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sábado, 11 de julio de 2026

¿Comunión en la boca o en la mano?

 

Aclarando dudas de un joven

Dos fieles comulgan en la boca y en la mano.

Dos fieles comulgan en la boca y en la mano


    A veces me pregunto después de distribuir la comunión: ¿saben los que se acercan a comulgar a quién están recibiendo? Lo pregunto sin juzgar, porque yo mismo soy el primero que necesita que se lo recuerden cada día. Lo pregunto porque hay algo en la forma en que muchas veces se comulga hoy que me genera una inquietud pastoral.

    La Eucaristía es, en palabras del Concilio, "fuente y culmen de toda la vida cristiana" (Lumen Gentium, 11). En ella no comemos pan: comemos el Cuerpo de Cristo, sustancial y realmente presente, el mismo que nació de María, que murió en la Cruz y que resucitó al tercer día: Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Eso que se deposita en la mano o en la lengua en el momento de comulgar es Dios. El mismo Jesús que dijo: "Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él" (Jn 6, 55-56). Por la forma en que muchas veces comulgamos y en el poco tiempo que nos quedamos después rezando creo que no somos conscientes de esto. Y es un preocupa. Tiene que ver también con la forma de comulgar...

    Norma y excepción

    La comunión en muchas de nuestras misas se ha convertido en una fila que avanza deprisa, como si estuviéramos haciendo cola lo más rápido posible para recoger un pedido en una ventanilla. Uno de los factores que ha contribuido a esto, aunque no sea el único, ha sido el modo en que se ha generalizado la comunión en la mano. Sé que decir esto me señala y que me pueden llamar carca, tradi, y esas cosas, pero voy a explicar por qué lo pienso. Además por unas preguntas que hace poco me ha hecho un joven me di cuenta de que hay una gran confusión con este tema y no pocos escrúpulos por parte de gente que realmente tiene amor a la Eucaristía y es consciente de lo que es. Quiero dejar claro desde el principio que no estoy diciendo que el que comulga en la boca es consciente y que el que comulga en la mano no es consciente. Yo no suelo hacer simplificaciones de esas.

    La comunión en la mano no es la norma de la Iglesia. Nunca lo ha sido. La norma universal y ordinaria de la Iglesia latina sigue siendo la comunión en la lengua, reafirmada expresamente por san Pablo VI en Memoriale Domini (1969) tras consultar a todo el episcopado mundial, con un resultado llamativo y aplastante: 1.233 obispos votaron en contra de cambiar la forma de comulgar, frente a 567 a favor. Es decir, que la mayoría de los obispos consultados querían que se mantuviese la comunión en la boca y no se permitiese la comunión en la mano. El Papa tomó nota y confirmó la norma: lo normal y habitual lo que debe ser común es comulgar en la boca.

    La comunión en la mano es, jurídicamente, un indulto, es decir, una excepción formal a la ley general, concedida territorio por territorio mediante un procedimiento muy preciso: votación de dos tercios de la Conferencia Episcopal más confirmación expresa de la Santa Sede; es decir, que el Papa concedió que si una mayoría de la Conferencia Episcopal votaba a favor de la comunión en la mano, entonces se podía aplicar una excepción en esa región. Fíjate: una excepción. En España ese indulto se concedió en 1976, y por eso en nuestras diócesis existe la posibilidad legítima de comulgar en la mano. Posibilidad que es una excepción a la norma; una posibilidad, que es distinto de una obligación, y la excepción desde luego no deroga la norma. Redemptionis Sacramentum (2004), número 92, lo dice claro clarinete: "todo fiel tiene siempre derecho a recibir la sagrada Comunión en la boca". Ese derecho no depende de que exista o no el indulto, no puede ser restringido por ningún ministro bajo ningún pretexto, y no admite presión de ningún tipo.

    Presentar la comunión en la mano como si fuese la norma, como si la comunión en la lengua fuera una rareza de nostálgicos, carece de fundamento doctrinal. Y lo que ya constituye directamente un abuso litúrgico, un abuso de autoridad y de conciencia, denunciado expresamente en los documentos, es negar o dificultar la comunión en la boca a quien la pide. Abuso que ocurre,; yo lo he visto cuando en mi familia, en Barcelona, han negado la comunión en la boca a algunos de mis hermanos o les han dejado de lado u obligado a ponerse de pie cuando se han arrodillado para comulgar. Hay comunidades, parroquias, incluso algunos movimientos eclesiales que de facto imponen la comunión en la mano como única forma posible, que hacen sentir raros o anticuados a quienes quieren arrodillarse o comulgar en la boca. El Derecho Canónico no respalda eso en absoluto. La forma de comulgar es algo propio del fiel que debe poder elegir y no puede ser impuesto por nadie, ni siquiera por un movimiento, comunidad o sacerdote en concreto ni obispo ni el Papa.

