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domingo, 7 de junio de 2026

(Evangelio del día) Corpus Christi - ¿Acaso no sería muchísimo mejor escucharlo con la familia proclamado en la Santa Misa presencial?

Deuteronomio 8,2-3.14b-16a.

Moisés habló al pueblo diciendo:
"Acuérdate del largo camino que el Señor, tu Dios, te hizo recorrer por el desierto durante esos cuarenta años. Allí él te afligió y te puso a prueba, para conocer el fondo de tu corazón y ver si eres capaz o no de guardar sus mandamientos.
Te afligió y te hizo sentir hambre, pero te dio a comer el maná, ese alimento que ni tú ni tus padres conocían, para enseñarte que el hombre no vive solamente de pan, sino de todo lo que sale de la boca del Señor.
No olvides al Señor tu Dios, que te hizo salir de Egipto, de un lugar de esclavitud,
y te condujo por ese inmenso y temible desierto, entre serpientes abrasadoras y escorpiones. No olvides al Señor, tu Dios, que en esa tierra sedienta y sin agua, hizo brotar para ti agua de la roca,
y en el desierto te alimentó con el maná, un alimento que no conocieron tus padres."


Salmo 147,12-13.14-15.19-20.

¡Glorifica al Señor, Jerusalén!

¡Glorifica al Señor, Jerusalén,
alaba a tu Dios, Sión!
El reforzó los cerrojos de tus puertas
y bendijo a tus hijos dentro de ti.

El asegura la paz en tus fronteras
y te sacia con lo mejor del trigo.
Envía su mensaje a la tierra,
su palabra corre velozmente;

Revela su palabra a Jacob,
sus preceptos y mandatos a Israel:
a ningún otro pueblo trató así
ni le dio a conocer sus mandamientos.


Carta I de San Pablo a los Corintios 10,16-17.

Hermanos:
La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo?
Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan.


Evangelio según San Juan 6,51-58.

Jesús dijo a los judíos:
"Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo".
Los judíos discutían entre sí, diciendo: "¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?".
Jesús les respondió: "Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.
El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.
Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente".


Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.



Bulle

San Juan María Vianney (1786-1859)
presbítero, párroco de Ars
Sermón para el 6º domingo después de Pentecostés (Sermons de Saint Jean Baptiste Marie Vianney, Curé d'Ars II, Ste Jeanne d'Arc, 1982), trad. sc©evangelizo.org


¡La gran felicidad de recibir a Jesucristo!

Si él mismo no lo hubiera dicho, hermanos míos, ¿quién de nosotros habría jamás comprendido que Jesucristo ha llevado el amor por sus criaturas hasta darnos su Cuerpo adorable y su Sangre preciosa, para alimento de nuestras almas? ¡Así es! ¡Hermanos míos, el alma se nutre de su Salvador!... ¡y tantas veces cómo lo desee!... ¡Oh abismo de bondad y de amor de un Dios por sus criaturas!...
San Pablo nos dice, hermanos míos, que el Salvador, revistiéndose de nuestra carne, ha escondido su divinidad y llevado la humillación hasta el anonadamiento. Instituyendo el sacramento adorable de la Eucaristía, ha velado también su humanidad, dejando únicamente aparecer las entrañas de su misericordia. Hermanos míos, ¡vean hasta dónde es capaz el amor de Dios por sus criaturas!... Hermanos míos, de todos los sacramentos, no hay otro comparable a la Eucaristía. (…)
San Juan nos dice que Jesucristo “habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin” (Jn1,1) y encontró el medio de subir al cielo sin dejar la tierra. Tomó el pan en sus manos santas y venerables, lo bendijo y lo transformó en su Cuerpo y el vino lo transformó en su preciosa Sangre. Dio a los sacerdotes, en la persona de sus apóstoles, el poder de hacer el mismo milagro cada vez que pronunciaran las mismas palabras. Con ese milagro de amor, pudo permanecer con nosotros, servirnos de alimento, consolarnos y tenernos compañía. (…)
Hermanos míos, ¡qué felicidad para un cristiano aspirar al gran honor de nutrirse del Pan de los ángeles!... Hermanos míos, si comprendiéramos la grandeza de la felicidad de recibir a Jesucristo, ¿no trabajaríamos continuamente para meritarlo?
(EDD)

Reflexión sobre el cuadro

La Iglesia celebra hoy la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, tradicionalmente conocida como Corpus Christi (que en latín significa “el Cuerpo de Cristo"). En esta fiesta, celebramos uno de los misterios más profundos de nuestra fe: que en la Eucaristía, Cristo está verdadera y realmente presente: Su Cuerpo y su Sangre, su Alma y su Divinidad. La Eucaristía no es un mero símbolo o un recuerdo de Jesús, sino Cristo mismo realmente presente entre nosotros bajo las apariencias del pan y del vino. Mediante la consagración, el cuerpo y el pan se convierten en Su presencia real entre nosotros.

La fiesta surgió en el siglo XIII, en una época de creciente devoción eucarística en la Iglesia. Santo Tomás de Aquino desempeñó un papel importante en la configuración de la celebración después de que el Papa Urbano IV estableciera la fiesta para la Iglesia universal en 1264. Aquino compuso algunos de los himnos eucarísticos más bellos jamás escritos para esta ocasión, entre ellos Pange Lingua, Tantum Ergo y Panis Angelicus. El Corpus Christi pronto se asoció a grandes procesiones públicas en las que el Santísimo Sacramento es llevado en una custodia por calles, ciudades y campos. Estas procesiones son un acto público de fe: Cristo no permanece oculto entre los muros de la iglesia, sino que es llevado al mundo, bendiciendo hogares, personas, campos, lugares de trabajo y la propia vida cotidiana.

Nuestro cuadro de Jules Breton capta maravillosamente una procesión de este tipo atravesando los campos de trigo de Artois, en el norte de Francia. Los campos dorados se extienden por el lienzo, resplandecientes de luz estival, mientras los aldeanos se reúnen en profunda reverencia al paso del Santísimo Sacramento entre ellos. Algunos se arrodillan en oración; otros se inclinan en adoración. Los niños portan el baldaquino de cuatro astas bajo el que camina el sacerdote sosteniendo en alto la custodia. Los funcionarios del pueblo y los campesinos permanecen juntos en devoción. La procesión por los campos no era meramente simbólica. En las comunidades rurales, la gente creía realmente que la presencia de Cristo bendeciría la tierra y protegería las futuras cosechas. Los campesinos querían que la procesión pasara por sus campos y pedían a los sacerdotes que pasaran por allí. Pintado en 1857 y expuesto en el Salón de París junto a obras como Las espigadoras, el monumental lienzo de Breton (318 cm; 10,4 pies de ancho) aportó dignidad y belleza espiritual a la vida rural ordinaria. Le valió un gran reconocimiento y fue adquirido por el Estado francés para el Museo del Luxemburgo.

