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lunes, 10 de agosto de 2026

¿Por qué la Iglesia no gana la batalla contra el mundo? Un teólogo responde con 3 claves de acción

Johannes Hartl defendió en ARC que la renovación de Occidente no empieza por la estrategia cultural, sino por la oración y una fe realmente transformadora.

Johannes Hartl durante su intervención en ARC, donde defendió que la renovación de Occidente no empieza por la estrategia cultural, sino por la oración y una fe transformadora.

Johannes Hartl durante su intervención en ARC, donde defendió que la renovación de Occidente no empieza por la estrategia cultural, sino por la oración y una fe transformadora.

¿Y si la reconstrucción de la civilización occidental pasase por la oración? Más de 200 voces destacadas se han congregado recientemente en la conferencia ARC para edificar los pilares de “La era de la reconstrucción”. Se encontraron políticos como la polaca Katalin Novák, investigadoras como Carrie Gress, intelectuales como Rod Dreher… También una voz que llamaba al detenimiento, a una oración que debía edificar previamente todas las propuestas:el evangelizador y teólogo Johannes Hartl considera que los cristianos deben hacerse valer en el proceso de restauración occidental, pero empezando no con el eslogan o la polémica, sino con la renovación interior.

Conocido por la fundación de la Casa de Oración de Augsburgo (Gebetshaus Augsburg), el doctor en teología es también una de las voces cristianas más destacadas del mundo de habla alemana, destacado por combinar la seriedad intelectual con un profundo énfasis en la oración, la renovación espiritual y la evangelización.

En una breve entrevista concedida a Catholic Herald tras su ponencia, Hartl propuso unas valiosas orientaciones espirituales con las que buscó encauzar el abundante discurso centrado en el activismo político o en la llamada batalla cultural.

A su juicio, celebra un “impulso cultural” favorable a los discursos vertidos en ARC que también está fomentando que la gente se plantee de nuevo cuestiones fundamentales. “La mayoría de la gente está de acuerdo en que la religión y el retorno a nuestras raíces espirituales son partes importantes de la respuesta a cómo las sociedades evitan la decadencia”, observa.

Sin embargo, considera que el “cambio social” no basta. Al menos en su labor evangelizadora, pues “la Iglesia y la vida espiritual nunca son solo un medio para un fin social” o incluso para la “guerra cultural”.

“Por supuesto que se está librando una guerra cultural”, expresa. “Sin embargo, si los cristianos logran influir en las personas mediante la Buena Nueva del Evangelio, esto solo puede tener efectos positivos para todos los involucrados”.

Preguntado por una forma más concreta de influir que invocar “los valores cristianos” o un cristianismo genérico, Hartl invoca directamente la oración como la única cosa capaz de “transformar la vida de las personas para mejor”.

La oración, para él, “no es algo que simplemente deba hacer. Es una relación de amor con Dios. En una conferencia como esta hablamos mucho de ideas, y las ideas son importantes. Pero las ideas tienen un origen. Nada transforma a una persona más profundamente que un encuentro con Dios”.

Una transformación que el mismo Hartl sufrió en primera persona, tras una “profunda experiencia de conversión” que él describe como un enamoramiento de Dios

3 llamados para una Iglesia de vanguardia

El mensaje de Hartl, lejos de limitarse a una oración sin acción, llama a la Iglesia a involucrarse directamente en el futuro de la civilización. Preguntado por el mensaje que dirigiría a los cristianos preocupados por el futuro de Occidente, el teólogo alemán lo resume en tres tareas: hablar, profundizar y participar.

En primer lugar, llama a “alzar la voz y ser valientes”. “Quizás el 20% de la sociedad se ría de ti. Algunos incluso te odiarán”, expresa. “Pero hay muchos más que buscan desesperadamente respuestas alternativas. Por lo tanto, los cristianos no deben permanecer en silencio”.

