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miércoles, 20 de julio de 2016

Lo que perdí con el divorcio de mis padres

Ahora que soy adulto ya puedo decirlo

Lo que perdí con el divorcio de mis padres



Soy Roberto, medico dentista, felizmente casado y padre de tres niños. Soy hijo de padres divorciados y sobre ello y su realidad, deseo dar mi testimonio.

Tenía solo ocho años, hijo único, mis padres pensaban que por la edad no me daba cuenta de las cosas, que no me inquietaba, que no me angustiaba. Qué equivocados estaban…

Ciertamente no fui testigo de altercados entre ellos, que seguramente los hubo. Pero mucho antes de que se separaran (y pienso que, sin que ellos se lo imaginaran siquiera), percibí la ausencia de alegría y manifestaciones de cariño entre ellos, como quien respira un indefinible aire enrarecido.

Una situación en la que confundido, sentía cierta culpa producto de una lógica infantil, por la que pensaba: “si ellos están mal, yo también estoy mal” o, tal vez “ellos están bien y yo mal”, luego si es así… no debí haber nacido o no querían que naciera.
Fingía estar distraído, jugando, pero los escuché hablar de un convenio sobre los coches, la casa, los muebles, las cuentas; hablaban con tirantez, y de ese modo, me tocó mi turno.
Fui así objeto de un acuerdo más en el repartirse las cosas y supuestas responsabilidadesQuedé como un hijo del divorcio “afortunado”, pues se me protegió techo, medios materiales y educación académica.

De esa manera me convertí solo en un ser al que había que proveerle, no tanto de afecto, sino de recursos para que saliera delante.

Ya separados, pasaba tiempos entre los dos, ambos tenían los medios para gastar y me convirtieron en un niño mimado y exigente, cuyos estados de ánimo trataban de controlar dándole cosas en un “te doy, pero no me doy”; para luego entregarme al otro en turno con un frío beso y la mueca de una sonrisa.

Seguía sin entender…
Por las noches, en pesadillas,un monstruo peludo me asustaba, y con desazón esperaba que ese ente que me perturbaba, se esfumara mágicamente.

Así se lo pedía a los reyes magos, pero el monstruo peludo se quedó y tuve que acostumbrarme a él y llamarlo por su nombre.

Fue así que la palabra divorcio formó parte de mi mundo, y a medida que fui creciendo, se me involucró más y más en la triste realidad del drama de dos adultos.

Un drama en el que fueron capaces de desechar lo más importante, si no para ellos, sí para mí: nuestra familia, y… si yo era parte de ella… ¿dónde quedaba?

Por lo pronto me lo callaba donde quiera que estuviese, me apenaba cuando se me preguntaba sobre mi familia y salía al paso con una mentira, igual sentía envidia de quienes eran arropados por un sólido matrimonio.

También sentía mucho coraje cuando veía películas donde presentaban el divorcio como algo inevitable, natural y en ocasiones hasta gracioso. Hice amigos que compartían la misma situación, pero terminaba rehuyéndolos, pues eran de difícil conducta.

Mis padres volvieron a contraer respectivos matrimonios y a formar “otra familia”. Como seguía alternándome entre ambos, me vi con un padrastro, una madrasta y medios hermanos aquí y allá. 

Así las cosas, yo era un comodín, que nunca se sintió cómodo.
Crecí, terminé la universidad, me convertí en un profesional y, como pude, en una persona que lograba conservar su equilibrio interior.

Aunque padecí soledad, paradójicamente, en las fotos de los más importantes acontecimientos académicos y sociales de mi vida, incluyendo mi boda, mis padres aparecieron siempre juntos y sonrientes, aparentando ser junto a mí, todavía una familia.
La mía es una de tantas historias en donde el divorcio no parece ser tan malo, pero no es así para quien sabe lo que tiene en el corazón.

No es mi actitud juzgar a mis padres, pero estoy advertido de que eso que viví es y será siempre la gran injusticia con los inocentes.

Atrás quedó el tiempo en que me esforzaba porque mi situación no me importara, en el que me decía a mí mismo que “lo tenía todo”, que vivía una situación más común de lo que parecía y en cierto modo, signo de los tiempos.

Muchas veces escuché pontificar que era la opción para quienes necesitan rehacer sus vidas sentimentalmente, y un logro de madurez sobre la libertad humana. Lo llegué a considerar.

