PAPA LEÓN XIV
ÁNGELUS
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Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
Ayer
contemplamos a la Virgen María en su relación indisoluble con su Hijo:
ni siquiera la muerte pudo interrumpir esa comunión de alma y cuerpo, que es
vida eterna. Cada domingo nos recuerda que esa misma plenitud está reservada a
quienes siguen a Jesús: su resurrección no es un acontecimiento del pasado,
sino una vida nueva que nos compromete.
Así lo demuestra hoy la mujer cananea protagonista del
Evangelio proclamado en la liturgia (cf. Mt 15,21-28). Aunque
no pertenece a su pueblo y vive en una región extranjera, intenta con
insistencia hablar con Jesús, siguiéndole como una discípula que ya tiene un
vínculo con Él. Probablemente nunca se habían encontrado, pero,
misteriosamente, la fe ya había surgido en ella. No desea algo para sí misma,
sino la paz para su hija atormentada, y confía en Jesús, a quien reconoce como
el Mesías, descendiente de David (cf. v. 22).
El evangelista no oculta los obstáculos a los que se
enfrenta esta mujer. Los discípulos la ven como una persona molesta, y el
propio Jesús se resiste a sus peticiones. De hecho, el Maestro se había
retirado a aquella región (cf. v. 21) y podemos imaginar que, como en otras
ocasiones, buscaba un lugar apartado donde orar y formar a los suyos. Sin
embargo, en ese momento ocurre algo inesperado. Al meditar sobre ello, podemos
comprender la obediencia de Jesús, que cumple su misión dejándose conmover por
lo que ve y lo que oye. Al final le dice: «Mujer, qué grande es tu fe: que se
cumpla lo que deseas» (v. 28).
También hoy la Iglesia puede dejarse sorprender por la obra
de Dios y comunicar la paz de Cristo más allá de las fronteras ya trazadas. Su
misión es anticipada por la gracia divina, que actúa en lo más recóndito de las
conciencias, de modo que en cada encuentro, incluso en aquellos que trastocan
nuestros planes, hay que aguzar el oído, abrir los ojos y el corazón a lo que
Dios quiere decirnos.
De la mujer cananea aprendemos la humildad y la
determinación. Gracias a su fe, aprendemos que la mesa de Dios está preparada
para todos y que a nadie le corresponden las migajas (cf. vv. 26-27), porque
cada uno tiene su propio lugar junto al Padre. A la luz de esta fe, resultan
insoportables las desigualdades, las discriminaciones y las barreras que
pisotean la dignidad de tantos hijos e hijas de Dios.
Queridos hermanos y hermanas: somos la Iglesia de Jesucristo
en un mundo atormentado, en un mundo que busca la paz. A María, nuestra Madre,
le pedimos que interceda por nosotros. «De sus labios brota el himno más fuerte
e innovador que jamás se haya pronunciado, el Magníficat» (Magnifica
humanitas, 244): es el canto de quien ya ve la realidad con la mirada
de Dios y, por eso, no pierde la esperanza y actúa con caridad.
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Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
Reitero mi llamamiento para que cesen los repetidos actos de
violencia contra la población civil palestina en Cisjordania y pido con
urgencia a la comunidad internacional que vele por el avance de la solución de
dos Estados, en pro de una paz justa y duradera.
Esta semana darán comienzo los Juegos del Mediterráneo, que
se celebrarán en Taranto. En ellos participarán diversos países de África, Asia
y Europa que pertenecen a la cuenca mediterránea. Deseo que este evento
deportivo sea un presagio de paz y fraternidad entre los pueblos de esta región
y del mundo entero.
Y ahora doy la bienvenida a todos ustedes, que se han
reunido aquí, en Castel Gandolfo, para el Ángelus dominical.
Saludo con cariño a los peregrinos procedentes de diversos
países. Al saludar a los polacos, extiendo mi bendición a las numerosas
participantes en la tradicional peregrinación al Santuario de Piekary Śląskie,
en Alta Silesia.
Les deseo a todos un feliz domingo.
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