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lunes, 25 de marzo de 2019

El Día del Niño por nacer

El mundo celebra este lunes el día del niño por nacer
Este 25 de marzo se celebra el día del niño por nacer. En la víspera de esta celebración el arzobispo de Trujillo y presidente de la Conferencia Episcopal Peruana, Mons. Miguel Cabrejos Vidarte invita al pueblo a celebrar el Día en su víspera, este domingo 24 de Marzo, en la Basílica de Trujillo
Patricia Ynestroza-Ciudad del Vaticano



El arzobispo de Trujillo y presidente de la Conferenca Episcopal del  Perú, Mons. Miguel Cabrejos Vidarte  envió un mensaje, a través de un spot  a  todas las madres gestantes y fieles en general a celebrar el Día del Niño por Nacer, en su víspera, este domingo 24 de Marzo, a las 11:00 de la mañana en la Basílica Catedral de Trujillo.

Derecho de nacer
En otra ocasión los obispos peruanos recordaron que el derecho fundamental a la vida es anterior a todo otro derecho y forma parte del Derecho Natural y del Derecho Divino. En las Sagradas Escrituras se expresa el Derecho divino con el mandamiento “no matarás”, que garantiza no solo el cuidado de la vida humana, sino la protección que la sociedad y el Estado deben dar a la persona para salvaguardar el bien común.

“La vida no puede ser suprimida por ninguna razón, ni sacrificada a favor de otros, aunque sea para salvar a alguien. Si se admiten excepciones a este principio, estamos abriendo la puerta a prácticas que atentan contra nuestra propia dignidad como personas humanas. Es por eso fundamental volver a enfatizar que debemos defender la vida desde el momento de la concepción hasta la muerte natural. La vida no nos pertenece, es posesión de Dios y ha sido puesta a nuestro cuidado”.

Un poco de historia
La Solemnidad de la Anunciación coincide en algunos países del mundo con el Día del Niño por Nacer, que se celebra cada 25 de marzo y que busca conmemorar, promover y defender la vida humana desde la concepción en el vientre de la madre.

En 1993, El Salvador se convirtió en la primera nación en celebrar oficialmente lo que se llamó el Día del Derecho a Nacer. Posteriormente, otros países han iniciado celebraciones oficiales para los no nacidos, como Argentina con el Día de los no Nacidos en 1998, en Guatemala con el mismo nombre en 1999 y en Chile en 2014 con el Día del que Está por Nacer y de la Adopción?. La celebración de 1999 en Buenos Aires se unieron representantes de las comunidades musulmana, ortodoxa y judía de Brasil. La promoción del Día Internacional del Niño por Nacer fue respaldada por los Caballeros de Colón. En el año 2006, después de una misa, la presidenta filipina Gloria Macapagal Arroyo declaró el Día anual para el Niño por Nacer el 25 de marzo?. En el 27 de agosto de 2018 Puerto Rico se unió en la lista de países en observar el Día del Niño por Nacer.

domingo, 24 de marzo de 2019

BUENOS AIRES PROVIDA: GRAN MANIFESTACIÓN

Este sábado se celebró por las calles de Buenos Aires la marcha por la vida del Día del Niño por Nacer. Volvió a resonar el lema que la lucha provida en el país, Salvemos las dos vidas, que volverá a ocupar el debate público ante los nuevos intentos de liberalizar el aborto en Argentina













Cómo recibir amor aumenta la fe

Haz memoria para recordar cuánto te ha querido Dios

FAITH
La voz no puede explicar normalmente lo que el corazón siente. Necesito saber que me quieren. Sin ese amor que me sostiene no puedo hacer nada.
Leía el otro día: “Alguien se puede considerar inteligente, capaz, etc., pero si nadie lo quiere, se siente un pobre hombre. Solamente cuando otra persona le dice: ‘yo te quiero’, ‘yo te aprecio’, ‘qué bueno que existas’, entonces adquiere una conciencia real de su propio valor”[1].
Jesús se experimentó profundamente amado por su Padre. En Él yo también me siento amado. ¡Qué importante saberme amado por Dios! ¡Qué necesario encontrar personas que me amen en la tierra con el amor de Dios!
Me da pena encontrar cónyuges que no se aman. Una persona me decía: “Muchas veces veo que no admiro a mi cónyuge. Algo suyo sí, algo bueno que tiene dentro. Pero tantas veces me quedo en lo malo y no lo admiro”.
Sin admiración el amor no crece, no se hace profundo. Cuando dejo de admirar a quien amo, acabo dejándolo de amar.
Necesito amar con un amor humano. Necesito ser amado para poder amar. Tocar el abrazo que me sostiene y me levanta. Sentir la mirada que me permite creer en lo bueno que hay en mí y seguir luchando.

