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martes, 7 de abril de 2026

Evangelio del día - Martes de Pascua

 

Libro de los Hechos de los Apóstoles 2,36-41.

El día de Pentecostés, Pedro dijo a los judíos:
"Todo el pueblo de Israel debe reconocer que a ese Jesús que ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Mesías".
Al oír estas cosas, todos se conmovieron profundamente, y dijeron a Pedro y a los otros Apóstoles: "Hermanos, ¿qué debemos hacer?".
Pedro les respondió: "Conviértanse y háganse bautizar en el nombre de Jesucristo para que les sean perdonados los pecados, y así recibirán el don del Espíritu Santo.
Porque la promesa ha sido hecha a ustedes y a sus hijos, y a todos aquellos que están lejos: a cuantos el Señor, nuestro Dios, quiera llamar".
Y con muchos otros argumentos les daba testimonio y los exhortaba a que se pusieran a salvo de esta generación perversa.
Los que recibieron su palabra se hicieron bautizar; y ese día se unieron a ellos alrededor de tres mil.

Salmo 33(32),4-5.18-19.20.

La tierra está llena del amor del Señor.

Porque la palabra del Señor es recta
y él obra siempre con lealtad;
él ama la justicia y el derecho,
y la tierra está llena de su amor.

Los ojos del Señor están fijos sobre sus fieles,
sobre los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y sustentarlos en el tiempo de indigencia.

Nuestra alma espera en el Señor;
él es nuestra ayuda y nuestro escudo.

Evangelio según San Juan 20,11-18.

María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro
y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús.
Ellos le dijeron: "Mujer, ¿por qué lloras?". María respondió: "Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto".
Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció.
Jesús le preguntó: "Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?". Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: "Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo".
Jesús le dijo: "¡María!". Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: "¡Raboní!", es decir "¡Maestro!".
Jesús le dijo: "No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: 'Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes'".
María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras.

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.


Bulle

San Máximo de Turín (¿-c. 420)
obispo
CC Sermón 39a; PL 57, 359


«Ve a buscar a mis hermanos y diles: Subo al Padre mío y Padre vuestro»

Después de la resurrección, María Magdalena buscó al Señor en la tumba, olvidó su promesa de regresar de los infiernos al tercer día, lo imaginó preso en la tierra... Una fe humilde e ignorante busca lo que no sabe, olvida al que le enseñó; es pronta para venerar, pero su creencia es imperfecta. Se preocupa de las heridas que el Señor llevó en su carne, pero duda de la gloria de su resurrección. Llora porque ama a Cristo, se aflige por no haber encontrado su cuerpo; imagina muerto al que ya reinaba...
Le reprochamos pues a la bienaventurada María, haber sido demasiado lenta en creer (Lc 24, 5s); reconoció al Señor, un poco tarde. Por eso el Salvador le dice: " No me toques, porque todavía no he subido al Padre "... Es decir, ¿por qué deseas tocarme, tú que, buscándome entre las tumbas, no crees que subí cerca de mi Padre, tú que, buscándome en el lugar de los muertos, dudas que haya regresado al cielo; tú que, buscándome entre los muertos, no te esperas verme vivir cerca de Dios, mi Padre? "Todavía no he subido al Padre ", dice, es decir: para ti todavía no he subido al Padre, yo que, según tu fe, estoy retenido para siempre en la tumba...
El que quiere tocar al Señor debe primero, por fe, colocarle a la derecha de Dios; su corazón, más bien que buscarle entre los muertos, debe situarlo en el cielo. El Señor sube hacia el Padre, él que sabe estar siempre en el Padre... "El Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios " (Jn 1,1)... San Pablo nos enseña cómo buscar nosotros también al Salvador en el cielo, diciendo: "Buscad las cosas de arriba, allí dónde está Cristo, sentado a la derecha de Dios".
Y para hacernos olvidar completamente la búsqueda a ras de tierra de María, añade: "Desead las cosas de arriba, no las de la tierra" (Col 3,1-2). No es pues en la tierra, ni bajo la tierra, ni según la carne, donde debemos buscar al Salvador, si queremos encontrarlo y tocarlo, sino en la gloria de la majestad. divina.
(EDD)