En los siglos posteriores a la Reforma, el Corpus Christi se convirtió también en una poderosa afirmación de la creencia católica en la Presencia Real. El Concilio de Trento de 1551 describió la fiesta como un triunfo sobre la herejía, porque proclamaba públicamente la fe de la Iglesia en la transubstanciación: que el pan y el vino se convierten realmente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo durante la Misa. El corazón del Corpus Christi sigue siendo profundamente sencillo y hermoso: Dios elige estar cerca de su pueblo, todos los días.

by Padre Patrick van der Vorst

Oración 

Himno de santo Tomás de Aquino

viernes, 20 de marzo de 2026

¿Cómo acompañar a Jesús en el Santísimo? 15 maneras concretas para vivir la Hora Santa


 

¿Te cuesta concentrarte en la Hora Santa o cuando estás frente al Santísimo Sacramento? Aquí tienes 15 acciones concretas que te ayudarán a aprovechar mejor tu momento de adoración y vivir un encuentro más profundo con Jesús.

Desde su cuenta de Instagram “Rosa y Verbo”, la comunicadora mexicana Paulina señala que muchas veces pensamos que la Hora Santa es solo un periódo de tiempo que tenemos que llenar; sin embargo, no nos damos cuenta de que, en realidad, “se trata de dejarnos llenar por la presencia de Cristo”.

Si sientes que no estás viviendo bien estos momentos, ella propone 15 opciones prácticas para acompañar a Jesús en el Santísimo, ya sea en la custodia o en el Sagrario. 

1. Reconoce que Jesús está realmente ahí

Al empezar tu tiempo de oración, puedes decirle: “Señor, creo firmemente que estás presente en el Santísimo Sacramento”, o simplemente repetir: “Señor mío y Dios mío”.

2. Dedica un tiempo a agradecer

Agradece a Jesús no solo por tu vida, por tu familia o por esas cosas lindas que viviste en el día, sino también por haber muerto en la cruz por ti. No olvides agradecer por las pruebas y las dificultades que te acercan más a Él.

3. Abre tu corazón

Puedes decirle: “Señor, mi corazón está abierto, entra en él; te permito que entres y lo transformes”. Además, puedes contarle todo lo que llevas dentro: entrégale tus cargas, tus heridas, tus miedos, tus alegrías, todo.

4. Alaba a Dios

Puedes usar tus propias palabras, cantar un himno como el “Tantum Ergo” o repetir jaculatorias; decir, por ejemplo: “Sea por siempre bendito y alabado mi Jesús Sacramentado”. Repetir es reconocer quién es Él y entregarle toda nuestra vida.

5. Haz oración contemplativa o de silencio

Haz silencio de todo lo que ocupa tu mente y elige una palabra o una frase corta que no le pida nada a Jesús ni contenga juicio. Respira profundo y ánclate en la repetición de esa palabra o frase.

6. Lee tu Biblia.

Medita con la Palabra; pregúntate qué te dice Jesús con ese pasaje.

7. Reza por los demás

Reza por tus amigos, por tus enemigos y por quienes sufren. Reza por quienes están a tu alrededor y por todos los presentes. No olvides pedir por la Iglesia, por el Papa y por los sacerdotes.

8. Ofrécele ese momento a Jesús como reparación

Dile al Señor: “Quiero reparar tu Sagrado Corazón, las heridas que te hemos causado. Te pido perdón por las fallas cometidas, por lo que pude haber hecho mejor”, y con esta oración consuélalo por tus pecados y los de todo el mundo.

9. Adora a Jesús de la mano de María

Puedes rezar un misterio o un rosario completo; contemplar el Ave María meditando en la Anunciación y en el saludo de su prima Isabel. Pídele que te enseñe a amar más a su Hijo.

10. Haz un propósito

Después de adorarlo, Jesús nos envía a dar testimonio. Pídele ser luz para los demás; incluso le puedes preguntar en tu oración: “¿Cómo puedo salir a servirte después de adorarte?”. ¿Qué vas a cambiar en ti después de este ratito con Jesús? Ponte una meta.

11. Contempla la cruz

Mírala, observa cada una de las llagas y contempla la mirada de Jesús.

12. Pon música que te ayude a orar

Canta o llévate unos audífonos para escuchar música religiosa que favorezca el recogimiento.

13. Haz una oración de abandono

Repite: “Señor, yo no puedo, tú sí puedes, me abandono en ti”, o simplemente: “Jesús, confío en ti”. Pídele que aumente tu esperanza y tu confianza en Él, y la gracia de creer en su providencia.

14. Lleva alguna lectura espiritual

Puedes escoger un librito de oración o alguna lectura que te ayude a profundizar en tu vida de fe.

15. Ve este momento como un anticipo del cielo

Ve a disfrutar y a descansar en el Señor; alábalo desde ese encuentro, dejándote llenar por el Espíritu de Dios y reposando en su presencia.

Paulina también señaló que, si dedicáramos al menos tres minutos a cada una de estas prácticas, tendríamos casi una hora completa de oración.

Sin embargo, animó a no vivirlo como una lista rígida, sino a probar y combinar estas alternativas según lo que más ayude al encuentro con Dios.

“No se trata de ir tachando puntos de una lista, sino de probar cuáles de estas maneras te ayudan más a encontrarte con Él, a disfrutar de su compañía y a dejar que su amor transforme tu corazón”, resaltó. 

Además, subrayó que lo importante es “elegir aquellas que te permitan vivir un encuentro verdadero con Cristo y crecer en la oración”.

¿Qué otras formas de pasar este tiempo con Jesús conoces?

Harumi Suzuki, churchpop

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domingo, 21 de septiembre de 2025

¿Por qué debo ir al Santísimo? Sacerdote recuerda la importancia de la Adoración Eucarística


 

Visitar al Santísimo no es un gesto reservado para “los muy santos”, sino una necesidad para todo el que busca encontrarse con el amor de Dios. En una reciente entrevista, el P. Pablo Fernández-Martos explica la importancia de la Adoración Eucarística.