El amor humano me conduce al amor de Dios. En la mirada de unos ojos descubro ocultos los ojos de Dios.
Esa voz misteriosa que me recuerda que soy el hijo predilecto. Es bueno que exista. Merece la pena que viva y ame. Mi vida es maravillosa.
Jesús es el amado del Padre. El hijo querido. ¿Cómo podrían los discípulos dudar de Él después de lo visto en el Tabor? Parece imposible.
Pero luego surgen el miedo, la persecución. En medio del caos no recuerdan el cielo del Tabor. Su corazón se llena de dudas. No son capaces de mirar más allá de la muerte que les amenaza.
A veces me pasa a mí lo mismo. Me han dicho de mil maneras que soy el hijo amado de Dios. Lo he recordado en momentos de Tabor.
He visto que mi vida es para siempre. Sé que todo lo que hago tiene una repercusión en el cielo. Me han mostrado la esperanza que guía mis pasos. Me han recordado cuánto valgo. Merece la pena seguir luchando.
En la oscuridad me olvido de lo bueno que he vivido. Dudo de lo que he visto con mis ojos. ¡Qué traicionero es el corazón! He visto y dudo. He sido abrazado y desconfío.
Construir una relación profunda de confianza lleva años y muchísimo esfuerzo. Destruir la confianza ganada se logra en un solo instante de traición. Así de fácil.
Necesito tantos momentos de Tabor para creer que la vida eterna es lo que me espera y que estoy construyendo el cielo en la tierra.
Pero luego en un momento de temor lo olvido todo y desconfío de ese amor que parecía inconmovible. Me siento Pedro negando a Jesús en una noche oscura. Me siento como él apartando mi mirada de la suya. Porque he dudado. Y mi vida entonces ya no parece tan predilecta, tan amada.
Necesito volver a recordar tanto amor que hay en mi vida.

[1] Rafael Fernández de Andraca, El Jardín de María y el 20 de enero


Carlos Padilla Esteban, Aleteia









sábado, 23 de marzo de 2019

¿Cómo luchar contra el complejo de culpabilidad?

Los contenidos aprendidos en la etapa de infancia son muy decisivos en la vida psicológica de adultos, sobre todo, en referencia a los sentimientos de culpa