Pero finalmente no logré convencerme y decidí enfrentarlo desde el plano de mi propia experiencia, pues es algo que jamás hubiera escogido para vivir y crecer.

El hombre es un ser libre, sí, pero también es capaz de usar esa libertad comprometiéndola por amor en el justo deber ser. Lo contrario… a mí que me lo cuenten.

La gran verdad es que el divorcio desconoce la naturaleza personal del amor conyugal, del que nacen los derechos del hijo para el desarrollo de la plenitud de su ser. Tanto lo sé, que mi trabajo me costó.

Aquí, tres de esos derechos naturales e irrenunciables que pierden los hijos del divorcio:

1. Un hijo tiene derecho a la certeza de saber que fue concebido por amor, un amor por el que adquiere un sentido de pertenencia, de él a sus padres, y de sus padres a él.

El amor de esposos es un amor de espíritus encarnados, y a las cosas del espíritu no las mide el tiempo ni las condiciona el mundo.

Por lo tanto, el amor conyugal es un amor que trasciende el tiempo, el dolor, las contrariedades, las penas; formando una muralla protectora del matrimonio y los hijos.

Un amor así, se extiende a los hijos como valor hecho vida, como la mejor herencia afectiva.

2. Un hijo hereda el derecho a tres amores para crecer íntegramente: el del padre, el de la madre y el que nace del amor conyugal que fluye entre ellos, ese amor que es producto de esa nueva forma de ser unión entre dos y que conjuga lo mejor de la naturaleza personal.

Por eso, para un hijo, el valor de este último amor es infinitamente mayor que el de cada uno de sus padres en lo individual, que en sí, ya es maravilloso.

El amor que nace de esa unión, es la escuela donde aprende a abrirse a los demás en actos libres, responsables, sustentando el desarrollo de toda su humanidad como varón o como mujer.

3. Un hijo tiene derecho al testimonio del compromiso de sus padres. Para aprender a andar por el camino de la prudencia.
  • Donde la responsabilidad es la madurez de la libertad.
  • Donde el compromiso, la madurez de la responsabilidad.
  • Donde el amor es la madurez del compromiso, en un amor debido en justicia que debe abarcar todo el tiempo de la existencia.
A mí no se me reconocieron estos derechos, y sin ellos, fui capaz de andar por el camino del verdadero amor, aunque lo hice sin brújula, sin huellas que seguir, sin una mano que tomar.

Soy adulto, me esfuerzo por una vida lograda y hago oración a Dios Padre para que camine por mi casa y cure todos las sombras, dudas, temores que el monstruo peludo sembró en lo más profundo de mi subconsciente. Le pido también que cuide, sane y preserve del error a mis hijos.

Por Orfa Astorga de Lira, máster en matrimonio y familia, Universidad de Navarra. Aleteia

domingo, 22 de noviembre de 2015

Tengo 30 y mis papás se divorciaron. 11 consejos para hijos de padres separados


Silvana Ramos, CatholicLink
Tus padres se divorciaron. No importa si tienes 1 año o si tienes 30, el impacto es grande. A pesar que el mundo te diga que ya estás adulto para que te afecte tanto, tu realidad cambia. El dolor es profundo e incluso puede que éste te acompañe durante toda la vida, no solo el dolor sino el temor y la inseguridad. Cuando eres católico y sabes lo que un divorcio significa, el dolor puede ser más profundo.
Consejos y pautas para los padres que se están divorciando hay muchos. Hay consejos para saber cómo tratar a los hijos, cómo conciliar mejor, cómo superar el divorcio, etc. Pero casi nunca encontramos consejos para los hijos de padres divorciados, en especial cuando los hijos son mayores. Parece que el único consejo que obtenemos es: “ya estás grande, tú entiendes esto.” Pero sucede, en muchos casos, que no sabemos qué hacer y nos da vergüenza decirlo.
Aquí les dejamos algunos consejos, desde la luz de la fe, que encontramos muy útiles y que pueden ser de mucha ayuda para los que viven esta experiencia. También para los que tienen que acompañar a alguien que está pasando por esta situación:

 1. Tú no tienes la culpa. No hay nada que hayas podido hacer, además esa no era tu responsabilidad

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Sí, te lo han dicho mil veces,  pero cuando somos adultos, creemos que hay algo que hubiéramos podido hacer: “si hubiera conversado con mi papá antes”, “si me hubiera quedado al lado de mamá”, “si los hubiera confrontado”, “si hubiera reclamado que vayan a terapia”. Para comenzar, el “hubiera” no existe y tus padres se separaron por decisión propia no porque tu hiciste o dejaste de hacer algo. La relación de tus padres es de ellos, no tuya. Ellos la ejercieron en libertad.