En el reciente episodio del podcast católico “Mantita y Fe”, que inicia ya su cuarta temporada, Bárbara Bustamante conversó con el sacerdote de la Diócesis de Getafe (España) sobre este tema fundamental para la vida espiritual.

Durante la conversación, el P. Fernández-Martos subrayó que, precisamente por ser pecadores, debemos acercarnos con mayor insistencia a Dios y advirtió que el demonio busca hacernos creer que, tras el pecado, debemos escondernos del Señor como lo hicieron Adán y Eva.

“¿Y qué es lo que tenemos que hacer? Justo lo contrario. Cuando he pecado, lo que tengo que hacer es sacar a un Cristo, besarlo, mirarlo y decirle: ‘Señor, yo ahora, desde el lodo de mi pecado, solo sé que Tú me amas’”, afirmó.

Esta actitud, explicó, nos permite experimentar un cambio profundo: la certeza de que el amor de Dios es más grande que cualquier pecado.

“Por tanto, cuando me acerco a la Adoración Eucarística, aunque sea pecador, porque todos lo somos, lo que hago es reconocer que Dios es misericordia. Él es siempre mucho más bueno de lo que nosotros somos malos y, por tanto, aunque yo sea pecador, mi lugar propio es postrado a sus pies, implorándole como el publicano: ‘Señor, ten misericordia de mí, que soy pecador’”.

El P. Fernández-Martos recordó que la Adoración Eucarística no es un premio para los “perfectos”, sino un encuentro para quienes reconocen su necesidad de la misericordia de Dios.

“No vamos al Santísimo para demostrar que somos muy buenos, sino para reconocer que Dios es muy bueno”.

Este episodio busca acercar a los fieles la experiencia de la visita al Santísimo Sacramento, derribando prejuicios y mostrando que este encuentro transforma la vida cotidiana de los fieles.

Harumi Suzuki, churchpop




sábado, 21 de junio de 2025

7 hermosas oraciones para hacer frente al Santísimo Sacramento

 



A veces estar frente al Santísimo no es fácil, quizá nos cuesta entablar una conversación fluida con Jesús presente en la Eucaristía o no encontramos las palabras precisas para expresar lo que pensamos y sentimos.

Frente a Jesús Sacramentado, puedes estar en silencio de contemplación y escuchar; también puedes hablar como con un amigo o puedes realizar oraciones de adoración, alabanza, acción de gracias, petición y entrega.

Si necesitas guía para esos momentos de oración, acá te dejamos algunas sugerencias.

1) Te adoro con devoción (Adoro te devote)

Esta hermosa oración es uno de los cinco himnos que Santo Tomás de Aquino compuso en honor de Jesús en el Santísimo Sacramento, a solicitud del Papa Urbano IV, cuando se estableció la fiesta del Corpus Christi en 1264.

Te adoro con devoción, Dios escondido,
oculto verdaderamente bajo estas apariencias.

A Ti se somete mi corazón por completo,
y se rinde totalmente al contemplarte.

Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto;
pero basta el oído para creer con firmeza;
creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios:
nada es más verdadero que esta Palabra de verdad.

En la Cruz se escondía sólo la Divinidad,
pero aquí se esconde también la Humanidad;
sin embargo, creo y confieso ambas cosas,
y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido.

No veo las llagas como las vio Tomás
pero confieso que eres mi Dios:
haz que yo crea más y más en Ti,
que en Ti espere y que te ame.

¡Memorial de la muerte del Señor!
Pan vivo que das vida al hombre:
concede a mi alma que de Ti viva
y que siempre saboree tu dulzura.

Señor Jesús, Pelícano bueno,
límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre,
de la que una sola gota puede liberar
de todos los crímenes al mundo entero.

Jesús, a quien ahora veo oculto, te ruego,
que se cumpla lo que tanto ansío:
que al mirar tu rostro cara a cara,
sea yo feliz viendo tu gloria.

Amén.

2) Acto de Fe y Adoración Eucarística

Oh Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, aquí presente en el Santísimo Sacramento del altar, creo todo lo que Vos, mi Señor, me habéis revelado.

Arrepentido de todos mis pecados, esperando en Vos que nunca permite que sea confundido, agradeciendo por este don supremo, amándoos sobre todas las cosas en este Sacramento de vuestro amor, adorándoos en el misterio profundo de vuestra humildad, os manifiesto y hago patente todas las heridas y miserias de mi pobre corazón y os pido me deis todo lo que necesito y deseo.

Pero tan solo os necesito a Vos, oh Dios mío, tan solo os deseo a Vos, vuestra gracia y la gracia de usar debidamente vuestras gracias, poseeros en esta vida y poseeros en la otra.

Bendito seáis, oh poder divino de vuestro paternal Corazón, que aunque todo lo podéis, sin embargo, no podíais darnos un don más precioso que este Santísimo Sacramento. Oh Pan celestial, gran Sacramento, os adoro y os alabo en todo momento. (repítase después de cada alabanza.)

Bendita seáis, oh Sabiduría del Verbo Divino, que todo lo sabéis y lo ordenáis, y sin embargo no sabíais prepararnos una comida más exquisita, que este Santísimo Sacramento.

Bendito seáis, oh Dios mío, que en vuestra inefable dulzura de amor os habéis transformado en este pan para dárosnos como el más dulce manjar.

Bendito seáis, oh Dios mío, que habéis encerrado todos vuestros misterios en esta humilde forma de pan terrenal. ¡Oh Trinidad Santísima!

Amén 

3) Adoración al Santísimo Sacramento del Altar

Eterno Padre, yo te agradezco porque Tu infinito Amor me ha salvado, aún contra mi propia voluntad. Gracias, Padre mío, por Tu inmensa paciencia que me ha esperado. Gracias, Dios mío, por Tu inconmensurable compasión que tuvo piedad de mí. La única recompensa que puedo darte en retribución de todo lo que me has dado es mi debilidad, mi dolor y mi miseria.

Estoy delante Tuyo, Espíritu de Amor, que eres fuego inextinguible y quiero permanecer en tu adorable presencia, quiero reparar mis culpas, renovarme en el fervor de mi consagración y entregarte mi homenaje de alabanza y adoración.

