena en que Jesús, antes de entregarse a la muerte, confió a la Iglesia el testamento de su amor, el Sacrificio de la Alianza eterna[8].

UNA ANTIGUA TRADICIÓN RESERVA PARA EL VIERNES SANTO LA PROCLAMACIÓN DE LA PASIÓN SEGÚN SAN JUAN, EN LA QUE SE ALZA LA IMPRESIONANTE MAJESTAD DE CRISTO QUE «SE ENTREGA A LA MUERTE CON LA PLENA LIBERTAD DEL AMOR» (SAN JOSEMARÍA)

«Mientras instituía la Eucaristía, como memorial perenne de Él y de su Pascua, puso simbólicamente este acto supremo de la Revelación a la luz de la misericordia. En este mismo horizonte de la misericordia, Jesús vivió su pasión y muerte, consciente del gran misterio del amor de Dios que se habría de cumplir en la cruz»[9]. La liturgia nos introduce de un modo vivo y actual en ese misterio de la entrega de Jesús por nuestra salvación. «Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy libremente»[10]. El fiat del Señor que da origen a nuestra salvación se hace presente en la celebración de la Iglesia; por eso la Colecta no vacila en incluirnos, en presente, en la Última Cena: «Sacratissimam, Deus, frequentantibus Cenam…», dice el latín, con su habitual capacidad de síntesis; «nos has convocado hoy para celebrar aquella misma memorable Cena»[11].

Este es «el día santo en que nuestro Señor Jesucristo fue entregado por nosotros»[12]. Las palabras de Jesús, «me voy, y vuelvo a vosotros y os conviene que me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros»[13] nos introducen en el misterioso vaivén entre ausencia y presencia del Señor que preside todo el Triduo pascual y, desde él, toda la vida de la Iglesia. Por eso, ni el Jueves Santo, ni los días que lo siguen, son sin más jornadas de tristeza o de luto: ver así el Triduo sacro equivaldría a retroceder a la situación de los discípulos, anterior a la Resurrección. «La alegría del Jueves Santo arranca de ahí: de comprender que el Creador se ha desbordado en cariño por sus criaturas»[14]. Para perpetuar en el mundo este cariño infinito que se concentra en su Pascua, en su tránsito de este mundo al Padre, Jesús se nos entrega del todo, con su Cuerpo y su Sangre, en un nuevo memorial: el pan y el vino, que se convierten en «pan de vida» y «bebida de salvación»[15]. El Señor ordena que, en adelante, se haga lo mismo que acaba de hacer, en conmemoración suya[16], y nace así la Pascua de la Iglesia, la Eucaristía.

Hay dos momentos de la celebración que resultan muy elocuentes, si los vemos en su mutua relación: el lavatorio de los pies y la reserva del Santísimo Sacramento. El lavatorio de los pies a los Doce anuncia, pocas horas antes de la crucifixión, el amor más grande: «el de dar uno la vida por sus amigos»[17]. La liturgia revive este gesto, que desarmó a los apóstoles, en la proclamación del Evangelio y en la posibilidad de realizar la ablución de los pies de algunos fieles. Al concluir la Misa, la procesión para la reserva del Santísimo Sacramento y la adoración de los fieles revela la respuesta amorosa de la Iglesia a aquel inclinarse humilde del Señor sobre los pies de los Apóstoles. Ese tiempo de oración silenciosa, que se adentra en la noche, invita a rememorar la oración sacerdotal de Jesús en el Cenáculo[18]

El Viernes Santo

La liturgia del Viernes Santo comienza con la postración de los sacerdotes, en lugar del acostumbrado beso inicial. Es un gesto de especial veneración al altar, que se halla desnudo, exento de todo, evocando al Crucificado en la hora de la Pasión. Rompe el silencio una tierna oración en que el celebrante apela a las misericordias de Dios —«Reminiscere miserationum tuarum, Domine»— y pide al Padre la protección eterna que el Hijo nos ha ganado con su sangre, es decir, dando su vida por nosotros[19].

Una antigua tradición reserva para este día la proclamación de la Pasión según san Juan como momento culminante de la liturgia de la Palabra. En este relato evangélico se alza la impresionante majestad de Cristo que «se entrega a la muerte con la plena libertad del Amor»[20]. El Señor responde con valentía a los que vienen a prenderle: «cuando les dijo “Yo soy”, se echaron hacia atrás y cayeron en tierra»[21]. Más adelante le oímos responder a Pilato: «mi reino no es de este mundo»[22], y por eso su guardia no lucha para liberarle. «Consummatum est»[23]: el Señor apura hasta el final la fidelidad a su Padre, y así vence al mundo[24].



Tras la proclamación de la Pasión y la oración universal, la liturgia dirige su atención hacia el Lignum Crucis, el árbol de la Cruz: el glorioso instrumento de la redención humana. La adoración de la santa Cruz es un gesto de fe y una proclamación de la victoria de Jesús sobre el demonio, el pecado y la muerte. Con Él, vencemos nosotros los cristianos, porque «esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe»[25].

La Iglesia envuelve a la Cruz de honor y reverencia: el obispo se acerca a besarla sin casulla y sin anillo[26]; tras él, sigue la adoración de los fieles, mientras los cantos celebran su carácter victorioso: «adoramos tu Cruz, Señor, y alabamos y glorificamos tu santa Resurrección. Por el madero ha venido la alegría al mundo»[27] Es una misteriosa conjunción de muerte y de vida en la que Dios quiere que nos sumerjamos: «unas veces renovamos el gozoso impulso que llevó al Señor a Jerusalén. Otras, el dolor de la agonía que concluyó en el Calvario... O la gloria de su triunfo sobre la muerte y el pecado. Pero, ¡siempre!, el amor —gozoso, doloroso, glorioso— del Corazón de Jesucristo»[28].

