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sábado, 16 de diciembre de 2023

7 secretos matrimoniales de las parejas que funcionan bien... aunque algunos no son tan secretos

No son hábitos que salgan solos... hay que practicarlos,
 pero enseguida dan fruto


Los matrimonios que tienen éxito cumplen una serie de hábitos... que requieren su tiempo y su voluntad.

Cassandra Soars es una periodista y madre de familia que escribe sobre temas de familia y matrimonio y cuenta con un portal de ideas para ayudar en las relaciones de pareja llamado HeartUs. Contribuye en otras plataformas de consejos pro-familia, como la web de ideas para madres iMom.

Precisamente de iMom tomamos su listado de 7 hábitos de los matrimonios que funcionan bien.
 
Casandra explica que ella y su marido elaboraron esta lista hablando con un matrimonio que llevaba treinta años casado y que les ayudó en un momento duro de su vida de pareja. 

7 secretos matrimoniales de las parejas que funcionan bien

1. Los matrimonios con éxito hablan bien el uno del otro

Se animan el uno al otro en vez de criticarse y no hablan negativamente de su cónyuge a los demás.

2. Las parejas con éxito se piden perdón en cuanto pueden y rápidamente dejan sus desacuerdos

“Un amigo me dijo que su monitor le enseñó al inicio de su matrimonio que el más fuerte es el que antes pide perdón, aunque sólo se haya equivocado al 1%. Este secreto ayuda a desarmar el conflicto casi inmediatamente”. 

3. Crecen e intentan cosas nuevas juntos.

Aprender juntos cosas nuevas une a la pareja y aporta nuevos gozos y nuevas formas de conectar. Pueden ser nuevas aficiones, o puede ser viajar, que es una forma de explorar nuevos horizontes.

Pareja compartiendo un picnic en el campo.

4. Cada miembro de la pareja se cuida, se anima a atender sus propias heridas

Cada uno busca activamente sanar sus propias heridas del pasado y sus problemas emocionales, todo aquello que le dificulta estar sano y que perjudicará luego a la familia. El cónyuge le puede ayudar a gestionar varias de sus tareas cotidianas mientras él o ella se repone de esas heridas o mejora en ese reto. Lo mismo se puede aplicar a las enfermedades físicas. En cualquier caso, no dejan que la cosa empeore ni lo ocultan indefinidamente sino que lo afrontan

5. Las parejas con éxito ven las cosas desde el punto de vista del otro

Practican la empatía y pueden pasar horas sentados, debatiendo con amabilidad sus puntos de vista para entenderse mejor y comprender los sentimientos del otro. Activamente se muestran el uno al otro que intentan comprenderse.

Pareja conversando mientras toman un refresco. 

6. Tienen un compromiso de por vida

Nunca amenazan con irse porque abandonar o romper el matrimonio nunca lo consideran una opción, es inconcebible para ellos. “Abrir la puerta mentalmente al divorcio tiene un inmediato impacto negativo en un matrimonio. Debilita la resolución de mantenerse. El amor es un acto de la voluntad y la resolución es esencial”, escribe Cassandra Soars.

7. Hacen el uno del otro una prioridad

Ponen esfuerzo en la relación. Nunca dejan de “quedar”, de “salir”, de encontrarse... aunque sea en casa. “Se requiere intencionalidad y esfuerzo, pero es un esfuerzo que produce grandes resultados en la relación. Las parejas que hacen esto nunca se sentirán solas en su matrimonio”, concluye Soars.

ReL

Vea también        El matrimonio sí importa:
26 conclusiones de las ciencias sociales

















miércoles, 29 de julio de 2020

Esto es lo que nos permite descubrir que valemos mucho

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Lo que hago o dónde vivo no es lo fundamental, hay algo que es lo que verdaderamente me da paz

