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viernes, 10 de abril de 2026

Evangelio del día - Viernes de la Octava de Pascua


Libro de los Hechos de los Apóstoles 4,1-12.

Mientras los Apóstoles hablaban al pueblo, se presentaron ante ellos los sacerdotes, el jefe de los guardias del Templo y los saduceos,
irritados de que predicaran y anunciaran al pueblo la resurrección de los muertos cumplida en la persona de Jesús.
Estos detuvieron a los Apóstoles y los encarcelaron hasta el día siguiente, porque ya era tarde.
Muchos de los que habían escuchado la Palabra abrazaron la fe, y así el número de creyentes, contando sólo los hombres, se elevó a unos cinco mil.
Al día siguiente, se reunieron en Jerusalén los jefes de los judíos, los ancianos y los escribas,
con Anás, el Sumo Sacerdote, Caifás, Juan, Alejandro y todos los miembros de las familias de los sumos sacerdotes.
Hicieron comparecer a los Apóstoles y los interrogaron: "¿Con qué poder o en nombre de quién ustedes hicieron eso?".
Pedro, lleno del Espíritu Santo, dijo: "Jefes del pueblo y ancianos,
ya que hoy se nos pide cuenta del bien que hicimos a un enfermo y de cómo fue curado,
sepan ustedes y todo el pueblo de Israel: este hombre está aquí sano delante de ustedes por el nombre de nuestro Señor Jesucristo de Nazaret, al que ustedes crucificaron y Dios resucitó de entre los muertos.
El es la piedra que ustedes, los constructores, han rechazado, y ha llegado a ser la piedra angular.
Porque no existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el cual podamos salvarnos".


Salmo 118(117),1-2.4.22-24.25-27a.

¡Den gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor!

¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
porque es eterno su amor!
Que lo diga el pueblo de Israel:
¡es eterno su amor!

Que lo digan los que temen al Señor:
¡es eterno su amor!
La piedra que desecharon los constructores
es ahora la piedra angular.

Esto ha sido hecho por el Señor
y es admirable a nuestros ojos.
Este es el día que hizo el Señor:
alegrémonos y regocijémonos en él.

Sálvanos, Señor, asegúranos la prosperidad.
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
Nosotros los bendecimos desde la Casa del Señor:
el Señor es Dios, y él nos ilumina».


Evangelio según San Juan 21,1-14.

Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Sucedió así:
estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos.
Simón Pedro les dijo: "Voy a pescar". Ellos le respondieron: "Vamos también nosotros". Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada.
Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él.
Jesús les dijo: "Muchachos, ¿tienen algo para comer?". Ellos respondieron: "No".
El les dijo: "Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán". Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla.
El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: "¡Es el Señor!". Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua.
Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla.
Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan.
Jesús les dijo: "Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar".
Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió.
Jesús les dijo: "Vengan a comer". Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: "¿Quién eres", porque sabían que era el Señor.
Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos.


Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

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Bulle

Juan Pedro de Caussade (1675-1751)
jesuita
Abandono en la Providencia divina


“¡Es el Señor!”

  En las manos de Dios todas las criaturas son vivas; es cierto que los sentidos no perciben más que la acción de la criatura, pero la fe cree, sobre todo, en la acción divina. Ve que Jesucristo vive en todo y opera a lo largo de todos los siglos, que el más mínimo instante y el más pequeño de los átomos encierran una porción de esta vida escondida y de esta acción misteriosa. La acción de las criaturas es un velo que encubre los profundos misterios de la acción divina.
Después de su Resurrección, Jesucristo, en sus apariciones, sorprendía a sus discípulos, se presentaba a ellos bajo figuras que le disfrazaban, y tan pronto como se daba a conocer, desaparecía. Este mismo Jesús que está siempre viviente y operante, todavía sorprende a las almas que no tiene la fe suficientemente pura ni profunda. No hay ningún momento en el que Dios no se presente debajo de alguna pena, de alguna obligación o de algún deber. Todo lo que se realiza en nosotros, alrededor de nosotros y a través de nosotros, encierra y esconde su acción divina que, aunque invisible, hace que siempre nos veamos sorprendidos y que no conozcamos su operación más que cuando ella ya no subsiste.
Si perforáramos el velo y si estuviéramos vigilantes y atentos, Dios se nos revelaría sin cesar y gozaríamos de su acción en todo lo que nos acontece. Frente a cada acontecimiento diríamos: “¡Es el Señor!”. Y en todas las circunstancias encontraríamos que recibimos un don de Dios, que las criaturas no son más que débiles instrumentos, que nada nos faltaría, y que el constante cuidado de Dios hacia nosotros le lleva a darnos lo que nos conviene.
(EDD)

