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miércoles, 26 de diciembre de 2018

No fue a Misa el día de Navidad. Mire lo que ha perdido.

Comentario litúrgico de Navidad
P. Antonio Rivero: “¿Qué personaje quiero ser este año en la Navidad?”


© Cathopic
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NAVIDAD
Ciclo C
Textos: Is 52, 7-10; Heb 1, 1-6; Jn 1, 1-18
Idea principal: Contemplemos hoy los personajes principales de la Navidad.
Síntesis del mensaje: Cada personaje vive de manera distinta la Navidad, ese gran misterio de la misericordia y bondad de Dios.
Puntos de la idea principal:
En primer lugar, contemplemos a María Santísima y a José, el carpintero. María, del Verbo preñada busca corazones, ¿le daremos posada? No puede ya con su Hijo en el vientre; quiere dárnoslo, ofrecérnoslo. Posadero, abre tu portal y prepara un rincón para que María dé a luz a su querido Jesús. Hasta ahora el seno de María era cálido albergue y cuna calentita. El tuyo, ¿cómo está? ¿Frío, terriblemente frío por la indiferencia, la ingratitud, el desamor? Dios no quiso que la Virgen diese a luz rodeada de vana curiosidad, envuelta en ruidos. Y se la llevó al campo. Allí, en libertad y soledad, sola con José, dio a luz al Niño Jesús. El nacimiento de Jesucristo, dice san Ignacio de Antioquia, ocurrió en silencio.  Lo envolvió en pañales y lo reclinó en un pesebre. Le besaría los pies porque era su Señor; le besaría la cara porque era su hijo. Se quedaría quieta mirándolo. Era como una menuda flor que aún la yema del dedo podría lastimar. Sus manos, al fajarlo, temblaban de maravilla y de ternura extasiadas. De tanto mirarlo ciega ha quedado María y con cantar de asombro lo está acunando: “Hijo mío, Hijo del alma, ¿cómo he podido llevarte, siendo Sol, en mis entrañas? ¿Cómo es que no me abrasaste con tanta llama?”.Miremos ahora a José. Era todo disponibilidad y obediencia y asombro. Y así venció las dudas, los desconciertos y las angustias. Y no añoraba nada, ni hijos nacidos de su misma sangre. Tenía delante al sol supremo, al hijo de los hijos, al Dios de cielo y tierra, y a la mujer que enamoró a Dios. ¿Qué más podía desear?
En segundo lugar, contemplemos a los pastores. Velaban su rebaño, cumpliendo su deber…nunca dejarían al lobo ninguna de sus crías. Hombres sencillos, hechos a la intemperie. Estaban en la noche, pues todavía no conocían la luz del Sol invicto. Y el ángel se les apareció y la gloria de Dios les envolvió con su luz. Nunca habían visto tanta luz y claridad, tanto resplandor y calor. Temen con un temor reverencial. No estaban acostumbrados a revelaciones divinas. Es el mismo temor de María y de José ante la irrupción de Dios en sus vidas. Nadie está preparado para recibir la revelación de Dios. Nos cae de sorpresa, y el hombre humilde y sencillo, al inicio teme. Se calman ante el anuncio del ángel, y creen en el anuncio del ángel a pies juntillas, sin dudar, sin hacer preguntas. Su alma pura y sencilla estaba preparada para la Buena Noticia. La anhelaban. Y fueron corriendo a Belén y allí encontraron a Jesús, a María y a José. Y le dieron su fe, su esperanza y su amor.
En tercer lugar, contemplemos a Herodes y a los posaderos de Jerusalén. Primero, Herodes. Herodes no sabe de tan gran suceso, pues su pecho es nido de ambición y miedo. No soportó Verdad tan clara. Hecho tinieblas plantó la cara a tanta luz, cerrando el cerco de odio y de saña. Y quiso matar a esa Luz, a ese Amor, a esa Flor que nació en Belén. Sólo él quería reinar. El trono era sólo para él. Y se quedó sin Navidad. Y su corazón fue un infierno de odio, de ambición, de miedo y de crimen. Segundo, los posaderos. Estaban en sus juergas, pasatiempos y francachelas. En cada rincón de sus posadas olía a pecado, desenfreno, indiferencia. El consumismo, el hedonismo y el materialismo no dejaron entrar a María y a José, ni tampoco dejaron entrar a Jesús. ¡Qué lastima, posaderos!
