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domingo, 5 de septiembre de 2021

10 consejos para enfrentar el tráfico sin perder la cabeza y la paz interior


 

Hace mucho tiempo bromeaba diciendo que escribiría un libro sobre este tema. Ahora tomé la decisión de hacer una reflexión, no un libro 😅 , y dar unos consejos acerca de cómo manejar sin perder la gracia de Dios.

Lo hago, porque, donde me ha tocado vivir (Lima, Perú), he tenido que movilizarme mucho en auto o en transporte público, y no ha sido fácil.

Espero que estos consejos ayuden a aquellos que por diversas razones tienen que movilizarse en ciudades grandes, donde el transito no tiene el orden y respeto que debería tener.

Estos consejos, los pensé y luego los escribí para mí, buscando que sean una ayuda en mi crecimiento espiritual diario. Sé que no es fácil, porque podríamos decir que la manera de manejar en ciudades como Lima, pone a prueba hasta al ser humano más
virtuoso.

Conducir bajo la presión de un tráfico pesado puede ser una pesadilla

Alguno pensará que exagero, pero creo que no es así. En algunas ciudades de Latinoamérica, las reglas de tránsito parecen sugerencias. No hay norma o regla que quede en pie ante el interés personal.

Todo cartel que nos dé alguna indicación para nuestro bien y el de los demás, es puesto en tela de juicio, y será superado por una necesidad personal.

El poco sentido común de algunos conductores y otras cosas que solo Dios sabe. Por eso no te sorprendas si bajo un cartel de «no estacionar», te encuentras una larga fila de autos estacionados.

O por ejemplo, la luz roja, no siempre significa que uno tiene que detenerse, todo depende de «que tan apurado esté el conductor».

Otro ejemplo claro es el signo de PARE, que me llevó a buscar el significado en el diccionario. Porque aquí (en Lima) parece que tal palabra no significa lo que dice el Diccionario de la Real Academia. Lo mismo ocurre con el respeto al peatón y los cruces peatonales.

Quizás el pensamiento que nos viene es que tenemos una tarea titánica, ¡pero no desfallezcamos! Para ello sugiero un pasaje de la Sagrada Escritura que nos va acompañar en toda nuestra reflexión y que nos puede ayudar en nuestra vida cotidiana:

«En lo posible, y en cuanto de vosotros dependa, en paz con todos los hombres. No te dejes vencer por el mal, antes bien, vence al mal con el bien» ( Romanos 12,18.21). Pasemos ahora a los consejos:

1. Recuerda que todos somos seres humanos

enfrentar el tráfico, 10 consejos para enfrentar el tráfico sin perder la cabeza y la paz interior

Esto lo digo para recordar nuestra grandeza y nuestra flaqueza. Somos creados por Dios buenos, a su imagen y semejanza. Somos capaces de hacer cosas grandes y bellas, pero también capaces de hacer cosas malas.

Y el hecho de que algunas veces hagamos cosas malas, no quiere decir que seamos «malos». Por eso nos ayudará ver a quien va en el otro carro, a una persona, como tú y como yo.

Con anhelos, deseos, con una familia, que es amado, querido, que tiene virtudes y defectos. Y que lo que realiza al estar detrás del volante, seguro no es lo único que lo define como persona, el también es hijo de Dios.

2. Lucha contra el egoísmo (cuesta pero se puede)

¿Cómo enfrentar el tráfico sin perder la paz interior?

Creo que uno de los grandes problemas cuando manejamos es el egoísmo. Esto es pensar solo en mí y olvidarme de la repercusión de mis acciones sobre el otro.

Recordemos que por la ciudad nos movilizamos miles de personas, y todos tenemos distintas necesidades. Por eso las reglas de transito nos ayudan, para que en medio de esa gran diversidad, exista una normativa común para todos que dé un orden y así
poder vivir en armonía.

Cuando manejemos, no solo pensemos en nuestras necesidades o intereses, sino también en aquellos que me rodean y que también desean que las cosas caminen de manera correcta.

Saber que el bien común repercute sobre el bien individual es fundamental a la hora de conducir.

3. Te lo dice todo el mundo, pero es verdad… llénate de paciencia

¿Cómo enfrentar el tráfico sin perder la paz interior?

Cuando estoy a punto de perder la paciencia ante una acción poco atinada de otro conductor, me sirve mucho recordar cuántas veces Dios, o alguien más, ha sido paciente con mis defectos o errores.

Antes de reaccionar, podemos pensar cuántas veces Dios me ha perdonado y me seguirá perdonando. Eso me podría ayudar a tener una mirada distinta ante esa situación concreta, que quizás está a punto de hacerme explotar.

De este modo lograré poner un freno a la ira que me quitará la paz interior.

