La Comunidad de Santa María la Virgen nació en 1848 y en 2013 se hizo católica.

Percibían que la vida religiosa dentro de la Iglesia de Inglaterra "había quedado relegada a un segundo plano".
Durante años, en silencio y con una perseverancia que hoy sorprende incluso a quienes acompañaron el proceso, una comunidad monástica anglicana tradicional vivió un discernimiento espiritual que acabaría transformando su historia para siempre.
Tras años de oración, estudio, diálogo y no pocas dificultades, doce religiosas decidieron entrar en plena comunión con la Iglesia católica y fundar una nueva comunidad benedictina: las Hermanas de la Santísima Virgen María.
Su paso, que se concretó el 1 de enero de 2013, es considerado uno de los gestos ecuménicos más relevantes desde la creación de los Ordinariatos personales.
Un camino que comenzó mucho antes de la decisión final
Aunque la noticia sorprendió a muchos, la historia de estas religiosas no empezó en 2009 ni en 2013, sino más de un siglo atrás. La comunidad original —la Comunidad Anglicana de Santa María la Virgen— nació en 1848, en pleno resurgimiento del monacato anglicano impulsado por el Movimiento de Oxford.
Aquella corriente buscaba recuperar elementos de la tradición espiritual inglesa que se habían perdido tras la ruptura con Roma en el siglo XVI, cuando Enrique VIII disolvió conventos y monasterios.

Su paso se concretó el 1 de enero de 2013.
Durante décadas, estas religiosas vivieron una vida consagrada marcada por la oración, la misión y la caridad. Dirigieron escuelas, hogares para madres jóvenes, residencias para ancianos y programas de acompañamiento para personas en recuperación. Con el tiempo, su labor se orientó hacia ministerios más personales: hospitales, parroquias, dirección espiritual y acompañamiento pastoral.
La Madre Winsome, superiora de la comunidad desde 2006, relató en su testimonio que las hermanas ya vivían una espiritualidad muy cercana a la católica.
En sus propias palabras, "llevaban el hábito tradicional, cantaban canto gregoriano, reservaban el Santísimo Sacramento, hacían votos de pobreza, castidad y obediencia". Pero al mismo tiempo percibían que la vida religiosa dentro de la Iglesia de Inglaterra "había quedado relegada a un segundo plano".
La comunidad necesitaba una reforma espiritual profunda. Algunas hermanas, según explicó, corrían el riesgo de perder su vocación monástica en favor de una vida más laxa, casi una asociación de mujeres dedicadas a buenas obras. Para ellas, eso no era vida consagrada.
Fue en ese contexto cuando varias religiosas comenzaron a sentir una llamada interior hacia la Iglesia católica. No se trataba de un impulso individual, sino de una intuición compartida: permanecer juntas, pero avanzar hacia una comunión más plena con la tradición que ya vivían en su día a día.
Benedicto XVI abre una puerta inesperada
En 2009, el papa Benedicto XVI publicó Anglicanorum Coetibus, un documento que ofrecía una solución inédita: permitir que grupos completos de anglicanos —incluyendo sacerdotes, fieles y comunidades religiosas— pudieran entrar en la Iglesia católica conservando elementos de su patrimonio litúrgico y espiritual. Era una respuesta pastoral a un fenómeno creciente: anglicanos que buscaban la guía del Magisterio y la unidad con Roma.
Para las hermanas, aquel documento fue un signo claro. Varias se acercaron a la Madre Winsome para expresarle que se sentían llamadas a aceptar la invitación. Incluso mencionaron a San John Henry Newman como inspiración para dar el paso.
La comunidad inició entonces un periodo de discernimiento acompañado por representantes católicos y del Ordinariato Personal de Nuestra Señora de Walsingham. Durante cuatro años, estudiaron, rezaron y dialogaron. Al final, once hermanas —a las que se sumó una más procedente de otra comunidad— concluyeron que Dios las llamaba a la plena comunión.
La decisión no fue bien recibida por todos. Las superioras anglicanas no apoyaron el paso y las hermanas que querían convertirse tuvieron que buscar un nuevo hogar. Fue entonces cuando la providencia se manifestó de manera sorprendente.
La Abadía benedictina de Santa Cecilia, en la Isla de Wight, tenía doce celdas vacías. Habían sido preparadas para unas religiosas paraguayas que finalmente no pudieron viajar. La coincidencia era demasiado exacta para ignorarla: doce celdas, doce hermanas.
Incluso el ferry que las llevó a la isla llevaba el nombre de Santa Cecilia. Al llegar, una monja benedictina las recibió con un mensaje que aún recuerdan: "Bienvenidas a casa".
Tras cuatro años de discernimiento, las doce religiosas fueron recibidas oficialmente en la Iglesia católica. La Madre Winsome lo describe como un momento de gracia: "A cada una de nosotras se nos concedió un don muy especial de gracia sanadora". Habían atravesado oposición, dolor y rupturas, pero también habían experimentado una profunda unidad interior.
Desde entonces, las Hermanas de la Santísima Virgen María viven en Aston Hall, un edificio con vínculos históricos con santos ingleses, incluido Newman. Allí continúan su vida benedictina, marcada por la oración, el trabajo y la hospitalidad.
Hoy son la única comunidad monástica del Ordinariato Personal de Nuestra Señora de Walsingham. Su presencia es un signo vivo de cómo la tradición anglicana puede integrarse plenamente en la Iglesia católica sin perder su riqueza espiritual. Conservan elementos litúrgicos propios, cantos tradicionales y una sensibilidad pastoral profundamente inglesa, ahora en comunión con Roma.
En una conferencia reciente, la Madre Winsome resumió su camino con una frase que refleja la esencia de su historia: "Este es el Dios en el que creemos, el Dios que anunciamos: Aquel que nos llama, que va delante de nosotros, que provee para nosotros de maneras que no esperamos y que nunca deja de amarnos".
La historia de estas doce mujeres es más que un episodio ecuménico. Es un testimonio de fidelidad, de búsqueda sincera y de valentía espiritual. En un mundo donde las decisiones religiosas suelen ser individuales, ellas eligieron caminar juntas, sostenerse mutuamente y responder como comunidad a lo que percibían como una llamada divina.
ReL
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