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domingo, 3 de mayo de 2026

Regina Caeli del Papa León XIV comentando el Evangelio del día

 

PAPA LEÓN XIV

REGINA CAELI

Plaza de San Pedro
Domingo, 3 de mayo de 2026

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Como la Iglesia primitiva, en el tiempo pascual volvemos a escuchar palabras de Jesús que despliegan su pleno significado a la luz de su pasión, muerte y resurrección. Lo que los discípulos antes no entendían o les provocaba turbación, ahora vuelve a su memoria, les hace arder el corazón y les da esperanza.

El Evangelio proclamado este domingo nos introduce en el diálogo del Maestro con los suyos durante la última cena. En particular, escuchamos una promesa que nos involucra ya desde ahora en el misterio de su resurrección. Jesús dice: «Cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes» (Jn 14,3). Los apóstoles descubren así que en Dios hay lugar para cada uno. Dos de ellos lo habían experimentado durante su primer encuentro con Jesús, en el río Jordán, cuando Él se había dado cuenta de que lo seguían y los había invitado a quedarse esa tarde en su casa (cf. Jn 1,39). También ahora, frente a la muerte, Jesús habla de una casa, esta vez muy grande: es la casa del Padre suyo y Padre nuestro, donde hay lugar para todos. El Hijo se describe como el siervo que prepara las habitaciones, para que cada hermano y hermana, al llegar, encuentre lista la suya y se sienta desde siempre esperado y finalmente encontrado.

Queridos hermanos, en el viejo mundo todavía estamos en camino, lo que atrae la atención son los lugares exclusivos, las experiencias al alcance de unos pocos, el privilegio de entrar donde ningún otro puede hacerlo. En cambio, en el mundo nuevo donde el Resucitado nos lleva, lo más valioso está al alcance de todos. Pero no por eso pierde atracción. Al contrario, lo que está abierto a todos ahora causa alegría; la gratitud toma el puesto de la competición; la acogida elimina la exclusión; la abundancia ya no genera desigualdad. Sobre todo, nadie se confunde con otro, nadie está perdido. La muerte amenaza con borrar el nombre y la memoria, pero en Dios cada uno es finalmente uno mismo. En verdad, este es el lugar que buscamos toda la vida, en ocasiones dispuestos a todo con tal de lograr un poco de atención y de reconocimiento.

“Tengan fe”, nos dice Jesús. ¡Este es el secreto! «Crean en Dios y crean también en mí» (Jn 14,1). Precisamente esta fe libera nuestro corazón de la ansiedad por tener y obtener, del engaño de tener que correr tras un puesto de prestigio para valer algo. Cada uno posee ya un valor infinito en el misterio de Dios, que es la verdadera realidad. Amándonos los unos a los otros como Jesús nos ha amado, nos damos esta certeza. Es el mandamiento nuevo: anticipamos así el cielo en la tierra, revelamos a todos que la fraternidad y la paz son nuestro destino. De hecho, en el amor, en medio de una multitud de hermanos, cada uno descubre que es único.

Recemos pues a María Santísima, Madre de la Iglesia, para que toda comunidad cristiana sea una casa abierta a todos y atenta a cada uno.

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Palabras después del Regina Coeli

Queridos hermanos y hermanas:

Ha comenzado el mes de mayo. En toda la Iglesia se renueva la alegría de encontrarse en el nombre de María nuestra Madre, especialmente para rezar juntos el Rosario. Se revive la experiencia de esos días, entre la Ascensión de Jesús y Pentecostés, cuando los discípulos estaban en el Cenáculo invocando al Espíritu Santo; María Santísima estaba en medio de ellos y su corazón custodiaba el fuego que animaba la oración de todos. Les confío mis intenciones, en particular por la comunión en la Iglesia y la paz en el mundo.

Hoy se celebra el Día Mundial de la Libertad de Prensa, patrocinado por la UNESCO. Lamentablemente, este derecho se viola con frecuencia, a veces de manera flagrante y otras de forma encubierta. Recordemos a los numerosos periodistas y reporteros víctimas de las guerras y la violencia.

Saludo con afecto a todos ustedes, fieles de Roma y peregrinos venidos de numerosos países.

Doy la bienvenida a los docentes —religiosas y laicos— de las Escuelas de las Hermanas Franciscanas de los Sagrados Corazones; como también a los fieles de Madrid y Granada, de Mineápolis y de Malasia; y a los peruanos que, en Roma, forman la Asociación “Virgen de Chapi de Arequipa”.

Saludo a la Asociación “Meter”, que desde hace treinta años se compromete por defender a los menores de la plaga de los abusos, implicando a la comunidad eclesial y a la comunidad civil, educando en la cercanía a las víctimas y en la prevención. ¡Gracias por su servicio!

Me alegra acoger a los fieles de Padua, al “Grupo de jóvenes Valdaso” y al “Punto Jóvenes” de la Comunidad Camiliana de Piossasco, a la Acción Católica del Vicariato de Noale, a los jóvenes de Verolanuova y Cadignano, al Coro juvenil de Coredo-Predaia y a los estudiantes del Liceo Fardella – Ximenes de Trapani.

¡A todos les deseo un feliz domingo!

(vatican.va)

Veamos también el siguiente comentario


Reflexión sobre el cuadro

Hay algo bastante injusto en la forma en que la historia ha recordado al apóstol Tomás. Se le ha tachado de “el incrédulo”, como si ese momento definiera todo su discipulado. Sin embargo, no se habla de la misma manera de 'Pedro el negador' ni de 'Judas el traidor'. La llamada ’duda“ de Tomás no era cinismo o rechazo... era honestidad. Simplemente no sabía lo que estaba pasando después de la Resurrección y por eso se limitó a hacer preguntas. Creo que probablemente nosotros habríamos hecho lo mismo. Quería entender. Y al hacerlo, dio voz a lo que tantos otros quizá pensaban pero no se atrevían a decir.

En el Evangelio de Juan de hoy, volvemos a encontrarnos con Tomás, no en la duda, sino en la claridad de la pregunta: “Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?”. Es una pregunta profundamente humana, de nuevo directa, sincera, inquisitiva. Y porque Tomás se lo pregunta, Jesús le da una de las revelaciones teológicas más profundas de toda la Escritura: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Sin la pregunta de Tomás, nunca habríamos recibido estas palabras de la misma manera. Su pregunta abre la puerta a uno de los mayores tesoros teológicos de la Iglesia: que no podemos conocer a Dios a menos que conozcamos a Jesús. Tal vez, entonces, en lugar de Tomás el Dudoso, podríamos verlo como Tomás el Buscador... el que nos recuerda que la fe a menudo no comienza con la certeza, sino con el valor de preguntar.

En nuestro cuadro de Georges de La Tour, Santo Tomás aparece sosteniendo dos poderosos símbolos de su identidad. En una mano sostiene un libro, que representa el Evangelio en el que se narra su historia, el lugar donde se conservan sus preguntas y su camino de fe. En la otra, sostiene una lanza, recordando la tradición de que fue martirizado en la India, atravesado por lanzas por su testimonio de Cristo. La lanza recuerda también la que atravesó el costado de Cristo en la Cruz, creando un profundo vínculo visual entre el sufrimiento del discípulo y el de su Maestro. De La Tour, conocido por su uso dramático de la luz y la sombra, despoja a la escena de toda distracción, centrándose en cambio en la profundidad interior y el silencio. De este modo, nos invita a ver a Tomás no sólo como un escéptico, sino como un hombre formado por las Escrituras, marcado por el sacrificio y, en última instancia, uno de los primeros misioneros de la Iglesia.

by Padre Patrick van der Vorst


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