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viernes, 10 de diciembre de 2021

El cardenal Cantalamessa a la Curia en Adviento: hay que invocar el Espíritu Santo... y darle tiempo


El cardenal Cantalamessa predica ante el Papa y la Curia
su segunda charla de Adviento 2021

El cardenal Raniero Cantalamessa, veterano predicador de la Casa Pontificia desde los tiempos de Juan Pablo II, predicó en la mañana de este viernes su segunda reflexión de adviento en el Aula Pablo VI, ante el Papa Francisco, personal del Vaticano y miembros de la Curia.

La charla se titulaba "Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo", y se centró sobre todo en la necesidad de invocar al espíritu Santo, para obtener guía y valentía, uno de los temas preferidos y más frecuentes del cardenal Cantalamessa. 

En las reuniones, dar tiempo al Espíritu Santo

No basta, dijo, recitar "un Pater, un Ave y un Gloria, al comienzo de nuestros encuentros pastorales", para luego pasar rápidamente a la agenda.

Propuso que, en la medida en que lo permitan las circunstancias, "uno debe permanecer expuesto al Espíritu Santo por un tiempo, darle tiempo para manifestarse".

Lo comparó a buscar en la radio: pidió "sintonizarnos con Él".

Sin eso, "las resoluciones y los documentos no serán más que palabras y palabras", advirtió.

Puso el ejemplo del sacrificio de Elías en el Carmelo (en 1 Reyes 18). “Recogió la leña, la remojó siete veces; luego rogó al Señor que hiciera descender fuego del cielo y consumiera el sacrificio». Sin ese fuego de arriba "todo habría quedado sólo en madera húmeda".

Segunda predicación de Raniero Cantalamessa en el Adviento 2021 a la Curia Vaticana

Cantalamessa dijo que "no debemos esperar respuestas inmediatas y espectaculares".  Dios conoce los tiempos y los caminos. Lo importante, dijo, es “pedir y recibir fuerza de lo alto; el camino de la manifestación debe dejarse a Dios ".

El capuchino se preguntó si, "al menos en las asambleas plenarias de cada circunscripción, local o universal, no es posible designar un animador espiritual que organice tiempos de oración y escucha de la Palabra, al margen de los encuentros". Esto se debe a que "el espíritu de profecía se manifiesta preferentemente en un contexto de oración comunitaria".

Orar para recibir parresía (valentía)

De nuevo, puso un ejemplo bíblico. Pedro y Juan son encarcelados por anunciar que Jesús resucitó, y les liberan luego con la orden de "no enseñar en nombre de Jesús". Es un dilema que "se repetirá muchas veces a lo largo de la historia: callar y rechazar el mandato de Jesús, o hablar con el riesgo de una brutal intervención de la autoridad".

En esta situación, los apóstoles y la comunidad se unieron en oración y rezaron con el Salmo 2: "Se levantaron los reyes de la tierra y los príncipes se aliaron contra el Señor y contra su Cristo [Ungido]".

"Cuando terminaron la oración - leemos [en Hechos 4] - el lugar donde estaban reunidos tembló y todos se llenaron del Espíritu Santo ¡y proclamaron la palabra de Dios!".

San Pablo (en 1 Corintios 14,26) muestra otros ejemplos de valentía (parresía) entre los primeros cristianos: «Cuando os reunís uno tiene un salmo, otro tiene una enseñanza; uno tiene una revelación, uno tiene don de lenguas, otro tiene el de interpretarlas”.

El ideal de cualquier resolución sinodal, dijo Cantalamessa, "sería poder anunciarla, al menos idealmente, a la Iglesia, con las palabras de su primer concilio:" Nos pareció bien al Espíritu Santo y a nosotros ... "(Hechos 15, 28)".

Segunda predicación de Raniero Cantalamessa en el Adviento 2021 a la Curia Vaticana

El Espíritu Santo, dijo, es «el único que abre nuevos caminos, sin negar jamás los viejos. No hace cosas nuevas, pero las hace nuevas". Lo aclaró así: no crea nuevas doctrinas y nuevas instituciones, sino que renueva y anima las instituidas por Jesús.

El Espíritu Santo es "el maestro de esa actualización que San Juan XXIII señaló como propósito del Concilio".

Un tesoro: el Veni Creator Spiritus

Cantalamessa recomendó un "tesoro" de la Iglesia latina: el himno Veni Creator Spiritus. Desde su redacción en el siglo IX, "ha resonado incesantemente en el cristianismo, como una epíclesis prolongada sobre toda la creación y la Iglesia".

A partir de los primeros años del segundo milenio, "cada año nuevo, cada siglo, cada cónclave, cada concilio ecuménico, cada sínodo, cada ordenación sacerdotal o episcopal, cada encuentro importante en la vida de la Iglesia se abre con el canto de este himno". El himno recoge "toda la fe, la devoción y el deseo ardiente del Espíritu de las generaciones que la cantaron antes que nosotros". Y ahora, cuando lo canta incluso "por el más modesto coro de los fieles, Dios la escucha así, con esta inmensa" orquestación "que es la comunión de los santos".

ReL

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domingo, 5 de diciembre de 2021

La Iglesia no se resume en los escándalos, predica Cantalamessa

REIMS CATHEDRAL CHRISTMAS



Primera predicación del Adviento de 2021 del predicador de la casa pontificia a la Curia Romana: ¡somos hijos de Dios!

Como dicta la tradición, la Curia romana – sin el papa Francisco, viajando a Chipre – escuchó al predicador de la Casa Pontificia, el cardenal Raniero Cantalamessa, en la primera predicación de Adviento, este viernes 3 de diciembre de 2021.

El capuchino exhortó a sus hermanos cardenales, obispos y sacerdotes a maravillarse de su fe. Y a no pensar en la Iglesia a la luz de las controversias y escándalos que la atraviesan.

El predicador advirtió contra la recapitulación de la Iglesia en «escándalos, controversias, enfrentamientos de personalidades, cotilleos o cierta buena voluntad en el ámbito social».

Mirar el esplendor interior de la Iglesia

Limitarlo a «un asunto de hombres, como los hay a lo largo de la historia», es evitar ver el «esplendor interior de la Iglesia» y de la vida cristiana, dijo.

Para el italiano, no perder de vista este misterio no significa «hacer la vista gorda ante la realidad de los hechos». Significa no «dejarse aplastar por ellos».

La Iglesia es para él como la vidriera de una catedral: «piezas de vidrio oscuro» si estás afuera. Pero, una vez adentro, «¡qué esplendor de colores, historias y significado!».

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El «peligro mortal» que enfrenta la Iglesia, añadió el cardenal, sería «dar por sentado las cosas más sublimes de nuestra fe».

Y antes que nada mencionar el hecho de haberme convertido en hijo de Dios por la gracia del bautismo.

El asombro de la fe

Una realidad extraordinaria que invita, según el capuchino, a pasar «de la fe al asombro».

Creer, explicó a los miembros de la Curia, en realidad no es suficiente, también requiere «el asombro de la fe» que es «iluminación».

Esta iluminación es ante todo una experiencia que pasa de la «verdad cruda» de la fe a «una realidad vivida».

Para dar este “salto cualitativo”, el cardenal de 87 años animó a leer la Palabra de Dios:

Tarde o temprano […] la realidad de las palabras, aunque sea por un momento, explotará en ti, suficiente para el resto de tu vida

Una conversión interior que, en última instancia, permite captar la fraternidad humana, concluyó el italiano, encontrando «su razón última de ser en el hecho de que Dios es el Padre de todos».