Puede que me haya confundido muchas veces poniendo mi corazón en el lugar equivocado. Jesús me anima a desprenderme de lo que no me hace pleno, de aquello que no me lleva al cielo.
El error bendito forma parte del camino, tengo que aceptarlo. Confundir los pasos, guardar tesoros equivocados, es parte de mi vida y de mi libertad para elegir lo que me hace bien.
Hay quien descubre la belleza escondida. Y es capaz de distinguir y encontrar tesoros bien guardados. Y valora como lo más grande ese amor que Dios le ha dado.
Dios es mi porción y mi ganancia. Él tiene el poder sobre mi vida. Quiero dejar de lado lo que me quita la alegría y dejar que el amor de Dios penetre dentro de mi alma y me vista de sus más bellas joyas.
Para eso tengo que estar desprendido de todo lo que me aleja de Él. A menudo vivo desparramado por la vida buscando que me sacie lo que no sacia mi sed de infinito.
Quiero asumirlo con mucha paz. ¿Qué quiere Dios de mí? Me lo pregunto mientras me desgasto. ¿Quiere que entregue mi vida como lo estoy haciendo hasta ahora? ¿Quiere algún cambio?


Mains ouvertes
Tonktiti - Shutterstock

Tal vez me quedo con una imagen: cavar hondo en la tierra buscando un tesoro escondido. A lo mejor el tesoro no está tan lejos como pensaba.
He buscado tesoros en tierras lejanas, con brújula, con planos. He pensado que hacer cosas es lo que me da paz. O vivir en tal o cual lugar. Pero al final eso no es lo más importante.

La clave

Lo fundamental no es lo que hago, ni siquiera con quién lo hago o dónde lo hago. Lo importante es lo que estoy viviendo y cómo estoy viviendo desde mi interior.
Lo que vale es vivir atado a aquello que le da sentido a todo lo que hago. Incluso a los errores y las caídas. Lo valioso es pensar que dentro de mí hay un tesoro que guarda celosamente Aquel que más me ama.
Él lo acaricia mientras se pregunta por qué tardo tanto en encontrarlo dentro de mi propia alma. Es la paradoja. Está dentro de mí y yo lo busco fuera. Así lo explica san Agustín en sus Confesiones:
«¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! y Tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por de fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseo con ansia la paz que procede de ti».
Tengo en mi alma un tesoro en el que Dios espeja su propia belleza. Dentro de mí está Él y me permite mirar más allá de mis errores y torpezas. Él sabe que soy débil y me ama.
El tesoro es todo aquello que tantas veces no he valorado de mí. Son esos rasgos que tal vez el mundo no ve. O yo no veo en comparación con lo que brilla fuera de mí.
No es oro todo lo que reluce, me digo tantas veces. Tampoco pienso que todo lo que brilla es malo, ni mucho menos. Pero creo que no valoro tanto mi tesoro como lo que brilla en otros.
Me quedo en que yo no valgo tanto, no soy tan bueno, tan inteligente, tan capaz. Me abruma mi pobreza y no la valoro como un tesoro digno de los mejores reyes y palacios. Ese soy yo.
La mirada de Dios sobre mi vida me hace ver que valgo mucho. Soy más valioso que nada en este mundo. No quiero olvidarlo.
Pienso entonces que no tengo que buscar fuera de mí lo que me falta, sino más bien en mi interior. Allí donde Dios habita y yo soy ese niño con sonrisa ancha y ojos grandes. Con el alma inocente y pura y el deseo de entregarlo todo por un amor más grande.
Soy ese niño con miedos y anhelos de infinito que recorre los caminos cargado y con prisa. Soy ese niño que desea descansar a la sombra de un buen árbol esperando a que el sol deje de quemar tanto.
Me gusta mirar a ese niño y ver en él el tesoro guardado. El alma pura y los deseos más grandes. Ese tesoro que guardo sin saberlo, lo conservo sin poseerlo del todo.


© Simon Dannhauer / Shutterstock

Porque no lo veo, no lo aprecio, no lo distingo entre las piedras y ramas dentro de mí mismo. Y busco fuera de mí lo que no me hace falta.
Envidio lo que otros tienen sin pararme a valorar la vida que yo tengo. Aprecio más lo que otros parecen vivir con alegría, sin llegar a pensar qué es lo que de verdad ellos sienten.
Tengo que ser feliz con mis tesoros, sin desear otros. El camino de la felicidad pasa por aceptar mi presente, mi vida, mi tesoro, sin desear lo que no está dentro de mi camino.
Carlos Padilla Esteban, Aleteia