KOBIETA Z POCZUCIEM WINY
En mi consultorio atiendo muchas formas de sentimientos de culpa, sobre todo en personas que han desarrollado una condición de vulnerabilidad en su conciencia. Tal que los convierte en los más duros jueces de sí mismos.
Personas que llegan a desarrollar enfermedades psicosomáticas (sistema inmunológico debilitado, problemas cardiovasculares, malestar gastrointestinal, dolores difusos, etc.) y mentales (odio a sí mismo, depresión, ansiedad), ello debido a no poder distinguir entre las acciones de las que son verdaderamente responsables, y las que corresponden a su trastorno de personalidad. 
Personas que pueden terminar dañando seriamente sus relaciones familiares.
Esta es una de esas historias:
—Solo al iniciar el día, comienzo casi sin darme cuenta a hilvanar un rosario de sentimientos y pensamientos con tono de auto reproche. No sé lo que es poder descansar en mí misma. 
No hace mucho convivía con una vieja amiga, y en esos momentos nos tomaron una fotografía en la que  ella apareció sonriendo espontáneamente, mientras que yo lo hice con sombría expresión. Mi amiga, con mucha franqueza me dijo que lo que veía en la fotografía era mi eterno complejo de auto condena, y que  debía hacer algo.
Quien así se expresaba era una joven señora profesionista con un buen matrimonio y dos hijos, que parecía tenerlo todo, mas no era así.
Gradualmente, a través del diálogo comenzó a ponerse de relieve que debía atender y superar tres heridas que en ella inconscientemente permanecían abiertas.
La primera: Desde niña había sido enseñada a sentirse culpable por actos insignificantes que no debían haberla perturbado de un modo natural, pues se trataba de circunstancias normales a su edad, o bien, de las que no podía tener control y no era en absoluto responsable.
Recordó que cuando deseando seguir instrucciones  las olvidaba o se equivocaba, se le tachaba de desobediente, recibiendo en más de una ocasión severos castigos, lo que la hacía sentirse insegura de sus actos, pues se le juzgaba más por ellos que por su verdadera intención o voluntad.
La segunda: En su adolescencia sus padres se divorciaron, lo que agravó su inseguridad en un definitivo rompimiento interior, que le daba la certeza de que jamás la habían amado solo por ser quien era; pues si eran capaces de tal acción, era que definitivamente ella no les importaba.
La tercera: Sus hermanos, lejos de resolver positivamente sus vidas, habían caído en las garras de los vicios y se sentía impotente de ayudarlos, sufriendo por ello.
Como los contenidos aprendidos en la etapa de infancia son muy decisivos en la  vida psicológica de adultos, sobre todo, en referencia a los sentimientos de culpa, se hace necesario formar y replantear la conciencia moral, cuidando qué ideas, pensamientos, puntos de vista sobre Dios, el bien y el mal sean las correctas. Sobre todo, lo que es y no, la propia responsabilidad.
Por ello, la solución radical que se le planteó, fue sentar las bases de una personalidad emocionalmente equilibrada, adquiriendo la capacidad de hacer juicios correctos. La propuesta fue una ardua pero eficaz tarea de formación de su conciencia moral, que le ayudaría a sanar las tres dimensiones dañadas de su personalidad.
Sobre rectificar los sentimientos de culpa aprendidos desde la infancia:
  • Tomar conciencia de sus emociones siendo capaz de preguntarse: ¿Qué siento  al pensar, actuar o decidir en tal o cual cosa? ¿Por qué mi sentimientos negativos?
  • Ser capaz de analizar sus sentimientos: ¿Por qué lo siento?  ¿Es razonable lo que siento? 
  • Lograr la identificación de su voluntariedad. ¿Cuál es mi verdadera intención al actuar?  ¿Qué relación tienen mis actos con mis sentimientos?
Desde esta nueva perspectiva asimilar el divorcio de sus padres:
  • Tratando de comprenderlos en sus limitaciones, para no seguir anclada en el círculo vicioso del resentimiento y la autocompasión.
  • Seguir superándose para agradecerles el don de la vida desde un buen presente, sin que le afecte el pasado.
  • Construir desde el amor de su propia familia una sana autoestima.
  • Apelar a la solución definitiva desde su espiritualidad, para encontrar el sentido más profundo de su existencia.
Sobre la vida infeliz de sus hermanos. La caridad no implica el ser injusto con nosotros mismos. La vida de sus hermanos es en términos de libertad personal, solo responsabilidad de ellos; sentirse culpable por sus vidas es asumir aquello en lo que en definitiva no le corresponde.
Ante situaciones persistentemente dolorosas e injustas en las que los hermanos asumen sus vidas, es conveniente ayudarlos en lo posible y, pero desde una sana distancia que le permita vivir la suya propia, sin una contaminación emocional que le impida entregarla plenamente a su esposo e hijos.
Finalmente, y los más importante: aprender a reconocer los verdaderos errores para hacerse responsable y crecer, pues existen sentimientos que son útiles porque e través de una correcta desaprobación personal se logran fuertes motivos para una conducta de mayor superación, tomando la firme decisión de adherirnos a lo que más vale la pena. 
Orfa Astorga, Aleteia 
  









«ABORTAR TE HACE COBARDE»: ANA LO VIVIÓ

Ana cometió el error de abortar y explica en Faro Films las consecuencias que eso tuvo para ella: «El aborto te hace una mujer totalmente cobarde, la valentía te la da dar a luz», afirma. 














Cuaresma: En un mundo de “disipación”, el P. Cantalamessa invita a encontrar “la interioridad”

