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jueves, 10 de agosto de 2017

Una cosa sobre sexo que es urgente difundir

El amor conyugal es un regalo que alimenta el espíritu de los esposos

Luz Ivonne Ream, aleteia
El amor es el ingrediente principal en la unión conyugal. Y quién es el amor sino Dios. Amor sin sexo seguirá siendo amor, pero sexo sin amor, sin Dios como centro… Piénsalo.

El amor conyugal significa la entrega mutua de los cónyuges, en todas sus dimensiones, como un hombre y una mujer.
A cuántos de nosotros se nos enseñó que el sexo era algo sucio, asqueroso y pecaminoso. Se nos habló únicamente de “lo malo” en vez de enaltecer sus bondades. Y claro, muchos llegamos al matrimonio con nulos conocimientos sobre este. Lo poco que sabíamos era por lo que platicábamos entre los amigos y si bien nos iba, lo que aprendimos en el curso prematrimonial.
El sexo en sí mismo no contiene nada malo, todo lo contrario. Si Dios mismo lo creó quiere decir que en él todo es “bueno y perfecto”. Que es un don, un regalo de su parte para transmitirnos su amor y permitirnos participar de la plenitud de su amor.
Es bueno y se tornará aún más perfecto -pleno- cuando se haga dentro del marco para el cual fue creado, entre uno hombre y una mujer unidos en matrimonio sacramental. Dios mismo le dio ese toque de placer el cual es fruto de esta unión perfecta y nunca su fin.
Cuando no tenemos claro todo esto y elegimos tener prácticas sexuales fuera de su marco sagrado, entonces sí se torna como algo “tóxico”, que nos daña y no conviene a nuestro espíritu. También cuando lo utilizamos como mero objeto de placer; cuando le restamos dignidad y lo ponemos en un plano meramente “animal” dejándonos llevar por pasiones y deseos desordenados; cuando lo vemos solo como un “derecho” -porque es mi cuerpo y yo hago con él lo que quiero- hasta denigrarlo con prácticas tipo Sodoma y Gomorra o masoquistas, entre otras, y no como una dádiva divina.
Aquí el sexo me está restando dignidad como persona y no me está poniendo en comunión con Dios, sino todo lo contrario.
Si de verdad fuéramos conscientes de todo lo que se transmite por medio del acto sexual, de toda la “información” espiritual -por ponerle un nombre- que se comunica por medio de esta entrega…
Y es que no se comparten solo cuerpos, también hay fusión de espíritus, de todo el ser. Todo lo que esa persona traiga cargando espiritualmente se lo va a transmitir a esa otra con la que elija tener relaciones íntimas. Y así sucesivamente con todas las que se haya involucrado.
Te lo explico con un ejemplo.
Ese esposo -le llamaremos Mario- que viaja a Las Vegas por asuntos de negocios le es infiel a su esposa con otra mujer que conoció: Pat. Se “mete” con ella una noche de copas. Total, nadie se va a enterar porque “What happens in Vegas stays in Vegas!”.
¡Sí, cómo no! El señor va de regreso a su hogar creyendo que ahí muere el asunto y que jamás volverá a saber de Pat. Pero no, no va solo y no lo sabe. De hoy en adelante le acompañará toda la historia espiritual de la mujer con la que se acostó.
Peor aún, Pat había tenido intimidad con muchos hombres más. Digamos que era una mujer de una moral muy relajadita y eso de tener sexo la primera noche pues se le daba. Entonces, ella a su vez trae cargando toda la historia espiritual de cada uno con los que se ha acostado, misma que esa noche de copas le transmitió a Mario. Y seguramente, esos que en su momento se involucraron con ella, también lo hicieron con otras más y así sucesivamente.
