
Ser católico no consiste solo en observar prácticas externas, sino en vivir una verdadera metanoia, una profunda conversión del corazón, que puede sacudirnos y ponernos en desacuerdo con la sociedad secularizada. Aquí hay cinco obstáculos que a menudo nos impiden vivir plenamente una vida evangélica, y algunas ideas concretas para remediarlos.
1FALTA DE CONCIENCIACIÓN
Jesús nos invita ante todo a la metanoia, es decir, a un cambio interior que compromete a toda nuestra persona: "Convertíos, porque el Reino de los Cielos está cerca" (Mt 4, 17). Durante esta Cuaresma podemos preguntarnos en qué medida la enseñanza de Cristo transforma nuestra forma de pensar, amar y actuar. ¿Soy capaz de ir a contracorriente de la mentalidad mundana? ¿Tengo el valor de elegir a Cristo, incluso cuando me cuesta?
Como recordaba san Gregorio Nacianceno, "cada día hay que ser un poco más cristiano" (Discurso 40, La Santa Luz). Para avanzar en este camino, es bueno apoyarse en dos medios sencillos y concretos: dedicar cada día un momento a la introspección y la meditación de la Palabra de Dios; y, si es posible, vivir regularmente un retiro espiritual para alimentar y reajustar la fe a las exigencias del Evangelio.
2FALTA DE VALENTÍA

El segundo obstáculo para una vida evangélica auténtica es la falta de valor ante el desajuste con el mundo. Vivir según el Evangelio a menudo significa sentirse al margen de la mentalidad mundana. Jesús lo anunció claramente: "Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella" (Mt 7,13). Ser discípulo supone tener el valor de ser diferente, resistir la tentación de complacer y elegir la verdad, incluso a costa del rechazo.
Este valor se arraiga en una fe profunda en Cristo. Cuanto más crece nuestra confianza en Él, menos tememos la mirada de los demás. Como escribió san Juan Crisóstomo: "No busques complacer a los hombres, sino a Dios, y serás libre" (Homilías sobre Mateo, 22). Concretamente, cultivemos este valor mediante una oración diaria que nos una a Cristo, en particular meditando la Pasión, y mediante una oración al Espíritu Santo para pedirle el Espíritu de fortaleza (2 Tm 1,7). Atrevámonos también a tomar posición a contracorriente, como defender la vida frente al aborto y la eutanasia.
3DISTRACCIÓN Y FALTA DE PERSEVERANCIA

El tercer obstáculo para una vida evangélica auténtica es la distracción y la falta de perseverancia. Nuestras vidas modernas están invadidas por las preocupaciones materiales y la búsqueda del placer inmediato. Estas preocupaciones a menudo ahogan la Palabra de Dios en nosotros, como las "zarzas" de la parábola del sembrador (Mt 13,22): "Las preocupaciones de la vida y el encanto de las riquezas ahogan la palabra, y esta no da fruto".
Seguir a Jesús exige perseverancia y fidelidad en los pequeños gestos sencillos. Como escribió san Francisco de Sales: "La fidelidad a los pequeños deberes nos dispone a grandes gracias" (Introducción a la vida devota). Concretamente, simplifiquemos nuestro horario para dedicar un tiempo fijo cada día a la oración, en particular mediante la meditación del Rosario. Confiemos nuestras preocupaciones materiales al Señor en un acto de confianza diario.
4ENDURECIMIENTO Y MIEDO A CURARSE
El cuarto obstáculo para una vida evangélica auténtica es el endurecimiento del corazón y el miedo a sanar. Muchas de nuestras resistencias espirituales provienen de heridas ocultas: nuestros reflejos defensivos, nuestros miedos, nuestro egoísmo a menudo forman caparazones que nos protegen, pero nos aprisionan. Jesús quiere sanarnos, pero esta sanación supone aceptar ser vistos en nuestra verdad, sin máscaras.
Este miedo a la luz es muy humano: "Los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas" (Jn 3,19). Jesús no condena: llama. Su misericordia cura a quienes se atreven a acercarse a él en la verdad, como Bartimeo, que grita su miseria (Mc 10,46-52).
Como rezaba san Agustín: "Señor, cúrame, pero primero hazme capaz de ser curado" (Confesiones, X, 43). Concretamente, atrevámonos a hacer un examen de conciencia honesto sobre nuestras heridas y llevémoslas al sacramento de la confesión. Confiémoslas a Cristo en la adoración eucarística y practiquemos la misericordia hacia nosotros mismos, porque Dios ya nos ha perdonado y levantado.
5ORGULLO
El quinto obstáculo para una vida evangélica auténtica es el orgullo, que nos impide imitar a Cristo en su humildad. En nuestra sociedad, que valora la competencia y la imagen de uno mismo, elegir la humildad parece absurdo. Sin embargo, es la condición para seguir a Cristo: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11,29). Ser humilde es reconocer que todo viene de Dios y que siempre tenemos algo que aprender. Es esta disposición del corazón la que hace verdaderamente fecundo todo compromiso cristiano. Para san Benito, se trata de una progresión espiritual: se comienza por la humildad sufrida, para llegar a la humildad amada, la de Cristo, que «se humilló hasta la muerte" (Flp 2,8) (La Regla, cap. 7).
Como dice el Evangelio: "El que se haga pequeño como este niño, ese es el mayor en el Reino de los Cielos" (Mt 18,4). Concretamente, pidamos al Señor la gracia de ver nuestras resistencias y la humildad de dejarnos moldear por su amor. Ofrezcamos nuestra confesión de Cuaresma con esta intención: que la humildad sea nuestra para vivir plenamente el mensaje de Jesús.
Aliénor Strentz, Aleteia
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