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martes, 18 de agosto de 2026

La caída de población solo tiene arreglo, según analistas, si «sexo» vuelve a significar «hijos»

El problema es cultural más que económico, y lo demuestra el mismo origen temporal de su nacimiento.

La cultura contemporánea desliga el concepto de 'sexo' del que sigue siendo su fruto más enriquecedor y causante de felicidad: los hijos.

La cultura contemporánea desliga el concepto de 'sexo' del que sigue siendo su fruto más enriquecedor y causante de felicidad: los hijos.


    Bryce Lungren es párroco en varias localidades del noreste de Wyoming (Estados Unidos). Fue ordenado en 2018. Para un artículo que redactó aquel año interrogó a un anciano sacerdote sobre qué se pensaba en su adolescencia -hace más de setenta años- cuando se decía “sexo”. 

    La respuesta no revistió dudas: sexo significaba “procreación”. Es decir: hijos. Ya fuesen entendidos como algo apetecible o rechazable, claro.

    El cambio moral y cultural contra la natalidad

    Hoy, sin embargo, Lungren apuesta a que solo una de cada cien personas tiene la procreación como primera idea en la mente cuando se habla de sexo. Es más: los hijos son vistos mayoritariamente como una consecuencia negativa del sexo

    Bryce Lungren, quien nació y ejerce su ministerio en Cheyenne... con un sombrero vaquero propio de sus orígenes familiares. Ha escrito un libro titulado 'La vía cowboy del católico'.

    Bryce Lungren, quien nació y ejerce su ministerio en Cheyenne... con un sombrero vaquero propio de sus orígenes familiares. Ha escrito un libro titulado 'La vía cowboy del católico'.Diócesis de Cheyenne

    Obviamente también se conocía eso antes de los años 60. No todo embarazo era bienvenido, por supuesto, pero sí reconocido como la consecuencia natural del acto que lo había provocado. Esa mentalidad cambió rápidamente y hace décadas que resulta estadísticamente marginal e incluso aborrecida por la cultura dominante... con indignación o con burla. La palabra "sexo" se interpreta como un placer garantizado por una anticoncepción segura y eficaz.

    Lungren no duda en rechazar esa idea sin tapujos, al declarar que la anticoncepción es, en realidad, "la causa de todos nuestros problemas sobre la sexualidad". Celebra la encíclica Humanae Vitae (1968) de Pablo VI y recuerda que prácticamente solo la Iglesia es consciente de ello.

    ¿Y por qué apunta esto? Porque "nuestros problemas sobre la sexualidad" se han traducido en la destrucción del entorno familiar y la caída de la natalidad, al quedar reforzadas conductas como las relaciones sexuales prematrimoniales, las homosexuales naturalmente estériles e incluso el aborto, considerado “una respuesta a algo que ‘salió mal’ en el acto sexual”. Al tiempo que crecen el divorcio, la promiscuidad y la confusión sexual,

    Por eso Lungren es muy claro en su afirmación: “Si queremos salvar a la sexualidad de una destrucción total, tenemos que retomar una mentalidad favorable a la concepción” como “finalidad natural del acto sexual”. 

    Esto es, “la contracepción está corrompiendo la sexualidad” y “destruyendo familias”, es “la causa de todos nuestros problemas concernientes a la sexualidad", y lo que nos toca es acabar con la mentalidad contraceptiva o anticonceptiva y sustituirla por una mentalidad cuyo objetivo es que la sexualidad se traduzca “en el hermoso edificio que es su finalidad, a saber, una familia”.

    No muchos se atreven a decirlo con esta claridad, y este sacerdote agradece a Dios “la sabiduría de la Iglesia católica” al hacerlo.

    La quinta profecía

    Por ejemplo, Patrick O'Hearn (marido, padre y autor de más de una docena de libros sobre apostolado y espiritualidad) le atribuye a la Iglesia una “quinta profecía” tras el cumplimiento de las cuatro anunciadas por Humanae Vitae. 

    A saber, que la aceptación social de la contracepción se traduciría -expresa O'Hearn interpretando a Pablo VI- en:

    • “decadencia moral",
    • "pérdida de respeto de los maridos a sus esposas",
    • "abuso gubernamental del poder" y 
    • "dominación masculina”.

    El quinto mal, añade, es que un número creciente de mujeres católicas ha renunciado “a su deber de educar a sus hijos en la fe católica” porque “uno de los más perniciosos frutos de la contracepción” y de la disminución de hijos es facilitar la incorporación de la esposa al mundo laboral y confiar la educación de ese menor número de hijos a centros donde la fe es secundaria

    “Aparta a la madre del hogar y eliminarás vocaciones de la Iglesia”, sintetiza como audaz conclusión, que atribuye a que la contracepción tiene “el efecto siniestro de apartar a las madres de casa”, y eso, en el caso de las madres activamente católicas, puede tener una traducción directa en la pérdida de vocaciones por el déficit en la formación católica de sus hijos.

