PAPA LEÓN XIV
REGINA CAELI
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
Como la Iglesia primitiva, en el tiempo pascual volvemos a
escuchar palabras de Jesús que despliegan su pleno significado a la luz de su
pasión, muerte y resurrección. Lo que los discípulos antes no entendían o les
provocaba turbación, ahora vuelve a su memoria, les hace arder el corazón y les
da esperanza.
El Evangelio proclamado este domingo nos introduce en el
diálogo del Maestro con los suyos durante la última cena. En particular,
escuchamos una promesa que nos involucra ya desde ahora en el misterio de su
resurrección. Jesús dice: «Cuando haya ido y les haya preparado un lugar,
volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén
también ustedes» (Jn 14,3). Los apóstoles descubren así que en Dios
hay lugar para cada uno. Dos de ellos lo habían experimentado durante su primer
encuentro con Jesús, en el río Jordán, cuando Él se había dado cuenta de que lo
seguían y los había invitado a quedarse esa tarde en su casa (cf. Jn 1,39).
También ahora, frente a la muerte, Jesús habla de una casa, esta vez muy
grande: es la casa del Padre suyo y Padre nuestro, donde hay lugar para todos.
El Hijo se describe como el siervo que prepara las habitaciones, para que cada
hermano y hermana, al llegar, encuentre lista la suya y se sienta desde siempre
esperado y finalmente encontrado.
Queridos hermanos, en el viejo mundo todavía estamos en
camino, lo que atrae la atención son los lugares exclusivos, las experiencias
al alcance de unos pocos, el privilegio de entrar donde ningún otro puede
hacerlo. En cambio, en el mundo nuevo donde el Resucitado nos lleva, lo más
valioso está al alcance de todos. Pero no por eso pierde atracción. Al
contrario, lo que está abierto a todos ahora causa alegría; la gratitud toma el
puesto de la competición; la acogida elimina la exclusión; la abundancia ya no
genera desigualdad. Sobre todo, nadie se confunde con otro, nadie está perdido.
La muerte amenaza con borrar el nombre y la memoria, pero en Dios cada uno es
finalmente uno mismo. En verdad, este es el lugar que buscamos toda la vida, en
ocasiones dispuestos a todo con tal de lograr un poco de atención y de
reconocimiento.
“Tengan fe”, nos dice Jesús. ¡Este es el secreto! «Crean en
Dios y crean también en mí» (Jn 14,1). Precisamente esta fe libera
nuestro corazón de la ansiedad por tener y obtener, del engaño de tener que
correr tras un puesto de prestigio para valer algo. Cada uno posee ya un valor
infinito en el misterio de Dios, que es la verdadera realidad. Amándonos los
unos a los otros como Jesús nos ha amado, nos damos esta certeza. Es el
mandamiento nuevo: anticipamos así el cielo en la tierra, revelamos a todos que
la fraternidad y la paz son nuestro destino. De hecho, en el amor, en medio de
una multitud de hermanos, cada uno descubre que es único.
Recemos pues a María Santísima, Madre de la Iglesia, para
que toda comunidad cristiana sea una casa abierta a todos y atenta a cada uno.
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Palabras después del Regina Coeli
Queridos hermanos y hermanas:
Ha comenzado el mes de mayo. En toda la Iglesia se renueva
la alegría de encontrarse en el nombre de María nuestra Madre, especialmente
para rezar juntos el Rosario.
Se revive la experiencia de esos días, entre la Ascensión de Jesús y
Pentecostés, cuando los discípulos estaban en el Cenáculo invocando al Espíritu
Santo; María Santísima estaba en medio de ellos y su corazón custodiaba el
fuego que animaba la oración de todos. Les confío mis intenciones, en
particular por la comunión en la Iglesia y la paz en el mundo.
Hoy se celebra el Día Mundial de la Libertad de Prensa,
patrocinado por la UNESCO. Lamentablemente, este derecho se viola con
frecuencia, a veces de manera flagrante y otras de forma encubierta. Recordemos
a los numerosos periodistas y reporteros víctimas de las guerras y la
violencia.
Saludo con afecto a todos ustedes, fieles de Roma y
peregrinos venidos de numerosos países.
Doy la bienvenida a los docentes —religiosas y laicos— de
las Escuelas de las Hermanas Franciscanas de los Sagrados Corazones; como
también a los fieles de Madrid y Granada, de Mineápolis y de Malasia; y a los
peruanos que, en Roma, forman la Asociación “Virgen de Chapi de Arequipa”.
Saludo a la Asociación “Meter”, que desde hace treinta años
se compromete por defender a los menores de la plaga de los abusos, implicando
a la comunidad eclesial y a la comunidad civil, educando en la cercanía a las
víctimas y en la prevención. ¡Gracias por su servicio!
Me alegra acoger a los fieles de Padua, al “Grupo de jóvenes
Valdaso” y al “Punto Jóvenes” de la Comunidad Camiliana de Piossasco, a la
Acción Católica del Vicariato de Noale, a los jóvenes de Verolanuova y
Cadignano, al Coro juvenil de Coredo-Predaia y a los estudiantes del Liceo
Fardella – Ximenes de Trapani.
¡A todos les deseo un feliz domingo!
(vatican.va)
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