PAPA LEÓN XIV
ÁNGELUS
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Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
Las palabras del Evangelio que se proclaman en la liturgia
de este domingo nos hablan de la vida de Jesús e iluminan el sentido de su
misión (cf. Mt 21,33-43). Él es el Hijo de Dios enviado al mundo, pero
es rechazado precisamente por aquellos que deberían haberlo acogido con los
brazos abiertos. El que ha venido a traer la salvación recibe una condena; el
que quiere dar la vida es condenado a muerte. Mientras nos hace reflexionar
sobre las numerosas crueldades que devastan al mundo y a la historia de los
pueblos, la enseñanza de Cristo nos revela la infinita misericordia de su
Padre.
Ese rechazo violento, en efecto, no fragmenta la voluntad de
Dios, que en su infinita justicia transforma el mal en rescate: «La piedra que
desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular» (Mt 21,42; cf. Sal
118,22). El propio Jesús recuerda estas palabras del salmo, que celebra la obra
maravillosa realizada por el Señor: precisamente lo descartado se convierte en
el fundamento que lo sostiene todo. Este es el modo en que el Todopoderoso guía
la historia, socorriéndonos en todas nuestras caídas: ¡Dios nunca desecha
nuestra vida!
Según la imagen utilizada en la parábola, la viña que hay
que cultivar con justicia es la Iglesia, que construimos o dañamos con nuestras
decisiones. A este respecto, precisamente hoy, en el octavo centenario de su
muerte, deseo recordar a un trabajador que se dedicó con gran fruto en la viña
del Señor: San Francisco de Asís, a quien el propio Jesús pidió que reparara su
Iglesia. Inspirado por el Crucificado, Francisco edificó ante todo su propia
vida sobre el fundamento de Cristo, compartiendo su pobreza, su alegría y sus
sufrimientos, hasta recibir el signo místico de los estigmas. Hombre de
ardiente oración, lleno de caridad hacia todos, fue un ejemplo para los
primeros frailes que compartieron su ascetismo como condición auténtica para la
reforma de la Iglesia. San Francisco la reparó en virtud de la fe en el Señor
Jesús, sanando las grietas de la discordia con el testimonio del amor fraterno.
Queridos amigos: el carisma de san Francisco aún hoy,
después de ocho siglos, da fruto; de ello dan testimonio no sólo la gran y
dinámica familia franciscana, sino también los numerosos dones que su legado
espiritual difunde entre el Pueblo de Dios. Por eso, mientras celebramos el Año
Jubilar Franciscano, pidamos con perseverancia el don de la paz y
comprometámonos sinceramente a construir la concordia entre los pueblos.
Que en esta obra nos acompañe siempre la intercesión de
María Santísima, nuestra Madre, a quien ahora nos dirigimos, unidos
espiritualmente a los fieles reunidos en el Santuario de Pompeya para elevar la
Súplica a la Virgen del Santo Rosario.
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Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
El domingo pasado, en Lourdes, he
hecho la invitación a rezar el santo rosario, durante este mes de octubre,
ofreciéndolo por la intención particular de que cesen las guerras y se
construya la paz. De los primeros en comenzar fueron los niños, y lo están
llevando a cabo. Del 1 al 7 de octubre, la Fundación “Ayuda a la Iglesia Necesitada”,
está promoviendo la iniciativa “Un millón de niños rezan el rosario”, por la
paz y la unidad en el mundo. Agradezco de todo corazón a todos los niños y
niñas que, en tantas partes del mundo, se unen a esta oración; y sigamos todos
su ejemplo, invocando la intercesión de la Virgen María para que los pueblos
sean liberados del flagelo de la guerra. En particular, recemos por Tierra
Santa y por las víctimas inocentes de la violencia.
En los próximos días, con motivo del décimo aniversario de
la Exhortación apostólica Amoris
laetitia, tendrá
lugar un encuentro en el Vaticano al cual he convocado a los jerarcas de
las Iglesias Orientales Católicas y a los presidentes de las Conferencias
episcopales de todo el mundo. Será un momento de discernimiento sinodal, para
identificar los pasos que hay que dar al anunciar el Evangelio hoy en día a las
familias y a las generaciones jóvenes. Encomiendo esta tarea a la oración de
ustedes, principalmente por las familias que, con la ayuda de Dios, son signo
de esperanza y riqueza inestimable para la Iglesia y la sociedad.
Me da alegría ver las numerosas iniciativas con las que se
celebra el octavo centenario de la muerte de San Francisco de Asís. Recuerdo,
en particular, las que se llevaron a cabo en Asís, con la presencia de las más
altas autoridades del Estado italiano. Saludo también a los radioaficionados de
Asís y Foligno que difunden el mensaje de paz de san Francisco.
Ahora les dirijo mi saludo a todos ustedes, aquí presentes
hoy en la Plaza de San Pedro.
Doy la bienvenida a los participantes de la International
Week of Sacred Music, organizada por el Pontificio Instituto de Música
Sacra; así como a los fieles de Puente Alto de Santiago de Chile; y a los
profesores y alumnos del Gymnasium Sankt Bonaventura de Dilinga,
Alemania.
Saludo a los confirmandos de Pinerolo; a los fieles de
Fasana Polesine; a los jóvenes del Valle Brembana que caminaron sobre la Vía
Francígena desde Viterbo hasta Roma; a la Asociación FIABA, que promueve
campañas para mejorar la accesibilidad de los lugares públicos; al grupo Mamme
che regalano un sorriso de Tarento; y a la asociación Studenti con le
Stellette, de Lurago d’Erba.
Bendigo de corazón a los fieles que hoy, desde esta Plaza,
peregrinarán hacia el Santuario de la Virgen de la Revelación en Via
Laurentina, siguiendo con la tradición que comenzó el Papa Pío XII.
Les deseo a todos un feliz domingo.
(vatican.va)








Los Santos dicen que la Santa Misa es el sol que ilumina toda nuestra semana.
¿Pero es que no tenemos en la Eucaristía a Jesús viviente, real y verdaderamente presente ante nosotros? ¿Por qué buscar más?
En la Eucaristía está presente no sólo el Crucificado, sino también el Resucitado.
Que vuestra fidelidad se manifieste especialmente en la participación litúrgica dominical y festiva: jamás dejéis la Santa Misa y, si os es posible, no dejéis jamás el encuentro con Cristo en la comunión eucarística.
"Mientras uno oye la Santa Misa no pierde el tiempo, sino que gana mucho, por muy dilatado que el sacerdote se esté en el Santo Sacrificio de la Misa".
Estamos obligados a reconocer que entre todas las obras, que los fieles han de cumplir, no hay nada tan santo, ni tan divino como este imponente Misterio de la Santa Misa.
La Santa Misa es Cristo en la Cruz, con María y Juan a los pies de la misma y los ángeles en adoración.