Descubre la prédica completa

 La pasada Cuaresma traté de resaltar el peligro de vivir «etsi Christus non daretur», «como si Cristo no existiera». Continuando en esta línea, en las meditaciones de Adviento quisiera llamar la atención sobre otro peligro similar: el de vivir «como si la Iglesia fuera sólo esto», es decir, escándalos, controversias, choque de personalidades, chismes o a lo sumo algún mérito en el campo social. Dicho brevemente, cosa de hombres como todo lo demás a lo largo de la historia.
Lo que me propongo es resaltar el esplendor interior de la Iglesia y de la vida cristiana. No para cerrar los ojos a la realidad de hecho o para eludir nuestras responsabilidades, sino para afrontarlas en la perspectiva correcta y no dejarnos aplastar por ellas. No podemos pedir a los periodistas y a los medios de comunicación que tomen en cuenta cómo la Iglesia se interpreta a sí misma (aunque sería deseable que lo hicieran), pero lo más grave sería si también nosotros hombres de la Iglesia y ministros del Evangelio termináramos perdiendo de vista el misterio que habita la Iglesia y nos resignáramos a jugar siempre fuera de casa, fuera de campo y a la defensiva.
«Tenemos este tesoro en vasijas de barro», escribió el Apóstol hablando del anuncio evangélico (2 Cor 4,7). Sería tonto pasar todo el tiempo discutiendo la «vasija de barro», olvidando «el tesoro». El Apóstol nos ayuda a captar incluso lo positivo que existe en semejante situación. Esto, dice, sucede «para que aparezca que este poder extraordinario pertenece a Dios, y no viene de nosotros» (2 Cor 4,7).
Sucede con la Iglesia como con las vidrieras de una catedral. (Lo experimenté al visitar la de Chartres). Si uno mira las ventanas desde el exterior, desde la vía pública, uno ve solo pedazos de vidrio oscuro unidos por tiras de plomo igualmente oscuras. Pero si se entra dentro y se miran esas mismas vidrieras a contra luz, ¡qué esplendor de colores, de historias y de significados ante nuestros ojos! Aquí nos proponemos mirar a la Iglesia desde dentro, en el sentido más fuerte de la palabra, a la luz del misterio del que ella es portadora.
En la Cuaresma, nos sirvió de guía el dogma calcedoniano de Cristo, verdadero hombre, verdadero Dios y una persona. En el presente nos servirá de guía uno de los textos litúrgicos más típicos del Adviento, es decir, Gálatas 4,4-7. Dice:

“Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción filial. Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «¡Abba, Padre!». Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.”

En su brevedad, este pasaje es una síntesis de todo el misterio cristiano. Está presente la Trinidad: Dios Padre, su Hijo y el Espíritu Santo; está la encarnación: «Dios envió a su Hijo»; todo esto no en abstracto y fuera del tiempo, sino en una historia de salvación: «en la plenitud del tiempo». Tampoco falta la presencia, discreta pero esencial, de María: «nacido de mujer». Finalmente está el fruto de todo esto: hombres y mujeres hechos hijos de Dios y templos del Espíritu Santo.

¡Hijos de Dios!

En esta primera meditación reflexionamos sobre la primera parte del texto: «Dios envió a su Hijo, para que recibiéramos la adopción filial». La paternidad de Dios está en el corazón mismo de la predicación de Jesús. Incluso en el Antiguo Testamento Dios es visto como padre. La novedad es que ahora Dios no es visto tanto como «padre de su pueblo Israel», en un sentido colectivo, por así decirlo, sino como el padre de cada ser humano, por justo o pecador que sea: por tanto, en un sentido individual y personal. Se preocupa de cada uno como si fuera el único; conoce las necesidades de cada uno, los pensamientos e incluso cuenta los pelos de la cabeza.
El error de la teología liberal, a caballo de los siglos XIX y XX (especialmente en su representante más ilustre, Adolf von Harnack), fue hacer de esta paternidad la esencia del Evangelio, prescindiendo de la divinidad de Cristo y del Misterio Pascual. Otro error (que comenzó con la herejía de Marción en el siglo II y nunca se superó por completo) es ver en el Dios del Antiguo Testamento a un Dios justo, santo, poderoso y atronador, y en el Dios de Jesucristo un Dios papá tierno, afable y misericordioso.
No, la novedad de Cristo no consiste en esto. Más bien, consiste más bien en el hecho de que Dios, permaneciendo como lo que era en el Antiguo Testamento, es decir, tres veces santo, justo y omnipotente, ¡ahora se nos da como papá! Esta es la imagen fijada por Jesús al principio del Padre Nuestro y que contiene in nuce todo lo demás: «Padre nuestro que estás en el cielo»: «que estás en el cielo», es decir, que eres altísimo, trascendente, que distas de nosotros como el cielo de la tierra; pero «padre nuestro», más aún, en el original «¡Abba!», algo similar a nuestro papá, mi padre.
Es también la imagen de Dios que la Iglesia puso al principio de su credo. «Creo en Dios, Padre todopoderoso»: padre, pero todopoderoso; todopoderoso, pero padre. Esto, por lo demás, es lo que todo hijo necesita: tener un padre que se incline sobre él, que sea tierno, con quien pueda jugar, pero que sea, al mismo tiempo, fuerte y seguro para protegerlo, para infundirle coraje y libertad.
En la predicación de Jesús comenzamos a vislumbrar la verdadera novedad que cambiará todo. Dios no es sólo padre en sentido metafórico y moral, en cuanto que creó y cuida de su pueblo. Él es también —y ante todo— el verdadero padre de un verdadero hijo que engendró «antes de la aurora», es decir, antes del principio del tiempo, y gracias a este único Hijo los hombres podrán llegar a ser también ellos hijos de Dios en un sentido real y no sólo metafórico. Esta novedad se desprende de la manera de Jesús de dirigirse a su Padre llamándolo Abba así como de palabras: «Nadie conoce al Padre sino aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27).
Debe notarse, sin embargo, que en la predicación del Jesús terrenal aún no aparece toda la novedad que trajo en cuanto a la paternidad de Dios hacia los hombres. El ámbito de aplicación del título «Padre» sigue siendo el moral; es decir, sirve para definir la forma de actuar de Dios respecto de la humanidad y el sentimiento que los hombres deben alimentar respecto de Dios. La relación es de tipo existencial, aún no ontológica y esencial. Por eso hacía falta el misterio pascual de su muerte y resurrección.
Pablo refleja esta etapa post-pascual de la fe. Gracias a la redención obrada por Cristo y que se nos aplica en el bautismo, ya no somos hijos de Dios solo en sentido moral, sino también real y ontológico. Nos hemos convertido en «hijos en el Hijo»; Cristo se ha convertido en «el primogénito entre muchos hermanos» (Rom 8,29).
Para expresar todo esto, el Apóstol se sirve de la idea de adopción: «… para que recibiéramos la adopción filial», «Nos ha predestinado a ser sus hijos adoptivos» (Ef 1,5). Es sólo una analogía y, como toda analogía, insuficiente para expresar la plenitud del misterio. La adopción humana, en sí misma, es un hecho jurídico. El niño adoptado asume el apellido, la ciudadanía, la residencia de quien lo adopta, pero no comparte su sangre ni el ADN del padre; no ha habido concepción, dolores y parto. Este no es así para nosotros. Dios nos transmite no sólo el nombre de los hijos, sino también su vida íntima, su Espíritu que es, por así decirlo, su ADN. A través del bautismo, la vida misma de Dios fluye en nosotros.
En este punto, Juan es más atrevido que Pablo. Él no habla de adopción, sino de una auténtica generación, de nacimiento de Dios. Los que creyeron en Cristo «fueron engendrados por Dios» (Jn 1,13); en el bautismo se realiza un nacimiento «del Espíritu», se «renace de lo alto» (cf. Jn 3,5-6).