    Incluido que otros adultos y niños "tengan más influencia sobre ellos que nosotros" cuando "permitimos que nuestras carreras tengan preferencia sobre la salvación eterna de nuestros hijos".

    ¿Y si acudimos a los presupuestos del Estado?

    Numerosos gobernantes son bien conscientes del doble impacto negativo sobre la natalidad de la reinterpretación del sexo:

    • el descarte de la fecundidad en beneficio del placer y
    • la universalización del trabajo materno.

    Pero no quieren combatir dicha reinterpretación, sino contrapesarla con los presupuestos del Estado.

    Por ejemplo, países como Corea del Sur, Noruega o Mongolia, señala Joy Pullmann (madre de seis hijos y directora ejecutiva de The Federalist) lo han intentado con subvenciones directas o con beneficios tributarios, y aunque hayan incrementado un poco la natalidad, no ha sido en nivel suficiente para invertir la tendencia. Más inteligente se ha considerado la diseñada por la presidencia de Donald Trump, con aportaciones que buscan más la inversión que el gasto.

    Joy Pullmann, madre de seis hijos y activista pro-familia desde posiciones originales, recuerda que si el Estado 'gasta' por la familia... ¡puede perjudicarla!

    Joy Pullmann, madre de seis hijos y activista pro-familia desde posiciones originales, recuerda que si el Estado 'gasta' por la familia... ¡puede perjudicarla!

    Pero Pullman rechaza que las ayudas sociales sustituyan al papel materno: "Pagar a las mujeres por tener hijos es una idea terrible", sostiene.  ¿Por qué? Porque el incremento del gasto estatal obliga al trabajo materno y disocia la natalidad de la familia, lo cual supone un "colapso cultural", afirma esta analista política de relieve, muy presente en grandes medios estadounidenses. 

    En efecto, el apoyo económico público tiende a producir hijos interesadamente porque puede ser rentable tenerlos, pero no en el seno de una familia. Pero es que incluso eso puede no ser rentable, pues “los hijos sin padre ni madre imponen más costes sociales de los que desvelan sus impuestos". 

    De ahí que Pullman apueste por un cambio cultural (el apoyo a la familia estructurada y a los hijos surgidos en ella) más que por un cambio impositivo independiente de la estructura familiar y al final dependiente de las cantidades percibidas y presupuestadas. El incremento de los gastos públicos a favor de la natalidad -argumenta- obliga al trabajo materno en detrimento de la fertilidad.

    ¿Hay un culpable de este mal económico causado por la baja natalidad? Sí, "el feminismo", señala ella, porque "prohíbe que se repare en principios de biología básica": 

    • "Pero hay que ser lo bastante valiente y honesto para comprender que la auto-esterilización y el materialismo con factores que contribuyen enormemente a la escasez global de niños: el dinero influye mucho menos que la mentalidad".

    Concluye que el cambio de mentalidad que ha hundido la natalidad tiene mucho que ver con la pérdida de la fe, porque "virtualmente todo el declive de la fertilidad proviene del declive del cristianismo". (Lo refiere a Estados Unidos, pero es una afirmación extensible a todo Occidente.)

    Confirmación... desde la izquierda

    Incluso expertos que Pullman considera de izquierdas, como la doctora Aviva Romm, lamentan el descrédito público que sufre el proceso maternal, y por ello pide a las mujeres que reclamen su "sabiduría natural sobre el parto" y vivan su "embarazo, su dar a luz y su periodo postparto" con "confianza" y "rodeadas de un apoyo profundo, significativo y respetuoso".

    Todo lo contrario, subraya Pullman, a la percepción negativa del proceso maternal como algo de lo que hay que huir. Así lo transmite hoy casi universalmente la educación a las adolescentes y jóvenes cuando comienzan sus años fértiles, exaltando por el contrario las aspiraciones laborales

    Del mal de los '60 al peor de los '90

    Y en ello coincide asimismo otra mujer, Vivian Borges, quien lamenta que el proceso iniciado en los años 60 se agravó a partir de los años 90 por el incremento y perfeccionamiento de los mecanismos de artificialización del sexo. Las jóvenes fueron convencidas por la "estructura secular" (plasmada sobre todo en el sistema educativo, pero no solo) de que les resultaba mejor liberarse del servicio a sus familias convirtiendo "la promiscuidad y los encuentros sexuales vacíos", es decir, sin pretensiones, en el "ídolo" a seguir.

    Las feministas que adoran a ese ídolo olvidan otro efecto que señala Vivian: "Un hombre que crece acostumbrado a la utilización de métodos anticonceptivos siente la tentación de olvidar la veneración debida a una mujer", convertida en "un mero instrumento de satisfacción para sus deseos" en cuanto "herramienta unidimensional del acto sexual".

