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Queridos hermanos y hermanas: ¡feliz domingo!
Cuando se proclama el Evangelio, con frecuencia
escuchamos el relato de los signos realizados por Jesús. Son gestos que
manifiestan su especial entrega por nosotros, es decir, la salvación que Él
trae al mundo. El Señor se presenta como Aquel que da sentido a la vida,
liberándola del mal y del pecado.
Cristo, al dar la vista a los ciegos y hacer oír a los
sordos, no sólo realiza acciones prodigiosas, sino que anuncia a todos que el
Reino de Dios está cerca. Por eso el Evangelio de hoy (Mt 14,13-21)
da testimonio de que Jesús no se limita a dar los sentidos a quien carece de
ellos, sino que hace gustar a nuestros sentidos. Al sordo, que vuelve a oír, el
Señor le dirige la Buena Noticia para que escuche; al ciego, que ve nuevamente,
le muestra la espléndida obra de la redención que se realiza en él. Del mismo
modo, Jesús da de comer al que tiene hambre. El episodio de la multiplicación
de los panes significa que el encuentro con el Señor es una experiencia que nos
alimenta. En el desierto, es decir, en el lugar de nuestras necesidades, Cristo
es el pan de vida. Con Él, lo esencial es sobreabundante: «Comieron todos y se
saciaron» y sobraron «doce cestos llenos» (v. 20). Este número demuestra que el
don del Señor es universal, y que su Providencia hacia nosotros nunca falla.
Queridos hermanos, Cristo sacia realmente el hambre de
la humanidad, nuestra hambre de verdad y de vida. Al mismo tiempo, su gesto nos
enseña que nada se pierde cuando se comparte. La acumulación y el descarte, en
cambio, son las dos caras de un mismo mal: la avaricia. Esta enfermedad del
alma lleva a perder los sentidos porque embriaga de riquezas, hasta el punto de
olvidar a aquellos que lloran de hambre y gritan de sed. Y, de ese modo, ante
la opulencia de las cosas que se corrompen, están las manos tendidas de quienes
no tienen qué comer, las casas destruidas de quienes no tienen paz.
En el desierto de la guerra y de la arrogancia, vemos
con cuánta bondad el Señor, «alzando la mirada al cielo», «pronunció la
bendición», «partió los panes y se los dio» a los discípulos, para que los
repartieran a la gente (cf. v. 19). En este milagro de la caridad reconocemos
las acciones típicas de Jesús, que encuentran su punto culminante en la última
Cena, donde el Hijo de Dios nos entrega su misma vida como nuestro hermano en
humanidad. Al saborear la gracia de la Eucaristía, comprometámonos a testimoniar
su belleza en nuestros gestos cotidianos, comenzando por la bendición de la
mesa, cuando compartimos el pan en familia y entre los amigos. En compañía de
Jesús, también las vacaciones pueden convertirse en tiempo de serena
fraternidad, incluyendo a quienes están a nuestro lado y pasan necesidad.
Pidamos pues a la Virgen María, Madre premurosa, que
nos haga crecer en la caridad, para que a nadie le falte el pan cotidiano.
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Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas,
sigo con preocupación la alarmante situación en Ceuta,
pidiendo a Dios, por medio de la intercesión de Nuestra Señora de África, que
se puedan encontrar soluciones de paz, de estabilidad y de justicia.
Continuemos rezando por la paz, para que cesen las
guerras en el mundo y se encuentren soluciones diplomáticas a los conflictos.
Recordemos a todas las víctimas de las hostilidades, sobre todo a los más
débiles e indefensos: los niños, los ancianos y los enfermos. Que el Señor
consuele a quienes sufren y bendiga la labor de quienes llevan ayuda y
consuelo.
En estos días se celebra el “Perdón de Asís”. San
Francisco obtuvo esta indulgencia del papa Honorio III en 1216, inspirado,
mientras oraba en la Porciúncula, por una visión de Jesús y María, rodeados de
ángeles. Demos gracias al Señor por este gran don y atesorémoslo, especialmente
en el octavo centenario del “Tránsito” del Poverello de Asís,
que falleció precisamente en la Porciúncula el 3 de octubre de 1226.
Los saludo a todos ustedes, romanos y peregrinos
procedentes de diversos países: en particular a los jóvenes de las parroquias
de Saccolongo y Creola (Padua), y a los de la parroquia de San Juan Bosco en
Altamura y a los chicos de la Colaboración Pastoral de Castelfranco Veneto,
acompañados por sus sacerdotes y animadores.
¡Les deseo a todos un feliz domingo!
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