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martes, 8 de julio de 2025

Carácter: ¿perder un bien para ganar el Bien mayor?

 

woman thinking
En la vida, muchas veces nos enfrentamos a dilemas en los que debemos elegir entre un bien concreto y el Bien. ¿Cómo tomar estas decisiones? La respuesta está en el carácter

"Pierde, pierde, pierde todas esas batallas que hagan falta para ganar la guerra". Así lo afirma el libro Cocinar con sobras después del “sí, quiero”, una obra sobre la vida matrimonial que no rehúye lo cotidiano ni lo difícil. Y es que el amor verdadero, el que permanece, no se construye a base de victorias personales, sino de renuncias generosas. En El arte del buen combate lo resumen perfectamente con una frase: "Perder un bien por ganar el Bien".

¿Perder un bien para ganar el Bien? Podría ser un excelente hashtag para este verano… y para toda nuestra vida. Porque se nos presentan constantemente situaciones en las que debemos elegir: ¿luchamos por un bien concreto —un objeto, una idea, una razón— o renunciamos a él para no apartarnos del Bien con mayúscula? Ese Bien que da sentido, que orienta, que permanece.

Pensemos, por ejemplo, en esas relaciones entre hermanos que se rompen por una herencia: un terreno, un piso, una pulsera o una vajilla. Cuántas familias desgarradas por chatarra comparado con lo que se pierde: el acompañarse en el camino de la vida, el terminar juntos, unidos, presentes en las alegrías y en las penas. Este ejemplo es fácil de entender, y, por suerte, cada vez hay más personas que ya no arriesgan lo esencial por lo material. La vida les ha enseñado que esos bienes poco o nada valen frente al valor de los lazos familiares.

Pero la cosa cambia cuando lo que está en juego no es una pulsera o un terreno, sino un bien legítimo: la verdad, la honra, el buen nombre. Aquí comienza una de las grandes batallas del matrimonio —y de cualquier relación profunda— porque es muy fácil perder el Bien por un bien tan pequeño como tener razón. Una discusión sin resolver, un malentendido, una palabra fuera de lugar… y se estropea un día de vacaciones, una comida en familia, un verano. Y si vamos acumulando berrinche tras berrinche, disgusto tras disgusto por cosas pequeñas, acabamos lejos del Bien que deseamos vivir: una familia fuerte, unida y feliz. Y ya no solo se pierde un verano, sino el verano eterno.

Carácter para llegar al corazón de Dios

Ahora bien, cuando lo que perdemos es el honor, el buen juicio de los demás, la verdad de lo que hemos dicho o hecho porque alguien ha mentido o nos ha desprestigiado públicamente, entonces sí que cuesta. Y es que es legítimo el dolor de la ofensa.  El demonio se encargará de susurrarnos, que ceder ahí es claudicar.

Sin embargo, incluso entonces, si ese bien legítimo nos aleja del Bien con mayúscula, puede que valga la pena soltarlo. No por pusilanimidad. sino todo lo contrario, por haber trabajado hasta conseguir un carácter fuerte. Porque solo el que tiene un carácter fuerte es capaz de domar la ira, el rencor. Solo quien tiene verdadero carácter puede alcanzar la magnanimidad. No tienen carácter fuerte quienes se proclaman de mecha corta. Tienen carácter fuerte los que saben domar la llama. Y la domamos, claudicamos, cedemos  porque sabemos adónde lleva ese otro camino: al corazón mismo de Dios.

Un corazón que perdona, que repara, que colma. Un corazón que amó y ama —siempre— sin medida. Un corazón que recompensa cada vez que alguien se deja ganar conscientemente por el Bien. Ese Bien que no divide, que no caduca, que no se discute. Un bien que suele conquistarse cuando nos dejamos ganar en los otros  tipos de bienes. Él ya lo ha hecho antes.

Mar Dorrio, Aleteia 

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domingo, 18 de agosto de 2024

Cómo la Eucaristía es un sacrificio necesario para nuestra vida

 

Baranek z chorągwią - symbol zmartwychwstałego Chrystusa

"Tu sacrificio en la cruz puso fin a toda la vergüenza paralizante que me ha mantenido encerrado en mí mismo, deprimido y en oscuridad. Tu muerte me ha liberado"

La compulsión humana de ofrecer sacrificios a Dios se remonta al principio de los tiempos. Abel "trajo uno de los mejores primogénitos de su rebaño" (Gn 4, 4) y lo ofreció a Dios en sacrificio. Una vez que las aguas del diluvio se retiraron y el arca descansó en tierra firme, Noé "construyó un altar al Señor y ofreció holocaustos en el altar" (Gn 8, 20).

Peter Cameron, OP - Aleteia

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del Misterio Pascual en la Iglesia






























sábado, 13 de julio de 2024

¿Por qué a la Misa se le llama santo sacrificio?

prêtre, autel; consécration, messe, bénédiction, offrandes, liturgie  Desde el punto de vista de un observador casual que asiste a una celebración eucarística, no parece haber nada que indique que la Misa es un sacrificio


Sin embargo, el Misal Romano utiliza la palabra "sacrificio" más de 300 veces y uno de los nombres oficiales de la Misa es el "Santo Sacrificio de la Misa" ¿Por qué?

La Misa como sacrificio

El Catecismo de la Iglesia Católica explica el uso de esta palabra en su sección sobre la Eucaristía:

"Por ser el memorial de la Pascua de Cristo, la Eucaristía es también un sacrificio. El carácter sacrificial de la Eucaristía se manifiesta en las mismas palabras de institución: 'Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros' y 'Este cáliz que se derrama por vosotros es la Nueva Alianza en mi sangre'. En la Eucaristía, Cristo nos da el mismo cuerpo que entregó por nosotros en la cruz, la misma sangre que 'derramó por muchos para el perdón de los pecados'".

 CEC 1365

El Catecismo explica, además, cómo la Misa representa de nuevo el sacrificio de Jesús en la cruz.

La Eucaristía es, pues, un sacrificio, porque re-presenta (hace presente) el sacrificio de la cruz, porque es su memorial y porque aplica su fruto:

[Cristo], Señor y Dios nuestro, debía ofrecerse una vez para siempre a Dios Padre por su muerte en el altar de la cruz, para realizar allí una redención eterna. Pero como su sacerdocio no debía terminar con su muerte, en la Última Cena, "la noche en que fue entregado", [quiso] dejar a su amada esposa la Iglesia un sacrificio visible (como exige la naturaleza del hombre) por el cual el sacrificio cruento que debía realizar de una vez para siempre en la cruz se volviera a presentar, su recuerdo se perpetuara hasta el fin del mundo y su fuerza saludable se aplicara al perdón de los pecados que diariamente cometemos (CEC 1366).

Un sacrificio para siempre

Una distinción importante a tener en cuenta es que la Misa no recrea el sacrificio de Jesús en la cruz, sino que es el mismo sacrificio, traído al momento presente:

El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio: "La víctima es una y la misma: el mismo que ahora se ofrece por el ministerio de los sacerdotes, el que entonces se ofreció a sí mismo en la cruz; solo el modo de ofrecerse es diferente." "En este divino sacrificio que se celebra en la Misa, está contenido y se ofrece de manera incruenta el mismo Cristo que se ofreció una vez de manera cruenta en el altar de la cruz" (CEC 1367).

Aunque a primera vista la Misa no parezca un sacrificio, si profundizas en ella, descubrirás que cada vez que se celebra te transportas espiritualmente al sacrificio de Jesús en el Calvario.

Philip Kosloski, Aleteia

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