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martes, 7 de abril de 2020

Cómo celebrar el Miércoles Santo en casa

Para santificar este Miércoles Santo Aleteia, con la colaboración de la revista Magnificat, ofrece esta celebración de la Palabra de Dios en su hogar. 
PRAY

Guía para la celebración
  • Si se encuentra solo, es preferible leer las lecturas y oraciones de la misa de este domingo (que también podrá encontrar en esta guía) o seguir la misa por televisión o en Aleteia a través de esta página especial creada por Aleteia para Semana Santa. Esta celebración requiere al menos la participación de dos personas.
  • Esta celebración se adapta particularmente a un marco familiar, de amistad o de vecinos. Ahora bien, en el respeto de las medidas del confinamiento, es necesario verificar si está permitido invitar a los vecinos o amigos. En todo caso, durante su celebración, deberán respetarse estrictamente las consignas de seguridad.
  • Se ha de colocar el número de sillas necesario ante un espacio de oración, respetando la distancia de un metro entre cada uno.
  • Debería colocarse una cruz o el crucifijo.
  • Se encenderán una o varias velas, que deberán colocarse en un soporte incombustible (por ejemplo, un plato de porcelana o cristal). Al final de la celebración, se apagarán las velas.
  • No se decorará el espacio de oración con flores. En Pascua, podremos vivir la alegría de volver a colocarlas.
  • Se designa a una persona para dirigir la oración, quien establecerá la duración de los momentos de silencio.
  • Se designan lectores para la primera lectura, el salmo y el Evangelio. 
*
*    *

MIÉRCOLES SANTO
Celebración de la Palabra
“Señor Jesús, rey nuestro,
sólo tú has tenido compasión de nuestras faltas
“.

Nos sentamos. El guía de la celebración, toma la palabra:
Hermanos y hermanas
en este Miércoles Santo,
pongamos nuestra mirada en Cristo Jesus,
para disponernos con todo nuestro ser
a acompañarle en su pasión.
Se acercan los días en los que Jesús, nuestro Salvador,
sufrió por nosotros  y resucitó en la gloria.
En las tinieblas en las que estamos sumidos,
Él es nuestra luz y Salvación.
Iluminados por su luz,
conscientes de nuestros límites y debilidades,
así como del mal que causan nuestros pecados,
queremos expresar nuestra confianza
en la pasión del Hijo amado,
y darle gracias
por habernos dado
la prueba de amor más grande.
Pausa
Jesús, aunque las circunstancias nos impiden
perpetuar la ofrenda de tu vida
a través de la celebración de la Eucaristía,
tú nos pides actualizarla, ahora más que nunca,
amándonos los unos a los otros,
como tú nos has amado.
Después de tres minutos de silencio,
todos se ponen de pie
y hacen la señal de la cruz, diciendo: 
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén
El guía de la celebración sigue diciendo: 
Para prepararnos a acoger la Palabra de Dios
y se convierta en motivo de purificación para todos nosotros,
reconozcamos con humildad nuestros pecados.
Sigue el rito penitencial:
Señor, ten misericordia de nosotros.
Porque hemos pecado contra ti.Miéstranos, Señor, tu misericordia.Y danos tu salvación.
Que Dios Todopoderoso tenga misericordia de nosotros,
perdone nuestros pecados,
y nos lleve a la vida eterna.
Amén.
Se pronuncia o canta:
Señor, ten piedad.
Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad.
Señor, ten piedad.

ORACIÓN
Quien guía la celebración dice:
Padre misericordioso,
que para librarnos del poder del enemigo,
quisiste que tu Hijo sufriera por nosotros el suplicio de la cruz,
concédenos alcanzar la gracia de la resurrección.
Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.