Segunda Predicación De Cuaresma De P. Cantalamessa, 22 De Marzo De 2019  Vatican Media
 “La disipación es el nombre de la enfermedad mortal que nos amenaza a todos”, advirtió el predicador de la Casa Pontificia, p. Raniero Cantalamessa, en su segunda meditación de Cuaresma, el 22 de marzo de 2019. Por el contrario, enfatizó las virtudes de la “interioridad”, que “conduce a una vida auténtica”.
Todos los viernes por la mañana durante la temporada de Cuaresma, el capuchino realiza una meditación sobre el tema “Entra en ti”. Desde la capilla Redemptoris Mater del Vaticano, en presencia del Papa Francisco, invitó a las personas a reflexionar sobre “el lugar donde cada uno de nosotros entra en contacto con el Dios vivo”: “En un sentido universal y sacramental, este” lugar “, Es la Iglesia, pero en un sentido personal y existencial, es nuestro corazón. ”
P. Cantalamessa invitó a redescubrir la interioridad, “un valor en crisis” hoy en un mundo liderado por “la ola de externalidad”. Se trata de encontrar “la” célula interior “que cada uno lleva consigo y en la que siempre es posible retirarse en el pensamiento, renovar un contacto vivo con la Verdad que vive en nosotros”.
AK
«¡Entra en ti mismo!»
Segunda predicación, Cuaresma 2019
San Agustín lanzó un llamamiento que a distancia de tantos siglos conserva intacta su actualidad: «In te ipsum redi. In interiore homine habitat veritas»: «Entra en ti mismo. En el hombre interior habita la verdad»[1] . En un discurso al pueblo, con insistencia aún mayor, exhorta:
«¡Entrad de nuevo en vuestro corazón! ¿Dónde queréis ir lejos de vosotros? Yendo lejos os perderéis. ¿Por qué os encamináis por carreteras desiertas? Entrad de nuevo desde vuestro vagabundeo que os ha sacado del camino; volved al Señor. Él está listo. Primero entra en tu corazón, tú que te has hecho extraño a ti mismo, a fuerza de vagabundear fuera: no te conoces a ti mismo, y ¡busca a aquel que te ha creado! Vuelve, vuelve al corazón, sepárate del cuerpo… Entra de nuevo en el corazón: examina allí lo que quizá percibiste de Dios, porque allí se encuentra la imagen de Dios; en la interioridad del hombre habita Cristo, en tu interioridad eres renovado según la imagen de Dios»[2].
Continuando el comentario iniciado en Adviento sobre el versículo del Salmo «Mi alma tiene sed del Dios vivo», reflexionemos sobre el «lugar» en que cada uno de nosotros entra en contacto con el Dios vivo. En sentido universal y sacramental este «lugar» es la Iglesia, pero en sentido personal y existencial es nuestro corazón, lo que la Escritura llama «el hombre interior», «el hombre escondido en el corazón»[3]. A esta elección nos impulsa también el tiempo litúrgico en que nos encontramos. Jesús en estos cuarenta días está en el desierto, y es allí donde lo debemos alcanzar. No todos pueden ir a un desierto exterior; pero todos podemos refugiarnos en el desierto interior que es nuestro corazón. «En la interioridad del hombre habita Cristo», nos ha dicho Agustín.
Si queremos una imagen plástica, o un símbolo que nos ayude a aplicar esta conversión hacia el interior, nos la ofrece el Evangelio con el episodio de Zaqueo.
Zaqueo es el hombre que quiere conocer a Jesús y, para hacerlo, sale de casa, va entre la multitud, sube a un árbol… Lo busca fuera. Pero hete aquí que Jesús al pasar lo ve y le dice: «Zaqueo, baja enseguida porque hoy tengo que quedarme a tu casa» (Lc 19,5). Jesús lleva a Zaqueo a su casa y allí, en secreto, sin testigos, ocurre el milagro: conoce verdaderamente quién es Jesús y encuentra la salvación.
Nos parecemos a menudo a Zaqueo. Buscamos a Jesús y lo buscamos fuera, por las calles, entre la multitud. Y es el mismo Jesús quien nos invita a entrar en nuestra casa en nuestro propio corazón, donde él desea encontrarse con nosotros.
Interioridad, un valor en crisis
La interioridad es un valor en crisis. La «vida interior» que en un tiempo era casi sinónimo de vida espiritual, ahora, en cambio, tiende a ser mirada con sospecha. Hay diccionarios de espiritualidad que omiten totalmente las voces «interioridad» y «recogimiento» y otros que las llevan, pero no sin expresar algunas reservas. Por ejemplo, se destaca que, después de todo, no hay ningún término bíblico que corresponda exactamente a estas palabras; que podría haber habido, en este punto, un influjo determinante de la filosofía platónica; que podría favorecer el subjetivismo y así sucesivamente.
Un síntoma revelador de este descenso del gusto y estima de la interioridad es la suerte que ha tocado a la Imitación de Cristo que es una especie de manual de introducción a la vida interior. De libro más amado entre los cristianos, después de la Biblia, ha pasado, en pocas décadas, a ser un libro olvidado.
