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martes, 18 de junio de 2024

5 artimañas del demonio para atacar al hombre y 5 armas para resistir y vencer sus embestidas

El padre Ed Broom airea los trucos del enemigo
 y muestra el camino para frenarlas


Ante las tentaciones del demonio, que sabe donde atacar,
la Iglesia ofrece una serie de armas de defensa.


Si Dios es amor, Satanás encarna el odio, hacia el propio Dios y a toda la humanidad. Por ello, el diablo trabaja incansablemente para hacer tropezar y caer al hombre. Para ello, él y sus secuaces utilizan su inteligencia y su maldad, pues saben perfectamente cómo y dónde tentar para hacer pecar.

El demonio conoce las debilidades de cada hombre y ataca por estas rendijas, yendo al punto más débil de cada uno. Sin embargo, Dios no se ha quedado de brazos cruzados mientras atacan a sus hijos sino que ha dado a los creyentes una serie de armas para defenderse.

Para vencer a Satanás en la lucha diaria es importante conocer las argucias del enemigo, pero también las debilidades propias para protegerlas de las embestidas del príncipe de las tinieblas.

Para ello, el padre Ed Broom, oblato de la Virgen María, ofrece en Catholic Exchange cinco de las herramientas más comunes que tiene en su arsenal el demonio para atacarnos y también cinco de las armas más eficaces para vencer a Satanás en la batalla. Estas son algunas de estas armas destructivas que utiliza el diablo:

Hombre mayor abatidoEl abatimiento es un estado propicio para las tentaciones del demonio.

1. El abatimiento

San Ignacio de Loyola reitera en las Reglas para el Discernimiento, así como en la meditación de Las Dos Banderas, la importancia de la vigilancia. Es decir, hay que estar constantemente atentos al estado interior de la vida emocional para detectar cuando se puede encontrar en un estado de desolación, pues es entonces cuando el enemigo, el diablo y su ejército, preparan sus arcos y flechas para disparar a matar.

Una conciencia atenta que dé la alerta cuando se cae en el abatimiento ayudará a resistir el embate del enemigo con mayor coraje e inteligencia para no sucumbir a sus astutos ataques.

2. Kriptonita: nuestro principal punto débil

Los deportistas estudian a sus oponentes para detectar su punto débil y así poder derrotarlos. En un debate electoral, descubrir una laguna o un punto débil en el argumento del oponente puede ser clave para lograr la victoria. Los soldados igualmente usan tácticas militares para descubrir la zona más vulnerable del enemigo.

Con los ataques del demonio pasa lo mismo. Toda persona tiene su kriptonita. Superman era fuerte pero tenía un punto débil, estar expuesto a la kriptonita, lo que le hacía vulnerable. Es importante que cada creyente conozca estos puntos débiles y aquí cobra fuerza el “conócete a ti mismo”.

3. A través de nuestro entorno social

La sociedad actual es más hostil a la fe y más favorable a caer al pecado que en el pasado. En el mundo laboral, en el entorno social, las propias redes sociales o en el entretenimiento se abren las puertas a las tentaciones del demonio.

En internet por ejemplo hay una tentación contaste ante un material nocivo y venenoso, lo mismo ocurre con las redes sociales, muchos contenidos audiovisuales o incluso con las modas que atentan contra el pudor y la modestia.

Hombre en el ordenador

4. El demonio de las impurezas

Hace más de 100 años, la Virgen de Fátima dijo con tristeza que la mayoría de las almas se pierden para siempre debido a los pecados contra el sexto y el noveno mandamientos, es decir, los pecados contra la virtud de la pureza y la castidad. En el medio social actual, nadie podría dejar de admitir que esta situación se ha disparado y la virtud de la pureza se encuentra en niveles mínimos.

5. La desesperación

Jesús le reveló a santa Faustina Kowalska que el peor de todos los pecados y ofensas contra Dios es la falta de confianza en su misericordia infinita. Una vez más, detrás aparece la presencia nefasta, insidiosa y maliciosa del diablo y sus cohortes. El verdadero y peor pecado de Judas Iscariote fue su desesperación, su incapacidad para pedir perdón y no confiar en la Misericordia Infinita del Corazón de Jesús.