Como ven Mario no va solito en el avión, ahora le acompaña su gran familia espiritual de quién sabe cuántos miembros. ¡Y no lo sabe! Y te apuesto a que tú que ahora me lees tampoco lo sabías…
Necesitamos recobrar nuestra dignidad como personas y darle a ese acto sagrado el valor que Dios mismo le dio. La intimidad sexual es una “delicia” y no uso esta palabra en la connotación sensible solamente, sino como un gozo que es fruto del amor, del Espíritu Santo.
Es decirle a mi cónyuge: “Quiero ser uno contigo para siempre y quiero demostrarte con cada parte de mi ser cuánto te amo”.
El cuerpo habla, transmite amor y también necesita sentirlo. Es expresarte que por amor estoy listo para darme, para entregarme y recibirte como un todo que somos tú y yo, como una ofrenda de nuestra persona y de nuestro mutuo amor.
De hecho, si observamos el diseño del corporal de uno y de otro nos damos cuenta de que el cuerpo del varón está diseñado para entregarse por entero a su mujer y el de la mujer para recibirle. Hay un embone perfecto.
Hemos escuchado que la frase “hacer el amor” no está bien empleada porque el amor no se hace, sino que el amor ya es y el amor es Dios.
Efectivamente, el amor en plenitud es Dios, pero a este hay que accionarlo, ponerle cuerpo. De hecho, una pareja cuando se casa elige amarse como Dios ama -de manera libre, total, fiel, fructuosa- y hace votos en el altar respondiendo a las preguntas que les hace el sacerdote.
Esas promesas se hacen en el altar y luego esas se cumplen en la noche de bodas cuando se entregan el cuerpo. Es decir, primero fueron palabras, promesas espirituales y ahora las hacemos vida, las llevamos al plano del cuerpo para elevarlas al espíritu y unirnos con Dios.
El sexo -intimidad conyugal- es una renovación verdadera de las promesas nupciales. Esto es, se pone carne sobre las palabras dichas. Por eso esta es una unión santa, sagrada.
Además de ser el signo por medio del cual Dios transmite su gracia sacramental a la pareja, alimenta el espíritu de los esposos. Así como el agua es para el bautismo, la unión sexual es para el matrimonio.
Papás, necesitamos romper este círculo vicioso de desinformación y, peor aún, de mala información que estamos transmitiendo a nuestras nuevas generaciones. Es imperativo que nos “formemos” adecuadamente sobre este tema, con personas e instituciones que nos muestren el sexo como lo que es, un regalo del amor de Dios.
A ver, ¿cuántos de ustedes han estudiado la Teología del Cuerpo” de san Juan Pablo II? ¿Cuántos de ustedes se escandalizaron al leer Hacer el amor es hacer oración y ni siquiera se pusieron a investigar el significado y la profundidad de estas palabras?
Si no nos ponemos las pilas, será el mundo -que hoy por hoy está volteado de cabeza- quien se siga encargando de “formar” -o malformar-  a nuestros hijos. No basta con ser empresarios exitosos o ser eruditos en tal o cual tema, hay que formarnos de manera integral -cuerpo, mente, espíritu- y esto es urgente que lo hagamos ya.
Estamos inmersos en un letargo espiritual impresionante y temas como este -el sexo como mi derecho y sin freno alguno- está secuestrando los corazones y las voluntades de las personas más vulnerables. ¡Despertemos! 

