
La Iglesia celebra estos días la Virgen del Rosario, haciendo memoria de la Batalla de Lepanto, que por intercesión de María, se ganó a los turcos, al Imperio Otomano, en el 1571.
Hoy quiero dar testimonio de una experiencia entorno al rosario que ha cambiado mi vida, mi fe y mi oración.
Estos días he podido asistir a la misa de exequias del padre de un amigo. Su padre tuvo una vida muy fecunda. Fue un hombre de fe, que la transmitió a su familia y sus hijos. También, este padre rezaba las 4 partes del rosario. Todo ello, en la eucaristía a mi me tocaba el corazón, hacía arder mi alma y todo mi ser. El sacerdote en la misa dijo, que cuantas avemarías y padrenuestros habría rezado su padre. Todo ello me dejaba conmovida. No había vivido estos sentimientos en otros funerales, de familiares de amigos, que también tienen fe. Pero, lo de ese día era especial, es como si Dios me estaba invitando a algo nuevo y distinto. Un cambio de mirada. Un nuevo giro en la vida: vivir mi primera misión como virgen consagrada: el ministerio de la oración. Hacer de mi vida una continúa ofrenda al Padre por todos, en la intercesión por esta humanidad, por los míos, por todos, y por los que se han alejado de Dios. Vivir en constante oración.
En esa misa, Dios hacía conmigo un camino nuevo.
Por la tarde, fui a la parroquia y me puse ante el Santísimo, pidiendo la intercesión del padre de mi amigo, por mi familia. Después como había escuchado las palabras del sacerdote sobre el rosario, me dije: cuantos padrenuestros y avemarías me he perdido yo. Así, que he empezado a rezar el rosario. Rezo sus cuatro partes desde ese día. Las rezo con gusto, desgranando cada avemaría. Puedo considerar los misterios de la vida del Señor. Ofrezco los misterios por las necesidades de los demás. El rezo del rosario acompaña mi día a día, mis viajes. Va jalonando la jornada.
También, mi vida de oración por la Iglesia, se concreta en el rezo de la liturgia de las horas. Cada momento del día es acompañado por la oración que se me presentó el día de mi consagración. La eucaristía diaria va transformando mi vida. Y como no, los ratos largos de oración ante el sagrario, al que presento y entrego mi existencia, mis miedos y mis preocupaciones.
La vida se ha vuelto una existencia orante. Así, el servicio que hago a la Iglesia y a la sociedad, se vuelve fecundo y lleno de vida. Por la intercesión del padre de mi amigo, los días cunden el doble, y puedo hacer el doble o muchas más cosas de las que hacía en casa o fuera de ella, en el servicio que realizo cada día.
Al final, puedes ir a una misa de exequias acompañando a la familia. Algo que hice, rezando y cuidando a mi amigo y su familia, pero puedes dejar que lo que allí veas te transforme el corazón y toda la existencia.
De la misma manera, eres capaz de respetar el duelo de quien sufre por la pérdida de un ser querido, con un silencio orante, que acompaña con la oración. Todo es un milagro del Señor.
Dios se vale de todo y siempre nos está esperando.
Belén Sotos Rodríguez, ReL
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