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lunes, 6 de julio de 2026

Evangelio del día Lunes 14a. Semana del Tiempo Ordinario


 

Libro de Oseas 2,16.17b-18.21-22.

Así habla el Señor:
Yo la seduciré, la llevaré al desierto y le hablaré a su corazón.
Allí, ella responderá como en los días de su juventud, como el día en que subía del país de Egipto.
Aquel día -oráculo del Señor- tú me llamarás: "Mi esposo" y ya no me llamarás: "Mi Baal".
Yo te desposaré para siempre, te desposaré en la justicia y el derecho, en el amor y la misericordia;
te desposaré en la fidelidad, y tú conocerás al Señor.


Salmo 145(144),2-3.4-5.6-7.8-9.

Señor, día tras día te bendeciré,
y alabaré tu Nombre sin cesar.
¡Grande es el Señor y muy digno de alabanza:
su grandeza es insondable!

Cada generación celebra tus acciones
y le anuncia a las otras tus portentos:
ellas hablan del esplendor de tu gloria,
y yo también cantaré tus maravillas.

Ellas publican tus tremendos prodigios
y narran tus grandes proezas;
divulgan el recuerdo de tu inmensa bondad
y cantan alegres por tu victoria.

El Señor es bondadoso y compasivo,
lento para enojarse y de gran misericordia;
el Señor es bueno con todos
y tiene compasión de todas sus criaturas.


Evangelio según San Mateo 9,18-26.

Mientras Jesús les estaba diciendo estas cosas, se presentó un alto jefe y, postrándose ante él, le dijo: "Señor, mi hija acaba de morir, pero ven a imponerle tu mano y vivirá".
Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos.
Entonces se le acercó por detrás una mujer que padecía de hemorragias desde hacía doce años, y le tocó los flecos de su manto,
pensando: "Con sólo tocar su manto, quedaré curada".
Jesús se dio vuelta, y al verla, le dijo: "Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado". Y desde ese instante la mujer quedó curada.
Al llegar a la casa del jefe, Jesús vio a los que tocaban música fúnebre y a la gente que gritaba, y dijo:
"Retírense, la niña no está muerta, sino que duerme". Y se reían de él.
Cuando hicieron salir a la gente, él entró, la tomó de la mano, y ella se levantó.
Y esta noticia se divulgó por aquella región.

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.



Bulle

Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179)
abadesa benedictina y doctora de la Iglesia
Scivias, conoce los caminos de Dios (“Hildegarde de Bingen, Prophète et docteur pour le troisième millénaire”, Béatitudes, 2012), trad. sc©evangelizo.org


“No abandono jamás a quien me busca”

[Dice el Señor a Hildegarde en una visión:] Soy una columna estable y segura, y no abandono jamás a quien me busca. El que me toma y se estrecha contra mí, con confianza, no caerá nunca en la perdición. El que me relega en el olvido de su alma y se eleva con soberbia sobre mí, tiene más confianza en sí mismo que en mí. Por eso no le importa confiar en mí, porque la gracia de Dios no cuenta para él. Soy para él como un viento en torbellino, me desprecia, se ríe con orgullosa soberbia.
En su desesperación, no a causa de la gravedad de los pecados que cometió, sino a causa de su orgullo, se ríe de mí diciendo: “¿Qué es la gracia de Dios?” Yo lo apartaré, no quiero elevarlo con mi elección, perece para la felicidad eterna. Los hombres que no creen firmemente que se pueden levantar de las pesadas faltas de sus pecados, y que así rechazan al Dios todopoderoso y su gracia, están en una inmensa tristeza y se desesperan. Piensan que no pueden escapar a la enormidad de sus crímenes, abatidos y rechazados, se precipitan con obstinación hacia la muerte.
Pero mis hijos bienamados, que me reciben con un espíritu abierto, la buena voluntad de sus almas, una inteligencia despierta, y me conmueven con sus gemidos y lágrimas, abrasándome con alegría, ellos son como flores. En cuanto sienten que estoy, en seguida se alegran en mí, y yo en ellos… Quiero perfeccionarlos y purificarlos sin cesar, hasta que estén situados con honor y gloria en la Jerusalén celeste… A veces creen que los abandono, pero es para que en ellos el hombre exterior no se llene de orgullo, … de esta manera su fe pasa por un rudo examen.

