
La caída de Roma a manos del ejército visigodo, ocurrida en el año 410: este es el hecho histórico que el Papa León XIV quiso mencionar ante los diplomáticos de todo el mundo, reunidos en el Vaticano el pasado 9 de enero. "Es cierto que nuestra época está muy lejos de aquellos acontecimientos", reconoció en su discurso centrado en la situación geopolítica del mundo en 2026. Pero subrayó hasta qué punto nuestra época sigue "inspirada" por un libro directamente relacionado con ese momento histórico: La ciudad de Dios, escrita por san Agustín entre 413 y 426.
El origen de La ciudad de Dios es ciertamente anterior al saqueo de Roma: Agustín evoca su proyecto de escribir sobre dos ciudades en torno a las cuales se dividiría la humanidad mucho antes. Su objetivo inicial era responder a las tesis en boga inspiradas en Eusebio de Cesarea (c. 260-339), un obispo cortesano que, para complacer a Constantino, describía el Imperio romano como un reflejo de la Jerusalén celestial, considerándolo como mínimo un modelo milenario para toda la cristiandad política.
Sin embargo, el saqueo de Roma invirtió las perspectivas: a partir de entonces, muchos —especialmente los paganos— acusaron al cristianismo de no haber podido impedir la debacle y de ser responsable, en última instancia, de la decadencia del Imperio.
"El espíritu de orgullo"
En los diez primeros capítulos de La ciudad de Dios, el obispo de Hipona ataca el "espíritu de orgullo" que anima estas tesis, herederas en particular de la teología y la filosofía paganas de su época. Se basa en su gran conocimiento de la literatura clásica para condenar la impiedad, la superstición y la crueldad de la Roma pagana, e insiste en que solo la virtud de algunos de sus ciudadanos le permitió elevarse hasta convertirse en "caput mundi", la cabeza del mundo.
Oponiéndose al fatalismo de su época, Agustín afirma que el bien y el mal afectan por igual a los buenos y a los malos, y que lo que los distingue es únicamente la forma en que afrontan la desgracia y la fortuna. Frente al orgullo pagano, pero también al de algunos cristianos, subraya el desapego al que llama Cristo, que destina a la humanidad a la eternidad y no a las contingencias mundanas. Sobre estas bases comienza a desarrollar su reflexión sobre la coexistencia de dos ciudades opuestas dentro de la misma sociedad.
En la segunda mitad de la obra, que consta de doce libros, Agustín interpreta los acontecimientos y la realidad histórica a través de su modelo de las dos ciudades. La primera es la ciudad de Dios. León XIV explica que "es eterna y se caracteriza por el amor incondicional a Dios, al que se une el amor al prójimo, en particular a los pobres". La segunda es la ciudad terrenal, animada por el amor orgulloso de sí mismo y la sed de poder y gloria. Es el lugar de estancia temporal donde los seres humanos viven hasta su muerte y que, para Agustín, está encarnado por el Imperio romano. Hoy en día, señaló el Papa, esta ciudad incluiría "todas las instituciones sociales y políticas, desde la familia hasta el Estado nacional y las organizaciones internacionales".
"La Ciudad de Dios no propone un programa político, pero ofrece valiosas reflexiones sobre cuestiones fundamentales de la vida social y política"
"Dos amores han creado dos ciudades: el amor propio hasta el desprecio de Dios, la ciudad terrenal, y el amor a Dios hasta el desprecio de uno mismo, la ciudad celestial", resume san Agustín. Al describir la Jerusalén celestial y la Roma de los césares, no opone sin embargo el más allá al más acá, ni la Iglesia al Estado. "Las dos ciudades, en efecto, están mezcladas y confundidas durante esta vida terrenal hasta que se separan en el juicio final", asegura. Las dos ciudades coexisten tanto en la vida pública como en el corazón de los hombres. Ante los diplomáticos, León XIV subrayó cuánto, según esta perspectiva, "cada uno de nosotros es protagonista y, por tanto, responsable de la historia".
El obispo de Hipona también destaca el papel singular de los cristianos, que son llamados por Dios a permanecer en la ciudad terrenal con el corazón y la mente puestos en la ciudad celestial, que es su "verdadera patria". Esto no significa, insiste Agustín, que los cristianos deban desinteresarse de la política, sino, por el contrario, que deben tratar de aplicar una ética cristiana, inspirada en su fe, al gobierno civil de los pueblos.
Agustín advierte así sobre los graves peligros para la vida política que se derivan de las falsas representaciones de la historia o de una forma de idealización del estadista. "La Ciudad de Dios no propone un programa político, pero ofrece valiosas reflexiones sobre cuestiones fundamentales de la vida social y política, como la búsqueda de una coexistencia más justa y pacífica entre los pueblos", aseguró el Papa.
Por último, en una época marcada por la incertidumbre, la violencia y la inestabilidad de un orden político que se creía eterno, san Agustín ofrece una profunda reflexión sobre la paz que resulta muy pertinente en nuestros días, como señaló León XIV a los representantes de los grandes de este mundo, citándolo extensamente: "No hay nadie que no desee la paz. Incluso aquellos que quieren la guerra no quieren otra cosa que ganar, por lo que desean alcanzar una paz gloriosa mediante la guerra. La victoria, en efecto, no es más que la sumisión de quienes oponen resistencia y, cuando esto ocurra, habrá paz. […] Incluso aquellos que quieren que se rompa la paz en la que viven no odian la paz, sino que desean que se transmita a su libre poder. Por lo tanto, no quieren que no haya paz, sino que haya la que ellos quieren".
Camille Dalmas, Aleteia
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