Reflexión sobre el cuadro

El Evangelio de esta mañana se centra en las lágrimas de María Magdalena. Está de pie ante el sepulcro, llorando. Se le hace la misma pregunta dos veces en nuestra breve lectura. Primero los ángeles le preguntan: “Mujer, ¿por qué lloras?” y luego Jesús mismo repite la misma pregunta: “¿Por qué lloras?” Llora porque no encuentra a quien ama. Reconocemos esa experiencia: cuando alguien querido ha muerto o está vivo pero se siente perdido, distante o fuera de nuestro alcance, el dolor surge en nuestro interior. Nosotros, como María en la tumba, lloramos.

Sin embargo, la historia de María no termina en la pérdida. En su búsqueda, sucede algo inesperado. El Señor que ella buscaba la encuentra. La llama por su nombre, “María”, y en ese momento todo cambia. Esta es la promesa silenciosa en el corazón del Evangelio: aunque no siempre logremos encontrar a quienes anhelamos, el Señor nunca está fuera de nuestro alcance... siempre está ahí, siempre nos busca incluso antes de que lo busquemos.

Hay algo, me atrevería a decir, sagrado en el llanto. No lloramos por lo que significa poco para nosotros; lloramos por aquellos a quienes amamos. Las lágrimas son el amor hecho visible, el corazón que se desborda cuando las palabras ya no bastan. Aparecen cuando los lazos se estrechan por la distancia, por la pérdida, por la incomprensión o por el dolor silencioso de ver a un ser querido tomar quizá decisiones equivocadas. En esos momentos, las lágrimas no son un signo de debilidad, sino de profundidad y amor. Las lágrimas son un testimonio de que hemos permitido a otros entrar en nuestras vidas, de que nos hemos preocupado, de que hemos amado. Y quizá por eso tienen tanta dignidad: cada lágrima lleva en sí una historia de relación, una oración silenciosa que surge del corazón y nos recuerda que donde hay lágrimas, hay amor.

Hoy comparto un detalle de La lamentación por Cristo muerto, de Andrea Mantegna. La mujer que llora está de pie a la izquierda del cuadro, inclinada sobre el cuerpo sin vida de Cristo, con el rostro contorsionado por el dolor y la boca abierta en un grito que casi podemos oír. No son lágrimas suaves; son crudas, desenfrenadas, casi violentas en su honestidad. Mantegna no suaviza el dolor, lo expone. Fíjense también en las arrugas de su rostro, es como si la angustia de la mujer estuviera grabada en cada línea de su cara. Esta mujer que llora es una de las expresiones de luto más sobrecogedoras de todo el arte. Y sin embargo, precisamente por eso, es también una de las expresiones más bellas del amor... un amor que debe llorar porque ha amado tan profundamente...

by Padre Patrick van der Vorst


Oración-Secuencia Pascual

Ofrezcan los cristianos
Ofrendas de alabanza
A gloria de la victima
Propicia de la Pascua
Cordero sin pecado
Que a las ovejas salva
A Dios y a los culpables
Unió con nueva alianza
Aleluya, aleluya
Aleluya, aleluya
Aleluya, aleluya
Aleluya, aleluya
Lucharon vida y muerte
En singular batalla
Y muerto el que es vida
Triunfante se levanta
¿Qué has visto de camino
María en la mañana?
A mi Señor glorioso
La tumba abandonada
Aleluya, aleluya
Aleluya, aleluya
Aleluya, aleluya
Aleluya, aleluya
Los ángeles testigos
Sudarios y mortajas
Resucitó de veras
Mi amor y mi esperanza
Venid a Galilea
Ahí el Señor aguarda
Ahí veréis los suyos
La Gloria de la Pascua
Aleluya, aleluya
Aleluya, aleluya
Aleluya, aleluya
Aleluya, aleluya
Primicia de los muertos
Sabemos por tu gracia
Que está el Resucitado
La muerte en ti no manda
Rey vencedor apiádate
De la miseria humana
Y da a tus fieles parte
En tu victoria santa
Aleluya, aleluya
Aleluya, aleluya
Aleluya, aleluya
Aleluya, aleluya




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