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sábado, 12 de septiembre de 2026

Evangelio del día sábado 23a semana del tiempo ordinario


 

San Francisco Ch‘oe Kyong-hwam , Beato Pedro Cristóbal FavergeMás...

Carta I de San Pablo a los Corintios 10,14-22.

Queridos míos, eviten la idolatría.
Les hablo como a gente sensata; juzguen ustedes mismos lo que voy a decirles.
La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo?
Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan.
Pensemos en Israel según la carne: aquellos que comen las víctimas, ¿no están acaso en comunión con el altar?
¿Quiero decir con esto que la carne sacrificada a los ídolos tiene algún valor, o que el ídolo es algo?
No, afirmo sencillamente que los paganos ofrecen sus sacrificios a los demonios y no a Dios. Ahora bien, yo no quiero que ustedes entren en comunión con los demonios.
Ustedes no pueden beber de la copa del Señor y de la copa de los demonios; tampoco pueden sentarse a la mesa del Señor y a la mesa de los demonios.
¿O es que queremos provocar los celos del Señor? ¿Pretendemos ser más fuertes que él?


Salmo 116(115),12-13.17-18.

¿Con qué pagaré al Señor
todo el bien que me hizo?
Alzaré la copa de la salvación
e invocaré el nombre del Señor.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
e invocaré el nombre del Señor.
Cumpliré mis votos al Señor,
en presencia de todo su pueblo.


Evangelio según San Lucas 6,43-49.

Jesús decía a sus discipulos:
«No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos:
cada árbol se reconoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos ni se cosechan uvas de las zarzas.
El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón. El malo saca el mal de su maldad, porque de la abundancia del corazón habla la boca.
¿Por qué ustedes me llaman: 'Señor, Señor', y no hacen lo que les digo?
Yo les diré a quién se parece todo aquel que viene a mí, escucha mis palabras y las practica.
Se parece a un hombre que, queriendo construir una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre la roca. Cuando vino la creciente, las aguas se precipitaron con fuerza contra esa casa, pero no pudieron derribarla, porque estaba bien construida.
En cambio, el que escucha la Palabra y no la pone en práctica, se parece a un hombre que construyó su casa sobre tierra, sin cimientos. Cuando las aguas se precipitaron contra ella, en seguida se derrumbó, y el desastre que sobrevino a esa casa fue grande.»

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.



Bulle

Santa Gertrudis de Helfta (1256-1301)
monja benedictina
El Heraldo, Libro III (SC 143. Œuvres spirituelles, Cerf, 1968), trad. sc©evangelizo.org


Tener como deseo únicamente la voluntad de Dios

Con el texto de Isaías “Darás gloria a Dios siguiendo tus caminos” (cf. Is 51,7), Gertrudis comprendió que el que reflexiona con anterioridad sobre lo que va a hacer o decir, y viendo que no es de ninguna utilidad refrena su ímpetu, tendrá una triple ventaja. Primero, (…) le es dado encontrar en Dios las más suaves delicias. Segundo, los pensamientos malvados tendrán menos fuerza sobre él. Tercero, en la vida eterna el Hijo de Dios le acordará una más abundante participación a los frutos de esta eminente santidad de vida, que le hace hacer frente con imponente nobleza a la tentación y a triunfar gloriosamente. (…)
Con el texto “He aquí, ya tiene su recompensa con él” (cf. Is 40,10), Gertrudis comprendió que, en su amor, el Señor es él mismo la recompensa de sus elegidos. Prodigándose con tanta dulzura que el alma que lo ama puede decir de verdad que, por efecto de la extrema bondad del Señor, es recompensada mucho más allá de todo mérito. “Y su obra está ante él”, significa que habiéndose remitido enteramente a la divina Providencia, en toda acción tiene el único deseo que la voluntad de Dios le acuerde ser como perfecta ante él. (…) Ella comprendió que el que haga sinceramente penitencia de todo lo que haya cometido u omitido y se disponga a obedecer los preceptos de Dios, será verdaderamente santificado ante Dios. (…)
Con el texto “Canten al Señor un cántico nuevo” (cf. Is 42,10), comprendió que cuando canta al Señor un cántico nuevo, pone en su canto el impulso de un don interior. Esa gracia del impulso le viene de Dios, por eso, el acto nuevo que resulta será agradable a Dios.
(EDD)

Reflexión sobre el cuadro

Todos sabemos que la parte más importante de un edificio es aquella que casi nunca vemos: sus cimientos. Una casa puede estar decorada con mucho gusto y tener un aspecto impresionante desde la calle, pero si sus cimientos son débiles, todo lo que se ha construido sobre ellos es vulnerable. Lo mismo ocurre con nuestras vidas. Podemos dedicar mucho tiempo a ocuparnos de lo visible (nuestro trabajo, nuestras posesiones, nuestra reputación, la imagen que proyectamos a los demás) mientras descuidamos la pregunta más profunda: ¿sobre qué se asienta realmente mi vida?