En segundo lugar, llama a “profundizar” de un modo más exigente y apuntando directamente al interior de la Iglesia: “No podemos permitirnos un cristianismo superficial”. Para Hartl, no basta con denunciar la crisis cultural o repetir principios morales si las personas que buscan a Dios no encuentran una espiritualidad viva en las comunidades cristianas. Su pregunta es tan sencilla como incómoda: “Si alguien busca sinceramente la verdad espiritual, ¿dónde la encontrará? ¿Encontrará una espiritualidad viva en una iglesia? ¿O la encontrará más fácilmente en un estudio de yoga?”.

A su juicio, no se trata de negar la importancia de los debates morales, políticos o sociales, sino de recordar que no son el centro. “A veces, la gente entra en una iglesia y solo escucha debates sobre moral, política o temas sociales. Si bien estos temas son importantes, la pregunta fundamental sigue siendo: ¿están las personas realmente encontrando a Dios? Eso es lo que buscan”.

En tercer lugar, Hartl recuerda que incluso amigos suyos vinculados a la política, algunos de ellos no cristianos, le trasladan con frecuencia la misma idea, que los cristianos aporten, hablen y contribuyan. Por eso advierte a quienes se limitan a lamentarse por la deriva de la sociedad de que “no debemos simplemente dejar esa tarea en manos de otros”: “¿Por qué quejarse de que la sociedad va en la dirección equivocada si nosotros mismos nos hemos retirado del juego?”.

El optimismo de una Iglesia fuerte frente al mundo

Pese a la resistencia y el escepticismo que percibe hacia el cristianismo en la vida pública, Hartl se declara optimista. Bajo esa capa de rechazo, dice, late una “profunda sed espiritual”. La gente busca, pero la cuestión decisiva es si los cristianos están dispuestos a ofrecer algo más profundo que “eslóganes, opiniones políticas o nostalgia cultural”.

Por eso, para Hartl, el futuro del cristianismo en Occidente no depende solo de ganar debates, ocupar espacios o reivindicar una memoria perdida. Depende de que los cristianos hablen con valentía, profundicen en su vida espiritual y participen de forma constructiva en la cultura que les rodea. Solo así, sostiene, el cristianismo podrá ofrecer mucho más de lo que hoy muchos imaginan.

“La Iglesia no pierde porque el mundo sea más fuerte que el Evangelio”, concluye. “Muy a menudo, la Iglesia pierde porque nunca se involucra directamente. Y luego se queja del resultado”.

J.M.C., ReL

Vea también     Pastoral al Servicio del Pueblo de Dios




martes, 3 de marzo de 2026

Cinco obstáculos para una vida evangélica auténtica

He aquí cinco obstáculos que a menudo nos impiden vivir plenamente una vida evangélica, y algunas pistas concretas para remediarlos

Ser católico no consiste solo en observar prácticas externas, sino en vivir una verdadera metanoia, una profunda conversión del corazón, que puede sacudirnos y ponernos en desacuerdo con la sociedad secularizada. Aquí hay cinco obstáculos que a menudo nos impiden vivir plenamente una vida evangélica, y algunas ideas concretas para remediarlos.

1FALTA DE CONCIENCIACIÓN

Jesús nos invita ante todo a la metanoia, es decir, a un cambio interior que compromete a toda nuestra persona: "Convertíos, porque el Reino de los Cielos está cerca" (Mt 4, 17). Durante esta Cuaresma podemos preguntarnos en qué medida la enseñanza de Cristo transforma nuestra forma de pensar, amar y actuar. ¿Soy capaz de ir a contracorriente de la mentalidad mundana? ¿Tengo el valor de elegir a Cristo, incluso cuando me cuesta?

Como recordaba san Gregorio Nacianceno, "cada día hay que ser un poco más cristiano" (Discurso 40, La Santa Luz). Para avanzar en este camino, es bueno apoyarse en dos medios sencillos y concretos: dedicar cada día un momento a la introspección y la meditación de la Palabra de Dios; y, si es posible, vivir regularmente un retiro espiritual para alimentar y reajustar la fe a las exigencias del Evangelio.

2FALTA DE VALENTÍA

El segundo obstáculo para una vida evangélica auténtica es la falta de valor ante el desajuste con el mundo. Vivir según el Evangelio a menudo significa sentirse al margen de la mentalidad mundana. Jesús lo anunció claramente: "Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella" (Mt 7,13). Ser discípulo supone tener el valor de ser diferente, resistir la tentación de complacer y elegir la verdad, incluso a costa del rechazo.

