
No podemos imaginar un cuerpo vivo sin alma, porque es obvio que estaría muerto. De la misma manera, no se trata solo de una analogía sino de una verdad mística: el Cuerpo de Cristo, que es su Iglesia, tiene vida y se mantiene activa gracias a la Palabra de Dios.
Una misma Palabra
Leemos en el Catecismo de la Iglesia católica:
"A través de todas las palabras de la sagrada Escritura, Dios dice sólo una palabra, su Verbo único, en quien él se da a conocer en plenitud (cf. Hb 1,1-3)"
(CEC 192).
Es el mismo Cristo, Verbo de Dios, Palabra del Padre quien da vida a la Iglesia. Esa es la razón por la que la Iglesia siempre ha tenido en lugar preponderante la Sagrada Escritura, porque es el alimento que se distribuye a los fieles en la Eucaristía, junto con el Pan eucarístico.
El Catecismo agrega:
"Por esta razón, la Iglesia ha venerado siempre las divinas Escrituras como venera también el Cuerpo del Señor. No cesa de presentar a los fieles el Pan de vida que se distribuye en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo (cf. DV 21)"
(CEC 103).
Alimento y fuerza del cristiano
Es, asimismo, alimento y fuerza:
"En la sagrada Escritura, la Iglesia encuentra sin cesar su alimento y su fuerza (cf. DV 24), porque, en ella, no recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la Palabra de Dios (cf. 1 Ts 2,13)".
(CEC 104)
Además, es la manera que Dios ha elegido para hablarnos:
"En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos (DV 21)"
(CEC 104)
Por eso, quien acude a la santa Misa se fortalece en la escucha de la Palabra y en la participación de la sagrada Comunión.
El alma del Cuerpo de Cristo
Mucho hay que decir de la Sagrada Biblia. Por eso el Magisterio de la Iglesia está dedicado a su estudio y correcta interpretación, para que el pueblo de Dios se alimente de la Palabra y la haga vida.
Porque la Iglesia no puede explicarse sin la Escritura:
Tengamos un propósito para todo el año: coloquemos en un lugar visible la Sagrada Escritura, leamos a diario un breve pasaje y meditémoslo a lo largo del día, haciendo que su enseñanza haga mella en nuestra vida.
Mónica Muñoz, Aleteia
Vea también La Palabra de Dios y su Plenitud en Cristo
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