Jesús nos ofrece esta impactante imagen en el Evangelio de hoy. Dos casas pueden parecer muy parecidas cuando el tiempo está en calma. Solo cuando el río crece y la crecida se abalanza contra ellas se hace evidente la diferencia. Una se mantiene en pie; la otra se derrumba. La diferencia está bajo tierra. Una se ha construido sobre la roca. Jesús nos recuerda que la fe no es simplemente algo decorativo que añadimos a una vida por lo demás ajetreada. Nuestra relación con Él debe ser el cimiento sobre el que se asienta todo lo demás. Escuchar las palabras de Jesús, rezar, recibir los sacramentos e intentar vivir según sus enseñanzas hace que esos cimientos se afunden poco a poco.

Y llegarán las tormentas. Ninguno de nosotros pasa por la vida sin sufrir decepciones, pérdidas, incertidumbre o momentos en los que lo que antes parecía seguro empieza a tambalearse. Es entonces cuando descubrimos sobre qué hemos construido realmente nuestras vidas.

El cuadro que te presentamos hoy, obra de Maximilien Luce, representa La construcción del Sagrado Corazón en 1888, cuando la gran basílica se alzaba sobre Montmartre. Luce estaba fascinado por el aspecto cambiante del París moderno y solía pintar a obreros, obras de construcción y a los hombres corrientes cuyo trabajo físico estaba transformando la ciudad. Aquí no nos encontramos con el Sacré-Cœur de un blanco resplandeciente tal y como lo conocemos hoy en día. En su lugar, lo vemos aún en construcción: piedra, tierra, andamios y obreros. La belleza que finalmente se alzará sobre París depende, ante todo, del trabajo paciente y en gran parte invisible que supone crear algo sólido bajo ella.

Probablemente, muchos de vosotros habréis visitado la Basílica del Sacré-Cœur de Montmartre. Su construcción comenzó en 1875, tras la Guerra Franco-Prusiana y los trastornos que había sufrido Francia. La adoración eucarística perpetua comenzó allí en 1885, cuando la iglesia aún se encontraba en obras. La basílica fue consagrada finalmente en 1919.

Hay algo hermoso en ello: ¡la oración comenzó antes de que se terminara el edificio! Se estaban sentando los cimientos espirituales mientras aún se colocaban las propias piedras. La pintura de Luce se convierte, por tanto, en una imagen poderosa para el Evangelio de hoy. Nosotros también somos obras en construcción. Puede que aún haya andamios en algunas partes de nuestras vidas; puede que haya cosas que necesiten reforzarse, repararse o volver a empezar. Dios sigue construyéndonos.

by Padre Patrick van der Vorst

Oración

Señor y Guía de mi existencia,
Hoy me acerco a ti con un corazón honesto, buscando solidez en un mundo que cambia constantemente. Reconozco que a veces camino sobre terreno inestable, dejándome llevar por las dudas, las prisas o las opiniones de los demás.
Por eso, hoy te pido que seas mi roca y mi fundamento.
Dame la sabiduría para construir mi vida sobre bases firmes: la verdad, el amor, la rectitud y la paz interior. Ayúdame a descubrir mi verdadero propósito y a alinear mis decisiones diarias con aquello que edifica mi alma y hace bien a quienes me rodean.
Sana mis raíces para que ningún viento de adversidad me logre derribar. Cuando llegue la confusión, sé tú mi claridad; cuando llegue la debilidad, sé tú mi fuerza. Que mis pensamientos, palabras y acciones nazcan de un centro lleno de luz, convicción y gratitud.
Enséñame a vivir con arraigo, a valorar el presente y a caminar con la certeza de que mi vida tiene un valor único y un sentido profundo. Pongo en tus manos mis proyectos, mis relaciones y mi destino.
Que tu guía sea el cimiento eterno de mi hogar y de mi ser.

Amén.

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