PAPA LEÓN XIV
REGINA CAELI
Plaza de San Pedro
Domingo, 10 de mayo de 2026
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Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
En el Evangelio de hoy, hemos escuchado algunas palabras que
Jesús dirige a sus discípulos durante la Última Cena. Mientras transforma el
pan y el vino en el signo vivo de su amor, Cristo dice: «si ustedes me aman,
cumplirán mis mandamientos» (Jn 14,15). Esta afirmación nos libra de un
malentendido, es decir, de la idea de que somos amados si guardamos los
mandamientos: nuestra justicia sería entonces un condicionante para el amor de
Dios. Por el contrario, el amor de Dios es la condición para nuestra justicia.
Guardamos verdaderamente los mandamientos, según la voluntad de Dios, si
reconocemos su amor por nosotros, tal como Cristo lo revela al mundo. Las
palabras de Jesús son, pues, una invitación a la relación, no un chantaje ni
una puesta en duda.
Por eso el Señor nos manda que nos amemos unos a otros como
Él nos ha amado (cf. Jn 13,34): es el amor de Jesús el que hace nacer el amor
en nosotros. Cristo mismo es el criterio, la regla del amor verdadero; aquel
que es fiel para siempre, puro e incondicional. Aquel que no conoce ni el
“pero” ni el “quizá”, aquel que se entrega sin querer poseer, aquel que da vida
sin pedir nada a cambio. Dado que Dios nos ama primero, también nosotros
podemos amar; y cuando amamos verdaderamente a Dios, nos amamos verdaderamente
unos a otros. Sucede como con la vida: sólo quien la ha recibido puede vivir, y
así, sólo quien ha sido amado puede amar. Los mandamientos del Señor son, por
tanto, una forma de vida que nos sana de los amores falsos; son un estilo
espiritual, que es camino hacia la salvación.
Precisamente porque nos ama, el Señor no nos deja solos en
las pruebas de la vida: nos promete al Paráclito, es decir, al Abogado
defensor, el «Espíritu de la Verdad» (Jn 14,17). Es un don que «el mundo no
puede recibir» (ibíd.), mientras se obstine en el mal que oprime al pobre,
excluye al débil y mata al inocente. Mientras que, quien corresponde al amor
que Jesús tiene hacia todos, encuentra en el Espíritu Santo un aliado que nunca
falla: «Ustedes, en cambio, lo conocen, —dice Jesús—, porque él permanece con
ustedes y estará en ustedes» (ibíd.). Siempre y en todas partes podemos
entonces dar testimonio de Dios, que es amor: esta palabra no significa una
idea de la mente humana, sino la realidad de la vida divina, por la cual todas
las cosas han sido creadas de la nada y redimidas de la muerte.
Al ofrecernos el amor verdadero y eterno, Jesús comparte con
nosotros su identidad de Hijo amado: «yo estoy en mi Padre, y […] ustedes están
en mí y yo en ustedes» (v. 20). Esta comunión de vida tan envolvente desmiente
al acusador, es decir, al adversario del Paráclito, el espíritu contrario a
nuestro defensor. De hecho, mientras que el Espíritu Santo es fuerza de verdad,
este acusador es «padre de la mentira» (Jn 8,44), que quiere enfrentar al
hombre con Dios y a los hombres entre sí: justo lo contrario de lo que hace
Jesús, salvándonos del mal y uniéndonos como pueblo de hermanos y hermanas en
la Iglesia.
Queridos amigos, llenos de gratitud por este don,
confiémonos a la intercesión de la Virgen María, Madre del Amor Divino.
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Palabras después del Regina Coeli
Queridos hermanos y hermanas:
He recibido con preocupación las noticias sobre el aumento
de la violencia en la región del Sahel, en particular en Chad y Malí, que han
sido objeto de recientes ataques terroristas. Les aseguro mis oraciones por las
víctimas y mi cercanía a quienes sufren. Deseo que cese toda forma de violencia
y aliento todo esfuerzo en favor de la paz y el desarrollo en esa querida
tierra.
El 10 de mayo se celebra el “Día de la Amistad
Copto-Católica”. Dirijo un saludo fraterno a Su Santidad el Papa copto Tawadros
II y aseguro mi oración a toda la amada Iglesia copta, con la esperanza de que
nuestro camino de amistad nos conduzca a la unidad perfecta en Cristo, quien
nos llamó “amigos” (cf. Jn 15,15).
¡Y ahora les doy la bienvenida a todos ustedes, romanos y
peregrinos de diversos países!
En particular, saludo al grupo “Guardias de honor del
Sagrado Corazón de Jesús”, procedentes de varias ciudades de Italia, y a los
“Voluntarios para la evangelización” vinculados a la familia de Radio María;
así como a la Asociación de voluntariado “Komen Italia”, comprometida con la
prevención del cáncer de mama.
Quiero agradecer la acogida que caracteriza al pueblo de las
Islas Canarias, por permitir la llegada del crucero “Hondius” con los enfermos
de hantavirus. Estoy contento de poder encontrarme con vosotros el próximo mes
en mi visita a las Islas.
Hoy recordamos de
modo especial a todas las madres. Por intercesión de María, madre de Jesús y
madre nuestra, recemos con cariño y gratitud por cada mamá, especialmente por
aquellas que viven en condiciones difíciles. ¡Gracias! ¡Que Dios las bendiga!
Les deseo a todos un feliz domingo.
(vatican.va)
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