Jesús bendito, estoy frente a Ti y quiero arrancar a Tu Divino Corazón innumerables gracias para mí y para todas las almas, para la Santa Iglesia, tus sacerdotes y religiosos. Permite, oh Jesús, que estas horas sean verdaderamente horas de intimidad, horas de amor en las cuales me sea dado recibir todas las gracias que Tu Corazón divino me tiene reservadas. Virgen María, Madre de Dios y Madre mía, me uno a Ti y te suplico me hagas partícipe de los sentimientos de Tu Corazón Inmaculado.

¡Dios mío! Yo creo, adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman.

Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación de todos los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que El mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sacratísimo Corazón y del Inmaculado Corazón de María, te pido la conversión de los pobres pecadores.

4) Oración de Santa Teresa de Lisieux "Al amor de los amores Jesús Sacramentado"

Sagrario del Altar el nido de tus más tiernos y regalados amores. Amor me pides, Dios mío, y amor me das; tu amor es amor de cielo, y el mío, amor mezclado de tierra y cielo; el tuyo es infinito y purísimo; el mío, imperfecto y limitado.

Sea yo, Jesús mío, desde hoy, todo para Ti, como Tú lo eres para mí. Que te ame yo siempre, como te amaron los Apóstoles; y mis labios besen tus benditos pies, como los besó la Magdalena convertida. Mira y escucha los extravíos de mi corazón arrepentido, como escuchaste a Zaqueo y a la Samaritana.

Déjame reclinar mi cabeza en tu sagrado pecho como a tu discípulo amado San Juan. Deseo vivir contigo, porque eres vida y amor.

Por sólo tus amores, Jesús, mi bien amado, en Ti mi vida puse, mi gloria y porvenir. Y ya que para el mundo soy una flor marchita, no tengo más anhelo que, amándote, morir.

Amén.

5) Oración de San Ambrosio ante el Santísimo 

Señor mío Jesucristo, me acerco a tu altar lleno de temor por mis pecados, pero también lleno de confianza porque estoy seguro de tu misericordia.

Tengo conciencia de que mis pecados son muchos y de que no he sabido dominar mi corazón y mi lengua. Por eso, Señor de bondad y de poder, con mis miserias y temores me acerco a Ti. Fuente de misericordia y perdón, vengo a refugiarme en Ti que has dado la vida por salvarme, antes de que llegues como juez a pedirme cuentas.

Señor no me da vergüenza descubrirte a Ti mis llagas. Me dan miedo mis pecados, cuyo número y magnitud solo Tú conoces, pero confío en tu infinita misericordia.

Señor mío Jesucristo, Rey eterno, Dios y hombre verdadero, mírame con amor, pues quisiste hacerte hombre para morir por nosotros. Escúchame, pues espero en Ti. Ten compasión de mis pecados y miserias, Tú que eres fuente inagotable de amor.

Te adoro, Señor, porque viste tu vida en la cruz y te ofreciste en ella como redentor por todos los hombres y especialmente por mí.

Adoro Señor, la sangre preciosa que brotó de tus heridas y ha purificado al mundo de sus pecados. Mira Señor, a este pobre pecador, creado y redimido por Ti. Me arrepiento de mis pecados y propongo corregir sus consecuencias.

Purifícame de todas mis maldades para que pueda recibir menos indignamente tu sagrada comunión. Que tu cuerpo y tu sangre me ayuden Señor, a obtener de Ti el perdón de mis pecados y la satisfacción de mis culpas; me libren de mis malos pensamientos, renueven en mí los sentimientos santos, me impulsen a cumplir tu voluntad y me protejan en todo peligro de alma y cuerpo.

Amén.

6) Oración de Consagración y Reparación a la Santísima Trinidad

¡Oh Jesús de mi alma, encanto único de mi corazón!, heme aquí postrado a tus plantas, arrepentido y confuso, como llegó el hijo pródigo a la casa de su padre. Cansado de todo, sólo a Ti quiero, sólo a Ti busco, sólo en Ti hallo mi bien. Tú, que fuiste en busca de la Samaritana; Tú, que me llamaste cuando huía de Ti, no me arrojarás de tu presencia ahora que te busco.

Señor, estoy triste, bien lo sabes, y nada me alegra; el mundo me parece un desierto. Me hallo en oscuridad, turbado y lleno de temor e inquietudes...; te busco y no te encuentro, te llamo y no respondes, te adoro, clamo a Ti y se acrecienta mi dolor. ¿Dónde estás, Señor, dónde, pues no gusto las dulzuras de tu presencia, de tu amor?

Pero no me cansaré, ni el desaliento cambiará el afecto que me impulsa hacia Ti. ¡Oh buen Jesús! Ahora que te busco y no te encuentro recordaré el tiempo en que Tú me llamabas y yo huía... Y firme y sereno, a despecho de las tentaciones y del pesar, te amaré y esperaré en Ti.

Jesús bueno, dulce y regalado padre y amigo incomparable, cuando el dolor ofusque mi corazón, cuando los hombres me abandonen, cuando el tedio me persiga y la desesperación clave su garra en mí, al pie del Sagrario, cárcel donde el amor te tiene prisionero, aquí y sólo aquí buscaré fuerza para luchar y vencer.

No temas que te abandone, cuando más me huyas, más te llamaré y verteré tantas lágrimas que, al fin, vendrás... Sí..., vendrás, y al posarte, disfrutaré en la tierra las delicias del cielo. Dame tu ayuda para cumplir lo que te ofrezco; sin Ti nada soy, nada puedo, nada valgo... Fortaléceme, y desafiaré las tempestades.

Jesús, mío, dame humildad, paciencia y gratitud, amor..., amor, porque si te amo de veras, todas las virtudes vendrán en pos del amor.

Te ruego por los que amo... Tú los conoces, Tú sabes las necesidades que tienen; socórrelos con generosidad. Acuérdate de los pobres, de los tristes, de los huérfanos, consuela a los que padecen, fortalece a los débiles, conmueve a los pecadores para que no te ofendan y lloren sus extravíos.

Ampara a todos tus hijos, Señor, más tierno que una madre.

Y a mí, que te acompaño cuando te abandonan otros, porque he oído la voz de la gracia; a mí, que no te amo por el cielo, ni por el infierno te temo; a mí, que sólo busco tu gloria y estoy recompensado con la dicha de amarte, auméntame este amor y dadme fortaleza para luchar y obtener el apetecido triunfo.

Adiós, Jesús de mi alma salgo de tu presencia, pero te dejo mi corazón; en medio del bullicio del mundo estaré pensando en Ti, y a cada respiración, entiende. oh Jesús, que deseo ser tuyo.