De la fe al asombro

Hasta aquí las verdades de nuestra fe. Sin embargo, no me quiero detener en ellas. Son cosas que conocemos y que podemos leer en cualquier manual de teología bíblica, en el Catecismo de la Iglesia Católica y en los libros de espiritualidad… ¿Qué es, entonces, lo diferente que nos proponemos con esta reflexión?
Para descubrirlo, parto de una frase de nuestro Santo Padre en la catequesis sobre la Carta a los Gálatas de la audiencia general del pasado 8 de septiembre. Después de haber citado nuestro texto sobre la adopción filial, añadía: «Nosotros, los cristianos, a menudo damos por sentada esta realidad de ser hijos de Dios. En cambio, es bueno recordar siempre con agradecimiento el momento en que lo fuimos, el de nuestro bautismo, para vivir con mayor conciencia el gran don recibido».
Este es nuestro peligro mortal: dar por descontadas las cosas más sublimes de nuestra fe, incluyendo la de ser nada menos que hijos de Dios, del creador del universo, del todopoderoso, del eterno, del dador de la vida. San Juan Pablo II, en su carta sobre la Eucaristía, escrita poco antes de su muerte, hablaba del «asombro eucarístico» que los cristianos deberían redescubrir . Lo mismo debemos decir de la filiación divina: pasar de la fe al asombro. Me atrevo a decir: ¡de la fe a la incredulidad! Una incredulidad muy especial: la del que cree, sin poderse capacitar de lo que cree, pues le parece algo enorme e impensable.
De hecho, ser hijos de Dios comporta una consecuencia que apenas se atreve uno a formular, tan vertiginosa es. ¡Gracias a ella, la brecha ontológica que separa a Dios del hombre es más pequeña que la brecha ontológica que separa al hombre del resto de la creación! Sí, porque por gracia llegamos a ser «partícipes de la naturaleza divina» (2 Pe 1,4).
Un ejemplo servirá mejor que muchos razonamientos para entender lo que significa no dar por descontado el ser hijos de Dios. Después de su conversión, santa Margarita de Cortona pasó un período de terrible desolación. Dios parecía enojado con ella y a veces la hacía recordar, uno por uno, todos los pecados cometidos en sus mínimos detalles, haciendo que deseara desaparecer de la faz de la tierra. Un día, después de la comunión, una voz se elevó de repente dentro de ella: «¡Hija mía!» Ella, que se había resistido a la visión de todas sus faltas, no pudo resistir la dulzura de esta voz, cayó en el éxtasis y durante el éxtasis los testigos presentes la escucharon repetir fuera de sí por el asombro:

Soy su hija, él lo ha dicho. ¡Oh dulzura infinita de mi Dios! ¡Oh palabra tan largamente deseada! ¡Tan insistentemente pedida! ¡Palabra cuya dulzura supera toda dulzura! ¡Océano de alegría! ¡Hija mía! ¡Lo ha dicho mi Dios! ¡Hija mía! .

Mucho antes de santa Margarita, el apóstol Juan había experimentado esta misma fulguración: «Mirad —escribía—, qué amor tan grande ha tenido el Padre con nosotros para ser llamados hijos de Dios. ¡Y realmente lo somos!» (1 Jn 3,1). Una frase, esta, que claramente hay que leer con un signo de exclamación.

Desatando el propio bautismo

Por qué es tan importante pasar de la fe al asombro, de la fe creída (la fides quae) a la fe creyente (fides qua)? ¿No es suficiente creer? No, y por una razón muy simple: ¡porque esto —y solo esto—,cambia realmente la vida!
Tratemos de ver cuál es el camino que lleva a este nuevo nivel de fe. El Santo Padre —hemos escuchado—, invitaba a volver al propio bautismo. Para entender cómo un sacramento recibido hace tantos años, a menudo al comienzo de la vida, puede volver repentinamente a revivir y liberar energía espiritual, es necesario tener presentes algunos elementos de teología sacramental.
La teología católica conoce la idea de sacramento válido y lícito, pero «atado». El bautismo es a menudo un sacramento atado. Un sacramento se dice «atado» si su fruto permanece atado, no utilizado, por falta de ciertas condiciones que impiden su eficacia. Un ejemplo extremo es el sacramento del matrimonio o del orden sagrado recibido en estado de pecado mortal. En estas condiciones, tales sacramentos no pueden conferir ninguna gracia a las personas. Sin embargo, una vez eliminado el obstáculo del pecado con una buena confesión, se dice que el sacramento revive (reviviscit) gracias a la fidelidad e irrevocabilidad del don de Dios, sin necesidad de repetir el rito sacramental .
El caso del matrimonio o del orden sagrado es, decía, un caso extremo, pero son posibles otros casos en los que el sacramento, aun no estando del todo atado, tampoco está completamente disuelto, es decir, libre de obrar sus efectos. En el caso del bautismo, ¿qué hace que el fruto del sacramento permanezca atado? Los sacramentos no son ritos mágicos que actúan mecánicamente, sin el conocimiento del hombre, o prescindiendo de toda colaboración. Su eficacia es fruto de una sinergia, o colaboración, entre la omnipotencia divina (concretamente: la gracia de Cristo o el Espíritu Santo) y la libertad humana.
Todo lo que en el sacramento depende de la gracia y de la voluntad de Cristo se llama «la obra realizada» (opus operatum), es decir, una obra ya realizada, fruto objetivo e indefectible del sacramento, cuando se administra válidamente; todo eso, en cambio, que depende de la libertad y de las disposiciones del sujeto se llama «la obra que hay que realizar» (opus operantis), es decir, la obra a realizar, la contribución del hombre.
La parte de Dios o la gracia del bautismo es múltiple y muy rica: filiación divina, remisión de los pecados, morada del Espíritu Santo, virtudes teologales de fe, esperanza y caridad infundidas en germen en el alma. ¡La contribución del hombre consiste esencialmente en la fe! «El que cree y se bautice se salvará» (Mc 16,16). Hay un sincronismo perfecto entre la gracia y la libertad; sucede como cuando los dos polos, positivo y negativo, se tocan entre sí y así liberan la luz.
En el bautismo recibido de niños (pero también en el recibido de adultos, si no ha ido acompañado por íntima convicción y participación), falta este sincronismo. No se trata de abandonar la práctica del bautismo de los niños. La Iglesia siempre lo ha practicado y defendido justamente, viendo en el bautismo un don de Dios, incluso antes que fruto de una decisión humana. Más bien, se trata de reconocer lo que esta práctica implica en la nueva situación histórica en la que vivimos.
Una vez, cuando todo el ambiente era cristiano e impregnado de fe, esta fe podía florecer, aunque gradualmente. El acto de fe libre y personal era «suplido por la Iglesia» y expresado, como a través de una persona intermediaria, por padres y padrinos. Ahora ya no es así. El ambiente en el que el niño crece no es tal que le ayude a hacer florecer la fe en él; la familia a menudo no suele serlo, la escuela no lo es todavía más, y menos que todo lo es la sociedad y la cultura.
Por eso hablaba del bautismo como un sacramento «atado». Es como un paquete de regalo muy rico, pero que ha permanecido sellado, como ciertos regalos de Navidad olvidados en algún lugar, incluso antes de que se hayan abierto. Quien lo posee tiene los «títulos» para realizar todos los actos necesarios para la vida cristiana y también sacar un cierto fruto, aunque parcial, pero no posee la plenitud de la realidad. En el lenguaje de san Agustín, posee el sacramento (sacramentum), pero no —al menos plenamente—, la realidad del mismo (el res sacramenti).
Si estamos aquí para meditar en esto, significa que hemos creído, que en nosotros la fe se ha añadido al sacramento. Entonces, ¿qué nos falta todavía? Nos falta la fe-asombro, ese desgranar los ojos y ese ¡Oh! de asombro al abrir el regalo que es la recompensa más agradecida para quien ha hecho el regalo. El bautismo —decían los Padres griegos— es «iluminación» (photismos). ¿Se ha producido alguna vez esta iluminación en nosotros?
Nos preguntamos: ¿es posible —más aún, es lícito— aspirar a este nivel diferente de fe en el que no sólo se cree, sino que se experimenta y se «saborea» la verdad creída? La espiritualidad cristiana ha ido a menudo acompañada de una reserva, o incluso (como en el caso de los reformadores) por un rechazo de la dimensión experiencial y mística de la vida cristiana, vista como cosa inferior y contraria a la fe pura. Pero, a pesar de los abusos, que también se han producido, en la tradición cristiana nunca ha faltado la corriente sapiencial que coloca la cima de la fe en «saborear» la verdad de las cosas creídas, en el «gusto» de la verdad, incluido el sabor amargo de la verdad de la cruz.
En el lenguaje bíblico, conocer no significa tener la idea de algo que permanece fuera y separado de mí; significa entrar en relación con ella, experimentarla. (¡Incluso se habla de conocer a la propia esposa, o de conocer la pérdida de los hijos!). El evangelista Juan exclama: «Nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene» (1 Jn 4,16) y de nuevo: «Hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6,69). ¿Por qué «conocido y creído»? ¿Qué añade «conocido» a «creído»? Añade esa certeza interior por la que la verdad se impone al espíritu y uno se ve obligado a exclamar dentro de sí mismo: «¡Sí, es verdad, no hay duda, es así!» La verdad creida se convierte en realidad vivida. «Fides non terminatur ad enuntiabile sed ad rem», escribió santo Tomás de Aquino: «La fe no termina en el enunciado, sino en la realidad» . Nunca se deja de descubrir las consecuencias prácticas que se derivan de este principio.