Algunas causas de esta crisis son antiguas e inherentes a nuestra propia naturaleza. Nuestra «composición», es decir, el estar constituidos de carne y espíritu, hace que seamos como un plano inclinado; inclinado, sin embargo, hacia lo exterior, lo visible y lo múltiple. Como el universo, tras la explosión inicial (el famoso Big Bang), también nosotros estamos en fase de expansión y de alejamiento del centro. «No se sacia el ojo de mirar, ni el oído se sacia nunca de oír», dice la Escritura (Qo 1,8). Estamos perennemente en «salida», a través de esas cinco puertas o ventanas que son nuestros sentidos.
Otras causas son, en cambio, más específicas y actuales. Una es la emergencia de lo «social» que es ciertamente un valor positivo de nuestros tiempos, pero que, si no se reequilibra, puede acentuar la proyección hacia lo exterior y la despersonalización del hombre. En la cultura secularizada y laica de nuestros tiempos el papel que desempeñaba la interioridad cristiana fue asumido por la psicología y el psicoanálisis, las cuales se detienen, sin embargo, en el inconsciente del hombre y en su subjetividad, prescindiendo por su íntimo vínculo con Dios.
En el campo eclesial, la afirmación, con el Concilio, de la idea de una «Iglesia para el mundo» ha hecho que al ideal antiguo de la fuga del mundo, se haya sustituido a veces el ideal de la fuga hacia el mundo. El abandono de la interioridad y la proyección hacia lo externo es un aspecto —y entre los más peligrosos— del fenómeno del secularismo.
Hubo incluso un intento de justificar teológicamente esta nueva orientación que ha tomado el nombre de teología de la muerte de Dios, o de la ciudad secular. Dios —se dice— nos ha dado él mismo el ejemplo. Al encarnarse, él se ha vaciado, ha salido de sí mismo, de la interioridad trinitaria, se ha «mundanizado», es decir, dispersado en lo profano. Se ha convertido en un Dios «fuera de sí».
 La interioridad en la Biblia
Como siempre, a la crisis de un valor tradicional, se debe responder en el cristianismo haciendo una recapitulación, es decir, retomando las cosas en su principio para llevarlas a un nuevo cumplimiento. En otras palabras, se trata de partir de nuevo desde la palabra de Dios y, a su luz, encontrar, en la misma Tradición, el elemento vital y perenne, liberándolo de los elementos caducos de los que se ha revestido a lo largo de los siglos. Es lo que el concilio Vaticano II siguió como método en todos sus trabajos. Igual que en la naturaleza, en primavera, se poda el árbol de las ramas de la temporada anterior para hacer posible que el tronco florezca de nuevo, así hay que hacer también en la vida de la Iglesia.
Ya los profetas de Israel lucharon para trasladar el interés del pueblo desde las prácticas exteriores de culto y del ritualismo, a la interioridad de la relación con Dios. «Este pueblo —leemos en Isaías— se acerca a mí solo con palabras y me honra con los labios, mientras que su corazón está lejos de mí y el culto que me rinde es un aprendizaje de costumbres humanas» (Is 29,13). El motivo es que «el hombre mira las apariencias, pero Dios escudriña el corazón» (1 Sam 16,7). «Rasgaos el corazón, no las vestiduras, —se lee en otro profeta» (Jl 2,13).
Es el tipo de reforma religiosa que Jesús retomó y llevó a cabo. Uno que analice la actuación de Jesús y sus palabras, fuera de preocupaciones dogmáticas, desde un punto de vista de la historia de las religiones, nota sobre todo una cosa: que él quiso renovar la religiosidad judía, terminada a menudo en lo seco del ritualismo y del legalismo, poniendo en el
centro de ella una relación con Dios intima y vivida. Él no se cansa de apelar a ese ámbito «secreto», el «corazón», donde se opera el verdadero contacto con Dios y con su voluntad viva y del que depende el valor de toda acción (cf. Mt 15,10ss). El llamamiento a la interioridad encuentra su motivación bíblica más profunda y objetiva en la doctrina de la inhabitación de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en el alma del bautizado[1].
Con el paso del tiempo, en la visión bíblica de la interioridad cristiana algo se había ofuscado, contribuyendo a la crisis de la que he hablado anteriormente. En ciertas corrientes espirituales, como en algunos de los místicos renanos, se había ofuscado el carácter objetivo de esta interioridad. Insisten en volver al «fondo del alma» mediante lo que ellos llaman «introversión». Pero no siempre resulta claro si este «fondo del alma» pertenece a la realidad de Dios o a la del yo, o, peor aún, si es ambas cosas juntas, fusionadas de manera panteísta.