    El lo que cuenta cuenta Jason Evert, un padre de ocho hijos experimentado apologista católico que centra en la castidad sus divertidas y muy valoradas conferencias. Recordemos uno de sus vídeos más célebres

    Como dice Evert según le cita Vivian Borges, para numerosísimas chicas la introducción al acto sexual procede de la visión de pornografía, que las convence de que "sus expectativas para su vida íntima serán violentas, denigrantes y públicas". Y eso fomenta el transexualismo entre muchas adolescentes, pues acuden a él para sentirse hombres y huir del infierno que entienden las espera como mujeres. 

    "¿Quién puede condenarlas?", subraya Vivan. Pues el responsable es el "feminismo", que pretende "liberar" a las mujeres "de las consecuencias naturales de la receptividad femenina a la nueva vida". Y recurre a amputaciones físicas (como el transgenerismo) o fisiológicas (como las esterilizaciones).

    Se da la peculiar circunstancia, concluye Vivian Borges, de que la cultura dominante es absurda y contradictoria porque...

    • reprueba la maternidad como un riesgo y una esclavitud porque da vida a un nuevo ser humano...
    • ¡y ensalza intervenciones quirúrgicas de todo tipo al servicio del sexo como algo sin finalidad extrínseca, como "las inyecciones de Botox, el relleno de los labios, el lifting de cejas, la reforma de la mandíbula, los implantes mamarios o la extirpación de costillas"!

    Cuatro criterios coincidentes

    Un sacerdote (Bryce Lungren) y un padre (Patrick O'Hearn) y dos madres (Joy Pullmann y Vivian Borges), con numerosos hijos los tres, coinciden así en lo que han deducido de su práctica apostólica y de su estudio de la realidad económica, demográfica y, sobre todo, cultural.

    A saber, coinciden en que el derrumbe de población (el cual por fin, después de décadas ocultándose como problema público, ya es reconocido como una catástrofe que conduce a la ruina presupuestaria y a conflictos sociales por la desigualdad entre los de casa y la inmigración excesiva o ilegal de los de fuera) solo puede remediarse con un cambio cultural basado en que "sexo" vuelva a significar "hijos".

    ¿Complicado ese cambio? No es solo una cuestión moral. Hay también una ignorancia: que la felicidad que aportan los hijos es profunda y duradera, y la que aporta el sexo es trivial y acotada. Dolor también hay en ambas, está claro, como en cualquier realidad humana, pero... solo una tiene contrapartida suficiente.

    Carmelo López-Arias, ReL

    Concluyamos para mostrarlo con lo que explica este otro padre de familia numerosa:

    jueves, 10 de agosto de 2017

    Una cosa sobre sexo que es urgente difundir

    El amor conyugal es un regalo que alimenta el espíritu de los esposos

    Luz Ivonne Ream, aleteia
    El amor es el ingrediente principal en la unión conyugal. Y quién es el amor sino Dios. Amor sin sexo seguirá siendo amor, pero sexo sin amor, sin Dios como centro… Piénsalo.