Se leen las lecturas de la misa del Miércoles Santo.
El encargado de la priera lectura permanece de pie,
mientras los demás se sientan.
PRIMERA LECTURA
Lectura del Profeta Isaías (50, 4-9)
En aquel entonces, dijo Isaías:
“El Señor me ha dado una lengua experta,
para que pueda confortar al abatido
con palabras de aliento.
Mañana tras mañana, el Señor despierta mi oído,
para que escuche yo, como discípulo.
El Señor Dios me ha hecho oír sus palabras
y yo no he opuesto resistencia
ni me he echado para atrás.
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban,
la mejilla a los que me tiraban de la barba.
No aparté mi rostro a los insultos y salivazos.
Pero el Señor me ayuda,
por eso no quedaré confundido,
por eso endurecí mi rostro como roca
y sé que no quedaré avergonzado.
Cercano está de mí el que me hace justicia,
¿quién luchará contra mí?
¿Quién es mi adversario? ¿Quién me acusa?
Que se me enfrente.
El Señor es mi ayuda,
¿quién se atreverá a condenarme?’’
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
El encargado de leer el salmo se levanta,mientras los demás permanecen sentados. 
SALMO 68 (Salmo 68, 8-10. 21bcd-22. 31 y 33-34)
R/ Por tu bondad, Señor, socórreme.
Por ti he sufrido injurias
y la vergüenza cubre mi semblante.
Extraño soy y advenedizo,
aun para aquellos de mi propia sangre;
pues me devora el celo de tu casa,
el odio del que te odia, en mí recae.
R/ Por tu bondad, Señor, socórreme.
La afrenta me destroza el corazón y desfallezco.
Espero compasión y no la hallo;
consoladores, y no los encuentro.
En mi comida me echaron hiel,
para mi sed me dieron vinagre.
R/ Por tu bondad, Señor, socórreme.
En mi catar exaltaré tu nombre,
proclamaré tu gloria, agradecido.
Se alegrarán al verlo los que sufren,
quienes buscan a Dios tendrán más ánimo,
Porque el Señor jamás desoye al pobre,
ni olvida al que se encuentra encadenado.
R/ Por tu bondad, Señor, socórreme.

EVANGELIO
Todos se ponen de pie.
Se eleva la aclamación antes del Evangelio.
R/ Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Señor Jesús, rey nuestro,
sólo tú has tenido compasión de nuestras faltas.
R/ Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
El lector encargado del Evangelio lo leerá con lentitud y sobriedad.
Lectura del santo Evangelio según san Mateo (26, 14-25)
En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: “¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?” Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselo.
El primer día de la fiesta de los panes Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: “¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?” Él respondió: “Vayan a la ciudad, a casa de fulano y díganle: ‘El Maestro dice: Mi hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa’ ”. Ellos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de Pascua.
Al atardecer, se sentó a la mesa con los Doce, y mientras cenaban, les dijo: “Yo les aseguro que uno de ustedes va a entregarme”. Ellos se pusieron muy tristes y comenzaron a preguntarle uno por uno: “¿Acaso soy yo, Señor?” Él respondió: “El que moja su pan en el mismo plato que yo, ése va a entregarme. Porque el Hijo del hombre va a morir, como está escrito de él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido”. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: “¿Acaso soy yo, Maestro?” Jesús le respondió: “Tú lo has dicho”.