En los últimos siglos el aspecto del método había acabado por prevalecer sobre el contenido de la interioridad cristiana, reduciéndola a veces a una especie de técnica de concentración y de meditación, más que en el encuentro con Cristo vivo en el corazón, aunque no han faltado en ninguna época espléndidas realizaciones de la interioridad cristiana. Santa Isabel de la Trinidad está en la línea de la más pura interioridad objetiva, cuando escribe: «Yo he encontrado el paraíso en la tierra, porque el paraíso es Dios y Dios está en mi corazón».
 Regreso a la interioridad
Pero volvamos al presente. ¿Por qué es urgente volver a hablar de interioridad y redescubrir el gusto sobre ella? Vivimos en una civilización toda proyectada hacia lo exterior. Ocurre en el ámbito espiritual lo que se observa en el ámbito físico. El hombre envía sus sondas hasta la periferia del sistema solar, fotografía lo que hay en planetas lejanos; ignora, en cambio, lo que se agita a pocos miles de metros bajo la corteza terrestre y no consigue, por eso, prever terremotos y erupciones volcánicas. También nosotros sabemos, ahora en tiempo real, lo que sucede en el otro extremo del mundo, pero ignoramos lo que se agita en el fondo de nuestro corazón. Vivimos como en una centrifugadora en acción a toda velocidad.
Evadirse, es decir, salir fuera, es una especie de palabra de orden. Incluso hay una literatura de evasión, espectáculos de evasión. La evasión está, por así decirlo, institucionalizada. El silencio da miedo. No se logra vivir, trabajar, estudiar sin alguna voz o música alrededor. Hay una especie de horror vacui, de miedo del vacío, que impulsa a aturdirse.
Tuve ocasión de entrar una vez en una discoteca, invitado a hablar a los jóvenes allí reunidos. Me bastó para hacerme una idea de lo que reina allí: la orgía del barullo, el ruido ensordecedor como droga. Se han hecho investigaciones entre los jóvenes a la salida de la discoteca y a la pregunta: «¿Por qué os reunís en este lugar?»; algunos han respondido: «¡Para no pensar!». Pero es fácil imaginar a qué manipulaciones se exponen los jóvenes que han renunciado ya a pensar.
«Imponedles un trabajo pesado y que lo cumplan y no hagan caso de palabras engañosas» [de Moisés], fue la orden del faraón de Egipto a sus ministros para con los Israelitas (cf. Éx 5,9). La orden tácita, pero no menos perentoria, de los faraones modernos es: «¡Imponed el ruido sobre estos jóvenes, que se aturdan con él, de modo que no piensen, no hagan elecciones libres, sino que sigan la moda que nos conviene, compren lo que decimos nosotros, piensen como nosotros queremos!» Para un sector muy influyente de nuestra sociedad, el del espectáculo y la publicidad, los individuos cuentan solo en cuanto que son «espectadores», números que hacen subir las «audiencias» de los programas.
Hay que oponerse con un rotundo «¡no!» a este vaciamiento. Los jóvenes son también los más generosos y dispuestos a rebelarse contra las esclavitudes y, de hecho, hay multitud de jóvenes que reaccionan a este asalto y, en lugar de huir, buscan lugares y tiempos de silencio y contemplación para reencontrarse de vez en cuando consigo mismos y, en sí mismos, con Dios. Son muchos, aunque nadie habla de ello. Algunos han fundado casas de oración y adoración eucarística perpetua y a través de la Red dan la posibilidad a muchos para que se unan a ellos.
La interioridad es la vía para una vida auténtica. Se habla mucho hoy de autenticidad y se hace de ello el criterio de éxito o fracaso de la vida. El filósofo quizá más conocido del siglo pasado, Martin Heidegger, puso este concepto en el centro de su sistema. Para el cristiano la autenticidad verdadera no se alcanza más que viviendo «coram Deo», en la presencia de Dios.
«Un vaquero —escribe Kierkegaard— el cual, si esto fuera posible, es un yo delante de sus vacas, es un yo muy inferior; un soberano que fuese un yo frente a sus esclavos, lo mismo. En el fondo ninguno de los dos es un yo, en ambos casos falta la medida… Pero, ¡qué acento infinito adquiere el yo cuando adquiere conciencia de existir ante Dios,
convirtiéndose en un yo humano cuya medida es Dios! […] Se habla muchos de vidas desperdiciadas. Pero desperdiciada es sólo la vida de aquel hombre que nunca se dio cuenta, porque no tuvo nunca, en el sentido más profundo, la impresión de que existe un Dios y que él, precisamente él, su yo, está ante este Dios»[1].
