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miércoles, 29 de julio de 2020

Esto es lo que nos permite descubrir que valemos mucho

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Lo que hago o dónde vivo no es lo fundamental, hay algo que es lo que verdaderamente me da paz

Puede que me haya confundido muchas veces poniendo mi corazón en el lugar equivocado. Jesús me anima a desprenderme de lo que no me hace pleno, de aquello que no me lleva al cielo.
El error bendito forma parte del camino, tengo que aceptarlo. Confundir los pasos, guardar tesoros equivocados, es parte de mi vida y de mi libertad para elegir lo que me hace bien.
Hay quien descubre la belleza escondida. Y es capaz de distinguir y encontrar tesoros bien guardados. Y valora como lo más grande ese amor que Dios le ha dado.
Dios es mi porción y mi ganancia. Él tiene el poder sobre mi vida. Quiero dejar de lado lo que me quita la alegría y dejar que el amor de Dios penetre dentro de mi alma y me vista de sus más bellas joyas.
Para eso tengo que estar desprendido de todo lo que me aleja de Él. A menudo vivo desparramado por la vida buscando que me sacie lo que no sacia mi sed de infinito.
Quiero asumirlo con mucha paz. ¿Qué quiere Dios de mí? Me lo pregunto mientras me desgasto. ¿Quiere que entregue mi vida como lo estoy haciendo hasta ahora? ¿Quiere algún cambio?


Mains ouvertes
Tonktiti - Shutterstock

Tal vez me quedo con una imagen: cavar hondo en la tierra buscando un tesoro escondido. A lo mejor el tesoro no está tan lejos como pensaba.
He buscado tesoros en tierras lejanas, con brújula, con planos. He pensado que hacer cosas es lo que me da paz. O vivir en tal o cual lugar. Pero al final eso no es lo más importante.

La clave

Lo fundamental no es lo que hago, ni siquiera con quién lo hago o dónde lo hago. Lo importante es lo que estoy viviendo y cómo estoy viviendo desde mi interior.
Lo que vale es vivir atado a aquello que le da sentido a todo lo que hago. Incluso a los errores y las caídas. Lo valioso es pensar que dentro de mí hay un tesoro que guarda celosamente Aquel que más me ama.
Él lo acaricia mientras se pregunta por qué tardo tanto en encontrarlo dentro de mi propia alma. Es la paradoja. Está dentro de mí y yo lo busco fuera. Así lo explica san Agustín en sus Confesiones:
«¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! y Tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por de fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseo con ansia la paz que procede de ti».
Tengo en mi alma un tesoro en el que Dios espeja su propia belleza. Dentro de mí está Él y me permite mirar más allá de mis errores y torpezas. Él sabe que soy débil y me ama.
El tesoro es todo aquello que tantas veces no he valorado de mí. Son esos rasgos que tal vez el mundo no ve. O yo no veo en comparación con lo que brilla fuera de mí.
No es oro todo lo que reluce, me digo tantas veces. Tampoco pienso que todo lo que brilla es malo, ni mucho menos. Pero creo que no valoro tanto mi tesoro como lo que brilla en otros.
Me quedo en que yo no valgo tanto, no soy tan bueno, tan inteligente, tan capaz. Me abruma mi pobreza y no la valoro como un tesoro digno de los mejores reyes y palacios. Ese soy yo.
La mirada de Dios sobre mi vida me hace ver que valgo mucho. Soy más valioso que nada en este mundo. No quiero olvidarlo.
Pienso entonces que no tengo que buscar fuera de mí lo que me falta, sino más bien en mi interior. Allí donde Dios habita y yo soy ese niño con sonrisa ancha y ojos grandes. Con el alma inocente y pura y el deseo de entregarlo todo por un amor más grande.
Soy ese niño con miedos y anhelos de infinito que recorre los caminos cargado y con prisa. Soy ese niño que desea descansar a la sombra de un buen árbol esperando a que el sol deje de quemar tanto.
Me gusta mirar a ese niño y ver en él el tesoro guardado. El alma pura y los deseos más grandes. Ese tesoro que guardo sin saberlo, lo conservo sin poseerlo del todo.


© Simon Dannhauer / Shutterstock

Porque no lo veo, no lo aprecio, no lo distingo entre las piedras y ramas dentro de mí mismo. Y busco fuera de mí lo que no me hace falta.
Envidio lo que otros tienen sin pararme a valorar la vida que yo tengo. Aprecio más lo que otros parecen vivir con alegría, sin llegar a pensar qué es lo que de verdad ellos sienten.
Tengo que ser feliz con mis tesoros, sin desear otros. El camino de la felicidad pasa por aceptar mi presente, mi vida, mi tesoro, sin desear lo que no está dentro de mi camino.
Carlos Padilla Esteban, Aleteia





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