En el día en que la Iglesia celebra la memoria de la beata Virgen María de Fátima, coincidiendo con el 45 aniversario del atentado a San Juan Pablo II, el Papa León XIV quiso dedicar su catequesis sobre el tema “La Virgen María modelo de la Iglesia” a su predecesor. Lea aquí el texto que pronunció el Papa durante la Audiencia General.
Queridos hermanos y hermanas,
hoy, 13 de mayo, se celebra la memoria de la beata Virgen María de Fátima. En esta fecha, hace 45 años, precisamente durante la audiencia general aquí en la plaza de San Pedro, san Juan Pablo II sufrió el atentado, que no fue mortal gracias a la protección de la Virgen, como él mismo confirmó de muchas maneras.
Por esto
quisiera dedicar la catequesis de hoy, que tiene por tema “La Virgen María
modelo de la Iglesia”, a este mi santo predecesor, cuyo lema era “Totus tuus”.
El Concilio
Vaticano II quiso dedicar el último capítulo de la Constitución dogmática sobre
la Iglesia a la Virgen María (cfr Lumen gentium, 52-69). Ella «proclamada como
miembro excelentísimo y enteramente singular de la Iglesia y como tipo y
ejemplar acabadísimo de la misma en la fe y en la caridad» (n. 53).
Estas palabras nos invitan a comprender cómo en María, que bajo la acción del Espíritu Santo ha acogido y generado al Hijo de Dios hecho carne, se puedan reconocer tanto el modelo, como el miembro excelente y la madre de toda la comunidad eclesial.
Al dejarse
moldear por la obra de la Gracia, venida a cumplirse en Ella, y al acoger el
don del Altísimo con su fe y su amor virginal, María es el modelo perfecto de
lo que toda la Iglesia está llamada a ser: criatura de la Palabra del Señor y
madre de los hijos de Dios, generados en la docilidad a la acción del Espíritu
Santo.
En cuanto que,
además, es la creyente por antonomasia, donde se nos ofrece la forma perfecta
de la apertura incondicional al misterio divino en la comunión del pueblo santo
de Dios, María es miembro excelente de la comunidad eclesial. En cuanto que,
finalmente, genera hijos en el Hijo, amados en el eterno Amado venido entre
nosotros, María es madre de toda la Iglesia, que a Ella puede dirigirse con
filial confianza, en la certeza de ser escuchada, custodiada y amada.
Se podría
expresar el conjunto de estas características de la Virgen María hablando de
Ella como de la mujer icono del Misterio. Con el término mujer se evidencia la
concreción histórica de esta joven hija de Israel, a quien se le ha dado la
extraordinaria experiencia de convertirse en madre del Mesías.
Con la
expresión icono se subraya que en Ella se cumple el doble movimiento de
descenso y ascenso: en Ella resplandecen tanto la elección gratuita por parte
de Dios, como el libre consentimiento de la fe en Él.
María es por
tanto la mujer icono del Misterio, es decir del diseño divino de salvación, en
una época oculto y revelado en plenitud en Jesucristo.
El Concilio
nos ha dejado una clara enseñanza sobre el lugar reservado a la Virgen María en
la obra de la Redención (cfr Lumen gentium, 60-62). Ha recordado que el único
Mediador de salvación es Jesucristo (cfr 1 Tm 2,5-6) y que su Madre Santísima
«no oscurece ni disminuye en modo alguno esta mediación única de Cristo, antes
bien sirve para demostrar su poder» (LG, 60). Al mismo tiempo, «la Santísima
Virgen, predestinada desde toda la eternidad como Madre de Dios juntamente con
la encarnación del Verbo, [...] cooperó en forma enteramente impar a la obra
del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con
el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas.
Por eso es
nuestra madre en el orden de la gracia» (ibid., 61). En la Virgen María se
refleja también el misterio de la Iglesia: en Ella el pueblo de Dios encuentra
representado su origen, su modelo y su patria. En la Madre del Señor la Iglesia
contempla el propio misterio, no solo porque se reencuentra el modelo de la fe
virginal, de la caridad materna y de la alianza esponsal, a la que está
llamada, sino también y sobre todo porque reconoce en ella el propio arquetipo,
la figura ideal de lo que está llamada a ser.
Como se puede
ver, las reflexiones sobre la Virgen María recogidas en la Lumen gentium, nos
enseñan a amar a la Iglesia y a servir en ella al cumplimiento del Reino de
Dios que está por venir y que se realizará plenamente en la gloria.
Dejémonos pues
interpelar por tal modelo sublime que es María, Virgen y Madre, y pidámosle a
Ella que nos ayude con su intercesión a responder a cuanto se nos pide a través
de su ejemplo: ¿vivo con fe humilde y activa mi pertenencia a la Iglesia?
¿Reconozco la comunidad de la alianza que Dios me ha donado para corresponder a
su amor infinito? ¿Miro a María como modelo, miembro excelente y madre de la
Iglesia, y le pido a Ella que me ayude a ser discípulo fiel de su Hijo?
Hermanas y
hermanos, el Espíritu Santo, que descendió sobre María e invocado por nosotros
con humildad y confianza, nos done vivir plenamente estas realidades
maravillosas. Y, después de haber profundizado en la Constitución Lumen
gentium, pidamos a la Virgen que nos conceda este don: que crezca en todos
nosotros el amor por la Santa Madre Iglesia. ¡Así sea!
(ACI)
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