Amén.

7) Oración de San Alfonso María de Ligorio

Señor mío Jesucristo, que por amor a los hombre estás noche y día en este sacramento, lleno de piedad y de amor, esperando, llamando y recibiendo a cuantos vienen a visitarte: creo que estás presente en el sacramento del altar.

Te adoro desde el abismo de mi nada y te doy gracias por todas las mercedes que me has hecho, y especialmente por haberte dado Tú mismo en este sacramento, por haberme concedido por mi abogada a tu amadísima Madre y haberme llamado a visitarte en esta iglesia.

Adoro ahora a tu Santísimo corazón y deseo adorarlo por tres fines: el primero, en acción de gracias por este insigne beneficio. En segundo lugar, para resarcirte de todas las injurias que recibes de tus enemigos en este sacramento; y finalmente, deseando adorarte con esta visita en todos los lugares de la Tierra donde estás sacramentado con menos culto y abandono.

Amén.

Luisa Restrepo, ChurchPOP

Vea también      Adoración del Santísimo Sacramento y Sacralidad de la Eucaristía

















domingo, 4 de agosto de 2024

Los 4 pasos del Santo Cura de Ars para encender el amor a la Eucaristía


 

En la Fiesta de San Juan María Vianney, recordamos cuatro importantes pasos del Santo Cura de Ars para volver a encender el amor de su pueblo por la Eucaristía, recopilados por el sacerdote católico Roger Landry.

Cada 4 de agosto, la Iglesia Católica celebra la fiesta litúrgica de San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, sacerdote de la Tercera Orden Franciscana y patrono de sacerdotes y párrocos, quien aseguró a su madre que dedicaría su ministerio a "conquistar muchas almas".

En un artículo del National Catholic Register, el P. Roger Landry reveló la exitosa estrategia pastoral que aplicó San Juan María Vianney en el siglo XIX para que en su parroquia de Ars (Francia) resurja el fervor eucarístico.

Según el relato de P. Landry, el Santo Cura de Ars llegó a la iglesia de San Sixto en 1818, y la mayoría de los 230 residentes del lugar fueron a Misa el domingo para conocerlo. No obstante, el santo observó que cada vez menos fieles comulgaban o asistían a la Eucaristía.

"La falta de amor a Dios, y la falta casi total de conciencia del don de Dios en la Sagrada Eucaristía, desconcertaron al Padre Vianney", pues para los católicos de su tiempo el asistir a Misa, adorar el Santísimo y comulgar era "lo suficientemente importante como para morir", escribió.

El P. Landry explicó que cuando el santo era niño viajaba de noche y a escondidas con sus padres para asistir a Misa en graneros.

Esto era así debido a que durante la Revolución Francesa, las Eucaristías se celebraban de forma clandestina y los sacerdotes cuidaban que los católicos no sean descubiertos; de lo contrario, el clero y los fieles eran condenados a morir decapitados.

Fue así que el santo desarrolló la siguiente estrategia de cuatro pasos para reavivar el amor a Jesús Sacramentado y renovar la vida eucarística de su pueblo: 

1. Recordar la importancia de asistir a la Misa dominical

El P. Landry señala que lo primero que hizo el Santo Cura de Ars "fue ayudar a su pueblo a recuperar el sentido de la importancia de santificar el Día del Señor".

Desde el inicio del cristianismo el domingo es considerado como una "pequeña Pascua", así que el santo siempre recordaba que el domingo era "un don divino para ayudarnos a ser quienes debemos ser", indica. El santo solía ir de paseo al pueblo antes de Misa para llevar a la gente del campo, e incluso "no dudó en usar fuego y azufre cuando era necesario", agrega.

El Santo Cura de Ars solía señalar que el hombre "no sólo tiene necesidades materiales y apetitos básicos, sino también necesidades del alma y apetitos del corazón. Vive no sólo de pan, sino de oración, de fe, de adoración y de amor". 

Con el tiempo, la mayoría de aldeanos regresó a la Misa dominical, y eso le permitió iniciar "el verdadero trabajo de formarlos para vivir vidas eucarísticas", destaca el P. Landry.

2. Enseñar el verdadero significado de la Misa

Después, el Santo Cura de Ars ayudó a su pueblo a recuperar el asombro por lo que sucede en la Eucaristía. Les enseñó a "reconocer que en el sacrificio de la Misa participamos del sacrificio de Cristo […] que hizo posible la salvación; y que en la consagración, el pan y el vino se transforman totalmente en Jesucristo, real, verdadera y sustancialmente", apunta el P. Landry.

Él solía decir a los fieles que "asistir a Misa es la acción más grande que podemos hacer", pues durante la Eucaristía "¡la lengua del sacerdote y un pedazo de pan hacen a Dios! ¡Eso es más que crear el mundo!", subraya el P. Landry citando al santo.

Además, San Juan María Vianney recordaba que "todas las buenas obras en el mundo juntas no son equivalentes al sacrificio de la Misa, pues son obras de los hombres, y la Santa Misa es obra de Dios".

"El mártir no es nada en comparación, pues el martirio es el sacrificio que el hombre hace de su vida a Dios; la Misa es el sacrificio que Dios hace de su Cuerpo y Sangre por el hombre", destacaba el santo.

3. Promover la reverencia a la Eucaristía en Misa

El P. Landry revela que luego el santo ayudó a su pueblo a "crecer en la apreciación práctica de la presencia real del Señor en la Eucaristía", y ello a través de su ejemplo de vida: el santo solía hacer reverencia a la Eucaristía en Misa y rezaba ante el Santísimo.

El Santo Cura de Ars decía que las personas nunca habríamos pensado en pedir a Dios "que su Hijo muera por nosotros, que nos dé su cuerpo para comer, su sangre para beber", sino que "Dios en su amor lo ha dicho, concebido y actuado", recuerda el P. Landry.

El santo "solía predicar entre lágrimas, recordando a su pueblo que Dios mismo estaba entre ellos en el altar y en el tabernáculo"; y precisa que el Cura de Ars les decía: "¡Él está aquí!" y los animaba a dedicar más tiempo a la adoración eucarística y a visitarlo como si fuera nuestro amigo.

Jesús "nos espera de noche y de día" para "decirle nuestras necesidades y para recibirlo", y se acomoda "a nuestra debilidad: si se apareciera en gloria ante nosotros, nunca nos habríamos atrevido a acercarnos", solía enseñar el santo.

