«No se dejen robar la esperanza»
Queridos hermanos y hermanas del Perú: en medio de la confusión y del cansancio social, les escribo como pastor para pedirles que no se dejen robar la esperanza. Estamos llamados a cerrar filas para preservar el bien, la verdad y la misericordia, recurriendo a lo mejor de nuestra condición humana: la grandeza de espíritu, la generosidad y el desinterés, el respeto por el otro y la búsqueda sincera del bien común. Como recuerda el Papa Francisco, aun cuando parezca que todo se apaga, “donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable” (Evangelii gaudium N. 276).
Vemos con dolor el deterioro moral de muchos de nuestros políticos y dirigentes: centrados en sus intereses y en asegurarse en el poder, algunos parecen dispuestos a toda clase de arbitrariedad. Se pretende justificar lo injustificable; se tuerce la ley como si fuera instrumento de conveniencia; se hiere la dignidad de personas honorables con acusaciones, insultos o campañas de descrédito; se debilita la democracia cuando se normaliza el abuso; y se derriban, piedra a piedra, la legalidad y la institucionalidad que sostienen la vida del país.
Ante este escenario, la gran tentación es quedarnos en lo superficial, dejarnos llevar por el ruido mediático o caer en el cinismo. La economía de muchas familias está afectada y la gente sencilla no sabe en quién creer. Por eso necesitamos una ciudadanía más plena: aprender a pensar, a analizar y a discernir; valorar la dignidad de toda persona; y recordar que todos valemos por igual, sin distinción de ninguna clase.
Es cierto que, a veces, muchos sienten que no queda más remedio que escoger el “mal menor”. Sin embargo, no podemos bajar la vara de nuestras expectativas humanas ni acostumbrarnos a la mentira, no podemos renunciar a ser mejores personas. La unidad que hoy necesitamos no es para encubrir errores ni para rendirnos ante la falsedad, sino para cerrar filas ante toda mentira y toda manipulación, afirmándonos en la bondad, la verdad, la justicia y el bien común. Solo así podrá sostenerse una convivencia donde cada peruano y cada peruana sea reconocido y tratado como persona, con derechos y deberes, y donde nadie sea usado como medio para intereses ajenos al pueblo.
El Señor sigue llamando. Y llama en plural: al ministerio ordenado, a la vida consagrada, al matrimonio y la familia, y a la misión laical en la escuela, el trabajo, la política, la ciencia y el cuidado de la casa común. En todas esas vocaciones se juega una misma pregunta: ¿a quién seguimos?, ¿qué voz dejamos entrar?, ¿qué “puerta” elegimos? Porque cuando se acepta la arbitrariedad como regla y la dignidad se vuelve moneda de cambio, todos quedamos expuestos.
El Evangelio nos recuerda que el Pastor es verdaderamente bueno, auténtico y creíble: no hay doble estándar entre lo que dice y lo que hace. Esa coherencia es hoy un testimonio urgente. Cuando quienes deberían servir se sirven del pueblo, cuando la autoridad se usa para humillar, cuando se instrumentaliza la fe o se invoca la ley para violarla, el rebaño queda expuesto. Por eso, además de pedir vocaciones, pedimos conciencias rectas: mujeres y hombres íntegros, con interioridad, capaces de llamar por el nombre, de proteger a los pequeños y de ponerse delante cuando hay peligro.
Los invito, entonces, a unirnos como peruanos y peruanas: a dialogar sin insultos, a exigir verdad a quienes hablan en nuestro nombre, a rechazar toda forma de corrupción y abuso, y a defender la institucionalidad democrática sin fanatismos. Que en nuestras familias, comunidades y parroquias seamos artesanos de reconciliación y guardianes de la dignidad humana. Oremos por el Perú y comprometámonos a no devolver mal por mal, pero tampoco a llamar bien al mal. Y, como nos anima el Papa León XIV, sólo quien “se detiene, escucha, reza y acoge su mirada” puede decir con confianza: “Me fío, con Él la vida puede ser verdaderamente hermosa” (Mensaje para la LXIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, 16 de marzo de 2026). Que el Buen Pastor nos conceda lucidez para discernir, valentía para actuar con justicia y firmeza para permanecer en el bien común.
Mons. Alfredo Vizcarra Mori, S. J.,
Arzobispo Metropolitano de Trujillo y Administrador Apostólico de Jaén, en la Fiesta de Santo Toribio de Mogrovejo, patrono de los Obispos de América Latina.
Trujillo, lunes 27 de abril de 2026
(Gracias por el envío del P. Diómer Lopez Comeca msc)

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