En cuarto lugar, contemplemos a los Magos de Oriente. Los magos vienen de lejos, no saben si volverán, sólo saben que una estrella los invitó a caminar. Y en camino se pusieron. No saben adonde van, pero en su corazón arde una luz de inmensidad. Vienen de lejos, muy lejos –no saben si volverán-, pues la luz que así les guía siempre invita a ir más allá. Atravesando desiertos se han visto a los pies de un Niño cuyo llanto es su paz. Vienen de lejos, muy lejos…no saben si volverán, pues la risa de este Niño cautiva todo mirar. Afrontan con fortaleza todas las dificultades del camino. Siguen, a pesar de todo. Y llegan al portal. Tienen que apearse de sus camellos. Tienen que hacerse pequeños para entrar. Tienen que ensuciarse un poco de barro. Pero encuentran el tesoro, que es Jesús. Y de los ojos del recién nacido salieron unos rayos de luz y entraron en el alma de estos reyes. ¡Era el inicio de su fe! Y la fe la acompañaron con la generosidad. ¡Y qué generosidad! Oro, incienso y mirra.
Finalmente, contemplemos al Niño Jesús. Nace un Niño, cuyo llanto es la primavera y cuyas lágrimas, son rocío que embellece nuestros campos. Esas lágrimas las sorben los ángeles, pues son lágrimas de miel. “Esas tus lágrimas, Jesús, caigan sobre nuestro mundo y lo limpie y lo dulcifique. ¡No quieras, Jesús, privarnos de tus lágrimas, de ese tesoro infinito! Más prefiero tu llanto, Jesús, Niño de Belén, que el cantar de los ángeles que anuncia paz y bien. Caigan tus lágrimas sobre nuestras almas y las limpien de toda impureza, egoísmo y ambición”. Y este Niño nace desnudo aguardando manos pobres que le vistan sábanas de ancha hermandad, tejidas de llanto y risa. Nace desnudo para decirnos que quien de amor se atavía desde la cuna al sepulcro, desnudo ha de andar la vida. Nace la Palabra, para los sedientos de oír a Dios: “Si Tú eres ya la Palabra, ¿qué nos resta a los que tenemos labios, sino pronunciarla, sino beberla y saciarnos, vestirla en carne y en alma? Si en ti ya está dicho todo cuanto es de vida y de gracia, cuanto es de amor y de muerte, cuanto de luz nos traspasa…¿por qué ese afán triste, loco, de querer siempre inventarla, de hacerla nuestra y distinta, disimularla…? ¡La Palabra…! ¡Si tú eres ya la Palabra! Naces como Palabra para que yo pueda llamar a Dios con la palabra “Padre” y a los demás con la palabra hermano. Tu Palabra, Jesús, es eco del amor de tu Padre”. Esta Palabra pide silencio para escucharla; pide disponibilidad para acogerla; pide generosidad para que fecunde en nosotros. “Si no me oís–dice esta Palabra- es porque os taponan mentiras como músicas insomnes”. Nace el Enmanuel, el Dios con nosotros, para los solos, abandonados, exiliados, desterrados. Se aproximó al valle tenebroso de nuestro quebranto, para caminar con todos los tristes y despojados. Nace el Sol Invicto para los que yacen en las tinieblas. ¡Los astros todos se eclipsan ante el Sol de su semblante! Su luz transforma en auroras nuestra oscuridad. Nace el Mayoral para todas las ovejas descarriadas, que salieron del aprisco y a quienes el lobo carnicero acecha el paso. Nace el Alfarero que toma en sus manos el sucio barro nuestro, y no se mancha, sino que lo modela, lo forja con amor; y el amor todo lo deja más blanco, todo lo deja más puro, todo lo deja más santo. “Madre, no tengas miedo de que pueda ensuciarme el barro”Nace el Agua que saciará a todos los sedientos del mundo. Él es Fuente y Agua al mismo tiempo. Vino para bañar la tierra toda, para anegar con su frescura honda tiniebla y sequedad. Él es el Río fecundo de la Historia, viva corriente de Hermosura indómita. Nace el Pan, en la casa del Pan, Belén. Ese Pan amasado en el seno de María. ¡Mirad qué Pan tan tierno nos confía el Dios que por la tierra busca amores con quien compartirlo! Este es el Pan de más vivos sabores. En él encuentra el hombre la alegría de ver colmada su hambre, día a día, sin apurar de muerte arduos sudores. Este es el Pan de Gracia que se ofrece a todos