El papel de la Palabra de Dios

¿Cómo hacer posible este salto cualitativo de la fe al asombro de saber que somos hijos de Dios? La primera respuesta es: ¡la palabra de Dios! (Hay un segundo medio igualmente esencial —el Espíritu Santo—, pero lo dejamos para la próxima meditación). San Gregorio Magno compara la Palabra de Dios con el pedernal, es decir, con la piedra que un tiempo sirvió para producir chispas y encender fuego. Es necesario, decía, hacer con la Palabra de Dios lo que se hace con el pedernal: golpearla repetidamente hasta que se produzca la chispa . Rumiarla, repetirla, incluso en voz alta.
En un tiempo de oración o adoración tratamos de repetir dentro de nosotros mismos, incansablemente y con un deseo vivo: «¡Hijo de Dios! Soy hijo, soy hija de Dios. ¡Dios es mi padre!» O simplemente decir: «Padre nuestro que estás en el cielo», repitiéndolo durante mucho tiempo, sin pasar adelante. Aquí es más necesario que nunca recordar las palabras de Jesús: «Llamad y se os abrirá» (Mt 7,7). Tarde o temprano, cuando quizás menos lo esperes, sucederá: la realidad de las palabras, aunque solo sea por un momento, explotará dentro de ti y será suficiente para el resto de tu vida. Pero incluso si no sucede nada llamativo, has de saber que has obtenido lo esencial; el resto se te dará en el cielo. Porque “ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado todavía lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2)

¡Hermanos todos!

Un resultado inmediato de todo esto es que tomas conciencia de tu dignidad. «Reconoce, oh cristiano, tu dignidad —nos exhortará san León Magno en la noche de Navidad— y, hecho partícipe de la naturaleza divina, no quieras volver a la abyección del pasado» . ¿Qué dignidad puede haber mayor que la de ser hijo de Dios? Se dice que la hija de un rey de Francia, orgullosa y astuta, reprendía constantemente a uno de sus sirvientas y un día le gritó en la cara: «¿No sabes que soy la hija de tu rey?» A lo que la sirvienta respondió: «¿Y no sabes que soy la hija de tu Dios?»
Otro resultado, aún más importante, es que tomas conciencia de la dignidad de los demás, también ellos hijos e hijas de Dios. Para nosotros, los cristianos, la fraternidad humana tiene su razón última en el hecho de que Dios es padre de todos, que todos somos hijos e hijas de Dios y, por lo tanto, hermanos y hermanas entre nosotros. No puede haber un vínculo más fuerte que este y, para nosotros los cristianos, una razón más urgente para promover la fraternidad universal. San Cipriano decía: «No puede tener a Dios como padre quien no tiene a la Iglesia como madre» . Hay que añadir: «No puede tener a Dios como padre el que no tiene al prójimo como hermano».
Una cosa, por lo tanto, trataremos de no hacer más. No diremos, ni siquiera tácitamente, a Dios Padre: «Escoge: o yo, o mi adversario; ¡declara de qué lado estás!» No se puede imponer a un padre esta cruel alternativa de elegir entre dos hijos, solo porque están peleados entre sí. Por lo tanto, no tentaremos a Dios, pidiéndole que se case con nuestra causa contra el hermano.
Cuando estemos en desacuerdo con un hermano, incluso antes de hacer valer y discutir nuestro punto de vista (que también es lícito y a veces debido), le diremos a Dios: «Padre, salva a ese hermano mío, sálvanos a los dos; no deseo tener razón y que él esté equivocado. Quiero que también él esté en la verdad, o al menos en la buena fe». Esta misericordia de unos a otros es indispensable para vivir la vida del Espíritu y la vida comunitaria en todas sus formas. Es indispensable para la familia y para toda comunidad humana y religiosa, incluida la Curia Romana. Nosotros, dice san Agustín, somos vasijas de barro: nos hacemos daño sólo tocándonos .
Hemos recordado antes las exclamaciones de santa Margarita de Cortona al sentirse interiormente llamada por Dios «hija mía»: «Soy su hija, él lo ha dicho… ¡Océano de alegría! ¡Hija mía! ¡Lo ha dicho mi Dios! ¡Hija mía!» Si pudiéramos experimentar algo parecido, escuchando esa misma voz de Dios, no resonando en nuestra mente (¡que se puede engañar!), sino escrita, en blanco y negro, en la página de la Biblia que estamos meditando: «Ya no eres esclavo, sino hijo. ¡Y si hijo, también heredero!»
El Espíritu Santo, veremos la próxima vez si Dios quiere, está listo para ayudarnos en esta empresa.

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Traducción de Pablo Cervera Barranco

1.JUAN PABLO II, Ecclesia de Eucharistia, 6.
2.G. BEVEGNATI, Vita e miracoli della Beata Margherita da Cortona, II, 6 (Vicenza 1978) 19s.).
3.Cf. A. MICHEL, «Reviviscence des sacrements»: en DTC XIII,2 (París 1937) coll. 2618-2628.
4.Summa theologiae, II-II, q. 1, a. 2, ad 2.
5.GREGORIO MAGNO, Homilías sobre Ezequiel, I,2,1.
6.LEÓN MAGNO, Sermón 1 sobre la Navidad, 3.
7.CIPRIANO, De unitate Ecclesiae, 6.
8.AGUSTÍN, Discursos, 69: PL 38,440 (lutea vasa sibi invicem angustias facientes).

I.Media en exclusiva para Aleteia Vaticano























lunes, 23 de diciembre de 2019

Cantalamessa: no podemos imitar a María concibiendo físicamente a Jesús, pero sí con la fe

El Papa ha asistido a las tres predicaciones de Adviento junto al padre Cantalamessa.
El Papa ha asistido a las tres predicaciones de Adviento
junto al padre Cantalamessa.