Reflexión sobre el cuadro

En el Evangelio de hoy, el Señor resucitado se acerca a un grupo de discípulos que, de un modo u otro, le habían defraudado durante los días de su Pasión... todos menos el discípulo amado. Sin embargo, su fracaso no le aleja de ellos. Se acerca a ellos tal como son, e incluso los encuentra en medio de otro tipo de fracaso: tras una larga noche de pesca, no han pescado nada. Estos pescadores experimentados, que volvieron a pescar después de la crucifixión, se encuentran con las manos vacías. Volvieron a su antigua vida, pero no les funcionó. Es en ese mismo momento, en su cansancio, en su decepción, en su sensación de que las cosas no funcionan, cuando aparece Jesús. Y todo empieza a cambiar. A su palabra, las redes se llenan. A su invitación, su vocación se renueva. Los que no podían pescar se preparan para ser pescadores de hombres.

Luego viene una segunda invitación: “Venid a desayunar”. El Señor resucitado no se queda a distancia; nos acerca y comparte la comida. Restablece la comunión allí donde se había roto, no con reproches, sino con serena generosidad. Sin palabras duras, sin recordar los fracasos del pasado... sólo con presencia, invitación y alimento. Así es como el Señor nos encuentra también a nosotros. En las noches de nuestras propias deficiencias, cuando las cosas parecen vacías o infructuosas, Él se para en la orilla de nuestras vidas. Nos llama, no para condenarnos, sino para invitarnos... Nos invita a volver a misa y a comulgar con Él.

Nuestro cuadro de Jean Jouvenet ilustra el momento en que los discípulos luchan por llevar a tierra la pesca milagrosa. Hay una verdadera sensación de movimiento y un hermoso caos. Algunos discípulos ya han reconocido al Señor resucitado. Están de pie junto a él, en silencio, con las manos juntas en oración, atrapados entre la acción y la adoración. Jouvenet mantiene unidos estos dos movimientos: el frenético trabajo de recoger los peces y la alegría de encontrarse con su amigo, Jesús. A la derecha, hay pintada una tienda de campaña, que casi pasa desapercibida. Insinúa lo que está por venir: no sólo el milagro de la pesca, sino la invitación a la comunión: “Venid a desayunar”. La escena se sitúa en el umbral entre el esfuerzo (pescar) y el descanso (compartir la comida). Los peces hablan de la misión que se avecina; la tienda, de la comunión.

by Padre Patrick van der Vorst

Oración-Secuencia Pascual

Ofrezcan los cristianos
Ofrendas de alabanza
A gloria de la victima
Propicia de la Pascua
Cordero sin pecado
Que a las ovejas salva
A Dios y a los culpables
Unió con nueva alianza
Aleluya, aleluya
Aleluya, aleluya
Aleluya, aleluya
Aleluya, aleluya
Lucharon vida y muerte
En singular batalla
Y muerto el que es vida
Triunfante se levanta
¿Qué has visto de camino
María en la mañana?
A mi Señor glorioso
La tumba abandonada
Aleluya, aleluya
Aleluya, aleluya
Aleluya, aleluya
Aleluya, aleluya
Los ángeles testigos
Sudarios y mortajas
Resucitó de veras
Mi amor y mi esperanza
Venid a Galilea
Ahí el Señor aguarda
Ahí veréis los suyos
La Gloria de la Pascua
Aleluya, aleluya
Aleluya, aleluya
Aleluya, aleluya
Aleluya, aleluya
Primicia de los muertos
Sabemos por tu gracia
Que está el Resucitado
La muerte en ti no manda
Rey vencedor apiádate
De la miseria humana
Y da a tus fieles parte
En tu victoria santa
Aleluya, aleluya
Aleluya, aleluya
Aleluya, aleluya
Aleluya, aleluya



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