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sábado, 3 de febrero de 2024

Cómo la Eucaristía es un sacrificio necesario para nuestra vida

Baranek z chorągwią - symbol zmartwychwstałego Chrystusa


"Tu sacrificio en la cruz puso fin a toda la vergüenza paralizante que me ha mantenido encerrado en mí mismo, deprimido y en oscuridad. Tu muerte me ha liberado"

La compulsión humana de ofrecer sacrificios a Dios se remonta al principio de los tiempos. Abel «trajo uno de los mejores primogénitos de su rebaño» (Gn 4, 4) y lo ofreció a Dios en sacrificio. Una vez que las aguas del diluvio se retiraron y el arca descansó en tierra firme, Noé «construyó un altar al Señor y ofreció holocaustos en el altar» (Gn 8, 20).

Abraham era tan devoto de Dios que estaba dispuesto a sacrificar incluso a su propio hijo amado en obediencia a Dios (Gn 23, 9-14). Cuando el arca de la alianza regresó a Jerusalén y «fue colocada en su lugar, David ofreció holocaustos y ofrendas de paz ante el Señor» (2 Samuel 6, 17).

El valor de la suprema ofrenda

Lo que mueve a todas estas personas santas a ofrecer sacrificios, es su conciencia de las grandes obras de Dios realizadas en su favor. Pero Dios nos ha dado algo que no se puede comparar con lo que dio a Abel, Noé, Abraham y David. Dios nos ha amado tanto que nos envió a su Hijo único. Y ese Hijo, Jesús, murió en una cruz por nosotros. ¿Cómo podemos honrar eso? ¿Qué podría ser suficiente?

Misa
Misa

La única respuesta adecuada a la suprema generosidad de Dios con nosotros es hacerle un don de lo que nos ha dado. La Eucaristía es un sacrificio: la «respuesta humana al acto creador de misericordia de Dios» (P. Colman O’Neill, O.P.).

La ofrenda litúrgica de la Eucaristía es nuestro acto sacrificial de agradecimiento. Por nuestra unión con Cristo en la Misa, nuestro sacrificio de agradecimiento se une al sacrificio que Jesús hizo de sí mismo al Padre.

Un sublime sacrificio

La maravilla del amor que irradia la Eucaristía nos mueve a exclamar: gracias, Jesús, por morir por mí. Tu sacrificio en la cruz puso fin a toda la vergüenza paralizante que me ha mantenido encerrado en mí mismo, deprimido y en la oscuridad.

Tu muerte me ha liberado, me ha levantado, me ha llenado de alegría, me ha bendecido con esperanza, me ha dado energía, me ha animado, me ha dado una pasión por la vida que no podría encontrar de otra manera. Te amo, Jesús. Te doy las gracias, Jesús. Tu sacrificio me hace querer hacer de mi vida un sacrificio sin fin para ti.


Peter Cameron, OP,Aleteia




sábado, 7 de mayo de 2016

Cristo ha subido al cielo pero está siempre con cada uno de nosotros


¿Cómo reacciona el cristiano de cara a esta presencia permanente de Cristo en, con y por nosotros?

Yo soy el camino, la verdad y la vida

Venerar y honrar a quien creemos que es el Verbo, nuestro Salvador y nuestro jefe, y por su medio al Padre, es nuestro deber, y no solamente ciertos días especiales como algunos hacen, sino continuamente, durante toda la vida, y de todas las maneras. “Siete veces al día entonaré tus alabanzas” (sl 118, 164) clama el pueblo elegido, según un precepto que lo santifica. No es, pues, en un lugar determinado, ni en un templo escogido, ni en ciertas fiestas o en días fijos, sino que durante toda la vida, en todas partes, el verdadero espiritual, honra a Dios, es decir, proclama su acción de gracias por el conocimiento de la verdadera vida. 

La presencia de un hombre de bien, por el respeto que inspira, hace mejorar siempre al que se le acerca, ¡Cuánto más el hombre que está continuamente en presencia de Dios por el conocimiento, la manera de vivir y la acción de gracias, no se hará normalmente mejor cada día en todo: acciones, palabras, disposiciones!... Viviendo, pues, toda nuestra vida como una fiesta, con la certeza de que Dios está totalmente presente en todas partes, trabajamos cantando, navegamos al son de himnos, nos comportamos como “ciudadanos del cielo” (Flp 3,20). 

Me atrevería a decir que la oración es una conversación íntima con Dios. Aunque musitemos suavemente y hablemos en silencio sin mover los labios, interiormente gritamos. Y Dios tiene constantemente atento el oído a esta voz interior… Sí, el verdadero espiritual ora durante toda su vida, porque orar es para él esfuerzo de unión con Dios, y rechaza todo lo que es inútil porque ha alcanzado ya el estado en que de alguna manera he recibido la perfección que consiste en actuar por amor…Toda su vida es una liturgia sagrada.
(San Clemente de Alejandría (150-c. 215), teólogo, Stromates 7,7; PG 9, 450s)