4. Alentar a recibir con frecuencia la Comunión 

El último paso fue ayudar a preparar el alma de su pueblo y de toda Francia con el sacramento de la Confesión para que reciban a Jesús dignamente, "no sólo cada domingo, sino con la mayor frecuencia posible, incluso todos los días". 

El Santo Cura de Ars confesó a muchas personas en jornadas de entre 12 y 18 horas diarias por 31 años, y les explicaba que si rezaban y recibían la Sagrada Eucaristía más seguido y con más amor, "serían santos".

El santo proclamaba que en la Comunión "¡Dios se entrega a vosotros! ¡Él se hace uno contigo!", y que si realmente comprendieran su felicidad, "no podrían vivir" sino que "morirían de amor". "¡Venid a comulgar, venid a Jesús, venid a vivir de Él, para vivir por Él!", recuerda el P. Landry.

El Santo Cura de Ars trabajó con paciencia y rezó por la conversión de su pueblo hasta que logró que los fieles llenaran la iglesia todos domingos en la Misa de las 7:00 a.m. 

 Cynthia Pérez, ACI

Vea también     Sermones del santo cura de Ars



























lunes, 14 de agosto de 2023

Los 4 pasos del Santo Cura de Ars para encender el amor a la Eucaristía



 En la víspera de la Fiesta de San Juan María Vianney, recordamos cuatro importantes pasos del Santo Cura de Ars para volver a encender el amor de su pueblo por la Eucaristía, recopilados por el sacerdote católico Roger Landry.

Cada 4 de agosto, la Iglesia Católica celebra la fiesta litúrgica de San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, sacerdote de la Tercera Orden Franciscana y patrono de sacerdotes y párrocos, quien aseguró a su madre que dedicaría su ministerio a “conquistar muchas almas”.

En un artículo del National Catholic Register, el P. Roger Landry reveló la exitosa estrategia pastoral que aplicó San Juan María Vianney en el siglo XIX para que en su parroquia de Ars (Francia) resurja el fervor eucarístico.

Según el relato de P. Landry, el Santo Cura de Ars llegó a la iglesia de San Sixto en 1818, y la mayoría de los 230 residentes del lugar fueron a Misa el domingo para conocerlo. No obstante, el santo observó que cada vez menos fieles comulgaban o asistían a la Eucaristía.

“La falta de amor a Dios, y la falta casi total de conciencia del don de Dios en la Sagrada Eucaristía, desconcertaron al Padre Vianney”, pues para los católicos de su tiempo el asistir a Misa, adorar el Santísimo y comulgar era “lo suficientemente importante como para morir”, escribió.

El P. Landry explicó que cuando el santo era niño viajaba de noche y a escondidas con sus padres para asistir a Misa en graneros.

Esto era así debido a que durante la Revolución Francesa, las Eucaristías se celebraban de forma clandestina y los sacerdotes cuidaban que los católicos no sean descubiertos; de lo contrario, el clero y los fieles eran condenados a morir decapitados.

Fue así que el santo desarrolló la siguiente estrategia de cuatro pasos para reavivar el amor a Jesús Sacramentado y renovar la vida eucarística de su pueblo: 

1.    Recordar la importancia de asistir a la Misa dominical

El P. Landry señala que lo primero que hizo el Santo Cura de Ars “fue ayudar a su pueblo a recuperar el sentido de la importancia de santificar el Día del Señor”.

Desde el inicio del cristianismo el domingo es considerado como una “pequeña Pascua”, así que el santo siempre recordaba que el domingo era “un don divino para ayudarnos a ser quienes debemos ser”, indica. El santo solía ir de paseo al pueblo antes de Misa para llevar a la gente del campo, e incluso “no dudó en usar fuego y azufre cuando era necesario”, agrega.

El Santo Cura de Ars solía señalar que el hombre “no sólo tiene necesidades materiales y apetitos básicos, sino también necesidades del alma y apetitos del corazón. Vive no sólo de pan, sino de oración, de fe, de adoración y de amor”. 

Con el tiempo, la mayoría de aldeanos regresó a la Misa dominical, y eso le permitió iniciar “el verdadero trabajo de formarlos para vivir vidas eucarísticas”, destaca el P. Landry.

2.    Enseñar el verdadero significado de la Misa

Después, el Santo Cura de Ars ayudó a su pueblo a recuperar el asombro por lo que sucede en la Eucaristía. Les enseñó a “reconocer que en el sacrificio de la Misa participamos del sacrificio de Cristo […] que hizo posible la salvación; y que en la consagración, el pan y el vino se transforman totalmente en Jesucristo, real, verdadera y sustancialmente”, apunta el P. Landry.

Él solía decir a los fieles que “asistir a Misa es la acción más grande que podemos hacer”, pues durante la Eucaristía “¡la lengua del sacerdote y un pedazo de pan hacen a Dios! ¡Eso es más que crear el mundo!”, subraya el P. Landry citando al santo.

Además, San Juan María Vianney recordaba que “todas las buenas obras en el mundo juntas no son equivalentes al sacrificio de la Misa, pues son obras de los hombres, y la Santa Misa es obra de Dios”.

“El mártir no es nada en comparación, pues el martirio es el sacrificio que el hombre hace de su vida a Dios; la Misa es el sacrificio que Dios hace de su Cuerpo y Sangre por el hombre”, destacaba el santo.

3.    Promover la reverencia a la Eucaristía en Misa

El P. Landry revela que luego el santo ayudó a su pueblo a “crecer en la apreciación práctica de la presencia real del Señor en la Eucaristía”, y ello a través de su ejemplo de vida: el santo solía hacer reverencia a la Eucaristía en Misa y rezaba ante el Santísimo.

El Santo Cura de Ars solía decir que las personas nunca habríamos pensado en pedir a Dios “que su Hijo muera por nosotros, que nos dé su cuerpo para comer, su sangre para beber”, sino que “Dios en su amor lo ha dicho, concebido y actuado”, recuerda el P. Landry.

El santo “solía predicar entre lágrimas, recordando a su pueblo que Dios mismo estaba entre ellos en el altar y en el tabernáculo”; y precisa que el Cura de Ars les decía: “¡Él está aquí!” y los animaba a dedicar más tiempo a la adoración eucarística y a visitarlo como si fuera nuestro amigo.

