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viernes, 26 de diciembre de 2025

Si hay distracción en la oración, ¿de todos modos es válida?

 

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En la oración puede suceder que la distracción y nos preguntemos si es válida, por eso es interesante saber qué hacían los santos en esos casos.

Santa Teresa de Ávila, en su libro llamado “Castillo Interior”, también conocido como “Las Siete Moradas”, hace un juicio muy severo sobre la oración hecha con distracción. Ella dice:

“No llamo oración a aquello en que no se percibe con quién se habla y qué se pide. No se trata de oración”.

La oración atenta

Santo Tomás de Aquino, a su vez, parece estar en frontal contradicción con Santa Teresa. Respondiendo a la pregunta sobre si “es necesario que la oración sea atenta”, dice lo siguiente:

“Parece ser que la oración ha de ser necesariamente atenta. Contra esto: está el hecho de que aun los santos tienen de vez en vez distracciones mientras oran, según aquello del salmo 39,13: Mi corazón me abandonó” (cf. Suma Teológica II-II, q. 83, a. 13) En latín, cor meum dereliquit me.

Entonces, aparentemente existe una incompatibilidad entre las opiniones de los dos grandes santos. ¿Cuál de los dos tiene razón? Ambos. Y es el propio Santo Tomás quien lo explica:

“Donde tiene lugar principalmente la cuestión aquí planteada es en la oración vocal. Al tratar de resolverla hay que tener en cuenta que decimos que una cosa es necesaria de dos modos. Primero, como es necesario aquello con que se llega mejor al fin. Y es así como la atención es absolutamente necesaria para la oración.

Del segundo modo se dice que algo es necesario cuando sin ello un agente no puede lograr su efecto. Ahora bien: los efectos de la oración son tres. El primero, común a todos los actos imperados por la caridad, es el mérito. Para este efecto no se requiere necesariamente que la atención se mantenga del principio al fin, sino que la virtualidad de la intención inicial con que alguien se acerca a orar hace meritoria la oración entera, tal como sucede en los demás actos meritorios.

El segundo efecto es propio de la oración, y consiste en impetrar. También basta para lograrlo la primera intención, que es en la que Dios se fija principalmente. Pero si esta primera intención falta, ni es meritoria ni impetratoria: pues Dios no escucha la oración que se hace sin intención, como dice San Gregorio.

El tercer efecto de la oración es el que se produce en el acto de orar, es decir, una cierta refección espiritual del alma. Para esto se requiere necesariamente la atención mientras se ora. De ahí lo que se lee en 1 Cor 14,14: Si oro solo con mi lengua, mi espíritu no disfruta".

Amar a Dios

Así, según el Aquinate, en primer lugar la oración tiene un valor meritorio, pues la persona ama a Dios rezando. En segundo lugar, puede tener un valor de intercesión, o sea, de alcanzar gracia ante Dios. Y, en tercer lugar, la oración tiene el valor de santificación o de alimento del alma.

Teniendo en cuenta estos tres niveles de valoración, santo Tomás dice que en los dos primeros puede haber alguna distracción y que, incluso así, la oración tendrá algún valor. Sin embargo, en el tercer nivel es absolutamente necesario que la persona esté atenta a ella.

En este sentido, santo Tomás y santa Teresa están en pleno acuerdo. Es justamente sobre el “alimento del alma” que santa Teresa habla en su libro. De como hay que hacer para adentrarse cada vez más en las moradas del alma, alimentándose y creciendo espiritualmente. Pero, entonces, ¿qué valor existe en una oración cuando se hace distraídamente? Tiene el valor meritorio si se hace con amor, sin embargo, no es necesario que se haga por amor todo el tiempo, basta la intención inicial, dice Santo Tomás. La lucha contra las distracciones es bastante meritoria.

Dios nunca se distrae

El segundo valor, llamado impetratorio, también tiene valor, pues la persona puede haberse distraído, pero Dios no se distrajo de ella. La oración con distracción no produce el crecimiento necesario para hacer que el individuo pase de morada en morada en su castillo interior, por tanto, es preciso luchar contra ella, concentrándose para que haya realmente un alimento espiritual.

Lo importante es seguir rezando, aunque sea distraído, luchando contra las distracciones y poniendo toda la atención en Dios y en su amor.

P. Paulo Ricardo, Aleteia

Vea también     Oración y Meditación del Católico



domingo, 22 de marzo de 2020

Los consejos de un sacerdote experto sobre cuándo, dónde y cómo rezar... y qué pasa con los fallos

Muy útiles para una Cuaresma en cuarentena

Todo acto o pensamiento que nos dirija a Dios ya es oración, explica el padre Etêve. Pero Él también cuenta, porque rezar es encontrarnos con quien viene a nuestro encuentro.
Todo acto o pensamiento que nos dirija a Dios ya es oración, explica el padre Etêve.
Pero Él también cuenta, porque rezar es encontrarnos con quien viene a nuestro encuentro.

