Entradas populares

Mostrando entradas con la etiqueta San Francisco. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta San Francisco. Mostrar todas las entradas

sábado, 2 de noviembre de 2024

¿Tienes miedo a la muerte? Ve qué pensaban estos santos

Tránsito glorioso de San Francisco

La muerte es inevitable y los santos lo sabían muy bien; por eso, si le temes, descubre qué pensaron ellos y cómo la enfrentaron

Todo comienzo tiene un final. La vida terrenal también lo tiene, y la muerte es necesaria para entrar en la vida eterna. Esta es una realidad que los santos entendieron bien, por eso, si le tienes miedo a ese momento, te presentamos qué pensaban ellos para que tengas esperanza.

1La muerte es una ganancia

San Pablo se esforzó mucho por ganar la carrera y no quedar fuera (cf1 Cor 9, 27), como le escribió a los cristianos de Corinto.

Se aseguró de que todos entendieran que la muerte no era el fin, sino el inicio de una vida nueva, como él mismo lo expresó a los filipenses:

"Estoy completamente seguro de que ahora, como siempre, sea que viva, sea que muera, Cristo será glorificado en mi cuerpo. Porque para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia".

(Fil 1, 20-21)

2El encuentro con el Padre

Durante una audiencia general, san Juan Pablo II habló del significado de la muerte, comentando que resultaba difícil hablar de ella "porque la sociedad del bienestar tiende a apartar de sí esta realidad, cuyo solo pensamiento le produce angustia".

Sin embargo, recordó que "con su muerte y resurrección, Jesús venció el pecado y la muerte, que es su consecuencia".

Pero al final, es preciso pasar por la muerte para estar con Dios:

"Ciertamente, es preciso pasar por la muerte, pero ya con la certeza de que nos encontraremos con el Padre cuando 'este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad'".

(1 Co 15, 54)

3La hermana muerte

La veneración que sentía san Francisco de Asís por la creación era tan grande que le hablaba de la grandeza de Dios.

Por eso, en su Alabanza de las criaturas no dudó en llamar a cada cosa "hermano" o "hermana", incluyendo a la muerte.

Así pues, luego de unas largas y muy dolorosas enfermedades, el Pobrecillo de Asís estaba preparado para encontrarse con la hermana muerte. Así lo dijo a Bongiovanni d'Arezzo, el médico que lo estaba atendiendo:

"Hermano, dime la verdad; yo no soy un cobarde que teme a la muerte. El Señor, por su gracia y misericordia, me ha unido tan estrechamente a Él, que me siento tan feliz para vivir como para morir" ( Leyenda de Perusa 100 a).

Y cuando supo que moriría pronto, levantó los brazos al cielo y exclamó:

"Bienvenida sea mi hermana la muerte" (LP 100 d).

Prepárate para ese momento

La muerte llegará inevitablemente, pero el cristiano debe tener esperanza y recodar constantemente que está de paso por este mundo y que debe vivir preparado porque no sabe en qué momento vendrá su Señor" (Mt 24, 42).

Por eso, digamos con san Francisco:

"Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la Muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.
¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!
Bienaventurados aquellos a quienes encontrará en tu santísima voluntad,
pues la muerte segunda no les hará mal" (LP 7).

Mónica Muñoz, Aleteia

Vea también    Preparación a la muerte



jueves, 19 de noviembre de 2015

Besar leprosos: El secreto de Damián de Molokai y Francisco de Asís

WEB-KISS-FRANCIS-SICK-LEPROSY-Capture Youtube


¿Oíste hablar de Damián de Molokai? Muchos belgas lo consideran su compatriota más grande de todos los tiempos por cómo se entregó a los enfermos de lepra de Hawái hasta que se contagió él también… y murió.

Un día, a este misionero le preguntaron cómo era capaz de quedarse tanto tiempo entre los leprosos. Él contestó: “Sin mi hora santa diaria en presencia del Santísimo Sacramento, no hubiera sido capaz de quedarme ni un solo día en este lugar”.

Este santo decidió voluntariamente ir a vivir una isla donde estaban relegados los enfermos de lepra de ese reino. Los leprosos ni se dieron cuenta de su llegada, explica Josefino Ramírez en sus Cartas a un hermano sacerdote.

“Ellos vivían todas las noches absortos en una continua intoxicación alcohólica y orgía sexual para tratar de olvidarse de la carne podrida de la lepra, que los condenaba a una vida de olvido y de muerte sin consuelo”, relata.

Lo primero que hizo este sacerdote fue construir una capilla hacia donde él llevó a cada uno de los leprosos repi­tiéndose una y otra vez la escena del evangelio: “Se le acerca un leproso suplicándole y, puesto de rodillas, le dice: “Si quieres, puedes limpiarme”. Compadecido de él, extendió su mano, le tocó y le dijo: “Quiero; queda limpio”. Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio” (Mr 1,40-42).

Allí organizó adoración perpetua. Los leprosos pronunciaban simples y bellísimas oraciones. Uno de ellos, por ejemplo, pasaba toda su hora santa describiéndole a Jesús el sonido de las olas, el azul del océano, la puesta del sol.

“Y aunque todavía tenían su carne podrida, sus almas quedaron limpias”, escribe el sacerdote, “ya no necesitaban emborracharse, porque se intoxicaron con Su Amor. El sexo no era más una necesidad imperiosa, porque ellos tenían la intimidad de Su Corazón”.

San Francisco de Asís

Y recuerda seguidamente cómo la Eucaristía fue también la fuerza que, unos siglos antes, permitió a san Francisco de Asís besar y curar a un leproso.

Era un enfermo que insultaba a quienes intentaban ayudarle, también a Francisco. ¿Y qué hizo él entonces? Pues se fue ante el Santísimo Sacramento a orar. Y al volver le dijo: “Haré lo que me pidas”. El leproso le contestó: “Quiero que me laves todo, porque huelo tan mal que ni yo mismo lo puedo soportar”.

El santo que inspiró el nombre del actual Papa no se lo pensó dos veces, pidió que le trajeran agua caliente con hierbas aromáticas y a medida que iba lavando al hombre, su carne podrida iba recobrando su color natural. Finalmente el leproso quedó curado.

“A san Francisco le llaman “el tonto de Dios” porque todo lo que él hizo fue por amor a Dios –comenta monseñor Pepe-. Pero mucho más tonta es la locura de Amor del Santísimo Sacramento por lo que Jesús hace por nosotros”.

“Allí el Señor lava nuestras almas, no con agua, sino con Su Preciosísima Sangre –asegura-. Allí quedamos limpios de la podredumbre del pecado y del amor a nosotros mismos”.

Fuente: es.aletaia.org