    El amor conyugal significa la entrega mutua de los cónyuges, en todas sus dimensiones, como un hombre y una mujer.
    A cuántos de nosotros se nos enseñó que el sexo era algo sucio, asqueroso y pecaminoso. Se nos habló únicamente de “lo malo” en vez de enaltecer sus bondades. Y claro, muchos llegamos al matrimonio con nulos conocimientos sobre este. Lo poco que sabíamos era por lo que platicábamos entre los amigos y si bien nos iba, lo que aprendimos en el curso prematrimonial.
    El sexo en sí mismo no contiene nada malo, todo lo contrario. Si Dios mismo lo creó quiere decir que en él todo es “bueno y perfecto”. Que es un don, un regalo de su parte para transmitirnos su amor y permitirnos participar de la plenitud de su amor.
    Es bueno y se tornará aún más perfecto -pleno- cuando se haga dentro del marco para el cual fue creado, entre uno hombre y una mujer unidos en matrimonio sacramental. Dios mismo le dio ese toque de placer el cual es fruto de esta unión perfecta y nunca su fin.
    Cuando no tenemos claro todo esto y elegimos tener prácticas sexuales fuera de su marco sagrado, entonces sí se torna como algo “tóxico”, que nos daña y no conviene a nuestro espíritu. También cuando lo utilizamos como mero objeto de placer; cuando le restamos dignidad y lo ponemos en un plano meramente “animal” dejándonos llevar por pasiones y deseos desordenados; cuando lo vemos solo como un “derecho” -porque es mi cuerpo y yo hago con él lo que quiero- hasta denigrarlo con prácticas tipo Sodoma y Gomorra o masoquistas, entre otras, y no como una dádiva divina.
    Aquí el sexo me está restando dignidad como persona y no me está poniendo en comunión con Dios, sino todo lo contrario.
    Si de verdad fuéramos conscientes de todo lo que se transmite por medio del acto sexual, de toda la “información” espiritual -por ponerle un nombre- que se comunica por medio de esta entrega…
    Y es que no se comparten solo cuerpos, también hay fusión de espíritus, de todo el ser. Todo lo que esa persona traiga cargando espiritualmente se lo va a transmitir a esa otra con la que elija tener relaciones íntimas. Y así sucesivamente con todas las que se haya involucrado.
    Te lo explico con un ejemplo.
    Ese esposo -le llamaremos Mario- que viaja a Las Vegas por asuntos de negocios le es infiel a su esposa con otra mujer que conoció: Pat. Se “mete” con ella una noche de copas. Total, nadie se va a enterar porque “What happens in Vegas stays in Vegas!”.
    ¡Sí, cómo no! El señor va de regreso a su hogar creyendo que ahí muere el asunto y que jamás volverá a saber de Pat. Pero no, no va solo y no lo sabe. De hoy en adelante le acompañará toda la historia espiritual de la mujer con la que se acostó.
    Peor aún, Pat había tenido intimidad con muchos hombres más. Digamos que era una mujer de una moral muy relajadita y eso de tener sexo la primera noche pues se le daba. Entonces, ella a su vez trae cargando toda la historia espiritual de cada uno con los que se ha acostado, misma que esa noche de copas le transmitió a Mario. Y seguramente, esos que en su momento se involucraron con ella, también lo hicieron con otras más y así sucesivamente.
    Como ven Mario no va solito en el avión, ahora le acompaña su gran familia espiritual de quién sabe cuántos miembros. ¡Y no lo sabe! Y te apuesto a que tú que ahora me lees tampoco lo sabías…
    Necesitamos recobrar nuestra dignidad como personas y darle a ese acto sagrado el valor que Dios mismo le dio. La intimidad sexual es una “delicia” y no uso esta palabra en la connotación sensible solamente, sino como un gozo que es fruto del amor, del Espíritu Santo.
    Es decirle a mi cónyuge: “Quiero ser uno contigo para siempre y quiero demostrarte con cada parte de mi ser cuánto te amo”.
    El cuerpo habla, transmite amor y también necesita sentirlo. Es expresarte que por amor estoy listo para darme, para entregarme y recibirte como un todo que somos tú y yo, como una ofrenda de nuestra persona y de nuestro mutuo amor.
    De hecho, si observamos el diseño del corporal de uno y de otro nos damos cuenta de que el cuerpo del varón está diseñado para entregarse por entero a su mujer y el de la mujer para recibirle. Hay un embone perfecto.
    Hemos escuchado que la frase “hacer el amor” no está bien empleada porque el amor no se hace, sino que el amor ya es y el amor es Dios.
    Efectivamente, el amor en plenitud es Dios, pero a este hay que accionarlo, ponerle cuerpo. De hecho, una pareja cuando se casa elige amarse como Dios ama -de manera libre, total, fiel, fructuosa- y hace votos en el altar respondiendo a las preguntas que les hace el sacerdote.
    Esas promesas se hacen en el altar y luego esas se cumplen en la noche de bodas cuando se entregan el cuerpo. Es decir, primero fueron palabras, promesas espirituales y ahora las hacemos vida, las llevamos al plano del cuerpo para elevarlas al espíritu y unirnos con Dios.
    El sexo -intimidad conyugal- es una renovación verdadera de las promesas nupciales. Esto es, se pone carne sobre las palabras dichas. Por eso esta es una unión santa, sagrada.
    Además de ser el signo por medio del cual Dios transmite su gracia sacramental a la pareja, alimenta el espíritu de los esposos. Así como el agua es para el bautismo, la unión sexual es para el matrimonio.
    Papás, necesitamos romper este círculo vicioso de desinformación y, peor aún, de mala información que estamos transmitiendo a nuestras nuevas generaciones. Es imperativo que nos “formemos” adecuadamente sobre este tema, con personas e instituciones que nos muestren el sexo como lo que es, un regalo del amor de Dios.
    A ver, ¿cuántos de ustedes han estudiado la Teología del Cuerpo” de san Juan Pablo II? ¿Cuántos de ustedes se escandalizaron al leer Hacer el amor es hacer oración y ni siquiera se pusieron a investigar el significado y la profundidad de estas palabras?
    Si no nos ponemos las pilas, será el mundo -que hoy por hoy está volteado de cabeza- quien se siga encargando de “formar” -o malformar-  a nuestros hijos. No basta con ser empresarios exitosos o ser eruditos en tal o cual tema, hay que formarnos de manera integral -cuerpo, mente, espíritu- y esto es urgente que lo hagamos ya.
    Estamos inmersos en un letargo espiritual impresionante y temas como este -el sexo como mi derecho y sin freno alguno- está secuestrando los corazones y las voluntades de las personas más vulnerables. ¡Despertemos! 

    viernes, 24 de febrero de 2017

    9 rasgos de una vida sexual sana en el matrimonio cristiano: más allá del cómo, cuándo y cuánto


    9 rasgos de una vida sexual sana en el matrimonio cristiano: más allá del cómo, cuándo y cuánto



    Carol Peters-Tanksley, norteamericana, es ginecóloga, endocrinóloga reproductiva, autora de libros sobre salud femenina y una cristiana comprometida en tareas de evangelización, sobre todo animando a un estilo de vida sano en lo físico y lo espiritual.