El Sábado Santo y la Vigilia pascual

EL SÁBADO SANTO ES EL DÍA DE LA ESPERA DE LA RESURRECCIÓN, INTENSAMENTE VIVIDA POR LA MADRE DE JESÚS, DE DONDE PROVIENE LA DEVOCIÓN DE LA IGLESIA A SANTA MARÍA LOS SÁBADOS

Un texto anónimo de la antigüedad cristiana recoge, como condensado, el misterio que la Iglesia conmemora el Sábado Santo: el descenso de Cristo a los infiernos. «¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey duerme. La tierra está temerosa y sobrecogida, porque Dios se ha dormido en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo»[29]. Como vemos descansar a Dios en el Génesis al final de su obra creadora, el Señor descansa ahora de su fatiga redentora Y es que la Pascua, que está por despuntar definitivamente en el mundo, es «la fiesta de la nueva creación»[30]: al Señor le ha costado la vida devolvernos a la Vida.

LA VIGILIA PASCUAL EXPRESA DE MIL MODOS EL PASO DE LAS TINIEBLAS A LA LUZ, DE LA MUERTE A LA VIDA NUEVA EN LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR: EL FUEGO, EL CIRIO, EL AGUA, EL INCIENSO, LA MÚSICA Y LAS CAMPANAS…

«Dentro de un poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver»[31]: así decía el Señor a los Apóstoles en la víspera de su Pasión. Mientras esperamos su regreso, meditamos en su descenso a las tinieblas de la muerte, en las que estaban todavía sumergidos aquellos justos de la antigua Alianza Cristo, portando en su mano el signo liberador de la Cruz, pone fin a su sueño y los introduce en la luz del nuevo Reino: «Despierta, tú que duermes, pues no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo»[32]. Desde las abadías carolingias del siglo VIII, se propagará por Europa la conmemoración de este gran Sábado: el día de la espera de la Resurrección, intensamente vivida por la Madre de Jesús, de donde proviene la devoción de la Iglesia a santa María los sábados; ahora, más que nunca, Ella es la stella matutina[33], la estrella de la mañana que anuncia la llegada del Señor: el Lucifer matutinus[34], el sol que viene de lo alto, oriens ex alto[35].

En la noche de este gran Sábado, la Iglesia se reúne en la más solemne de sus vigilias para celebrar la Resurrección del Esposo, incluso hasta las primeras horas del alba. Esta celebración es el núcleo fundamental de la liturgia cristiana a lo largo de todo el año. Una gran variedad de elementos simbólicos expresan el paso de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida nueva en la Resurrección del Señor: el fuego, el cirio, el agua, el incienso, la música y las campanas…

La luz del cirio es signo de Cristo, luz del mundo, que irradia y lo inunda todo; el fuego es el Espíritu Santo, encendido por Cristo en los corazones de los fieles; el agua significa el paso hacia la vida nueva en Cristo, fuente de vida; el alleluia pascual es el himno de los peregrinos en camino hacia la Jerusalén del cielo; el pan y del vino de la Eucaristía son prenda del banquete escatológico con el Resucitado. Mientras participamos en la Vigilia pascual, reconocemos con la mirada de la fe que la asamblea santa es la comunidad del Resucitado; que el tiempo es un tiempo nuevo, abierto al hoy definitivo de Cristo glorioso: «haec est dies, quam fecit Dominus»[36], este es el día nuevo que ha inaugurado el Señor, el día «que no conoce ocaso»[37].

Felix María Arocena


[1] Misal Romano, Plegaria Eucarística III.

[2] Jn 13, 1.

[3] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 110.

[4] San León Magno, Sermo de Passione Domini 52, 1 (CCL 138, 307).

[5] Cfr. Mt 21, 9.

[6] Misal Romano, Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, n. 1.

[7] Misal Romano, Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, Colecta.

[8] Cfr. Misal Romano, Misa vespertina de la Cena del Señor, Jueves Santo, Colecta.

[9] Francisco, Bula Misericordiae Vultus, 11-IV-2015, n. 7.

[10] Jn 10, 17-18.

[11] Misal Romano, Misa vespertina de la Cena del Señor, Jueves Santo, Colecta.

[12] Misal Romano, Misa vespertina de la Cena del Señor, Jueves Santo, Communicantes propio.

[13] Jn 14, 28; Jn 16, 7.

[14] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 84.

[15] Misal Romano, ofertorio.

[16] Cfr. 1 Cor 11, 23-25.

[17] Cfr. Jn 15, 13.

[18] Cfr. Jn 17.

[19] Cfr. Misal Romano, Celebración de la Pasión del Señor, Viernes Santo, oración inicial.

[20] San Josemaría, Via Crucis, X estación.

[21] Jn 18, 6.

[22] Jn 18, 36.

[23] Jn 19, 30.

[24] Cfr. Jn 16, 33.

[25] 1 Jn 5, 4

[26] Cfr. Ceremonial de los obispos, nn. 315. 322.

[27] Misal Romano, Celebración de la Pasión del Señor, Viernes Santo, n. 20.

[28] San Josemaría, Via Crucis, 14, 3.

[29] Homilía sobre el grande y santo Sábado (PG 43, 439).

[30] Benedicto XVI, Homilía en la Vigilia Pascual, 7-IV-2012.

[31] Jn 16, 16.

[32] Homilía sobre el grande y santo Sábado (PG 43, 462).

[33] Letanía Lauretana (cfr. Si 50, 6).

[34] Misal Romano, Vigilia Pascual, Pregón Pascual.

[35] Liturgia de las Horas, Himno Benedictus (Lc 1, 78).

[36] Sal 117 (118), 24.

[37] Cfr. Misal Romano, Vigilia Pascual, Pregón Pascual.