Antes de ser conocida como la joven mártir de la pureza, santa María Goretti aprendió a amar a Dios entre las tareas del hogar, el cuidado de sus hermanos y una vida sencilla que preparó su corazón para la santidad
Cuando pensamos en los santos, solemos imaginar grandes milagros o gestos heroicos. Sin embargo, la santidad casi nunca comienza así. Empieza en lo cotidiano: en una cocina, alrededor de una mesa familiar, mientras se ayuda a los padres o se cuida de un hermano pequeño. Así ocurrió con santa María Goretti. Antes de ser reconocida por su extraordinario testimonio de fe, fue una niña que aprendió a amar a Dios en la sencillez de su hogar. Y quizá ahí se encuentre la lección más actual de su vida...
Guillermo Arévalo, Aleteia

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