Jesús “nos espera de noche y de día” para “decirle nuestras necesidades y para recibirlo”, y se acomoda “a nuestra debilidad: si se apareciera en gloria ante nosotros, nunca nos habríamos atrevido a acercarnos”, solía enseñar el santo.

4.    Alentar a recibir con frecuencia la Comunión 

El último paso fue ayudar a preparar el alma de su pueblo y de toda Francia con el sacramento de la Confesión para que reciban a Jesús dignamente, “no sólo cada domingo, sino con la mayor frecuencia posible, incluso todos los días”. 

El Santo Cura de Ars confesó a muchas personas en jornadas de entre 12 y 18 horas diarias por 31 años, y les explicaba que si rezaban y recibían la Sagrada Eucaristía más seguido y con más amor, “serían santos”.

El santo proclamaba que en la Comunión “¡Dios se entrega a vosotros! ¡Él se hace uno contigo!”, y que si realmente comprendieran su felicidad, “no podrían vivir” sino que “morirían de amor”. “¡Venid a comulgar, venid a Jesús, venid a vivir de Él, para vivir por Él!”, recuerda el P. Landry.

El Santo Cura de Ars trabajó con paciencia y rezó por la conversión de su pueblo hasta que logró que los fieles llenaran la iglesia todos domingos en la Misa de las 7:00 a.m. 

Cynthia Pérez, (ACI)

Vea también     Síntesis de la Eucaristía:
4. La Liturgia de la Eucaristía























sábado, 10 de junio de 2023

Los dos cuerpos de Cristo


Procesión con el Santísimo Sacramento, el Corpus Christi

 

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Ciclo A
Juan 6, 51-59 

En la segunda lectura, San Pablo nos presenta la Eucaristía como misterio de comunión: "El cáliz que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?". Comunión significa intercambio, compartir. La regla fundamental de compartir es ésta: lo que es mío es tuyo, y lo que es tuyo es mío. Probemos a aplicar esta regla a la comunión eucarística y nos daremos cuenta de la "enormidad" del tema.

¿"Qué tengo yo específicamente 'mío' "? La miseria, el pecado: esto es exclusivamente mío. ¿Y qué tiene "suyo" Jesús que no sea santidad, perfección de todas las virtudes? Entonces la comunión consiste en el hecho de que yo doy a Jesús mi pecado y mi pobreza, y Él me da su santidad. Se realiza el "maravilloso intercambio", como lo define la liturgia.

Conocemos diversos tipos de comunión. Una comunión bastante íntima es la que se produce entre nosotros y el alimento que comemos, pues éste se hace carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre. He oído a madres decir a su niño, estrechándole hacia su pecho y besándole: "¡Te quiero tanto que te comería!".

Es verdad que la comida no es una persona viva e inteligente con la que podemos intercambiar pensamientos y afectos, pero supongamos por un momento que lo fuera. ¿Acaso no se tendría la perfecta comunión? Pues es lo que precisamente sucede en la comunión eucarística. Jesús, en el pasaje evangélico, dice: "Yo soy el pan vivo, bajado del cielo... Mi carne es verdadera comida... El que come mi carne tiene vida eterna". Aquí el alimento no es una simple cosa, sino una persona viva. Se tiene la más íntima, si bien la más misteriosa, de las comuniones.

Observemos qué sucede en la naturaleza, en el ámbito de la nutrición. Es el principio vital más fuerte el que asimila al menos fuerte. Es el vegetal el que asimila al mineral; es el animal el que asimila al vegetal. También en las relaciones entre el hombre y Cristo se verifica esta ley. Es Cristo quien nos asimila; nosotros nos transformamos en Él, no Él en nosotros. Un famoso materialista ateo dijo: "El hombre es lo que come". Sin saberlo dio una definición óptima de la Eucaristía, gracias a la cual el hombre se convierte verdaderamente en lo que come, esto es, ¡en el cuerpo de Cristo!

Leamos cómo prosigue el texto inicial de San Pablo: "Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan". Está claro que en este segundo caso la palabra "cuerpo" no indica ya el cuerpo de Cristo nacido de María, sino que nos indica a "todos nosotros", indica aquel cuerpo de Cristo más amplio, que es la Iglesia. Esto significa que la comunión eucarística es siempre también comunión entre nosotros. Comiendo todos del único alimento, formamos un solo cuerpo.

¿Cuál es la consecuencia? Que no podemos tener verdadera comunión con Cristo si estamos divididos entre nosotros, nos odiamos, no estamos dispuestos a reconciliarnos. Si has ofendido a tu hermano, decía San Agustín, si has cometido una injusticia contra él, y después vas a recibir la comunión como si nada hubiera pasado, tal vez lleno de fervor ante Cristo, te pareces a quien ve llegar a un amigo al que no ve desde hace mucho tiempo. Corre a su encuentro, le echa los brazos al cuello y se pone de puntillas para besarle en la frente. Pero al hacer esto no se percata de que le está pisando los pies con su calzado embarrado. Los hermanos, en efecto, especialmente los más pobres y desvalidos, son los miembros de Cristo, son sus pies posados aún en la tierra. Al darnos la sagrada forma, el sacerdote dice: "El cuerpo de Cristo", y respondemos: "¡Amén!". Ahora sabemos a quién decimos "Amén", o sea, sí, te acojo: no sólo a Jesús, el Hijo de Dios, sino también al prójimo.

En la fiesta del Corpus Domini no puedo ocultar un pesar. Hay formas de enfermedad mental que impiden reconocer a las personas cercanas. Es cuando hay quien grita durante horas: "¿Dónde está mi hijo? ¿Dónde está mi esposa? ¿Qué fue de ellos?", y tal vez el hijo o la esposa están ahí, le toman de la mano y le repiten: "Estoy aquí, ¿no me ves? ¡Estoy contigo!". Así le ocurre también a Dios. Los hombres, nuestros contemporáneos, buscan a Dios en el cosmos o en el átomo; discuten si hubo o no un creador en el inicio del mundo. Seguimos preguntando: "¿Dónde está Dios?", y no nos percatamos de que está con nosotros y se ha hecho comida y bebida para estar aún más íntimamente unido a nosotros. Juan el Bautista debería repetir tristemente: "En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis". La solemnidad del Corpus Domini nació precisamente para ayudar a los cristianos a tomar conciencia de esta presencia de Cristo entre nosotros, para mantener despierto lo que Juan Pablo II llamaba "estupor eucarístico".

Tomado de Homilética.