    Reflexionando sobre las dificultades que pueden aparecer en la vida sexual de un matrimonio cristiano ha detectado 9 características que se deben tener en cuenta.

    Recuerda que Dios creó el sexo ("hombre y mujer los creó", Génesis 1,27) pero que distorsionado o mal usado puede destruir vidas y familias.

    “Parto de la premisa de que Dios creó el sexo para ser disfrutado entre el hombre y la mujer en un matrimonio comprometido. El debate tras esa premisa es para otro día. Pero entender cómo está diseñada esta relación puede ayudar a responder muchas preguntas”, escribe la doctora Carol.

    Una relación sexual sana:

    1. Es desprendida, no egoísta
    Una relación sexual sana tiene que ver más con dar que con recibir. El esposo y la esposa se enfocan más en satisfacer las necesidades del otro que en cumplir sus propios deseos. Si ambos se centran en el otro, la mayoría de las dificultades se superan. El qué hacer, o cómo, cuándo, donde, cuántas veces… esas preguntas se responden, en la mayor parte de los casos, yendo en la dirección de lo que el cónyuge quiere.
    2. Es honesta
    El esposo y la esposa pueden ver las preguntas del “cómo, cuándo, donde, con qué frecuencia” de forma distinta, pero ambos expresarán con honestidad y amabilidad sus deseos, miedos, frustraciones y más. Aunque ambos intentan cumplir con las necesidades del otro, ninguno se sentirá forzado a implicarse sexualmente en algo que les haga luego sentir resentimiento hacia el otro.

     
    3. Tiene etapas, temporadas
    La vida, y el matrimonio, tienen estaciones, temporadas, con distintas necesidades en lo íntimo. No cada encuentro sexual tendrá el mismo nivel de emoción o satisfacción. Los aspectos más importantes del sexo cambiarán en las distintas etapas del matrimonio.
    4. Es relevante, importante
    El sexo no es “solo sexo”, es un tipo de intimidad entre esposo y esposa realmente importante. Se ha de tratar como algo valioso, un don precioso que vale la pena guardar, en el que se ha de trabajar, en el que vale la pena mejorar, hacerlo prioritario, invertir en ello, rezar por ello. No hay que menospreciarlo como un añadido menor.
    5. Es regularmente irregular
    La vida sexual puede ir cambiando: de frecuente a ocasional, de emocionante a confortable, de satisfactorio a frustrante… depende de la salud física, el estrés de la vida y otros factores. En una relación sana, el esposo y la esposa están comprometidos a unirse físicamente, a reconectar así con frecuencia, pero con libertad, sin presiones legalistas.

    6. Es exclusiva
    Los cónyuges se mirarán el uno al otro exclusivamente, no mirarán a ningún otro lugar para el cumplimiento de sus deseos y necesidades sexuales. La intimidad sexual con una tercera persona está fuera de los límites de una sexualidad sana, pero lo mismo sucede con la pornografía, el exceso de intimidad emocional con otra persona, etc…
    7. Es segura y sanadora
    Una relación sexual sana permite exponerse, vulnerable, sin ser herido. La relación sexual (o su aplazamiento) no se usa para castigar, para controlar ni para herir. Que te vean por completo, que te conozcan, y que aún así te amen y acepten, es una experiencia maravillosa y sanadora, que sana heridas específicas del pasado, o las comunes de la debilidad humana.
    8. Es imperfectamente perfecta
    Cada matrimonio es la unión de dos personas imperfectas, y lo mismo sucede con sus relaciones sexuales. Como en cualquier otro ámbito de la vida matrimonial, casi con seguridad en algún momento herirás a tu cónyuge, y él te herirá a ti. Por lo tanto, una relación sexual sana incluye el perdón sincero y una mejoría continua.
    9. Es más que física
    El acto sexual es el aspecto físico de una intimidad bien trabajada. Por eso, nunca es “sólo sexo”. Esta intimidad completa incluye amistad, perdón, lazos emocionales, entendimiento mutuo y conexión espiritual. La sexualidad marital completa incluye todas esas cosas.

    La doctora Carol añade estas consideraciones:
    -Hay muchos matrimonios cristianos donde el sexo no cumple todas estas condiciones, pero eso no significa que no sea posible.