El Evangelio termina sin aclamación.
Todos se sientan. El guía repite lentamente,
como si se tratara de un eco lejano:
En lo más profundo de nuestro corazón marcado por el pecado,
dejemos resonar esta palabra del Señor,
que se dirige personalmente a cada uno de nosotros:
“El Señor jamás desoye al pobre,
ni olvida al que se encuentra encadenado”.
Permanecemos tres minutos en silencio de meditación personal.
Al final, todos se levantan. El que guía la celeración introduce el Padrenuestro.
Fieles a la recomendación del Salvador,
y siguiendo su divina enseñanza,
nos atrevemos a decir:
Se reza o canta el Padre Nuestro:
Padre nuestro,que estás en el cielo,santificado sea tu nombre;venga a nosotros tu reino;hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.Danos hoy nuestro pan de cada día;perdona nuestras ofensas,como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;no nos dejes caer en la tentación,y líbranos del mal.
E inmediatamente todos proclaman:
Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor.
El guía sigue diciendo:
Acabamos de unir nuestra voz
a la del Señor Jesús para orar al Padre.
Somos hijos en el Hijo.
En la caridad que nos une los unos a los otros,
renovados por la Palabra de Dios,
podemos intercambiar un gesto de paz,
signo de la comunión
que recibimos del Señor.
Todos intercambian un gesto de paz. Si fuera necesario, siguiendo las indicaciones de las autoridades, este gesto puede hacerse inclinando profundamente la cabeza hacia el otro o, en familia, enviando un beso a distancia con dos dedos en los labios.Nos sentamos.
COMUNIÓN ESPIRITUAL
El guía dice:
Dado que no podemos recibir la comunión sacramental,
el Papa Francisco nos invita apremiantemente a realizar la comunión espiritual,
llamada también “comunión de deseo”.
El Concilio de Trento nos recuerda que
“se trata de un ardiente deseo de alimentarse con este Pan celestial,
unido a una fe viva que obra por la caridad,
y que nos hace participantes de los frutos y gracias del Sacramento”.
El valor de nuestra comunión espiritual
depende, por tanto, de nuestra fe en la presencia de Cristo en la Eucaristía,
como fuente de vida, de amor y de unidad,
así como de nuestro deseo de comulgar, a pesar de las circunstancias.
Con esta disposición de ánimo, les invito ahora a inclinar la frente,
a cerrar los ojos y vivir un momento de recogimiento.
Pausa
En lo más profundo de nuestro corazón,
dejemos crecer el ardiente deseo de unirnos a Jesús,
en la comunión sacramental,
y de hacer que su amor se haga vivo en nuestras vidas,
amando a nuestros hermanos y hermanas como Él nos ha amado.
Permanecemos cinco minutos en silencio en un diálogo de corazón a corazón con Jesucristo.Podemos cantar un cántico de acción de gracias.A continuación, nos ponemos de pie y
juntos pronunciamos esta oración.
Quédate con nosotros, Señor,
cuando en torno a nuestra fe
surgen las nieblas de la duda,
del cansancio o de la dificultad:
tú, que eres la Verdad misma como revelador del Padre,
ilumina nuestra vida con tu Palabra;
ayúdanos a sentir la belleza de creer en ti.
BENDICIÓN
La persona que guía la celebración, con las manos juntas, 
pronuncia en nombre de todos la fórmula de la bendición:
Por intercesión de san N. [patrón de la parroquia],de todos los santos y santas de Dios,
que el Señor de la perseverancia y la fortaleza
nos ayude a vivir el espíritu de
sacrificio, compasión y amor de Cristo Jesús.
De este modo, en comunión con el Espíritu Santo,
daremos gloria a Dios,
Padre de Nuestro Señor Jesucristo,
por los siglos de los siglos.
Amén.
Todos juntos mirando hacia la cruz,
piden la bendición del Señor:
El Señor nos bendiga y proteja,
ilumine su rostro sobre nosotros
y nos conceda su favor.
Amén.
Todos hacen la señal de la cruz.Los padres pueden hacer la señal de la cruz en la frente de sus hijos.Es posible concluir la celebración elevando un cántico a la Virgen María.
*
*     *

Para seguir santificando el Lunes Santo es posible renovar la venerable tradición de las vísperas, celebrando al final de la tarde el oficio de la Liturgia de las Horas o la Oración de la Tarde. 
En cada uno de los días de esta Semana Santa, Aleteia propondrá una amplia gama de recursos para seguir celebrando, a pesar de la cuarentena provocada por el coronavirus, este tiempo culminante de nuestra vida cristiana para la gloria de Dios y la salvación del mundo.
Asimismo, usted podrá encontrar, de manera gratuita, otros recursos en la página web de Magnificat. 
Aleteia

viernes, 20 de marzo de 2020

Lo más admirable de las mujeres

Para la mujer, el sufrimiento más fuerte no es nunca el dolor corporal…YOUNG WOMAN

