Hay que aprovechar la vida al máximo y dar sentido salvífico a todo lo que hacemos. Esta realidad pone sobre tela de juicio un tema que pudiera parecer insulso: tener pasatiempos. Es decir, aparenta ser un asunto irrelevante y que puede alejar al cristiano de su último fin, pero muchos santos nos demuestran con su vida que no es pecado tenerlos.
Un pasatiempo que acerca a Dios
Contemplar la naturaleza puede ser un modo de oración. Dar gracias a Dios en medio de la soledad del bosque, la montaña, el campo o la playa propicia una gran oportunidad para entablar una relación profunda con nuestro Creador.
El salmo 104 nos ilustra sobre la observación que el autor hace de la naturaleza, alabando a Dios por las maravillas de su creación, pero leamos un fragmento:
Hiciste la luna para medir el tiempo,
señalaste el sol el momento de su ocaso;
mandas la oscuridad, y cae la noche:
entonces rondan las fieras de la selva
y los cachorros rugen por la presa,
pidiendo a Dios su alimento.
Haces brillar el sol y se retiran,
van a echarse en sus guardias:
entonces sale el hombre a trabajar,
a cumplir su jornada hasta la tarde.
¡Qué variadas son tus obras, Señor!
¡Todo lo hiciste con sabiduría,
la tierra está llena de tus criaturas!(Salmo 104, 19-24)
Los santos y la naturaleza
Así nos lo deja ver las vidas de San Juan Pablo II y la de san Pier Giorgio Frassatti, quienes compartieron el gusto por el montañismo, el contacto con la naturaleza y el deporte al aire libre.
Cuando pudieron hacerlo, dedicaron algunas horas a practicar sus aficiones. Afortunadamente, existen fotografías que han dejado constancia de sus actividades.

Hay que agregar que el joven Karol Wojtyla también tenía gusto por la literatura, la poesía y, especialmente, por el teatro. Y años más tarde, ya siendo papa, escribió en su libro Don y Misterio:
He de admitir que toda aquella experiencia teatral ha quedado profundamente grabada en mi espíritu, a pesar de que en un cierto momento de mi vida me di cuenta de que, en realidad, no era esa mi vocación.

Convivencia con las amistades
¿Y qué decir de las convivencias, los paseos o incluso las fiestas? La sana interacción con otras personas fueron momentos edificantes en los que la gente que estuvo cerca de los santos pudo darse cuenta de que la diversión también cabe en la historia de quienes entregaron su vida a Cristo.
Así lo entendió san José Gregorio Hernández, el médico de los pobres que asistía a fiestas en su natal Isnotú, Venezuela, porque le gustaba mucho bailar, como a cualquier joven de su edad.
¿Y qué decir de san Carlo Acutis y su afición por la tecnología? ¿O del beato Alberto Marvelli, ciclista, nadador, jugador de futbol, ping pong y volibol? O tal vez, ¿el venerable Guido Vidal França Schäffer, llamado el "ángel surfista"?
Alabar a Dios en todo momento
Todos los dones que Dios ha dado al ser humano deben estar encaminados a darle gloria, por eso, invertir tiempo en actividades que cultiven nuestro espíritu y nos acerquen a Dios nunca podrán ser pecado
Por el contrario, son una manera de agradecer al Señor porque nos permite tener momentos de esparcimiento y de cercanía con otras personas que, al igual que ocurrió con los santos, entenderán que la vida del cristiano no tiene por qué ser aburrida, pues se puede alabar a Dios incluso cuando nos la estamos pasando bien.
Mónica Muñoz, Aleteia
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