    -Si tenéis una buena vida sexual, ¡celebradlo! A Dios le gusta.
    -Si estáis casados y vuestra relación sexual no es muy buena, no os rindáis. A veces hay que trabajar en mejorar lo sexual, pero otras veces tendréis que trabajar antes otros aspectos de vuestro matrimonio y eso hará que mejore vuestra intimidad.
    -Si no estás casado, no te rindas. El miedo, la culpa, la desesperación y otros mensajes negativos pueden presionarte para que aceptes algo menos que el matrimonio. Te animo a que te reserves para lo mejor.

    No hay “Diez pasos garantizados para una relación sexual impresionante”. Una relación sana en una pareja cristiana es un asunto de crecimiento, compromiso y gracia de Dios. Requiere esfuerzo y vale la pena trabajar por ella.


    (Tomado del original en inglés aquí)

    miércoles, 7 de septiembre de 2016

    ¿Cómo saber si te quiere de verdad? Descubre el amor auténtico

    Atención: El amor falsificado confunde a quienes no tienen educada su afectividad

    ¿Cómo saber si te quiere de verdad? Prueba este test infalible

    En la serenata se escucha la voz del enamorado:
    “Novia mía, novia mía, cascabel de plata y oro, como te voy a querer. Novia mía, novia mía, por tu cara de azucena, tienes que ser mi mujer”.
    “Por llevarte a los altares cantare con alegría, que sin ti no quiero a nadie… novia mía, novia mía”

    El amor ha tomado tiempo para madurar a través del trato personal empeñosamente buscado. Los sentimientos hacen brotar las palabras en un te quiero responsable, que se apoya en la voluntad de compromiso, de un inteligente proyecto de vida a fraguar con ilusión de cara a Dios y a la sociedad. El amor entra en un cauce más ancho y más profundo.

    Un amor noble que no se quedará en el romanticismo, sino que evolucionará para manifestarse en las obras, la búsqueda, la abnegación, el sacrificio, el gozo, la donación. Que fundará y se extenderá en una familia promoviendo a la sociedad.

    No es ese “amor” que dicen que se gasta o se rompe con el uso. Ese amor del cine, las canciones y telenovelas que hablan de decepciones, desencuentros, amarguras.

    Son letras de una canción que hablan de un amor, que de la entera persona del uno, se dirige a la entera persona del otro. Lo amado no son la feminidad o la virilidad de la persona (aisladamente consideradas y mucho menos sus aspectos corpóreos exclusivamente) sino la entera persona de la mujer o el varón. Es un amor personal, autentico(Diálogos sobre el amor y el matrimonio-Javier Hervada).

    Un amor que conlleva la entrega de la persona que se es, a la persona amada, y no está hecho para agostarse sino para fortalecerse y crecer. Existen y existirán siempre amores así, porque las obras del amor siguen al ser de la persona, y nuestro ser por naturaleza es amor.

    Pero existen quienes han hecho del amor una falsificación casi perfecta, casi…para su uso y abuso.

    Vemos en el mercado tantos y variados artículos que ostentan reconocidas marcas, pero que son copias, falsificaciones que se descubren en su respuesta al uso por ser de materiales de baja calidad. Igual se pueden encontrar muchas versiones del amor humano, hechas también con materiales de baja calidad.

    Falsificaciones que se manifiestan en tantas relaciones que no pasan la prueba de las contrariedades. De un amor que aguanta poco, que se termina o que quizá nunca existió. Lo mismo se encuentran como noticia en la vida de celebridades que protagonizan sucesivos matrimonios con la reiterada actitud de “ahora sí”, que en la realidad de tantas parejas en lo ordinario.

    El amor falsificado se confunde y confunde, convirtiéndose en un camino seguro hacia la soledad dentro del mismo matrimonio, y al final de la vida después de las separaciones.

    Liberación sexual, machismo, feminismo, autorrealización del yo, modernidad, etc…

    Son términos acuñados que terminan en pro de un sucedáneo de amor quedando referido a acuerdos sobre cosas que se pueden intercambiar, comprar o vender. Pero el amor no es una cosa que se venda, aunque no falta quien lo quiera comprar o viceversa. La gran verdad es que las cosas que se compran y se venden, se podrán tener, pero el amor autentico no se tiene, sino que se es y se vive.

    En el amor falsificado, las irresponsables palabras de un “te quiero “, sustituyen al amor verdadero.

    Palabras que hablan solo de sentimentalismo, de una relación sexualizada, de un amor narcisista de quien se ama así mismo, a través del otro al que dice amar.

    Un amor que trata de justificarse diciendo: basta con que nos amemos, no hace falta el compromiso del matrimonio. Un amor que apuesta solo a momentos sucesivos sin comprometer toda la vida futura, incapaz de vencer el temor.

    Letras de una canción que hablan de un amor así:
    “Brujería, Brujería, te quiero y no te quería, ayer no te conocía y hoy me muero por ti
    Juego de palabras, que lo que realmente dicen, es: te amo por lo que me das, no por ti mismo(a); por lo que en este momento estoy recibiendo de ti; por el placer que me haces sentir.

