viernes, 15 de septiembre de 2017

5 razones para memorizar la Escritura

Este regalo es tan importante para mí que quiero llevarlo siempre conmigo.

En un trabajo anterior, mis compañeros y yo tuvimos una fase en la que nos preguntábamos las tablas de multiplicar.
 Laura Loker, aleteia
No es porque nos hiciera falta para hacer nuestro trabajo. Más bien era porque cuando uno de nosotros gritaba “¡8 por 7!” en esa parte soñolienta de la tarde, resultaba hilarante ver lo lentos que éramos los demás para responder la pregunta.
Y no es ninguna sorpresa. No solo con las calculadoras, sino con prácticamente toda la información que podamos necesitar accesible desde los móviles en nuestros bolsillos, aprender algo de memoria parece algo innecesario, si no ya directamente arcaico. Y quizás ya no necesitemos memorización en la mayoría de circunstancias.
Sin embargo, nuestras vidas de oración todavía pueden beneficiarse de aprender cosas de memoria y, en particular, memorizar la Escritura ofrece una oportunidad única para el crecimiento espiritual.

Facilita una meditación más profunda.

El año pasado decidí memorizar el Salmo 139. Con sus 24 versículos, era la tarea más ambiciosa de este tipo que había intentado desde mis días de recitar poesía delante de mis compañeros de la escuela primaria. Supuse que tardaría una semana, quizás dos, leyendo el Salmo durante mi tiempo de oración diaria para completar el reto.
Me equivoqué. Quizás podría haberlo memorizado en una semana (sobre todo motivada por la emoción de recitarlo para mis colegas), pero no quise. Dedicar unos cuantos días solamente para uno o dos versículos me permitió reflexionar sobre su significado a medida que los almacenaba en mi memoria. Para cuando ya fui capaz de recitar el Salmo por completo, un par de meses más tarde, también había interiorizado profundamente su mensaje: que Dios me conoce, me ama y nunca está lejos de mí.

Puede ayudarnos durante diferentes épocas de la vida.

Recuerdo la transición al salir de la universidad cuando me di cuenta de que, por primera vez, mi vida no estaría marcada por el ritmo de los semestres y las graduaciones. Lo que no anticipé fue que mi vida estaría igualmente marcada por épocas, aunque sus comienzos y finales no siempre serían tan claros ni predecibles como mi calendario escolar. Hubo una temporada de expectación con quien ahora es mi marido y con nuestro compromiso; estuvo la temporada del estrés y el cansancio mientras equilibraba varios trabajos; la época de la sequía espiritual, cuando no estaba segura de por qué no podía sentir la presencia de Dios en la oración.
La Escritura es el acompañamiento perfecto para estas fases diferentes de nuestras vidas. El libro de los Salmos en sí solo parece contener la totalidad de la experiencia humana. Comprometerse a memorizar un pasaje que habla de lo que estamos experimentando nos puede dar fuerzas para gestionar lo que sea a que nos enfrentemos. La familiaridad es reconfortante.

Nos da otra forma de rezar con espontaneidad.

El mandato de san Pablo de “rezar sin cesar” puede asumir múltiples formas en nuestra vida diaria, desde decir el Rosario en el camino a y de vuelta del trabajo a pedir la intercesión de san Miguel en un momento de tentación.
Disponer en nuestra caja de herramientas, por decirlo así, unos versículos memorizados de la Escritura es una contribución a nuestra capacidad para rezar espontáneamente, ya sea en forma de mantra con un versículo breve, como “Es necesario que él crezca y que yo disminuya” (Juan 3,30), o rezando un salmo de contrición. Incluso si un verso en particular que hayamos aprendido no suena como una oración, cuando lo recitamos en nuestro interior hacemos en sí una declaración de fe: fe en el poder y la autoridad de la Escritura además de fe en el significado de las palabras mismas.

Es Dios mismo quien nos habla.

Por qué, cuándo y cómo nos habla Dios es un tema tan amplio como numerosas son las almas, pero una cosa está clara: el contacto con la Escritura es contacto con Su sabiduría. Y con cada verso que conservemos en nuestra memoria permitimos que el Espíritu Santo pueda acudir a nuestra mente en tiempos de necesidad.
A través de las palabras inspiradas de los autores humanos de la Escritura, escuchamos “todo y solo lo que Él quería” comunicarnos (Dei Verbum, 11). Así que, al memorizar ciertas frases y pasajes, conservamos las palabras inspiradas en nuestros labios y corazones, y de esta manera la sabiduría de Dios nos configura.
Sabemos que los textos de la Biblia “comunican inmutablemente la palabra del mismo Dios” (Dei Verbum21). Reflexionar sobre un versículo determinado que hemos memorizado es el inicio de un diálogo, es escucharle a Él hablándonos; es oración.

Es un acto de gratitud

Enviar una nota de agradecimiento es una forma educada de valorar un regalo, pero es solamente una única expresión de gratitud. Cuando usamos y disfrutamos los dones recibidos —en vez de olvidarlos en el armario para que cojan polvo—, seguimos honrando a las personas que nos los regalaron. Cuando una amiga y yo nos reunimos para cenar hace unas semanas, ella llevaba un collar que yo le había regalado por su cumpleaños. Sonreí e hice un comentario al respecto, agradeciéndole que lo llevara aquel día para demostrar cuánto le gustó.
El catecismo señala que en la Escritura “la Iglesia encuentra sin cesar su alimento y su fuerza, porque, en ella, no recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la Palabra de Dios” (CIC 104). ¡Menudo regalo! Y aun así, ¿acaso hemos dejado que se ponga polvoriento?
Escuchar las lecturas en misa (o dedicar tiempo en casa a las lecturas diarias), meditar sobre los Evangelios y rezar los salmos son varias maneras de dar gracias por la Sagrada Escritura. Al memorizarlo, decimos: Este regalo es tan importante para mí que quiero llevarlo siempre conmigo. Y eso al margen de que tengamos o no una app con la Biblia en nuestro móvil.

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