
Hay un momento silencioso en el que los padres comprendemos lo esencial: nuestros hijos no nos piden un currículum impecable; nos piden un hogar interior. No suplican más datos, sino raíces. No anhelan sólo herramientas para "ganarse" la vida, sino una brújula para no perder el alma. Aquí una guía para educar con miras hacia el cielo.
La escuela informa, pero la casa forma

Por encima de ambas, como cima y sentido, está la formación del espíritu: esa escuela íntima donde el niño aprende a confiar en Dios, a caminar ligero, a vencer temores y caprichos del ego, y a mirar la existencia con la mirada puesta en el cielo.
Vivimos en una época que aplaude al que "destaca". No está mal aprender, superarse, esforzarse. La trampa es confundir éxito con plenitud. El éxito del mundo es una chispa breve: ilumina y se apaga.
La sabiduría divina, en cambio, es lámpara: acompaña, orienta, sostiene. Educar no es fabricar un triunfador terrenal para un escenario pasajero; es formar un peregrino lúcido que sepa atravesar la vida sin quebrarse por dentro.
Seguridad afectiva
La autoestima verdadera no nace de halagos inflados, sino de una certeza simple: "soy amado". El niño que se sabe amado no mendiga valor ni vive esclavo del rendimiento. Se atreve a intentar, tolera frustraciones, vuelve a levantarse.
Desde ahí, la disciplina deja de ser castigo y se vuelve protección. El límite claro y amoroso no encierra: ordena. No humilla: fortalece. La libertad necesita borde, como el río necesita cauce.
La coherencia
Los hijos aprenden más de lo que ven que de lo que oyen. Si hablamos de fe y vivimos como si Dios fuera un adorno, el niño aprende a poner a Dios solo en un altar, no en el corazón.
Si pedimos respeto y reaccionamos con violencia, si predicamos paz y respiramos ansiedad, el mensaje queda escrito en su memoria. En cambio, cuando el hijo ve a un padre que se equivoca y pide perdón, presencia una victoria del espíritu sobre el ego.
Esa escena educa
La educación espiritual se escribe en lo cotidiano: en cómo se habla en casa, en cómo se resuelve un conflicto, en el trato amable incluso al que piensa distinto, al que está débil. La civilidad no es etiqueta: es caridad en pequeño. La gratitud es fe en acción. El servicio es una oración con manos.
Un hijo que aprende a saludar, agradecer, esperar, ayudar, terminar lo que empieza y pedir las cosas con respeto, está sembrando virtudes que sostienen la vida cuando soplan vientos duros.
Educar espiritualmente es entrenar a la libertad interior

Enseñar a reconocer temores sin obedecerlos. A mirar caprichos sin convertirlos en ley. A distinguir el impulso de la decisión. El ego suele imponer: "ahora más, para mí, a mi modo". Si esa voz gobierna, el corazón se queda hambriento aunque tenga todo.
En cambio, cuando el niño aprende a elegir el bien aunque cueste, descubre una fuerza nueva: la serenidad, esa paz que no depende de que todo salga perfecto, sino de saber en manos de Quién está su vida.
Un secreto decisivo
No se puede transmitir confianza en Dios si no se vive. Los hijos huelen lo auténtico. Si nos ven rezar sólo cuando hay problemas, aprenderán una fe de emergencia.
Que nuestros hijos aprendan a confiar en Dios como quien descansa en roca firme. Y que, mientras caminan por esta tierra, construyan el único éxito que no se marchita: conquistar el cielo.
Guillermo Dellamary, Aleteia
Vea también La educación: Textos entresacados de la Encíclica
'Familiaris Consortio'
de San Juan Pablo II
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