los hambrientos de la tierra. Por él crece el amor, la vida crece. Y el hombre que en tal Pan su dicha encierra, sabe de aquella fuerza que abastece el abrazo de paz contra la guerra. Es Pan que un día se hará Eucaristía. Pan que sacia nuestra hambre de amores. Pan que sabe a cena entre amigos, y a Mesa convida. Es Pan de Cielo y Tierra, de lucha y gracia, de densa noche oscura, de amanecer de Pascua. Es Pan de la ternura de un Dios Infante. Pan que cuanto más lo como, más me devora. Nace el Hombre: por eso, desde la Encarnación la inicial de Hombre, es tan mayúscula como la de Dios. Ni más ni menos. Ni menos ni más. Tan mayúscula la H de hombre como la D de Dios. Desde la Encarnación Dios se escribe con H de hombre; Hombre, con D de Dios. Nace Jesús como Sacerdote que ofrece y se ofrece al Padre por nuestra salvación: su Altar es una cueva de animales; su corporal, unos pañales; su patena, unas pajas. Nace el Rey de cielos y tierras, a quien Herodes temió. ¿Su ley? Gloria a su Padre y paz entre nosotros. ¿Su trono? Un pesebre con pajas. ¿Su cetro? Unas manitas que bendicen. ¿Su manto? Unos pañales. ¿Sus súbditos? La pobreza, los pobres. No busca trono en la tierra, sólo un corazón pobre, pero limpio, y un pecho amante. “Mi consuelo y mi alegría –dice este rey- están en los corazones puros, de amor insaciables”. Buscas a los pobres para llenarles de tu riqueza, de esa riqueza que sólo Dios reparte con su gracia, traída del cielo por Jesús. ¿Tu programa como Rey, Jesús? Implantar tu paz. Esta paz tú la regalas a quien tiene abierto el corazón. ¿Por qué, Jesús, aún existe la guerra y la violencia avasalla, por qué la fuerza se impone y hay tanta vida truncada? Diciendo esto, vi que el Niño ponía triste su cara, y lágrimas en silencio por sus mejillas rodaban. “No hay navidad mientras no reina la paz en cada alma; mientras que los corazones de toda cultura y raza no formen un corazón único donde Yo nazca; no hay navidad mientras que el humano use otras armas para defender sus bienes de temores y amenazas, que aquel amor que comprende, y que perdona y que abraza; ¡aquel amor que derriba barreras de odio y de saña; y se entrega y nada pide, sabe morir y no mata”Nace el Eterno en el tiempo, para hacernos eternos a nosotros que somos temporales. De otra manera, hubiéramos sido sólo tiempo, y no hubiéramos ni soñado la eternidad, donde Dios vive en un eterno presente amándonos, viéndonos, escuchándonos.
Para reflexionar: hace tiempo aprendí esta poesía que nos puede servir para reflexionar hoy, día de Navidad:
¡He!, Tú, ¡posadero!
¿No habrá una habitación para esta noche?
– Ninguna cama libre. Todo lleno.
Y Dios pasó de largo, qué pena posadero.
Todo hubiera sido de otro modo:
las estrellas columpiándose por tus aleros;
los ángeles cantando en tus balcones;
los Reyes magos perfumando tu patio con incienso,
y en tu fonda, el divino alumbramiento.
Pero: “No queda sitio, ni una cama; lo tengo todo lleno”.
Y Dios pasó de largo, ¡Qué pena, posadero!
Hubieras liquidado, por cierre, tu negocio.
No hay sitio para huéspedes, cuando Dios está dentro.
Dios va ocupando habitación tras habitación,
hasta invadir el corazón entero.
Cerrarías la fonda, pues Dios te reclamaba
toda tu casa para el Evangelio.
Pero: “No queda sitio, ni una cama; lo tengo todo lleno”.
Y Dios pasó de largo, ¡Qué pena, posadero!
El Evangelio empieza ante la puerta
de una fonda en Belén. Y un posadero.
Y el Evangelio sigue reclamando hospedaje:
– “Sólo para esta noche”.
– “No hay sitio: todo lleno”
¿Será mía la fonda? ¿seré yo el posadero?
La mano que llamaba a mi puerta, ¿no sería la estrella
de Belén con aserrín de carpintero?
Si ya no tengo sitio. Y si está todo lleno.
Si Dios pasó de largo ¡Qué pena posadero!
Para rezar:me postro ante ti, Niño de Belén, y te adoro, te agradezco, te amo. Quiero vivir contigo la Navidad. Amén.

 Antonio Rivero, ReL





















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