María Belén Andrada, CatholicLink
El noviazgo es un tiempo hermoso. Un momento donde experimentamos la ansiedad por encontrarnos con la otra persona, donde a algunos nos sale a flote nuestro lado más “cursi” –lo cual puede tener manifestaciones terribles, todo dependiendo de la “gravedad” de la situación–, donde el alma parece dar un vuelco cada vez que se piensa o se escucha al otro, se vive un vaivén de sorpresas, se recolectan recuerdos compartidos y todo nos habla del amor.
Al mismo tiempo, junto a todo este revoloteo de sentimientos, es un proceso de preparación y de maduración, donde la pareja se descubre a sí misma y camina hacia un compromiso para toda la vida. Y en este proceso, entre peligroso y sublime, no nos da miedo hacer promesas que, para otros, podrían parecer arriesgadas, porque el “siempre” se hace muy breve cuando se está junto a la persona amada. Pero “para siempre”, ¿será posible?
¿Cómo saber si este “para siempre” tiene posibilidades de ser? Aquí te dejo unas preguntas que todo novio debería poder responder antes de emprender esa aventura llamada matrimonio 
1. ¿Por qué me amas?
Esta pregunta puede ser muy desconcertante para muchos porque ¡si estamos juntos es porque nos amamos! ¿O no? Pero, ¿qué entendemos por amor? La mejor definición del amor me la dio una vez un amigo, quien me enseñó que, simplemente, “el amor es la capacidad de hacer algo por otro”. Si se asimila bien este concepto, todo se desglosa más fácilmente. Uno aprende a renunciar a un gusto personal, a sacrificarse, a entregarse, aunque esto muchas veces no vaya acompañado de mariposas o alegría: “No digo esto, porque la amo, escojo lo que él prefiere, porque lo amo, no pongo mala cara, porque lo amo, dejo este gasto superfluo por él/ella y/o mis hijos, por amor”, y así… ejemplos hay infinitos. Quien está dispuesto a amar es, en resumen, quien está dispuesto a poner el hombro para construir la relación, incluso cuando “no se tienen ganas” o “no se siente nada”. Quién está dispuesto a entregarse por completo y a recibir por completo a la otra persona en toda su dimensión. No solo por partes o por momentos.
2. ¿Serás capaz de enamorarte cuando la rutina te atrape?
De novios, esto no es difícil. Lo difícil, muchas veces, es permanecer alejados. Pero con el tiempo, la rutina, la sobrecarga de preocupaciones y de cansancio, a veces cuesta hacer espacio a pequeñas acciones que digan “todavía te quiero, sigues siendo lo más importante para mí, me sigues encantando y sigo teniendo ojos solo para ti”. Hay que manifestarse este cariño, aunque renovar el afecto día a día a veces pueda significar un esfuerzo. Pero el amor es sacrificio. De modo que el casado tiene que amar a su mujer y demostrárselo. Como dijo en una ocasión San Josemaría Escrivá, y como también ya lo advirtió la Madre Teresa de Calcuta: “El amor, para que sea verdadero, nos debe costar”.Sí, a veces cuesta, pero recompensa.
3. ¿Te quedarás conmigo en los momentos más duros?
4. ¿Qué tipo de padre/madre quieres ser?
5. ¿Nos pediremos perdón si nos equivocamos, aunque cueste?
“Aprendamos a reconocer nuestros errores y a pedir disculpas. También así crece una familia cristiana. Perdóname que haya levantado la voz. Perdóname que haya pasado sin saludarte. Perdóname por llegar tarde, porque esta semana he estado tan silencioso, por no haberte escuchado, porque estaba enfadado y te lo he hecho pagar a ti… Todos sabemos que no existe la familia perfecta, ni el marido o la mujer perfectos. Existimos nosotros, los pecadores. Jesús, que nos conoce bien, nos enseña un secreto: que un día no termine nunca sin pedir perdón, sin que la paz vuelva a casa. Si aprendemos a pedir perdón y perdonar a los demás, el matrimonio durará, saldrá adelante”.
El tiempo de noviazgo es un buen momento para ir ejercitando este pedir perdón.
6. ¿Estarías dispuesto/a sostenerme cuando yo no pueda hacerlo?
7. ¿De verdad crees que hace falta que nos casemos?
8. ¿Rezarás por mí?
9. ¡Una advertencia final!
Uno no se lanza a correr hacia la meta sin previo entrenamiento. Y el noviazgo es eso, entrenamiento. Quizás alguno, después de leer todo esto, pueda pensar: “bueno, pero es difícil esto, ¿quién entonces va a querer casarse?” No es tan así, tampoco se trata de tener miedo al matrimonio. Simplemente se trata de llegar a él sabiendo que no va a ser fácil, no va a ser todo color de rosa, pero que va a ser maravilloso. Es bueno que los novios lo sepan para que no se asusten si, al casarse, aparecen las primeras dificultades.
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