El Evangelio nos narra la historia de uno de estos «vaqueros». Había huido de la casa paterna y había gastado sus bienes y su juventud, viviendo disolutamente. Pero un día «entró en sí mismo». Pasó revista a su vida, preparó las palabras que tenía que decir y se puso en camino hacia la casa paterna (cf. Lc 15,17). Su conversión se realizó en este momento, antes de moverse, mientras estaba solo en medio de una piara de puercos. Se realizó en el momento en que «entró dentro de sí». A continuación no hizo más que ejecutar lo que había deliberado. La conversión externa fue precedida por la interior y recibió de esta su valor. ¡Cuánta fecundidad en aquel «entrar en sí mismo!».
No son solo los jóvenes los que son arrollados por la oleada de exterioridad. También lo son las personas más comprometidas y activas en la Iglesia. ¡También los religiosos! Disipación es el nombre de la enfermedad mortal que nos acecha a todos. Se termina por ser como un vestido del revés, con el alma expuesta a los cuatro vientos. En un discurso dirigido a los superiores de una orden religiosa contemplativa, san Pablo VI dijo:
«Hoy estamos en un mundo que parece enfrascado en una fiebre que se infiltra incluso en el santuario y la soledad. Ruido y estruendo han invadido casi todo. Las personas no logran ya recogerse. Víctimas de mil distracciones, disipan habitualmente sus energías detrás de las diversas formas de la cultura moderna. Periódicos, revistas, libros invaden la intimidad de nuestras casas y de nuestros corazones. Es más difícil que antes encontrar la oportunidad para ese recogimiento en el cual el alma logra estar plenamente ocupada en Dios».
Santa Teresa de Jesús escribió una obra titulada El castillo interior que es ciertamente uno de los frutos más maduros de la doctrina cristiana de la interioridad. Pero existe, por desgracia, también un «castillo exterior» y hoy constatamos que es posible estar encerrados también en este castillo. Encerrados fuera de casa, incapaces de entrar de nuevo en ella. ¡Presos de la exterioridad! San Agustín describe así su vida antes de la conversión:
«Tú estabas dentro de mí y yo estaba fuera y te buscaba aquí abajo, lanzándome deforme, sobre estas formas de belleza que son tus criaturas. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me retenían lejos de ti esas criaturas que no existirían tampoco si no fuera por ti que las haces existir»[1].
¡Cuántos de nosotros deberían repetir esta amarga confesión: «Tú estabas dentro de mí, pero yo estaba fuera!» Hay algunos que sueñan con la soledad, pero la sueñan solamente. La aman, siempre que se mantenga en el sueño y no se traduzca nunca en la realidad. En realidad, rehúyen de ella, tienen miedo de ella. La desaparición del silencio es un síntoma grave. Han sido eliminados casi en todas partes esos carteles típicos que en cada pasillo de las casas religiosas reclamaban en latín: Silentium! Yo creo que en muchos ambientes religiosos se impone una elección: ¡O silencio o muerte! O se reencuentra un clima y tiempos de silencio y de interioridad o es el vaciamiento espiritual progresivo y total. Jesús define el infierno como «las tinieblas exteriores» (cf. Mt 8,12) y esta designación es altamente significativa.
No hay que dejarse engañar por la objeción habitual: pero a Dios se le encuentra fuera, en los hermanos, en los pobres, en la lucha por la justicia; se le encuentra en la Eucaristía, en la Palabra de Dios… Todo cierto. Pero, ¿dónde «encuentras» realmente al hermano y al pobre, si no en tu corazón? Si los encuentras sólo fuera, no es un yo, una persona a la que encuentras, sino una cosa; te chocas más que encontrarlo. ¿Dónde encuentras al Jesús de la Eucaristía si no en la fe, es decir, dentro de ti? Un verdadero encuentro entre personas no puede tener lugar más que entre dos conciencias, dos libertades, es decir, entre dos interioridades.
Es erróneo, por lo demás, pensar que la insistencia en la interioridad pueda perjudicar al compromiso activo por el reino y la justicia; pensar, en otras palabras, que afirmar la primacía de la intención pueda perjudicar a la acción. La interioridad no se opone a la acción, sino a un cierto modo de realizar la acción. Lejos de disminuir la importancia del actuar para Dios, la interioridad la fundamenta y la preserva.
 El eremita y su eremitorio