    O por tu pelo, tu sonrisa, tu belleza, tu juventud, tu inteligencia, tu éxito… palabras de quien confunde las cosas que son de la persona, con la persona misma, y se casa con las cosas; con las cosas que pasan, que se agotan. Luego, los consabidos argumentos: me equivoqué pero aprendí, no era mi momento, estaba muy joven; no era la persona que pensaba; me engañó desde un principio; no soporté a su familia; era mi profesión o él (o ella…).

    El amor falsificado, lo mismo suele encontrarse en situaciones idílicas como lo es un viaje, unas vacaciones, una fiesta, y que igualmente es confundido con la amistad, la camaradería, la lastima, el compañerismo; el tener los mismos gustos y aficiones; la intimidad sexual; el coincidir en actitudes ante la vida; la fácil convivencia; el resolver carencias personales, entre otras posibilidades.

    El amor falsificado confunde a quienes no tienen educada su afectividad.

    El amor autentico es posible porque somos capaces del sentimiento más excelso que pueda tener la más excelsa criatura de la creación. Un sentimiento profundo que permite decir a la persona amada: es bueno que existas, porque eres un bien en ti misma y lo eres para mí.

    El amor humano, en cualquiera de sus auténticas expresiones, es y será siempre un amor personal.

    Por Orfa Astorga de L.Máster en matrimonio y familia, Universidad de Navarra.
    Escríbenos aconsultorio@aleteia.org

    lunes, 21 de marzo de 2016

    “La vida sexual de los esposos es el centro de su vida espiritual“

    La espiritualidad en esta vocación pasa por la donación total y recíproca del cuerpo


    Revista Misión
    La espiritualidad matrimonial no consiste únicamente en que los esposos recen juntos y realicen prácticas de piedad que los unan más a Dios. La vivencia de la espiritualidad en esta vocación particular pasa, necesariamente, por la donación total y recíproca del cuerpo. Es más: la unión conyugal es el centro y el corazón de la vida espiritual del matrimonio.

    YVES SEMEN, fundador y presidente del Institut de Théologie du Corps de Lyon (Francia), y autor de La espiritualidad conyugal según Juan Pablo II (Desclée De Brouwer, 2011) asegura que “no es a pesar de nuestra sexualidad –y menos contra ella– como debemos crecer en cuanto esposos en la vida espiritual, sino por y a través de su ejercicio ordenado, es decir, conforme a su finalidad”. Y añade: “La vida sexual de los esposos no puede ser como un paréntesis en su vida espiritual, sino al contrario: su corazón y su centro”. Su innovador planteamiento se basa en muchos años de estudio y divulgación de la Teología del Cuerpo de Juan Pablo II.

    El autor nos descubre que, durante casi veinte siglos, no existió en la Iglesia “una espiritualidad específicamente conyugal”. Aunque la literatura espiritual había sido siempre abundante en una espiritualidad para sacerdotes y religiosos, era pobre en una espiritualidad que tuviera en cuenta la grandeza y profundidad de la vocación matrimonial como un camino específico de santidad. Los matrimonios se veían “obligados” a alimentarse de una espiritualidad que no correspondía a su estado ni a su vocación. Gracias a la Teología del Cuerpo de Juan Pablo II, hoy sabemos que “tanto el matrimonio como la entrega de sí mismo a los demás a través del celibato ‘por el Reino’ suponen el don total de sí, y que ambas vocaciones –matrimonio y virginidad– pueden conducir a la santidad”. Misión conversó con Yves Semen para profundizar en su novedoso planteamiento.

    ¿En qué consiste la espiritualidad de las personas casadas?
    Su espiritualidad es la propia de las parejas casadas, no la transposición de una espiritualidad de religiosos o religiosas a la vida matrimonial. Es decir, debe articularse en lo que distingue la vida matrimonial de la vida consagrada: el don del cuerpo.

    El que elige el “celibato por el Reino” –en palabras de Cristo–, busca encontrar la unión con Dios en una relación directa con Él. En cambio, en el matrimonio, se recibe una llamada interior para encontrar la unión con Dios por y a través de la donación de uno mismo –incluida la donación carnal– a otra persona. Compartir la vivencia carnal –no solo sexual, sino también del afecto, la ternura y de todo lo que Juan Pablo II llamó el “lenguaje del cuerpo”– es constitutivo de la espiritualidad conyugal.

    Y es esencial entenderlo bien porque, de lo contrario, se intenta vivir una espiritualidad de celibato en el matrimonio y los esposos se extravían. Así, observamos a personas casadas que buscan a Dios fuera de su matrimonio o a pesar de su matrimonio, cuando precisamente su vocación al matrimonio debería llevarles a buscar a Dios por y a través de su matrimonio, es decir, por y a través de la donación a su cónyuge.