Con el diablo en el fondo, pero verdaderamente presente, muchos en nuestra sociedad moderna han renunciado a toda esperanza y confianza en el amor y la misericordia de Jesús y el poder maternal de intercesión de María.

Pero ante estas cinco formas de ataque del demonio hay también otras cinco formas de defensa para luchar, resistir y vencerle:

1. Oración ferviente

No importa cuán poderosas, insistentes, insidiosas y astutas sean las tentaciones del diablo, ya que si se recurre a la oración frecuente, ferviente, humilde y perseverante, la victoria definitivamente será nuestra sobre el diablo y su ejército. El mejor ejemplo es Jesús en el Huerto de Getsemaní, como se presenta en la película La Pasión de Cristo.  Jesús está orando con tanto fervor que suda enormes gotas de sangre, entonces se levanta para aplastar al diablo con su pie. ¡La oración puede conquistarlo todo!

Mujer rezando en la iglesia

2. Práctica de la penitencia

Jesús fue tentado por el diablo en el desierto durante cuarenta días y cuarenta noches. Allí, Cristo básicamente dedicó sus esfuerzos a dos actividades: oración ferviente e intensa penitencia. Ayunó durante cuarenta días y cuarenta noches. Como resultado, cuando el diablo trató de tentar a Jesús para que convirtiera las piedras en pan, Él respondió con la Escritura: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios".  Los intentos del diablo fueron frustrados.

En otro pasaje bíblico, cuando los apóstoles le preguntaron al Señor por qué no podían echar fuera a los demonios, Jesús respondió: "Aquellos sólo pueden ser expulsados ​​con oración y ayuno". (Mt. 17, 21) Por lo tanto, si podemos impregnar nuestras vidas con al menos pequeños actos de penitencia y mortificación, ¡podemos mantener a raya al diablo y las tentaciones!

3. Transparencia y dirección espiritual periódica

Tanto San Ignacio de Loyola como Santa Teresa de Ávila insisten en la extrema necesidad de la dirección espiritual en la búsqueda de la santidad. Tenemos puntos ciegos que solo se pueden detectar con la ayuda de un director espiritual capacitado.

Es indispensable abrir nuestra alma y conciencia atribulada a un director espiritual capacitado cuando nos encontramos en medio de una confusión o en medio de una tormenta espiritual. Esta es la Regla clásica en el esquema de las Reglas para el Discernimiento de San Ignacio de Loyola. El diablo quiere que mantengamos nuestras tentaciones ocultas; si hacemos esto, el enemigo puede transformar fácilmente un grano de arena en una montaña, un pequeño corte en una infección gangrenosa.

Virgen de Zapopan, México.La Virgen de Zapopán es conocida popularmente como «La Generala».

4. «Nunc Coepi»: ¡comienza de nuevo!

Siendo débiles y expuestos a muchas tentaciones, es posible que nos derrumbemos y capitulemos ante las insistentes murmuraciones del diablo. Solo Dios es perfecto y todos somos pecadores. Un ataque del diablo grave pero omnipresente es precisamente este: después de caer en el pecado, nos desesperamos y perdemos la esperanza.

El verdadero soldado de Jesús, después de una caída no se desesperará, ni tirará la toalla y sucumbirá a hundirse más profundamente en el lodazal del pecado. ¡Todo lo contrario! Admitirá humildemente su caída, recurrirá a la confesión sacramental y empezará de nuevo.

5. María

Jesús es el Rey y María es la Reina. En Guadalajara, México, hay un título digno de mención que se le da a María: “¡La Generala!  En nuestra constante batalla contra el diablo y su ejército debemos recurrir a María.

Debemos estar consagrados a María, llevar el Escapulario de María, rezar el Rosario y, muy especialmente, en tiempos de tentación, invocar el Santo Nombre de María. Si se hace, la victoria será nuestra gracias a la poderosa intercesión de la Virgen.

J.L., ReL

Vea también     Cartas del demonio a su sobrino sobre la castidad



domingo, 28 de enero de 2024

El Papa, en el Ángelus: «Con el demonio nunca se habla, si dialogáis, siempre termina ganando él»


Francisco ha basado su reflexión de hoy en el Evangelio según San Marcos, que presenta a Jesús liberando a una persona poseída por un "espíritu maligno".