El viernes, el padre Raniero Cantalamessa hizo la tercera predicación de Adviento ante el Papa y miembros de la Curia romana, en la capilla Redemptoris Mater del Palacio Apostólico Vaticano.
Explicando la sucesión de meditaciones que ha ido desarrollando, el predicador de la Casa Pontificia afirmó que "la meditación sobre María llena de fe nos ha llevado al misterio de la Anunciación; la del Magnificat al misterio de la Visitación, y ahora la de María Madre de Dios a la Navidad".
Cantalamessa recordó que "Madre de Dios", además de ser el título dogmático más antiguo e importante de la Virgen, "que fue definido por la Iglesia en el Concilio de Éfeso en el 431 como verdad de fe que todos los cristianos deben creer"; es un título que expresa "uno de los misterios y, para la razón, una de las paradojas más altas del cristianismo": "Es el fundamento de toda la grandeza de María".
Asimismo distinguió tres fases históricas de la comprensión de María como Madre de Dios, según recoge Vatican Newsmaternidad física, metafísica y espiritual.
La maternidad física de María, es aquella que se desarrolla en la fase más antigua del cristianismo, empleada para demostrar la verdadera humanidad de Jesús. "Fue en este período y en este clima que se formó el artículo del credo: nacido (o encarnado) del Espíritu Santo y de María Virgen. Esto, al comienzo, quería decir simplemente que Jesús es Dios y hombre".
En cuanto a la maternidad metafísica, esta fase sucede durante la época de las grandes controversias cristológicas del siglo V, cuando el problema central, en torno a Jesús, no era ya el de su verdadera humanidad, sino el de la unidad de su persona: "La maternidad de María no es ya vista sólo en referencia a la naturaleza humana de Cristo, sino, como es más justo, en referencia a la única persona del Verbo hecho hombre. Debido a que esta única persona que María genera según la carne no es otra que la persona divina del Hijo, como consecuencia, ella aparece verdadera Madre de Dios”, dijo Cantalamessa.
Por último está la fase de la maternidad espiritual, o de fe, "que hace de María la primera y la más santa hija de Dios, la primera y la más dócil discípula de Cristo, la criatura que –escribe incluso San Agustín– por el honor debido al Señor, no se debe ni siquiera mencionar cuando se habla del pecado”.
Según el padre Cantalamessa, en el ejercicio diario de la vida cristiana en la que el creyente busca imitar a la Madre de Dios, la clave consiste en contemplar los “pasos” individuales realizados por ella para después imitarlos en nuestra vida. ¿Pero cómo se puede imitar esta característica de la Virgen de ser Madre de Dios?
"Debemos recordar que la maternidad divina de María se realiza sobre dos planos: sobre un plano físico y sobre un plano espiritual"- dijo Cantalamessa- "María es Madre de Dios no sólo porque lo ha llevado físicamente en su seno, sino también porque lo concibió primero en el corazón con la fe". Por consiguiente, "no podemos imitar a María en el primer sentido, generando de nuevo a Cristo, pero podemos imitarla en el segundo sentido, que es el de la fe".
Para finalizar, el predicador de la Casa Pontificia recordó que en las tres meditaciones de Adviento "hemos intentado prepararnos para la Navidad en la escuela de la Madre de Dios. Ahora que hemos llegados al final no nos queda más que unirnos a ella en una contemplación silenciosa y adoradora del Dios hecho hombre por nosotros".
La conferencia concluyó con una oración de la liturgia bizantina en la víspera de Navidad:
«¿Qué podemos ofrecerte como regalo, oh Cristo nuestro Dios, por haber aparecido en la tierra asumiendo nuestra propia humanidad? Cada una de las criaturas moldeadas por tus manos te ofrece algo para darte gracias: los ángeles te ofrecen su canción, los cielos la estrella, los magos sus dones, los pastores su maravilla, la tierra una cueva, el desierto un pesebre. ¡Pero te ofrecemos una Madre virgen!».


sábado, 14 de diciembre de 2019

Cantalamessa: «La Iglesia no puede ocultar la realidad del mundo frente a la opinión dominante»


La segunda predicación de Adviento del padre Cantalamessa a la Curia tuvo como objeto el canto del Magníficat.
La segunda predicación de Adviento del padre Cantalamessa a la Curia
 tuvo como objeto el canto del Magníficat.

El padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, dirigió este viernes al Papa y a la Curia Romana, en la capilla Redemptoris Mater del Palacio Apostólico, su segunda predicación de Adviento (ver abajo el texto íntegro), en la que interpretó el canto del Magníficat: el himno de la Virgen María al ser saludada por su prima Santa Isabel, tal como lo relata el Evangelio de San Lucas.
"El cántico de María contiene una mirada nueva sobre Dios y sobre el mundo", dijo el religioso capuchino.
Una mirada nueva sobre Dios, porque ese Dios al que reconoce "santo y poderoso... es visto, con infinita confianza, como «mi Salvador», como realidad benévola, amable, como mi «propio» Dios". 
Y  una mirada nueva sobre el mundo porque de él "emergen dos categorías de personas: por una parte la categoría de los soberbios-potentes-ricos; por otra, la categoría de los humildes-hambrientos", siendo los primeros derribados y los segundos exaltados. Pero ese doble proceso no se produce necesariamente en la realidad social, sino que se produce "en la fe": "El reino de Dios se ha manifestado y esto ha provocado una revolución silenciosa, pero ra­dical", afirmó Cantalamessa.
El Magníficat, dijo luego, es un cántico en el que la Virgen habla en nombre de la Iglesia porque ella es "figura de la Iglesia" en el sentido de que "en su persona se realiza, desde el principio y de manera perfecta, la idea de Iglesia" porque "ella constituye, bajo la cabeza que es Cristo, su miembro principal y su primicia".
Por eso, la Iglesia no puede dejar de predicar ese mensaje: "La Iglesia posee, gracias a la palabra de Dios, una imagen distinta de la realidad del mundo, la única definitiva, porque se obtiene con la luz de Dios y porque es la misma que Dios tiene. La Iglesia no puede ocultar dicha ima­gen. Es más, debe difundirla sin cansarse nunca, darla a conocer a los hombres, porque va en ella su propio destino eterno. Es la imagen que quedará al final, cuando haya pasado «la imagen de este mundo». Darla a conocer, a veces, con palabras sencillas, directas y proféticas, como las de María, como se dicen las cosas de las que se está íntima y firmemen­te persuadido. Y esto, a costa de parecer ingenua y fuera del mun­do, frente a la opinión dominante y al espíritu del tiempo".
Esa imagen que transmite el Magnífica es "una saludable admonición dirigida a los ri­cos y a los poderosos acerca del tremendo peligro que corren", pero donde ser rico y poderoso no tiene tanto que ver con la posición respectiva respecto a los pobres y los sometidos, como con las propias actitudes personales. Aun si se lograse en el mundo una igualdad perfecta en la que todos fuésemos ricos, dijo el padre Cantalamessa, seguiría siendo cierto que "el hombre que vive «para sí mismo», cuyo Dios no es el Señor, sino el propio «yo», es un hombre que se ha construido un trono y se sienta en él dictando leyes a los demás" y comete la "estupidez" de "estar con las manos vacías delante Dios, antes que tener las manos vacías ante el mundo: vacías de los bienes de Dios, en lugar de vacías de los bienes de este mundo".
Por todas estas enseñanzas, concluyó, "el Magníficat es verdaderamente una escuela maravillosa de sabiduría evangélica. Una escuela de conversión continua que invitó a rezar frecuentemente y colectivamente.
Segunda Predicación de Adviento 2019 - Raniero Cantalamessa, OfmCap
"Proclama mi alma la grandeza del Señor". María en la Visitación
En esta meditación subimos con María “a la montaña”, a la casa de Isabel. Allí la Madre de Dios nos hablará directamente y en primera persona con su cántico de alabanza, el Magnificat. Hoy el sucesor de Pedro celebra los 50 años de su sacerdocio y el cántico de la Virgen es la oración que más espontáneamente brota del corazón en una ocasión parecida. Será entonces una  pequeña manera de participar en su Jubileo.
Para entender el Magníficat es preciso decir algo sobre el sentido y la función de los cánticos evangélicos en el Evangelio de la infancia de Lucas. Estos himnos –el Benedictus, el Magnificat y el Nunc dimittis-  tienen la función de explicar pneumáticamente lo que sucede, es decir, poner de relieve, con palabras, el sentido del acontecimiento, confiriéndole la forma de una confesión de fe y de alabanza. Indican el significado escondido del acontecimiento que debe ser puesto de manifiesto.
Como tales, son parte integrante de la narración histórica; no constituyen un entreacto ni se trata de pasajes separados, porque todo acontecimiento histórico está constituido por dos elementos: por el hecho y por el significado del hecho. Los cánticos introducen ya la liturgia en la historia. «La liturgia cristiana —se ha escrito— tiene sus comienzos en los himnos de la historia de la infancia»[1]. En otras pa­labras, tenemos en estos cánticos un embrión de la liturgia navideña. Realizan el elemento esencial de la liturgia que es ser celebración festiva y creyente del acontecimiento de salvación.
En el plano de la «letra», según los estudiosos, es incierto casi todo en estos cánticos: la paternidad literaria, es decir, quién los ha compuesto en realidad (¿María, Simeón? ¿Lucas mismo? ¿Preexistían?), las fuentes, la estructura interna... Afortunadamente, podemos prescindir de todos estos problemas críticos y dejar que con­tinúen siendo estudiados con provecho por aquellos que se ocupan de este tipo de problemas. No debemos esperar a que se resuelvan todos estos puntos oscuros para dejarnos edificar ya por estos cánticos. No porque dichos problemas no sean importantes, sino por­que existe una certeza que relativiza todas esas incertezas: Lucas ha acogido estos cánticos en su evangelio y la Iglesia ha acogido el evangelio de Lucas en su canon. Estos cánticos son «palabra de Dios», inspirada por el Espíritu Santo.
El Magníficat  es de María porque a ella lo ha «atribuido» el Espíritu Santo ¡y esto hace que sea más «suyo» que si lo hubiese escrito ma­terialmente de su puño y letra! En efecto, no nos interesa tanto saber si el Magníficat lo compuso María, cuanto saber si lo compuso por inspi­ración del Espíritu Santo. Incluso si estuviéramos segurísimos de que fue compuesto por María, el cántico no nos interesaría por esta razón, sino porque en él habla el Espíritu Santo.
Con estas premisas y con estos sentimientos, nos acercamos aho­ra al primero de nuestros cánticos, el Magníficat, considerándolo ante todo como cántico de María y luego como cántico de la Iglesia y del alma.
El cántico de María contiene una mirada nueva sobre Dios y sobre el mundo: en la primera parte, que comprende los ver­sículos 46-50, en consonancia con lo que ha tenido lugar en ella, la mi­rada de María se dirige a Dios; en la segunda parte, que comprende los restantes versículos, su mirada se dirige al mundo y a la historia.
Una nueva mirada sobre Dios
El primer movimiento del Magníficat es hacia Dios; Dios tiene el primado absoluto sobre todo. María no se demora en responder al saludo de Isabel; no entra en diálogo con los hombres, sino con Dios. Ella recoge su alma y la abisma en el infinito que es Dios. En el Magníficat se ha «fijado» para siempre una experiencia de Dios sin precedentes y sin comparaciones en la historia. Es el ejemplo más sublime del lenguaje llamado numinoso. Se ha señalado que el hecho de que la realidad divina se asome al horizonte de una criatura produ­ce, normalmente, dos sentimientos contrapuestos: uno de temor y otro de amor. Dios se presenta como «el misterio tremendo y fascinante», tre­mendo por su majestad y fascinante por su bondad. Cuando la luz de Dios brilló por primera vez en el alma de Agustín confiesa que «se estremeció de amor y de terror» y, más adelante, dice también que el contacto con Dios le hacía «tiritar y arder» a la vez[2].
Encontramos algo parecido en el cántico de María, expresado de modo bíblico, a través de los títulos. Dios es visto como «Adonai» (que dice mucho más que nuestro «Señor» con el que se traduce), como «Dios», como «Podero­so» y, sobre todo, como Qãdōsh, «Santo»: ¡Su nombre es Santo! Una palabra que envuelve todo de silencio estremecedor. Al mismo tiempo, sin embargo, este Dios santo y poderoso, es visto, con infinita confianza, como «mi Salvador», como realidad benévola, amable, como mi «propio» Dios, como un Dios para la criatura. Es sobre todo la insistencia de María sobre la misericordia de Dios (la única palabra repetida dos veces en cántico!) que pone de relieve este aspecto de “fascinante” benevolencia del Dios bíblico. “Su misericordia de generación en generación”: estas palabras sugieren la idea de una rivera majestuosa que transcurre a través de toda la historia humana.
El conocimiento de Dios provoca, por reacción y contraste, una nueva percepción o conocimiento de uno mismo y del pro­pio ser, que es el verdadero. El yo no se capta más que delante de Dios. En presencia de Dios, pues, la criatura se conoce finalmente a sí misma en la verdad. Y vemos que así sucede también en el Magníficat. María se siente «mirada» por Dios, entra ella misma en esa mirada, se ve cómo la ve Dios. ¿Y cómo se ve a sí misma bajo esta luz divina? Como «pequeña» («humildad» aquí significa real pequeñez y bajeza, ¡no a la virtud de la humildad!) y como «sierva». Se percibe como una pequeña nada a la que Dios se ha dignado mirar. María no atribuye la elección divina a su humildad sino únicamente a la gracia de Dios. Pensar  diversamente  sería destruir la humildad de la Virgen pues la humildad tiene un estatuto muy particular: la posee quien no cree poseerla; no la posee quien cree poseerla.
