PAPA LEÓN XIV
ÁNGELUS
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Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
Después de haber proclamado las Bienaventuranzas, Jesús se
dirige a quienes las viven diciendo que, gracias a ellos, la tierra ya no es la
misma y el mundo ya no está oscuro. «Ustedes son la sal de la tierra. […]
Ustedes son la luz del mundo» (Mt 5,13-14). La alegría verdadera es
la que da sabor a la vida y hace surgir lo que antes no existía. Esta alegría
se irradia de un estilo de vida que se desea y elige, de un modo de habitar la
tierra y de vivir juntos. Es la vida que resplandece en Jesús, el sabor nuevo
de sus gestos y de sus palabras. Después de haberlo encontrado, parece insípido
y opaco lo que se aleja de su pobreza de espíritu, de su mansedumbre y
sencillez de corazón, de su hambre y sed de justicia, que impulsan a la
misericordia y a la paz como dinámicas de transformación y reconciliación.
El profeta Isaías enumera gestos concretos que ponen fin a
la injusticia: compartir el pan con el hambriento, albergar a los pobres sin
techo, cubrir al desnudo, sin despreocuparse de los vecinos y familiares
(cf. Is 58,7). «Entonces —continúa el profeta— despuntará tu
luz como la aurora y tu llaga no tardará en cicatrizar» (v. 8). Por una parte,
la luz, que no se puede esconder porque es grande como el sol de cada mañana
que disipa las tinieblas; por otra, una herida, que antes ardía y ahora sana.
Es doloroso, en efecto, perder sabor y renunciar a la
alegría; sin embargo, es posible tener esta herida en el corazón. Pareciera que
Jesús pone en guardia a quien lo escucha para que no renuncie a la alegría. La
sal que ha perdido sabor, dice, «ya no sirve para nada, sino para ser tirada y
pisada por la gente» (Mt 5,13). Cuántas personas —quizá nos ha
sucedido también a nosotros— se sienten descartadas, fracasadas; como si su luz
se hubiera escondido. Pero Jesús nos anuncia a un Dios que nunca nos descarta,
a un Padre que custodia nuestro nombre y nuestra unicidad. Cada herida, aun
profunda, sanará acogiendo la palabra de las Bienaventuranzas y haciéndonos
regresar al camino del Evangelio.
Los gestos de apertura y de atención a los demás son los que
reavivan la alegría. Ciertamente, en su sencillez nos sitúan contracorriente.
Jesús mismo fue tentado, en el desierto, por otros caminos: hacer valer su
identidad, exhibirla y tener el mundo a sus pies. Pero él rechaza los caminos
en los que hubiera perdido su verdadero sabor, aquel que hallamos cada domingo
en la fracción del Pan: la vida entregada, el amor que no hace ruido.
Hermanos y hermanas, dejémonos alimentar e iluminar por la
comunión con Jesús. Sin exhibiciones seremos entonces como una ciudad en la
cima del monte, no sólo visible, sino también atrayente y acogedora; la ciudad
de Dios en la que todos, en definitiva, desean vivir y encontrar la paz. A
María, Puerta del cielo, dirijamos ahora la mirada y la oración, para que nos
ayude a ser y a permanecer como discípulos de su Hijo.
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Después del Angelus
Queridos hermanos y hermanas:
Ayer, en Huércal-Overa, España, fue beatificado don Salvador
Valera Parra, párroco plenamente entregado a su pueblo, humilde y solícito en
la caridad pastoral. Que su ejemplo de sacerdote centrado en lo esencial sea un
estímulo para los sacerdotes de hoy, para que sean fieles en la vida cotidiana
vivida con sencillez y austeridad.
Con dolor y preocupación he tenido noticia de los recientes
ataques contra diversas comunidades en Nigeria, que han causado graves pérdidas
de vidas humanas. Expreso mi cercanía en la oración a todas las víctimas de la
violencia y del terrorismo. Espero que las autoridades competentes continúen
actuando con determinación para garantizar la seguridad y la protección de la
vida de cada ciudadano.
Hoy, memoria de santa Josefina Bakhita, se celebra la
Jornada Mundial de Oración y Reflexión contra la Trata de Personas. Agradezco a
las religiosas y a todos aquellos que se comprometen a combatir y eliminar las
actuales formas de esclavitud. Junto con ellos digo: ¡la paz comienza con la
dignidad!
Aseguro mi cercanía a las poblaciones de Portugal,
Marruecos, España —en particular de Grazalema en Andalucía— y del sur de Italia
—especialmente de Niscemi en Sicilia—, afectadas por inundaciones y derrumbes.
Aliento a las comunidades a permanecer unidas y solidarias, bajo la materna
protección de la Virgen María.
Y ahora doy la bienvenida a todos ustedes, romanos y
peregrinos italianos y de diversos países. Saludo a los fieles de Melilla,
Murcia y Málaga, en España; a los procedentes de Bielorrusia, Lituania y
Letonia; a los estudiantes de Olivenza, España, y a los confirmandos de Malta.
Saludo también a los jóvenes conectados con nosotros desde tres oratorios de la
diócesis de Brescia.
Sigamos rezando por la paz. Las estrategias del poder
económico y militar —como nos enseña la historia— no generan futuro para la
humanidad. El futuro está en el respeto y en la fraternidad entre los pueblos.
Les deseo a todos un feliz domingo.
(vatican.va)
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