Hay tantas mujeres rechazadas, repudiadas, infravaloradas. Tantas mujeres utilizadas y heridas…
Jesús ama a la mujer, la mira con ojos de misericordia, la enaltece. Siempre me impresiona su mirada sobre la mujer en ese tiempo en Israel.
La mira con ojos llenos de admiración. La ama en su verdad y la respeta. El amor, la verdad y el respeto van siempre de la mano.
Sólo se puede amar lo que se admira. Sólo se respeta lo que de verdad se ama. Sólo puedo amar cuando respeto.
Y al admirar la verdad escondida en el corazón amo en lo profundo. Esa verdad sale a la luz con fuerza y florece ante mis ojos.
Tengo un profundo amor y respeto por la mujer. Y me duele cuando es despreciada, abusada, ninguneada, ignorada.
Una canción de Javy Ramírez expresa cómo la mujer tiene que amarse a sí misma para poder ser amada: “Te prefiero cuando eres tú misma la que te prefieres”.
Vale para mí también, para todos. Si no me amo, no puedo ser amado. Si no me respeto no puedo ser respetado. Si no tengo en cuenta mi dignidad, no puedo pedir a los demás que la tengan en cuenta.
Pienso en tantas mujeres heridas, abandonadas, maltratadas. Puede que hayan perdido su inocencia y desconfíen del que es fuerte, del que quiere imponer su querer.
Pido por esas mujeres que han perdido la dignidad, o han hecho que la perdieran. Por aquellas que viven con rabia y rencor. Me conmueve su dolor, su amargura.
Han dejado a un lado su alma grande y viven encerradas en su dolor amargo. Pido para que el perdón y la paz llegue a sus corazones en guerra.
Pienso en la mujer a la que admiro. Ese corazón de mujer que tanto valoro. Pienso en su alma pura y grande que sueña con dar la vida por entero, por aquellos a los que ama. Esa alma que se dona sin medir, se sacrifica por amor, acoge muy dentro al que busca hogar.
Admiro el corazón de las mujeres que forman parte de mi vida. Admiro su belleza interior y exterior. Su mirada pura. Su espíritu de lucha. Su fe inamovible en circunstancias adversas. Su capacidad para el sacrificio. Su tolerancia ante el dolor.
Admiro su mirada amplia que acoge al hijo. Esa mirada que me hace sentir niño confiado. Respeto la entereza de la mujer, su dignidad, su grandeza de alma.
Me duele tanto ver a la mujer rechazada, abusada, herida. Verla despreciada en su verdad. Utilizada.
Me conmueve ver a la mujer que lucha por encontrar su lugar y lograr que la respeten. La mujer que se levanta siempre de nuevo en su lucha. Que ama hasta estar dispuesta a dar la vida.
Me conmueve ese corazón que nunca se desanima. Me impresiona la mirada misericordiosa de la mujer. Su compasión. Decía el padre José Kentenich:
“Para la mujer, el sufrimiento más fuerte no es nunca el dolor corporal sino el del alma. Pero, a menudo, el sufrimiento del alma es en lo más hondo un compadecimiento”.
La mujer sabe compadecerse. Sabe ponerse en mi lugar. Sufrir en mi dolor, acompañarme en mi tormenta interior. La compasión es el rasgo de su alma.
Me conmueve su capacidad para acompañar al que sufre, para sostener sus lagrimas, para contener sus rabias. Me gusta esa mujer madre que educa con paciencia y respeto infinito. Decía el Padre Kentenich:
“Es misión especial de la mujer educar al varón en una caballerosidad respetuosa y delicada, mediante el fino velo del misterio con el cual ella cubre su esencia, y mediante el aroma de su clausura interior”.
Esa mujer que educa es una mujer que se guarda y se entrega. Guarda su intimidad, se da con generosidad. Y educa al hombre en el respeto.
Admiro esa alma femenina que logra sacar lo mejor de mí. Me hace más humano y sensible, más niño y más caballero. Me hace respetar las diferencias y amar en lo humano al que tengo delante.
Admiro la pureza interior de la mujer que es alma abierta a Dios. Alma niña que confía y se entrega. Se siente respetada en su verdad y vence las distancias.
Hoy vuelvo a reconocer mi amor al corazón de la mujer. Mi respeto a su nobleza. Mi admiración por su generosidad. El alma femenina que educa mi propia alma. Y me enseña una forma única y sagrada de mirar la vida.
Me conmueve la entrega abnegada de la mujer. Su espíritu de lucha ante la adversidad. Su confianza filial en el Dios que conduce su historia. Es hija y es niña.
Me impresiona el alma de la mujer que es madre que acoge, educa y guía a los que se le confían. Una madre no olvida nunca a su hijo. Lo perdona una y otra vez hasta el final de su vida. Y vuelve a creer en la belleza escondida detrás de las fealdades aparentes.
Respeto el corazón de la mujer. Ese corazón libre y generoso. Ese corazón puro y grande. Ese corazón enamorado de Dios y del hombre.
Y le pido a Dios que me enseñe siempre a respetar su dignidad, a admirar su belleza, a cuidar su grandeza.
Carlos Padilla Esteban, Aleteia
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