 2. No temas decir no. Las diferencias de tus padres no son las tuyas

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Al ver que somos adultos, los padres tratan de usarnos como nexos para intercambiar mensajes, para hacernos ver la posición de cada uno o incluso justificar su decisión. No te quedes ahí metido. Aprende a decir que no, por muy doloroso que te parezca. Ese no es tu lugar, es responsabilidad de ellos buscar un canal diferente a sus hijos para comunicarse. Como adulto eres capaz de hacerlo. No temas decir no. Esto también será de mucha ayuda para ellos.

 3. Mantén el respeto. Los dos siguen siendo tus padres, eso no cambia

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Tus padres siempre serán tus padres. Al inicio, en especial, todo es muy confuso y doloroso, pero te aconsejamos: no pierdas el respeto. Tu eres ajeno a la situación por la cual se están separando y ellos no son peores personas por separarse. Respeto no significa actuar como siempre, o ser ser cariñoso si no lo sientes. Respeto significa no olvidar que siguen siendo tus padres. No los trates mal, esto solamente aumentará su dolor y el tuyo.

 4. Es una difícil situación, trata de no juzgar.

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Tú no sabes exactamente cómo han sucedido las cosas entre tus padres. No juzgues. Tampoco trates de entender todo. Hay cosas que van más allá de la compresión de cualquiera.

5. Acepta que tus papás ya no están juntos

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Si bien la esperanza que un matrimonio separado pueda volver a reunirse en cualquier momento es una realidad, el que vivas pendiente de esto solo te va a traer más dolor. Trata de aceptar que tus papás ya no están juntos y concéntrate en reinventar una forma de relacionarte con ellos.

 6. Si hay una nueva pareja, no es tu obligación conocerla y llevarte bien con ella

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Es tan común el divorcio en nuestros días que es casi un hecho que un hijo adulto tenga que conocer a la nueva pareja, aceptarla y entablar una relación familiar con ella. Sin embargo esto está lejos de ser una obligación. Si no quieres hacerlo, explícaselo a tus padres, eres libre de hacerlo. Más aún si la nueva pareja fue uno de los motivos de la separación. Más adelante podrás intentarlo.

7. Si te duele, dilo

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No porque seas adulto te tienes que guardar el dolor. Expresarlo te va a ayudar a ti y va a ayudar a tus padres a que se relacionen de una mejor manera contigo. Quedarnos callados además de aumentar la indiferencia frente a una ruptura tan grave, vuelve al mundo más insensible.

8. Busca ayuda. El que seas mayor no significa que puedes hacerte cargo de todo

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Las separaciones pueden tener muchos motivos y estos pueden ser tan duros que no sepamos qué hacer como hijos. Una separación provoca en nosotros, y en la relación familiar muchos cambios. Busca ayuda, alguien que pueda ayudarte a ver mejor, a entender y a hacerte cargo de lo que está sucediendo.

9. No llenes tu corazón de rencor inútil. Perdona

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Son tus padres, pero antes de eso son seres humanos. Puede ser que tengas la intención de no hacer lo mismo, pero no olvides que ninguno de nosotros puede decir,“de esta agua no beberé”. Trata de ver la situación objetivamente, ellos son seres humanos y cometen errores. Perdónalos en tu corazón por el dolor causado.

10. No te va a pasar lo mismo. Tú no eres tu padre (o tu madre)

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Vivir con el fantasma de que a ti te puede pasar lo mismo es insoportable. Nos lleva a creer que es mejor nunca casarse, que el amor no dura para siempre, que no existe, que mejor me quedo soltero y así me evito tanto sufrimiento. Recuerda: eres diferente, único e irrepetible, y tienes la libertad de llevar a cabo tu propias elecciones. El divorcio de tus padres no determina tu futuro. Aprende, fórmate y trabaja por conseguir un matrimonio feliz.

11. Y lo más importante: busca a Dios, Él es el mayor consuelo, conoce tus dolores y tus anhelos. Descansa en Él

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Así como a ti te duele que tus padres se hayan divorciado, a Él también. Confía en su misericordia y confíale el dolor de tu corazón. Poco a poco curarán tus heridas. Pídele por tus padres, para que Él les muestre el camino de regreso a casa, de regreso a su amor.