Este valor se arraiga en una fe profunda en Cristo. Cuanto más crece nuestra confianza en Él, menos tememos la mirada de los demás. Como escribió san Juan Crisóstomo: "No busques complacer a los hombres, sino a Dios, y serás libre" (Homilías sobre Mateo, 22). Concretamente, cultivemos este valor mediante una oración diaria que nos una a Cristo, en particular meditando la Pasión, y mediante una oración al Espíritu Santo para pedirle el Espíritu de fortaleza (2 Tm 1,7). Atrevámonos también a tomar posición a contracorriente, como defender la vida frente al aborto y la eutanasia.

3DISTRACCIÓN Y FALTA DE PERSEVERANCIA

PRAY

El tercer obstáculo para una vida evangélica auténtica es la distracción y la falta de perseverancia. Nuestras vidas modernas están invadidas por las preocupaciones materiales y la búsqueda del placer inmediato. Estas preocupaciones a menudo ahogan la Palabra de Dios en nosotros, como las "zarzas" de la parábola del sembrador (Mt 13,22): "Las preocupaciones de la vida y el encanto de las riquezas ahogan la palabra, y esta no da fruto".

Seguir a Jesús exige perseverancia y fidelidad en los pequeños gestos sencillos. Como escribió san Francisco de Sales: "La fidelidad a los pequeños deberes nos dispone a grandes gracias" (Introducción a la vida devota). Concretamente, simplifiquemos nuestro horario para dedicar un tiempo fijo cada día a la oración, en particular mediante la meditación del Rosario. Confiemos nuestras preocupaciones materiales al Señor en un acto de confianza diario. 

4ENDURECIMIENTO Y MIEDO A CURARSE

El cuarto obstáculo para una vida evangélica auténtica es el endurecimiento del corazón y el miedo a sanar. Muchas de nuestras resistencias espirituales provienen de heridas ocultas: nuestros reflejos defensivos, nuestros miedos, nuestro egoísmo a menudo forman caparazones que nos protegen, pero nos aprisionan. Jesús quiere sanarnos, pero esta sanación supone aceptar ser vistos en nuestra verdad, sin máscaras.

Este miedo a la luz es muy humano: "Los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas" (Jn 3,19). Jesús no condena: llama. Su misericordia cura a quienes se atreven a acercarse a él en la verdad, como Bartimeo, que grita su miseria (Mc 10,46-52).

Como rezaba san Agustín: "Señor, cúrame, pero primero hazme capaz de ser curado" (Confesiones, X, 43). Concretamente, atrevámonos a hacer un examen de conciencia honesto sobre nuestras heridas y llevémoslas al sacramento de la confesión. Confiémoslas a Cristo en la adoración eucarística y practiquemos la misericordia hacia nosotros mismos, porque Dios ya nos ha perdonado y levantado. 

5ORGULLO

El quinto obstáculo para una vida evangélica auténtica es el orgullo, que nos impide imitar a Cristo en su humildad. En nuestra sociedad, que valora la competencia y la imagen de uno mismo, elegir la humildad parece absurdo. Sin embargo, es la condición para seguir a Cristo: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11,29). Ser humilde es reconocer que todo viene de Dios y que siempre tenemos algo que aprender. Es esta disposición del corazón la que hace verdaderamente fecundo todo compromiso cristiano. Para san Benito, se trata de una progresión espiritual: se comienza por la humildad sufrida, para llegar a la humildad amada, la de Cristo, que «se humilló hasta la muerte" (Flp 2,8) (La Regla, cap. 7).

Como dice el Evangelio: "El que se haga pequeño como este niño, ese es el mayor en el Reino de los Cielos" (Mt 18,4). Concretamente, pidamos al Señor la gracia de ver nuestras resistencias y la humildad de dejarnos moldear por su amor. Ofrezcamos nuestra confesión de Cuaresma con esta intención: que la humildad sea nuestra para vivir plenamente el mensaje de Jesús.

Aliénor Strentz, Aleteia

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