De este reconocimiento de Dios, de sí y de la verdad se li­bera la alegría y el júbilo: «Mi espíritu se alegra...». Alegría inconteni­ble de la verdad, alegría por el obrar divino, alegría de la alabanza pura y gratuita. Ma­ría glorifica a Dios en sí mismo, aunque lo glorifique por aquello que ha obrado en ella, es decir, a partir de la propia experiencia, como ha­cen todos los grandes orantes de la Biblia. El júbilo de María es el jú­bilo escatológico por el obrar definitivo de Dios y es el júbilo de la criatura que se siente amada por el Creador, al servicio del Santo, del amor, de la belleza, de la eternidad. Es la plenitud de la alegría. San Buenaventura, que tenía experiencia direc­ta de los efectos transformantes de la visita de Dios al alma, habla de la venida del Espíritu Santo a María, en el momento de la Anuncia­ción, como de un fuego que la inflama por completo: «Descendió en ella —escribe— el Espíritu Santo como un fuego divino que inflamó su mente y santificó su carne, confiriéndole una pureza perfectísima... ¡Ojalá fueras capaz de sentir, en alguna medida, cuál y qué grande fue el incendio bajado del cielo, cuál el refrigerio causado...! ¡Si pudieras oír el canto jubiloso de la Virgen...!»[3].
Incluso la exégesis científica más rigurosa y exigente se da cuenta de que aquí nos en­contramos ante palabras que no se pueden comprender con los medios normales del análisis filológico, y confiesa: «Quien lee estas líneas, está llamado a compartir el júbilo; sólo la co­munidad concelebrante de los creyentes en Cristo y de sus fieles está a la altura de estos textos»[4].
Es un hablar «en el Espíritu» que no se puede comprender sino en el Espíritu.
Una nueva mirada sobre el mundo
El Magníficat —decía— se compone de dos partes. En el paso de la primera a la segunda parte, lo que cambia no es ni el medio expresivo ni el tono; desde este punto de vista, el cántico es un continuo fluir que no presenta cesuras; continúa la serie de verbos en pasado que na­rran lo que Dios ha obrado, o mejor, «ha comenzado a hacer». Lo que cambia es sólo el ámbito del obrar de Dios: de las cosas que ha realizado «en ella», se pasa a observar las cosas que ha realizado en el mundo y en la historia. Se consideran los efectos de la manifesta­ción definitiva de Dios, sus reflejos sobre la humanidad y sobre la his­toria. Aquí observamos una segunda característica de la sabiduría evangélica que consiste en unir a la embriaguez del contacto con Dios la sobriedad en la forma de mirar el mundo, y en conciliar entre sí el ma­yor éxtasis y abandono en relación con Dios, con el mayor realis­mo crítico en relación con la historia y con los hombres.
Con una serie de potentes verbos en aoristo, María describe, a partir del versículo 51, un vuelco y un cambio radical de las partes entre los hombres: Derribó-exaltó; colmó-despidió sin nada. Un giro repentino e irreversible, porque es obra de Dios que no cambia ni vuelve atrás, como hacen, en cambio, los hombres en sus asuntos. En este cambio emergen dos categorías de personas: por una parte la categoría de los soberbios-potentes-ricos; por otra, la categoría de los humildes-hambrientos.
Es importante que comprendamos en qué consiste dicho vuelco y dónde se produce, porque, de lo contrario, existe el riesgo de malin­terpretar todo el cántico y con él las bienaventu­ranzas evangélicas que están anticipadas aquí, casi con las mismas palabras. Observemos la historia: ¿qué ha ocurrido, de hecho, cuan­do ha empezado a realizarse el acontecimiento cantado por María? ¿Acaso ha habido una revolución social y visible a los ojos de to­dos por la que, de repente, los ricos se han empobrecido y los hambrientos saciados de alimento? ¿Ha habido, acaso, una distribución más jus­ta de los bienes entre las clases? No. ¿Acaso los potentes han sido derribados materialmente de sus tronos y los humil­des ensalzados? No. Herodes continuó siendo llamado «el Grande» y María y José tuvieron que huir a Egipto por su causa.
Así pues, si lo que se esperaba era un cambio social y visible, la historia se ha encargado de desmentirlo totalmente. Entonces, ¿dónde ha sucedido ese cambio radical? (¡Porque lo cierto es que éste ha ocurrido!). ¡Ha tenido lugar en la fe! El reino de Dios se ha manifestado y esto ha provocado una revolución silenciosa, pero ra­dical. Como si se hubiera descubierto un bien que, de golpe, devaluara la moneda corriente. El rico aparece como un hombre que ha ahorrado una ingente suma de dinero, pero durante la noche ha habido una devaluación del cien por cien y al levantarse por la ma­ñana era un pobre miserable. Por el con­trario, los pobres y los hambrientos, tienen ventaja porque están más dispuestos a acoger la nueva realidad, no temen el cambio; tienen el corazón preparado. El cambio radical cantado por María es del mismo tipo —decía— que el proclamado por Jesús en las bie­naventuranzas y en la parábola del rico epulón.
María habla de riqueza y pobreza a partir de Dios; una vez más, habla coram Deo, toma como medida a Dios, no al hombre. Establece el criterio «definitivo», escatológico. Decir, pues, que se trata de un cambio que ha tenido lugar «en la fe», no significa decir que es menos real y radical, menos serio, sino que lo es infini­tamente más. Esto no es un dibujo creado por la ola en la arena del mar y que es borrado por la ola siguiente. Se trata de una ri­queza eterna y de una pobreza igualmente eterna.
El Magníficat, cántico de la Iglesia
San Ireneo, comentando la Anunciación, dice que «María, llena de júbilo, gritó proféticamente en nombre de la Iglesia: “Proclama mi alma la grandeza del Señor”...»[5]. María es como la voz solista que entona en primer lugar un aria que después debe ser repetida por el coro. Esta es una pacífica convicción de la tradición. También Orígenes la hace suya: «Por estos —es decir, por aquellos que creen— María glorifica al Señor»[6]. Esto quiere decir la expresión «María es figura de la Iglesia» (typus ecclesiae), usada por los padres y acogida por el Concilio Vaticano II[7]. Decir que María es «figura de la Iglesia» sig­nifica decir que es su personificación, la representación en forma sensible de una realidad espiritual; significa decir que es modelo de la Iglesia. Ella es figura de la Iglesia también en el sentido de que en su persona se realiza, desde el principio y de manera perfecta, la idea de Iglesia; que ella constituye, bajo la cabeza que es Cristo, su miembro principal y su primicia.
Pero ¿qué quiere decir aquí «Iglesia» y en lugar de qué Iglesia dice Ireneo que María entona el Magníficat? No en lugar de la Iglesia de nombre, sino de la Iglesia real; es decir, no de la Iglesia en abs­tracto, sino de la Iglesia concreta, de las personas y de las almas que componen la Iglesia. El Magníficat no es sólo para recitarlo, sino para vivirlo, para que cada uno de nosotros lo haga propio; es «nues­tro» cántico. Cuando decimos: «Proclama mi alma la grandeza del Señor», ese «mi» hay que tomarlo en sentido directo, no como una cita. «Que en todos esté —escribe san Ambrosio— el alma de María para glorificar al Señor; que en todos esté el espíritu de María para alegrarse en Dios... Porque si según la carne no hay más que una ma­dre de Cristo, según la fe, todas las almas generan a Cristo; en efecto, cada una acoge en sí al Verbo de Dios»[8].
A la luz de estos principios, tratemos ahora de aplicar el cántico de María a nosotros mismos —a la Iglesia y a cada alma—, viendo qué debemos hacer para «asemejamos» a María no sólo en las palabras, sino también en los hechos
El Magníficat, modelo de evangelización
En la segunda parte, allí donde María proclama ese cambio radical de los potentes y de los soberbios, el Magníficat recuerda a la Iglesia cuál es el anuncio esencial que debe proclamar al mundo. Le enseña a ser también ella «profética». La Iglesia vive y realiza el cántico de la Virgen cuando repite con María: ¡Derribó a los poten­tados, despidió a los ricos sin nada!; y lo repite con fe, distinguiendo este anuncio del resto de pronunciamientos que también tiene derecho a hacer en materia de justicia, de paz y de orden so­cial, en cuanto intérprete cualificada de la ley natural y depositaria del mandamiento de Cristo del amor fraterno.
Si las dos perspectivas son distintas, no están, sin embargo, sepa­radas ni carecen de influjo recíproco. Por el contrario, el anun­cio de fe de lo que Dios ha hecho en la historia de la salvación (que es la perspectiva en la que se sitúa el Magníficat) se convierte en la mejor indicación de lo que el hombre debe hacer, a su vez, en la propia historia humana; y, más aún, de lo que la Iglesia misma tiene la tarea de realizar, en virtud de la caridad que debe tener también hacia el rico, de cara a su salvación. Más que una «incita­ción a derribar a los poderosos de sus tronos para ensalzar a los hu­mildes», el Magníficat es una saludable admonición dirigida a los ri­cos y a los poderosos acerca del tremendo peligro que corren, igual que en las intenciones de Jesús lo será la parábola del rico epulón.