Jean Etève
 es sacerdote del Instituto Notre-Dame de Vie [Nuestra Señora de la Vida], que agrupa sacerdotes diocesanos para misiones comunes con una espiritualidad carmelita, esto es, centrada en la oración.
Oración que no es entendida como un “método”, pues todo movimiento hacia Dios (la adoración, el rosario, la lectura espiritual) es oración. “Cuando uno se dirige a Dios ya puede hablarse de oración”, explica el padre Etève: “Rezo con todo lo que soy, con mi temperamento, mi cultura, en la angustia o en la alegría. El mejor método de oración es el que a mí me permite encontrar a Dios”. Según el carisma de su  Instituto, uno descubre la oración cuando entiende que es algo que no va de uno mismo, sino de Él: “Rezar es el mayor servicio que puedo hacer a mi prójimo, a quienes me rodean, al mundo entero”.
Pero ¿cómo hacerlo? Él mismo ofrece algunos consejos muy sencillos y prácticos en un artículo en Famille Chrétienne que resulta de especial utilidad ahora que, sobre ser Cuaresma, buena parte de los cristianos del mundo se encuentran recluidos en cuarentena por el coronavirus y son exhortados por el Papa y los obispos a aprovechar este periodo como un "tiempo de gracia" para profundizar en la relación con Dios.
Jean Etève, sacerdote diocesano de espiritualidad carmelitana.
¿Cuándo y dónde? La fidelidad es más importante que la cantidad
Si esperamos a tener tiempo para rezar, lo más probable es que no lo hagamos nunca, dice el padre Etève con realismo. Y eso, a pesar de que cualquier momento que dediquemos a Dios “nunca es tiempo perdido”. Cada cual debe decidir el momento que pueda dedicar, de forma que luego pueda ser fiel a ese propósito. Se puede comenzar por poco, unos diez minutos. ¿Parece mucho? Quince minutos son solo un 1% de las 24 horas de las que consta un día. Pero “no importa la cantidad de tiempo, sino el hecho de dedicarlo”.
El sacerdote propone hacerlo por la mañana (salvo quienes trabajen de noche), levantándose si es preciso un poco antes, porque “Dios es entonces el primero a quien servimos, y nos aseguramos de que es la fuente de nuestra jornada”. Pero tampoco está mal interrumpir las actividades cotidianas para rezar –siempre que podamos ser fieles a la decisión de hacerlo– porque para ello hay que parar de hacer lo que estemos haciendo y poner el teléfono en modo silencio, y “eso nos obliga a escogerle a Él”, y además “es una forma de decirle al Señor que sin Él no podemos hacer nada”.
Etève recomienda dedicar un espacio concreto a la oración, ya sea una iglesia ante el Santísimo o la propia habitación o un lugar determinado, porque si ese lugar es reconocible, “cuando pase delante de él a lo largo del día recordaré el encuentro que tuve con Él…¡o que no tuve!”.
¿Cómo? Con una actitud de oración
Para rezar hay que disponer un entorno que favorezca el recogimiento: un icono, un crucifijo, una imagen de Cristo o de la Virgen, una vela… “todo puede ayudar”, porque “se reza físicamente, con el cuerpo”, y por eso también es bueno adoptar una actitud específica para la oración, ya sea “de rodillas, sentado, apoyado sobre los talones…”
Lo importante, dice el sacerdote, es “encontrar una actitud corporal que indique que estoy atento para Dios”. Además, habrá ocasiones en las que, “por mi estado interior o por mi cansancio, la actitud de mi cuerpo será mi única oración”.
¿Qué? Abrir la puerta a un encuentro
A veces, al pensar en qué hacer en la oración, “¡uno se olvida de Dios, de que Él también interviene! La oración es un intercambio de amistad”. No se trata tanto, dice, de “concentrarse y pensar en Dios”, como simplemente en “permitir que Dios entre en mi vida”. Decía San Juan de la Cruz que Dios es como el Sol: basta abrir las ventanas para que ilumine y caliente.
¿Cómo abrir esas ventanas? Eso ya depende de cada cual: puede ser un canto, una invocación al Espíritu Santo, hacer la señal de la Cruz, orar a la Virgen María, rezar el rosario… “Uno puede exponer sus peticiones o dar gracias, ¿qué importa? El objetivo es orientarme hacia Aquel que viene a mi encuentro”.
Ahora bien, ¿qué mejor compañía en ese camino que Jesús mismo? Y “para encontrar a Cristo, ¿qué mejor que el Evangelio? A condición de abrirlo para escuchar a Cristo, no solamente para leerlo. En la oración, la lectura está al servicio del encuentro. También vale el Antiguo Testamento, donde Él está tan anunciado que está presente, aunque esté escondido. Los salmos me hablan de Cristo. También podemos coger el Evangelio del día, en el Magnificat o en otro lugar, y hacer la lectura y luego el Evangelio, o algunos versículos. La finalidad no es leerlo todo, sino encontrar algunas ideas cuya lectura me permita encontrar a Cristo”.
Sequedades y distracciones: Cristo nos habla de nuestros apegos
El mismo Catecismo de la Iglesia católica dice que “la dificultad habitual de la oración es la distracción” (n. 2729). La imaginación nunca deja de actuar. Así que no es sorprendente que nos distraigamos, “lo sorprendente sería lo contrario”, tranquiliza Etève: “Las distracciones solo me alejarán de Dios si son voluntarias”, así que cuando aparezcan no hay que rendirse a ellas, sino “recentrarnos en Aquel a quien buscamos”. Como dice San Juan de la Cruz: “Si el alma busca a Dios, mucho más la busca su Amado a ella” (Llama de Amor Viva, 3, 27). Además, a través de las distracciones Dios nos enseña, “desvelándonos cuáles son nuestros apegos”.
En cuanto a las sequedades, Etève es aún más sincero: “La sequedad y el aburrimiento forman parte de la oración. Pero vale la pena, ¿no?”
C.L./ReL