    ¿En qué momento se da cuenta la Iglesia de que existe una espiritualidad “específicamente conyugal”?
    Los primeros elementos de una espiritualidad conyugal se encuentran en san Francisco de Sales, pero es sobre todo en el siglo XX cuando la Iglesia comienza a poner el foco en ella y empiezan a surgir movimientos de espiritualidad conyugal. Pienso, por ejemplo, en lo que tuvo lugar en Francia bajo la influencia del Padre Caffarel y los Equipos de Nuestra Señora.

    ¿Por qué tardó tanto la Iglesia en presentar esta espiritualidad?
    Es difícil saberlo. Pero después de siglos durante los cuales se ha desplegado toda la belleza de la espiritualidad religiosa y sacerdotal, la Iglesia está llamada hoy a desplegar otra dimensión del tesoro que ha recibido: la espiritualidad conyugal. Se espera así lograr un equilibrio entre las dos modalidades posibles de una misma y única vocación de todo hombre y toda mujer: el don de sí mismo, lo que Juan Pablo II llamó la “vocación esponsal” de la persona. Esta puede realizarse en el don de sí mismo a Dios, a través de la vocación esponsal virginal (consagrada, religiosa o sacerdotal), o en el don de sí mismo a otra persona: la vocación esponsal conyugal.

    ¿Qué importancia tiene el acto conyugal, más allá de la procreación?
    Ante todo, no hay que reducir el acto conyugal a una simple necesidad para dar la vida. Tanto la procreación como la comunión son fines del acto conyugal, y están intrínsecamente unidos: la comunión de los esposos los lleva a querer dar la vida, ya que cualquier comunión auténtica tiende a la fecundidad. Además, el don de la vida completa y perfecciona la comunión. Por tanto, debemos mantener unidos estos dos significados del acto conyugal –que se condicionan el uno al otro–, como ya pedía Pablo vi en su encíclica Humanae Vitae, en 1968.

    ¿Cómo se unen en el matrimonio la espiritualidad y la vivencia de la corporalidad?
    Este es el reto de todo matrimonio que quiera llevar una vida auténticamente cristiana. Esto no sucede de repente ni sin dificultad, pero no es imposible. De lo contrario, La Iglesia nos estaría engañando si nos presentase el matrimonio como una vocación cristiana a la santidad. Es, a la vez, la exigencia y la grandeza del matrimonio.

    ¿Es la vocación al matrimonio inferior a la del sacerdocio o la vida religiosa?
    Por supuesto que no. Juan Pablo II declaró enfáticamente: “En las palabras de Cristo sobre la castidad ‘para el reino de los cielos’, no hay ninguna referencia a una ‘inferioridad’ del matrimonio en lo que se refiere al cuerpo o a la esencia del matrimonio (el hecho de que el hombre y la mujer se unen para convertirse en una sola carne)”. Y de nuevo: “El matrimonio y la castidad [‘por el Reino’] no son opuestos, y no dividen a la comunidad humana y cristiana en dos campos, digamos: el de los ‘perfectos’, gracias a la castidad [en celibato], y el de los ‘imperfectos’ o menos perfectos, por culpa de la realidad de su vida matrimonial”. ¡No se puede ser más claro! Sin embargo, la práctica total de los votos de pobreza, castidad y obediencia de la vida religiosa permiten llegar con mayor facilidad a la caridad plena, que es la única medida válida de la vida cristiana.

    ¿Es más difícil llegar a la santidad acompañado que solo?
    Hay un proverbio chino que dice: “Solo se llega rápido; acompañado se llega lejos”. Cuando se es dos, hay que llevarse el uno al otro; pero, al mismo tiempo, estamos llamados a tener en cuenta a la otra persona para avanzar juntos. Tentaciones no faltan para huir de esta exigencia del matrimonio… Si no nos sentimos llamados a avanzar así en la vida cristiana, puede ser que no tengamos vocación matrimonial y eso es legítimo.

    Usted dice que el perdón es necesario para la comunión conyugal; ¿cuántas veces hay que perdonar al cónyuge?
    Tantas veces como Cristo nos pide que lo hagamos: setenta veces siete, es decir, ¡no hay límites! El perdón es el punto de paso obligado de la comunión, porque las faltas que los esposos tienen que perdonarse el uno al otro son siempre atentados contra esta. En este sentido, el perdón es lo que permite la perpetua restauración de la comunión. Por consiguiente, es preciso pasar por el perdón solicitado de una manera incansable y concedido con generosidad, a fin de preservar la comunión. Todos los indultos no concedidos, olvidados o negados, generan, poco a poco, una montaña que hace que finalmente la pareja estalle. Cuando uno se da cuenta, es, a menudo, demasiado tarde. Debemos por tanto, pedir perdón y perdonar todos los días, porque todos los días se puede hacer daño o ser herido.
    Artículo originalmente publicado porRevista Misión