El modo en que el Magníficat afronta el problema no es el único, hoy tan sentido, de riqueza y po­breza, hambre y saciedad; hay también otros modos legítimos que parten de la historia y no de la fe, y a los cuales, justamente, los cristianos ofrecen su apoyo y la Iglesia su dis­cernimiento. Pero este modo evangélico es el que la Iglesia debe pro­clamar siempre y a todos como su mandato específico y con el que debe sostener el esfuerzo común de todos los hombres de buena vo­luntad. Es universalmente válido y siempre actual. Si como hi­pótesis (¡remota, por desgracia!) se dieran un tiempo y un lugar en el que ya no hubieran injusticias y desigualdades sociales entre los hombres, sino que todos fueran ricos y estuvieran saciados, no por esto la Iglesia debería cesar de proclamar, con María, que Dios despi­de a los ricos con las manos vacías. Más aún, allí debería proclamar­lo con mayor fuerza todavía. El Magníficat es actual en los países ri­cos, no menos que en los países del tercer mundo.
Existen planos y aspectos de la realidad que no se captan a primera vista, sino sólo con el auxilio de una luz especial: con rayos in­frarrojos o con rayos ultravioletas. La imagen obtenida con esta luz especial es muy distinta y sorprendente para quien está acostumbrado a ver ese mismo panorama con luz natural. La Iglesia posee, gracias a la palabra de Dios, una imagen distinta de la realidad del mundo, la única definitiva, porque se obtiene con la luz de Dios y porque es la misma que Dios tiene. La Iglesia no puede ocultar dicha ima­gen. Es más, debe difundirla sin cansarse nunca, darla a conocer a los hombres, porque va en ella su propio destino eterno. Es la imagen que quedará al final, cuando haya pasado «la imagen de este mundo». Darla a conocer, a veces, con palabras sencillas, directas y proféticas, como las de María, como se dicen las cosas de las que se está íntima y firmemen­te persuadido. Y esto, a costa de parecer ingenua y fuera del mun­do, frente a la opinión dominante y al espíritu del tiempo.
El Apoca­lipsis nos da un ejemplo de este lenguaje profético, directo y valiente, en el que la verdad divina se contrapone a la opinión humana: «Tú dices» (y este «tú» puede ser una persona concreta o una sociedad entera): «Soy rico, me he enriquecido; nada me falta». Y no te das cuenta de que tú eres un desgraciado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo» (Ap 3,17). En una célebre fábula de Andersen, se habla de un rey al que unos timadores hacen creer que existía una tela maravillosa que tenía la propiedad de hacerse invisible a los ojos de los estúpidos y necios, y visible sólo a los sabios. Él el primero, naturalmente, no la ve, pero tiene miedo de decirlo, por temor a pasar por uno de esos necios y así hacen también todos sus ministros y el resto del pueblo. El rey desfila por las calles sin nada encima, pero todos, para no dela­tarse, fingen admirar su bellísimo vestido, hasta que se oye la vocecilla de un niño que grita entre la multitud: «¡Pero si el rey está des­nudo!», rompiendo el encanto, y todos, finalmente, tienen el valor de admitir que aquel famoso vestido no existe.
La Iglesia debe ser como la vocecilla de aquel niño, que se dirige a ese mundo que está orgu­lloso de sus propias riquezas y que induce a considerar necio y estúpido a quien demuestra que no creer en ellas, repitiendo con las palabras del Apocalipsis: «¡No te das cuenta de que estás desnudo!» Vemos aquí cómo María, en el Magníficat, «habla proféticamente para la Iglesia»: ella, en primer lugar, partiendo de Dios, ha puesto al descubierto la gran pobreza de la riqueza de este mundo. El Magníficat justifica en pleno el título de “Estrella de la evangelización”  que san Pablo VI atribuye a la Virgen en su carta “Evangelii nuntiandi”.
El Magníficat, escuela de conversión
No obstante, sería malinterpretar completamente esta parte del Magníficat que habla de los sober­bios y de los humildes, de los ricos y de los hambrientos, si la re­legáramos sólo al ámbito de las cosas que la Iglesia y el creyente deben predicar en el mundo. Aquí no se trata de algo que se debe sólo predicar, sino de algo que se debe, ante todo, practicar. María puede proclamar la bienaventuranza de los humildes y de los pobres, porque ella misma está entre los hu­mildes y los pobres. El cambio radical manifestado por ella debe suceder ante todo en la intimidad de quien repite el Magníficat y ora con él. Dios —dice María— dispersó a los soberbios «en su propio corazón». De golpe, el discurso es trasladado de  afuera hacia dentro; de las discusiones teológicas en las que todos tienen ra­zón, a los pensamientos del corazón, en donde todos nos equivocamos. El hombre que vive «para sí mismo», cuyo Dios no es el Señor, sino el propio «yo», es un hombre que se ha construido un trono y se sienta en él dictando leyes a los demás. Ahora bien Dios —dice María— derriba a éstos de sus tronos; pone en evidencia su no-verdad e injusti­cia. Existe un mundo interior, hecho de pensamientos, voluntad, deseos y pasiones, del cual —dice Santiago— provienen las guerras y las contiendas, las injusticias y los abusos que hay entre nosotros (cf. Sant 4,1) y hasta que nadie empiece a sanear esta raíz, nada cambia­rá verdaderamente en el mundo, y si algo cambia es para repro­ducir, en breve, la misma situación anterior.
¡Cómo nos toca de cerca el cántico de María, cómo nos escruta a fondo y cómo pone de verdad «el hacha en la raíz». Qué estupidez e incoherencia sería la mía, si cada día, en las Vísperas, repitiera, con María, que Dios «ha derribado a los poderosos de sus tronos» y mien­tras continuara anhelando el poder, un puesto más alto, una promo­ción humana, un progreso profesional y perdiera la paz si tardara en llegar; si cada día proclamara con María que Dios «ha rechazado a los ricos con las manos vacías» y entre tanto anhelase sin descanso enriquecerme y poseer cada vez más cosas y cosas más refinadas; si prefiriera estar con las manos vacías delante Dios, antes que tener las manos vacías ante el mundo, vacías de los bienes de Dios, en lugar de vacías de los bienes de este mundo. Qué estupidez sería la mía si con­tinuara repitiendo con María que Dios «mira a los humildes», que se acerca a ellos, mientras mantiene a distancia a los soberbios y a los ri­cos de todo, y después yo fuera de los que hacen exactamente lo contrario.
«Todos los días —escribe Lutero comentando el Magnífi­cat— debemos constatar que cada uno se esfuerza por elevarse por en­cima de sí mismo, a una posición de honor, de poder, de riqueza, de dominio, a una vida acomodada y a todo aquello que es grande y sober­bio. Y cualquiera quiere estar con dichas personas, corre tras ellas, les sirve con gusto, cualquiera desea participar de su grandeza... Nadie quiere mirar hacia abajo, donde hay pobreza, oprobio, necesi­dad, aflicción y angustia; más aún, todos apartan la vista ante una condición semejante. Normalmente se evita a este tipo de personas, se las esquiva, se las deja solas, nadie piensa en ayudarlas, ni en asis­tirlas o en hacer que también ellas puedan llegar a ser algo: deben permanecer debajo y ser despreciadas».
Dios —dice María— hace lo contrario de esto: mantiene a distancia a los soberbios y eleva hasta sí a los humildes y pequeños; está más a gusto con los hambrientos y necesitados que le importunan con sus súplicas y peticiones que con los ricos y saciados que no tienen necesidad de él ni le piden nada. Al obrar de este modo, María nos exhorta, con dulzura materna, a imitar a Dios, a hacer nuestra su opción. Nos enseña los caminos de Dios. El Magníficat es verdaderamente una escuela maravillosa de sabiduría evangélica. Una escuela de conversión continua.
Por la comunión de los santos en el cuerpo místico, todo este in­menso patrimonio se une ahora al Magníficat. Es bueno rezarlo así, en coro, con todos los orantes de la Iglesia. Dios lo escucha así. Para en­trar en este coro que trasciende los siglos, basta con que nosotros tra­temos de presentar de nuevo ante Dios los sentimientos y elevación de María que fue la primera en entonarlo «en nombre de la Iglesia», de los doctores que lo comentaron, de los ar­tistas que lo musicalizaron con fe, de los piadosos y de los humildes de corazón que lo vivieron. Gracias a este maravilloso cántico, María continúa glorificando al Señor durante todas las generaciones; su voz, como la de un corifeo, sostiene y arrastra a la de la Iglesia.
Un oran­te del salterio invita a todos a unirse a él, diciendo: «Engrandeced a Yahvé conmigo, ensalcemos su nombre todos juntos» (Sal 34,4). Ma­ría repite a sus hijos las mismas palabras: ¡Glorificad conmigo al Se­ñor! «Venid, hijos, escuchadme, os enseñaré el temor de Yahvé». María, la Madre del Señor, la figura de la santa Iglesia, arrastra detrás de sí a la Iglesia para alabar a Dios, la conduce al júbilo de la salvación; la arrastra hasta Dios. Y nosotros decimos: Sí, Madre, nosotros glori­ficamos al Señor contigo y por ti, por las grandes cosas que ha hecho en ti el Omnipotente y por las grandes cosas que ha realizado también en nosotros. Eternamente y para siempre.
Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco
[1] H. Schürmann, Das Lukasevangelium, I (Friburgo i. B. 1982).
[2] Cf. San Agustín, Confesiones, VII, 16; XI, 9.
[3] San Buenaventura, Lignum vitae, I, 3: trad. esp. Obras Completas (BAC, Madrid 1949).
[4] H. Schürmann, O.c.
[5] San Ireneo, Adv. Haer., III, 10, 2: SCh 211,118.
[6] Orígenes, In Luc., VII: GCS 35, 54.
[7] Lumen gentium, 63.
[8] San Ambrosio, In Luc., II, 26: CCL, 14,42.
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