    Lo más importante: la comunión consciente y fructuosa

    Pero más allá de la cuestión disciplinar, que importa y mucho porque la liturgia forma la fe y no al revés, lo que me preocupa de fondo es otra cosa. La extensión masiva de la comunión en la mano, unida a la rapidez con que se administra, ha contribuido a que mucha gente haya perdido el sentido de a quién está recibiendo. Lo veo en cómo se sostiene la hostia en la mano antes de consumirla. Lo veo en quien se va antes de consumirla por completo, llevándose de paseo al Señor. Lo veo, y esto sí que es grave, en los casos que Redemptionis Sacramentum enumera como abuso grave: fieles que se llevan la hostia, que la depositan en el bolso, que no la consumen de inmediato ante el ministro como exige el propio indulto. Es tremendo tener que parar toda la fila de la comunión y perseguir a alguien para ver si ha comulgado. O, como me pasó en una parroquia, ver que una mujer se había llevado a la Sagrada Forma para pegarla con celo en un cartoncito y tenerla en adoración en casa... Con buena intención y muy poca formación. Ya no hablemos de las profanaciones satánicas... El indulto tiene condiciones estrictas: consumir inmediatamente, ante el ministro, sin alejarse con la sagrada forma y revisar bien en la palma de la mano para asegurarse de que no queden partículas del cuerpo de Cristo. Que esas condiciones se incumplan de forma habitual sin que nadie diga nada, mientras se sigue considerando que todo va bien, es lo que quiero señalar en este artículo.

    La Iglesia siempre ha reservado el contacto directo con la Eucaristía a las manos consagradas del sacerdote. Esto parte de la comprensión de que lo que se toca en ese momento es algo sagrado: el Cuerpo del Señor, y que ese contacto pide la mayor reverencia posible. Los Padres de la Iglesia, que conocían bien el mundo antiguo y no eran precisamente idiotas, escribían sobre la Eucaristía con un temblor, respeto y reverencia que muchas veces no encuentro reflejado en la forma en que recibimos la comunión hoy. San Cirilo de Jerusalén, en sus catequesis mistagógicas, instruía a los fieles a formar con las manos un trono para el Rey antes de recibir la comunión, y a no perder ni un fragmento, porque "si te falta algo, es como si perdieras uno de tus propios miembros". Esa conciencia de la presencia real es la que me gustaría ayudar a recuperar.

    Mi propuesta es sencilla: comulgar en la boca. No porque sea obligatorio, aunque sí es lo que la norma universal de la Iglesia privilegia. Invito a comulgar en la boca porque es la forma que mejor expresa la consciencia de lo que estamos recibiendo, la que más protege la presencia real, la que evita la pérdida de fragmentos perdidos y de gestos inadvertidos, y por supuesto de profanaciones. Pone el cuerpo en una postura de adoración, reverencia y recepción: recibes, no tomas por ti mismo, a Cristo, a quien no merecemos. Este modo de comulgar educa la fe. Yo invito incluso a arrodillarse para mostrar aún más reverencia y adoración cumpliendo con el cuerpo lo que acabamos de decir: "Señor, no soy digno de que entres en mi casa...", y abrir la boca ante el sacerdote es un gesto que todo el cuerpo hace junto con el alma, diciéndole a Cristo: tú te me das, yo te recibo, tú eres el Señor y yo soy tu criatura.

    Y si por la razón que sea se prefiere comulgar en la mano (donde el indulto está vigente hay todo el derecho de hacerlo) que al menos se haga como la Iglesia manda: formar un trono con las palmas, una sobre otra, esperar a que el sacerdote deposite la hostia, llevarla a la boca inmediatamente sin alejarse, sin dejar fragmentos en la palma. No es complicado. Es lo minimo que merece el Dios a quien estamos recibiendo.

    A quien recibimos

    Lo que me gustaría es que la próxima vez que alguien vaya a comulgar, algo cambie en su interior antes de llegar al altar. Que sepa que va a recibir a Dios. Al mismo que curó leprosos y resucitó a Lázaro. Al mismo que murió por nosotros y que quiere entrar, habitarnos, transformarnos desde dentro. "El que come mi carne permanece en mí y yo en él" (Jn 6, 56). Si eso se toma en serio, todo cambia: la forma de comulgar, la forma de acercarse en la fila (cuyo nombre real es Vía sacra), el silencio de después, la acción de gracias...

    La Iglesia distingue entre el efecto del Sacramento y el fruto del Sacramento. El efecto se produce por sí mismo al margen de la fe de la gente (ex opere operato). En el caso de la Eucaristía se trata de la presencia real de Cristo bajo la forma de pan y vino. Pero el fruto es la gracia que el sacramento causa en la persona que lo recibe. Y el fruto sí que depende de la consciencia, de la preparación y de las disposiciones interiores del sujeto (ex opere operantis). Por eso comulgar como quien come una galleta no sirve para nada. Como dice San Pablo, "el que come y bebe sin discernir el cuerpo come y bebe su propia condenación" (1 Corintios 11, 29). Ya no hablemos si no se cumplen las condiciones para comulgar como el ayuno eucarístico, no estar en pecado mortal, en situación objetivamente desordenada. 

    La espiritualidad católica es esencialmente eucarística. En la Eucaristía está Cristo, y sin Cristo no se sostiene nada. Aprovecha su presencia. Comulga bien. Quédate después un rato a darle gracias. Y si un día te acercas al altar con prisas, de pasada, como quien recoge algo en un mostrador, para. Respira, detente y recuerda a quién vas a recibir.

    Jesús María Silva Castignani, ReL

    Vea también    La comunión y la oración final
    - Papa Francisco




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