Raniero Cantalamessa, ReL

 Vea también        Historia de la Solemnidad de Corpus Christo: la Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo























jueves, 7 de febrero de 2019

¿Qué hacer durante una visita al Santísimo? Guía visual, paso por paso


La primera vez que fui a visitar el Santísimo tenía 8 años. Fue con motivo de mi preparación para la Primera Comunión. La  hermana que nos preparaba contaba con mucha reverencia y ardor que dentro del sagrario se encontraba una puerta hacia el cielo. A los 8 años, tomé esta explicación literalmente y pensé que cuando abriera aquella puertecita podría cruzar hacia un mundo maravilloso: El cielo. Cuál sería mi desconcierto a ver la custodia con una hostia consagrada dentro. No entendí nada.
No solo pasa a los 8 años, tratar de entender que un pedazo (casi insignificante) de pan es el mismo cuerpo de Cristo, no es algo fácil de entender y a la vez es algo que a uno lo deja maravillado. Ir a adorar al Santísimo Sacramento, sobre todo las primeras veces, puede ser que no sea sencillo. No entendemos, nos aburrimos, no sabemos qué decir, entramos brevemente, hacemos una señal de la Cruz rápida y volvemos a salir.
Si supiéramos la gracia tan enorme de la Adoración Eucarística nos pasaríamos días enteros de rodillas frente al altar. Adorar al Santísimo es acompañar al mismo Jesús en el momento de su sacrificio por la humanidad. El mismo Jesús nos enseña esto, a través de santa Margarita de Alacoque (con quién inició esta práctica): «En adelante, todas las semanas, la noche del jueves al viernes, practicarás una Hora Santa, para hacerme compañía y participar en mi oración del Huerto».
Así pues, hoy hemos querido traerles una breve guía para ir a adorar al Santísimo. Te recomendamos que lleves contigo la Biblia o consigas un devocionario o algún libro espiritual de un santo.

1. Saludo inicial (entrar en silencio)

Ingresa en silencio y con reverencia a la iglesia o a la capilla del Santísimo. Arrodíllate con las dos rodillas frente a Él y realiza la señal de la Cruz. Recuerda que es Dios quien se encuentra en ese pedazo de pan.

2. Oración de preparación

Luego de acomodarte en una de las bancas o reclinatorios, de rodillas, realiza una oración para preparar tu corazón. Puede ser una que tú mismo hagas espontáneamente o una que saques de algún devocionario. Te recomendamos esta oración del S.S. Pio XII:
«Oh Dulcísimo Jesús, que escondido bajo los velos eucarísticos, escuchas piadoso nuestras súplicas humildes, para presentarlas al trono del Altísimo, acoge ahora los anhelos ardientes de nuestros corazones. Ilumina nuestras inteligencias, reafirma nuestras voluntades, revitaliza nuestra constancia y enciende en nuestros corazones la llama de un santo entusiasmo, para que, superando nuestra pequeñez y venciendo toda dificultad, sepamos ofrecerte un homenaje no indigno de tu grandeza y majestad y adecuado a nuestras ansias y santos deseos. Amen».

3. Lectura espiritual y meditación

La puedes escoger en ese mismo momento, pero también es conveniente que leas el Evangelio del día, o escojas una lectura de tu devocionario. Luego de esta lectura haz silencio y medita lo que acabas de leer. Es importante que en este momento trates de silenciar tu mente y tu corazón para escuchar lo que Dios te dice. El silencio es aquella puerta que predispone al alma para escuchar. Si lees una escena del Evangelio puedes imaginarte la escena y meditar sobre lo que te dice, sobre cómo participas tú y sobre los sentimientos y pensamientos que esta lectura suscita en tu corazón.

4. Escribe

Esta es una práctica personal que sirve mucho. Puedes llevar un diario del Santísimo donde escribas algunas meditaciones de lo que acabas de pensar y sentir. Esto es como una ayuda memoria para tu vida espiritual y te recuerda los momentos que, al lado del mismo Dios, acabas de vivir. Volver a nuestros encuentros con el Señor nos fortalece en los momentos difíciles. 

5. Ora 

Luego de tu meditación puedes rezar un rosario, el vía crucis, alguna oración sobre la Eucaristía o la Liturgia de las horas (esto último de acuerdo a la hora en que te encuentres).

6. Realiza una comunión eucarística o la estación eucarística

Frente al Santísimo expuesto puedes recibirlo en tu corazón realizando una comunión espiritual. Esta comunión es también válida si por algún impedimento no puedes recibir el sacramento de la Eucaristía. Te dejamos esta oración, que no es la única (existen otras más que puedes consultar). Luego de la comunión espiritual puedes realizar la llamada Estación ante el santísimo que consiste en rezar cinco veces el padrenuestro, el avemaría y el Gloria en memoria de las cinco llagas de Jesús crucificado y un padrenuestro más por las intenciones del Santo Padre.
«Creo, Jesús mío, que estás real  y verdaderamente en el cielo y en el Santísimo Sacramento del Altar. Os amo sobre todas las cosas  y deseo vivamente recibirte dentro de mi alma, pero no pudiendo hacerlo  ahora sacramentalmente, venid al menos  espiritualmente a mi corazón. Y como si ya os hubiese recibido,  os abrazo y me uno del todo a Ti. Señor, no permitas que jamás me aparte de Ti. Amén».

7. Oración Final (alabanzas de desagravio)

Al terminar tu adoración realiza una oración de despedida, puede ser propia o también del devocionario. Agradece por el momento vivido, ofrece la adoración por alguien necesitado y pide lo que necesites. Así también puedes decir las alabanzas de desagravio que son oraciones que tiene la finalidad de luchar contra el mal del mundo: 
«Bendito sea Dios. 
Bendito sea su santo Nombre. 
Bendito sea Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre. 
Bendito sea el nombre de Jesús. 
Bendito sea su Sacratísimo Corazón. 
Bendita sea su Preciosísima Sangre. 
Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar. 
Bendito sea el Espíritu Santo Paráclito. Bendita sea la excelsa Madre de Dios, María Santísima. 
Bendita sea su Santa e Inmaculada Concepción. 
Bendita sea su gloriosa Asunción. 
Bendito sea el nombre de María Virgen y Madre. 
Bendito sea San José, su castísimo Esposo. 
Bendito sea Dios en sus Ángeles y en sus Santos. Amén».
Aquí te dejamos algunos enlaces que te pueden ayudar en tu visita al santísimo: Oraciones al Santísmo y visita al Santísimo.