Si queremos imitar lo que Dios ha hecho al encarnarse, imitémosle verdaderamente hasta el fondo. Es cierto que él se vació, salió de sí mismo, de la interioridad trinitaria, para venir al mundo. Sin embargo, sabemos cómo ha sucedido esto: «Lo que era permaneció, lo que no era lo asumió», dice un antiguo aforismo a propósito de la Encarnación. Sin abandonar el seno del Padre, el Verbo vino en medio de nosotros. También nosotros vamos hacia el mundo, pero sin salir nunca del todo de nosotros mismos. «El hombre interior —dice la Imitación de Cristo— se recoge espontáneamente porque no se dispersa nunca del todo en las cosas exteriores. A él no le perjudica la actividad exterior y las ocupaciones a su tiempo necesarias, pero sabe adaptarse a las circunstancias»[1].
Pero tratemos de ver también cómo hacerlo, concretamente, para recuperar y conservar la costumbre de la interioridad. Moisés era un hombre muy activo. Pero se lee que se hizo construir una tienda portátil y en cada etapa del éxodo fijaba la tienda fuera del campamento y regularmente entraba en ella para consultar al Señor. Allí, el Señor hablaba con Moisés «cara a cara, como habla un hombre con otro» (Éx 33,11).
Esto no siempre se puede hacer. No siempre se puede uno retirar a una capilla o a un lugar solitario para recuperar el contacto con Dios. San Francisco de Asís sugiere otra astucia más al alcance de la mano. Al enviar a sus frailes por las calles del mundo, decía: Nosotros tenemos siempre un eremitorio con nosotros dondequiera que vayamos y cada vez que lo queramos podemos, como eremitas, entrar en esta ermita. «Hermano cuerpo es la ermita y el alma el eremita que habita dentro de él para orar a Dios y meditar»[2]. Es la misma recomendación que santa Catalina de Siena expresaba con la imagen de la «celda interior», que cada uno lleva consigo y a la que siempre es posible retirarse con el pensamiento, para reanudar un contacto vivo con la Verdad que habita en nosotros. Es a esta celda interior, no delimitada por paredes, dice S. Ambrosio, que Jesús nos invita diciendo: «Tú,  cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto». (Mt 6,6) [3]
Hemos escuchado al inicio el apremiante llamamiento de san Agustín a re-entrar en el corazón; terminamos escuchando otro llamamiento igualmente apremiante en la misma dirección, lo que san Anselmo de Aosta dirige al lector al comienzo de su Proslogion:
¡Venga, pues, desgracia humana, huye un momento de tus ocupaciones, apártate por un instante de tus tumultuosos pensamientos! Deshazte de las preocupaciones que te agobian y pospón tus laboriosos quehaceres. Entrégate un poco a Dios y descansa un instante en Él. ¡«Entra en el aposento» de tu espíritu, ahuyenta todo excepto a Dios y lo que te ayude a hallarle y, «una vez cerrada la puerta», búscale! ¡Ahora di «corazón mío», di todo entero ahora a Dios: «Busco tu rostro, Señor; tu rostro es lo que busco»! (Sal 27,8).
Con estos deseos y propósitos iniciamos nuestra jornada de trabajo al servicio de la Iglesia.
[1] S. Agustín, De vera rel. 39, 72: PL 34,154.
[2] S. Agustín, In Ioh. Ev., 18, 10: CCL 36, 186.
[3] Cf. Rom 7,22; 2 Cor 4,16; 1 Pe 3,4.
[4] Cf. Jn 14,17.23; Rom 5,5; Gál 4,6.
[5] S. Kierkagaard, La malattia mortale, II, en Opere [Ed. C. Fabro] (Florencia 1972) 662-663 [trad. esp. Enfermedad mortal (Alba Libros, Madrid 2005)].
[6] S. Agustín, Confesiones, X, 27.
[7] Imitación de Cristo, II, 1.
[8] Leyenda Perugina, 80: Fuentes Franciscanas, n. 1636.
[9] S. Ambrosio, De Cain et Abel, I, 9, 38 (CSEL 32,1, p. 372).
© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco
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viernes, 22 de marzo de 2019

¿Qué debo hacer cuando el otro no me quiere perdonar?





¿Cómo actuar cuando pido perdón y no me quieren perdonar? El Padre Sam, conocido por su labor evangelizadora en las redes sociales, recoge lo que enseña el Evangelio en Mateo 5, 20-26:
“Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda” (Mt 5, 23-24).
Según el Padre Sam, Cristo nos pide tomar la iniciativa para dar pasos para esa reconciliación.
Pero, en ese versículo no se dice si este hermano acepta o no el perdón.
¿Qué quiere decir esto?, que independientemente de si el otro perdona o no, tú debes dar pasos concretos para la reconciliación con tu hermano. Si este no quiere hacer las paces contigo, entonces la responsabilidad ya cae sobre esta otra persona.
Luego el Padre Sam enfatiza:
“Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino” (Mt 5, 25).
Cristo indica “procura”, no indica, “obliga a la otra persona a perdonarte”. Si la otra persona no quiere perdonarte, entonces ya esta se las verá con su corazón y su consciencia.
Por nuestra parte, uno debe intentarlo y mantenerse abierto a la reconciliación si la otra persona se niega.
Para ver el mensaje completo, mira el video a continuación:


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