4. Haz el bien sin mirar a quién… sí, cede el paso aunque te duela

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Todos anhelamos hacer el bien. Y cuando conducimos, también tenemos la oportunidad de sembrar el bien sin mirar a quién.

Quizás podría proponerme hacer una o varias acciones buenas mientras conduzco. No solo algo que debo hacer, sino también un acto de generosidad, de renuncia en bien de otro, como por ejemplo… darle el pase alguien.

5. Trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti

¿Cómo enfrentar el tráfico sin perder la paz interior?

Esto se aplica para todo en la vida, y por lo tanto también para conducir. Pensar y reflexionar, ¿nos gustaría que se estacionaran en la puerta de nuestra casa y cuando lleguemos no podamos entrar a nuestro garaje?

Ponerse en los zapatos del otro, como se dice popularmente, o como se dice ahora ser empático. Piensa si te gustaría que te hicieran eso a ti.

Tengamos presente que esa acción, movida por diferentes motivos (incluso alguno válido), va a perjudicar a otro y es obvio que no nos gustaría que lo hicieran con nosotros.

6. Huye del deseo de venganza (cuando estás al volante y cuando no)

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Como decía el chavo del ocho: «La venganza nunca es buena, mata el alma y la envenena». Huye de ese deseo de venganza que brota cuando eres víctimas de una acción que puede sacarte de quicio.

Recuerda que ese deseo o sentimiento es muy fuerte, y al primero que hace daño es a ti. Cuando nos embarga ese sentimiento, solemos nublar nuestra inteligencia y por lo tanto, actuar más por el impulso que por la razón.

Podríamos cometer una locura de la cual nos arrepintamos mucho. No encendamos una chispa que luego se convierta en un incendio.

Por eso, respirar profundo, recuerda que debemos vencer al mal con el bien, y hasta quizás rezar un Padre nuestro, recordando eso de: «Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden».

7. Ten un gesto de caridad, nadie disfruta estar sumergido en el tráfico

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«Una gota de agua horada la piedra, no por la fuerza sino por la constancia».

Me valgo de este dicho porque un gesto bueno, de amabilidad por más que parezca poca cosa en medio de la jungla del trafico de las ciudades grandes y caóticas, puede ser como una flor que crece en medio del pavimento.

Sembrar algo positivo en el otro, siempre dará frutos, venceremos al odio con el amor. Recuerda esta oración: «Señor hazme un instrumento de tu paz, donde haya odio ponga yo amor».

Quizás ese gesto dejará un sentimiento positivo en el otro y lo motivará a imitarlo.

8. Aprende a pedir perdón… en voz alta o con algún gesto

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Todos nos equivocamos, así que también lo más probable es que cuando manejemos nos equivoquemos, o que quizás por alguna razón cometamos una imprudencia.

Ante esto pedir perdón, hacer un gesto que indique que nos dimos cuenta que hicimos mal y lo reconocemos, puede ayudar mucho.

Además, nos ayuda a crecer en humildad y comprensión de la fragilidad humana, y no creer que nosotros somos invencibles o que nunca nos equivocamos.

De esta manera podemos dejar la mirada justiciera (que es una tentación) y pasar a la mirada misericordiosa.

9. Trata de corregir el error de tu hermano (como un acto de caridad)

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Esta es una obra de misericordia, y quizás podríamos ponerla en práctica. Es bueno precisar, si lo permite la situación y de manera calmada.

De lo contrario podría ser que, en vez de corregir con caridad, busque humillar o hacerle ver de mala manera al otro el error
que ha cometido… y eso no ayudará.

Un comentario positivo y en buenos términos, normalmente es bien acogido. Sé que no es fácil, y creo que para llegar a esto antes hemos debido afianzar alguna otra virtud, pero podemos esforzarnos por ponerlo en práctica.

10. Pídele al Espíritu Santo el don de la fortaleza

¿Cómo enfrentar el tráfico sin perder la paz interior?

La fortaleza es un don del Espíritu Santo, cuando manejamos en medio del caos, también podemos pedirla. Este don espiritual, me permite sobrellevar con coraje los obstáculos que se opongan a mi salvación.

Es pedir fortaleza, para poder hacer el bien, la fuerza espiritual, para no reaccionar violentamente, para no caer en devolver mal por mal y para ser más paciente.

Todo esto lo lograremos con la ayuda de Dios. Espero que los consejos que compartí aquí nos ayuden a todos, y que cuando nos encontremos en algún momento por la calle, manejando, sea viviendo alguna de estas virtudes.

Déjanos saber en los comentarios qué otras ideas tienes o qué prácticas te sirven a la hora de conducir.

Cuéntanos de qué país eres, ¿el tráfico es igual de terrible?, ¿pasas horas atrapado en él?, ¿qué cosas te sirven para no perder la paz cuando vas al volante?