domingo, 30 de julio de 2017

“Hacer el amor” es hacer oración

El sexo está llamado a ser sagrado

Luz Ivonne Ream, aleteia

¿Tú sabías que cuando “haces el amor” con tu cónyuge dentro del único marco digno y seguro en que debe ser este acto íntimo -el matrimonio ante Dios- y cumpliendo con sus fines -unión, procreación, estar abiertos a la vida- estás haciendo oración?

Más adelante te lo explico de manera de sencilla. Ten en mente que “oración es elevarnos a Dios“. Es decir, que nuestro espíritu se comunique con el de Dios.
San Juan Pablo II en su maravillosa catequesis sobre la Teología del Cuerpo nos habló sobre una capacidad maravillosa que solo los humanos podemos experimentar por medio de nuestro cuerpo, el atributo nupcial que es nuestra capacidad de expresar amor con él. Ese amor precisamente en el cual la persona se convierte en regalo y por medio de ese regalo cumple con el propósito de su existencia. 
Podríamos pensar que eso no es nuevo porque todos tenemos la capacidad de expresar el amor con el cuerpo por medio de abrazos, caricias, etc. Pero no todos, insisto. Es exclusivo de las personas. Los animales no lo hacen.
Tampoco van haciéndose votos y promesasde amor. Las personas somos las únicas que nos entregamos a otra como una ofrenda de amor. Es decir, me entrego a ti por amor y por medio de este regalo cumplo con el propósito de mi existencia que es amar como Dios ama y así me convierto en regalo para alguien más dándome por completo, a Dios y al prójimo.
Hacer el amor es hacer oración. Como el Génesis -en el Antiguo Testamento- nos ha enseñado sobre la creación de nuestros primeros padres, antes del pecado original, el corazón de Adán estaba totalmente dirigido a Dios.
A pesar de que el paraíso entero estaba a su total disposición y disfrutaba de él, Adán solo miraba hacia Dios y le amaba tantísimo que quería expresarle su amor, demostrárselo con su cuerpo. Pero como Dios era puro espíritu no podía hacerlo.
Adán -claro que sigo hablando figurativamente- no se dio por vencido e intentó entregar su amor a las plantas, a los árboles, a los animales, a cuanto ser vivo que se encontraba en el paraíso, pero pronto se percató de que con ninguno de ellos se sentía completo, siempre se sentía vacío.
Digamos que sus muestras de amor por medio de abrazos y caricias no eran correspondidas ni le satisfacían porque lo que él deseaba era llegar a Dios. Su vacío era cada vez más profundo.
Dios, por su parte, al darse cuenta del vacío que Adán sentía y de que su único fin era llegar a Él, se compadeció y le creó a la compañera y ayuda idónea. Le regaló a su mujer, Eva.
Dios entendió que el “deseo” de Adán no era hacia la mujer como tal, sino totalmente hacia Él. Pero como Dios no tenía -ni tiene- cuerpo, entonces le dijo que le regalaría otro cuerpo, el de su mujer para que se pudiera entregar a ella de una manera total y libre y que, por medio de esa unión de cuerpos con ella, mismos que embonarían de una manera perfecta, pudiera alcanzar esa unión con Dios que él tanto anhelaba.
Por fin Adán pudo llegar a Dios por medio de ese acto de amor con Eva y participar del espíritu de Dios. Por eso es por lo que “hacer el amor” es hacer oración.
Dice san Juan Pablo II: “se ven el uno al otro con toda la paz de la mirada interior que crea la plenitud de la intimidad de personas”. Todos deseamos a alguien que nos ame, nos acepte y nos respete por completo, plenamente, porque eso nos llena, nos eleva y, literal, nos hace experimentar el amor de Dios.
Adán y Eva se reconocieron desnudos y no sintieron vergüenza porque la dimensión interior del corazón de Adán estaba totalmente volteada a Dios. En su alma solo habitaba el amor y no había malicia.

Pronto descubrió que el cuerpo de su mujer estaba hecho para recibir como el de él estaba hecho para entregarse.
Eva puede ver en su totalidad el interior de Adán y observar eso, que su corazón estaba totalmente volteado y dirigido hacia Dios. Eva se da cuenta de que participa de todas las perfecciones que hay de Dios y que su único deseo era amarle y llegar a Él por medio de ella, entregándose plenamente.
Ella sabe que él la desea, pero con un deseo puro, santo, lleno de amor y no de lujuria. También reconoce que Adán lo que quiere es expresarle las perfecciones del amor de Dios por medio de su cuerpo.
Con esta explicación podemos darnos cuenta de la dignidad del acto sexual y de por qué el marco del matrimonio que es bendecido por Dios es el único ambiente sagrado e idóneo para llegar a Él por medio de nuestra unión.
Necesitamos ser conscientes de que la unión sexual es muy agradable a Dios porque por medio de ella nos comunica su amor, nos hace partícipes de su espíritu y nos transmite sus gracias para poder sacar adelante la nada fácil tarea que cada uno de nosotros tenemos dentro de nuestros matrimonios.
A ningún otro acto sexual se le puede llamar “hacer el amor” porque amor es Dios y ninguno otro te eleva ni te lleva hacia Él. Ningún otro te dignifica. Es más, cualquier acto sexual fuera de este contexto es desagradable a Dios porque no nos está uniendo a Él, al contrario, nos aleja de participar de la plenitud de su amor.
Todos los seres humanos necesitamos de Dios.Todos estamos creados para recibir. De hecho, en la misa es Jesús -Dios hecho Hombre- quien se entrega a nosotros. Y todos nosotros -hombres y mujeres- hablando de manera espiritual y simbólica somos mujer para recibirle.
Es decir, lo masculino entrega, lo femenino recibe; es por eso por lo que a la Iglesia la llamamos “ella”, en femenino porque es la que recibe.  Es una analogía maravillosa para que entendamos por qué Cristo es el esposo que se entrega a su Iglesia, quien es la esposa que le recibe.