 

El Papa celebró este domingo desde el balcón del Palacio Apostólico el habitual rezo del Ángelus de los domingos. "Pienso en las adicciones, que nos hacen esclavos, siempre insatisfechos y devoran energía, bienes y afectos; otra cadena: pienso en las modas dominantes, que nos empujan al perfeccionismo imposible, al consumismo y al hedonismo, que mercantilizan a las personas y desvirtúan sus relaciones", dijo Francisco.

Las adicciones y las modas son para el Papa las dos cadenas más fuertes que pueden apresar nuestro corazón, pero no las únicas. El Papa ha agregado a la lista las tentaciones, el miedo, la intolerancia y la idolatría del poder.

"Tantas cadenas en nuestra vida"

"También están las tentaciones y los condicionamientos que socavan la autoestima, la serenidad y la capacidad de elegir y amar la vida; otra cadena: el miedo, que hace mirar al futuro con pesimismo, y la intolerancia, que siempre echa la culpa a los demás; y luego está una cadena muy fea, la idolatría del poder, que genera conflictos y recurre a las armas que matan o se sirve de la injusticia económica y de la manipulación del pensamiento. Tantas cadenas, tantas están en nuestra vida".

Francisco ha basado su reflexión de hoy en el Evangelio según San Marcos, que presenta a Jesús liberando a una persona poseída por un "espíritu maligno": "Jesús tiene el poder de echar al diablo. Jesús libera del poder del mal, pero -tengamos cuidado- ¡expulsa al diablo, pero no conversa con él! Tened cuidado: con el diablo no se dialoga, porque si entráis en diálogo con él, él gana, siempre".

Puedes ver aquí íntegro el rezo del Ángelus de este domingo. 

Para Francisco, la manera más eficaz de liberarnos de estas cadenas es sobre todo "invocar a Jesús", pues es Él quien, con la fuerza de su Espíritu, quiere repetir al maligno también hoy: "Vete, deja en paz ese corazón, no dividas el mundo, las familias, nuestras comunidades; déjalas vivir en paz, para que florezcan allí los frutos de mi Espíritu, no los del tuyo. Para que reine entre ellos el amor, la alegría, la mansedumbre, y en lugar de la violencia y los gritos de odio, haya libertad y paz, respeto y cuidado hacia todos".

G. de A., ReL


lunes, 15 de febrero de 2016

¡Con el demonio no se dialoga! Homilía del Papa Francisco en Ecatepec

Las tres tentaciones del cristiano:
la corrupción, hablar mal de los demás y el orgullo de creerse superior

Durante una visita a un hospital de niños enfermos el Papa le da su medicina a uno de los niños