Padre Enrique Granados, catholic-link

Vea también      Condúcete: Exhortación Pastoral en la Jornada de Reflexión sobre el Tráfico





















miércoles, 29 de julio de 2020

Esto es lo que nos permite descubrir que valemos mucho

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Lo que hago o dónde vivo no es lo fundamental, hay algo que es lo que verdaderamente me da paz

Puede que me haya confundido muchas veces poniendo mi corazón en el lugar equivocado. Jesús me anima a desprenderme de lo que no me hace pleno, de aquello que no me lleva al cielo.
El error bendito forma parte del camino, tengo que aceptarlo. Confundir los pasos, guardar tesoros equivocados, es parte de mi vida y de mi libertad para elegir lo que me hace bien.
Hay quien descubre la belleza escondida. Y es capaz de distinguir y encontrar tesoros bien guardados. Y valora como lo más grande ese amor que Dios le ha dado.
Dios es mi porción y mi ganancia. Él tiene el poder sobre mi vida. Quiero dejar de lado lo que me quita la alegría y dejar que el amor de Dios penetre dentro de mi alma y me vista de sus más bellas joyas.
Para eso tengo que estar desprendido de todo lo que me aleja de Él. A menudo vivo desparramado por la vida buscando que me sacie lo que no sacia mi sed de infinito.
Quiero asumirlo con mucha paz. ¿Qué quiere Dios de mí? Me lo pregunto mientras me desgasto. ¿Quiere que entregue mi vida como lo estoy haciendo hasta ahora? ¿Quiere algún cambio?


Mains ouvertes
Tonktiti - Shutterstock

Tal vez me quedo con una imagen: cavar hondo en la tierra buscando un tesoro escondido. A lo mejor el tesoro no está tan lejos como pensaba.
He buscado tesoros en tierras lejanas, con brújula, con planos. He pensado que hacer cosas es lo que me da paz. O vivir en tal o cual lugar. Pero al final eso no es lo más importante.

La clave

Lo fundamental no es lo que hago, ni siquiera con quién lo hago o dónde lo hago. Lo importante es lo que estoy viviendo y cómo estoy viviendo desde mi interior.
Lo que vale es vivir atado a aquello que le da sentido a todo lo que hago. Incluso a los errores y las caídas. Lo valioso es pensar que dentro de mí hay un tesoro que guarda celosamente Aquel que más me ama.
Él lo acaricia mientras se pregunta por qué tardo tanto en encontrarlo dentro de mi propia alma. Es la paradoja. Está dentro de mí y yo lo busco fuera. Así lo explica san Agustín en sus Confesiones:
«¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! y Tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por de fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseo con ansia la paz que procede de ti».
Tengo en mi alma un tesoro en el que Dios espeja su propia belleza. Dentro de mí está Él y me permite mirar más allá de mis errores y torpezas. Él sabe que soy débil y me ama.
El tesoro es todo aquello que tantas veces no he valorado de mí. Son esos rasgos que tal vez el mundo no ve. O yo no veo en comparación con lo que brilla fuera de mí.
No es oro todo lo que reluce, me digo tantas veces. Tampoco pienso que todo lo que brilla es malo, ni mucho menos. Pero creo que no valoro tanto mi tesoro como lo que brilla en otros.
Me quedo en que yo no valgo tanto, no soy tan bueno, tan inteligente, tan capaz. Me abruma mi pobreza y no la valoro como un tesoro digno de los mejores reyes y palacios. Ese soy yo.
La mirada de Dios sobre mi vida me hace ver que valgo mucho. Soy más valioso que nada en este mundo. No quiero olvidarlo.
Pienso entonces que no tengo que buscar fuera de mí lo que me falta, sino más bien en mi interior. Allí donde Dios habita y yo soy ese niño con sonrisa ancha y ojos grandes. Con el alma inocente y pura y el deseo de entregarlo todo por un amor más grande.
Soy ese niño con miedos y anhelos de infinito que recorre los caminos cargado y con prisa. Soy ese niño que desea descansar a la sombra de un buen árbol esperando a que el sol deje de quemar tanto.
Me gusta mirar a ese niño y ver en él el tesoro guardado. El alma pura y los deseos más grandes. Ese tesoro que guardo sin saberlo, lo conservo sin poseerlo del todo.


© Simon Dannhauer / Shutterstock

Porque no lo veo, no lo aprecio, no lo distingo entre las piedras y ramas dentro de mí mismo. Y busco fuera de mí lo que no me hace falta.
Envidio lo que otros tienen sin pararme a valorar la vida que yo tengo. Aprecio más lo que otros parecen vivir con alegría, sin llegar a pensar qué es lo que de verdad ellos sienten.
Tengo que ser feliz con mis tesoros, sin desear otros. El camino de la felicidad pasa por aceptar mi presente, mi vida, mi tesoro, sin desear lo que no está dentro de mi camino.
Carlos Padilla Esteban, Aleteia