Reflexión sobre el cuadro

En la lectura del Evangelio de hoy, dos personas acuden a Jesús en su necesidad: un jefe de sinagoga que intercede por su hija y una mujer que lleva muchos años padeciendo una hemorragia. La forma en que se acercan a Jesús no podría ser más diferente. El jefe de sinagoga se presenta abiertamente y con confianza. Se postra ante Jesús, habla en voz alta ante la multitud y explica su situación con valentía. La mujer, por su parte, se acerca en silencio y a escondidas, casi oculta entre la multitud. Sabe que si consigue tocar siquiera el borde de su manto, quedará curada. No le dice nada a nadie.

Cada uno de nosotros se acerca al Señor a su manera. ¡Nuestra oración tiene una voz propia y totalmente única! Nos acercamos a Jesús tal y como somos, moldeados por nuestras propias vivencias y experiencias. Sin embargo, lo más hermoso de la lectura del Evangelio es que Jesús acoge a ambos. No hace comparaciones ni muestra preferencias. Al funcionario le dirige palabras de ánimo; a la mujer le ofrece su ayuda. Jesús honra la sinceridad de cada corazón. Nos recibe tal y como somos, de la forma que nos resulta más auténtica. Nuestras diferentes formas de acercarnos a Jesús enriquecen, en última instancia, la comunidad de nuestra Iglesia. Todos tenemos algo diferente que decirle a Jesús y él nos responde de una manera totalmente única.

Nuestro cuadro, “Misa en una cabaña de Connemara”, del artista irlandés Aloysius O’Kelly, de 1883, plasma una escena de la vida católica irlandesa del siglo XIX. La escena representa lo que se conocía como «Las Estaciones», ocasiones en las que se celebraba la misa en una vivienda particular. Esta costumbre tenía su origen en siglos anteriores, cuando los católicos, privados de iglesias y a menudo sometidos a restricciones en el culto público, se reunían discretamente en casas y cabañas rurales para celebrar los sacramentos. Incluso tras la emancipación católica, la tradición siguió siendo un aspecto importante de la vida rural irlandesa, ya que reunía a los vecinos para rezar. Sin embargo, a finales del siglo XIX, a medida que las iglesias parroquiales se fueron consolidando de nuevo y la Iglesia buscaba una vida sacramental más regularizada, la jerarquía fue desalentando gradualmente esta práctica.

Lo que hace que el cuadro de O’Kelly sea tan bello no es simplemente su relato histórico, sino su humanidad. La humilde cabaña está llena de personas que se dirigen hacia Cristo, presente en la misa, cada una con su singularidad: jóvenes y mayores, ricos y pobres, madres con niños, trabajadores agotados por el esfuerzo. Cada rostro es diferente. Algunos parecen ansiosos y agobiados, otros serenos y seguros de sí mismos; unos parecen absortos en la oración, otros muestran una curiosidad silenciosa. En esta reunión vislumbramos a la propia Iglesia: una comunidad de personas únicas unidas por la fe.

by Padre Patrick van der Vorst

Oración

Padre Celestial, hoy vengo ante Ti con un corazón sincero, buscando refugio y paz. Reconozco que te necesito en cada paso de mi vida. Perdona mis faltas y ayúdame a ser mejor cada día. [1, 2, 3, 4]
Te abro la puerta de mi alma para que seas Tú quien me dirija. Calma mis dudas, llena mis vacíos y enséñame a escuchar Tu voz. Fortalece mi fe y guíame por el camino del amor, la bondad y la verdad.

Gracias por escucharme siempre y por amarme tal como soy. En el nombre de Jesús, amén.

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