Vea también San Cipriano: Venga tu reino, hágase tu voluntad


sábado, 28 de diciembre de 2019

Esa palabra sencilla con la que comenzar todas nuestras oraciones

Cuando oramos, a veces tenemos un sentimiento de vacío, mezclado con insatisfacción y cansancio. ¿Y si el error fuera ya al principio de la oración?

PRAY

Cuando estábamos de vacaciones con los abuelos, mi abuela comenzaba la oración de la tarde con esta solemne fórmula: “¡Pongámonos en presencia de Dios y adorémosle!”. Cuando pienso en esta fórmula, la veo como muy obsoleta, pero cierta.
Con frecuencia empezamos la oración sin ponernos en contacto con Dios.
Textos para leer, pensamientos para expresar, fórmulas para recitar, varias meditaciones, todo esto se sigue, pero no se sabe con certeza si está dirigido a alguien.
Sería mil veces mejor hacer lo contrario: no tener nada en la cabeza, sino todo en el corazón.

La primera palabra, la más importante

“Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos».
El les dijo entonces: “Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga a nosotros tu Reino”” (Lc 11, 1-2).
La primera palabra es la más importante: no empiezo por decir algo, empiezo por nombrar a alguien.
El Beato Padre Marie-Eugène de l’Enfant-Jésus contó esta historia de una humilde carmelita: disculpándose por ser tan ignorante, tanto en la oración como en el resto, le dijo: “¡Padre, no sé rezarte bien! Cuando empiezo a decir’ ‘Padre Nuestro”, me resulta tan hermoso que no puedo seguir”.
¡Qué razón tiene! Desde los comienzos del novato hasta las experiencias místicas más elevadas, el orante será siempre el siervo que eleva los ojos a su Señor, el hijo que vuelve su corazón hacia el Padre, el discípulo que está a los pies del Maestro.

Un simple “Buenos días” para comenzar la oración

Jesús mismo, según el testimonio de los evangelistas, comienza siempre su oración con la invocación del Nombre “Padre“:
“Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra” (Mt 11,25)
“Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo” (Jn 17,1);
“Padre, perdónalos” (Lc 23,34);
“Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz” (Lc 22,42).
Del mismo modo, cuando el ángel Gabriel, en nombre de Dios, se dirige a la Virgen María, no empieza por revelarle el misterio ni por pedirle una respuesta. Sus primeras palabras son un saludo: “¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1,28).
No podemos orar sin ponernos primero en oración, es decir, en presencia.
Un viejo sacerdote nos lo repetía una y otra vez: “estemos presentes ante la Presencia”.
Comenzar las oraciones personales y las celebraciones litúrgicas con el signo de la cruz y un “Buenos días” al Señor no es un rito arcaico ni una decisión insignificante.
No hay oración sino en la presencia de Dios. Dios está ahí. Antes de que me dirija a él, ya está dirigido a mí.
Padre Alain Bandelier Edifa, Aleteia