El miércoles pasado hemos comenzado el tiempo litúrgico de la cuaresma, en el que la Iglesia nos invita a prepararnos para celebrar la gran fiesta de la Pascua. Tiempo especial para recordar el regalo de nuestro bautismo, cuando fuimos hechos hijos de Dios. La Iglesia nos invita a reavivar el don que se nos ha obsequiado para no dejarlo dormido como algo del pasado o en algún «cajón de los recuerdos». Este tiempo de cuaresma es un buen momento para recuperar la alegría y la esperanza que hace sentirnos hijos amados del Padre. Este Padre que nos espera para sacarnos las ropas del cansancio, de la apatía, de la desconfianza y así vestirnos con la dignidad que solo un verdadero padre o madre sabe darle a sus hijos, las vestimentas que nacen de la ternura y del amor.
Nuestro Padre es el Padre de una gran familia, es nuestro Padre. Sabe tener un amor único pero no sabe generar y criar “hijos únicos” entre nosotros. Es un Dios que sabe de hogar, de hermandad, de pan partido y compartido. Es el Dios del Padre nuestro, no del “padre mío” y “padrastro vuestro”.
En cada uno de nosotros anida, vive ese sueño de Dios que en cada Pascua, en cada eucaristía lo volvemos a celebrar, somos hijos de Dios. Sueño con el que han vivido tantos hermanos nuestros a lo largo y ancho de la historia. Sueño testimoniado por la sangre de tantos mártires de ayer y de hoy.
Cuaresma, tiempo de conversión porque a diario hacemos experiencia en nuestra vida de cómo ese sueño se vuelve continuamente amenazado por el padre de la mentira, escuchamos en el Evangelio lo que hacía con Jesús, por aquel que busca separarnos, generando una sociedad dividida y enfrentada. Una sociedad de pocos y para pocos. Cuántas veces experimentamos en nuestra propia carne, o en la de nuestra familia, en la de nuestros amigos o vecinos, el dolor que nace de no sentir reconocida esa dignidad que todos llevamos dentro. Cuántas veces hemos tenido que llorar y arrepentirnos por darnos cuenta que no hemos reconocido esa dignidad en otros. Cuántas veces —y con dolor lo digo— somos ciegos e inmunes ante la falta del reconocimiento de la dignidad propia y ajena.
Cuaresma, tiempo para ajustar los sentidos, abrir los ojos frente a tantas injusticias que atentan directamente contra el sueño y proyecto de Dios. Tiempo para desenmascarar esas tres grandes formas de tentaciones que rompen, dividen la imagen que Dios ha querido plasmar.
Tres tentaciones de Cristo…
Tres tentaciones del cristiano que intentan arruinar la verdad a la que hemos sido llamados.
Tres tentaciones que buscan degradar y degradarnos.
1. La riqueza, adueñándonos de bienes que han sido dados para todos y utilizándolos tan sólo para mí o “para los míos”. Es tener el “pan” a base del sudor del otro, o hasta de su propia vida. Esa riqueza que es el pan con sabor a dolor, amargura, a sufrimiento. En una familia o en una sociedad corrupta ese es el pan que se le da de comer a los propios hijos.
2. La vanidad, esa búsqueda de prestigio en base a la descalificación continua y constante de los que “no son como uno”. La búsqueda exacerbada de esos cinco minutos de fama que no perdona la “fama” de los demás, “haciendo leña del árbol caído”, deja paso a la tercera tentación, la peor.
3. El orgullo, o sea, ponerse en un plano de superioridad del tipo que fuese, sintiendo que no se comparte la “común vida de los mortales”, y que reza todos los días: “Gracias Señor porque no me has hecho como ellos”.
Tres tentaciones de Cristo…
Tres tentaciones a las que el cristiano se enfrenta diariamente.
Tres tentaciones que buscan degradar, destruir y sacar la alegría y la frescura del Evangelio. Que nos encierran en un círculo de destrucción y de pecado.
Vale la pena que nos preguntemos:
¿Hasta dónde somos conscientes de estas tentaciones en nuestra persona, en nosotros mismos?
¿Hasta dónde nos hemos habituado a un estilo de vida que piensa que en la riqueza, en la vanidad y en el orgullo está la fuente y la fuerza de la vida?
¿Hasta dónde creemos que el cuidado del otro, nuestra preocupación y ocupación por el pan, el nombre y la dignidad de los demás son fuentes de alegría y esperanza para vencer esas tentaciones?
Hemos optado por Jesús y no por el demonio. Si nos recordamos lo que dice el Evangelio, Jesús no le contesta al demonio con ninguna palabra propia, sino que le contesta con las palabras de Dios, con las palabras de la Escritura. Porque hermanas y hermanos, metámonoslo en la cabeza, con el demonio no se dialoga, no se puede dialogar, porque nos va a ganar siempre. Solamente la fuerza de la palabra de Dios lo puede derrotar.

Hemos optado por Jesús, y no por el demonio, queremos seguir sus huellas pero sabemos que no es fácil. Sabemos lo que significa ser seducidos por el dinero, la fama y el poder. Por eso, la Iglesia nos regala este tiempo, nos invita a la conversión con una sola certeza: Él nos está esperando y quiere sanar nuestros corazones de todo lo que lo degrada, degradándose o degradando a otros. Es el Dios que tiene un nombre: misericordia. Su nombre es nuestra riqueza, su nombre es nuestra fama, su nombre es nuestro poder y en su nombre una vez más volvemos a decir con el salmo: “Tú eres mi Dios y en ti confío”. ¿Se animan a repetirlo juntos, tres veces?: “Tú eres mi Dios y en ti confío”.
Que en esta eucaristía el Espíritu Santo renueve en nosotros la certeza de que su nombre es misericordia, y nos haga experimentar cada día que “el Evangelio llena el corazón y la vida de los que se encuentran con Jesús… sabiendo que con Él y en Él renace siempre la alegría” (Evangelii gaudium, 1)