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viernes, 7 de abril de 2023

Misa de la Cena del Señor en la cárcel de menores: el Papa lava los pies a doce reclusos


 

En la tarde del Jueves Santo, el Papa Francisco ha presidido la misa 'In Coena Domini' (de la Cena del Señor) en un lugar peculiar: la cárcel de menores de Casal del Marmo, a las afueras de Roma, donde hay unos 50 internos, la mitad menores de edad, la otra mitad entre 18 y 25 años. A esta misa, además de los internos, acudió personal penitenciario y algunos parientes: en total, unas cien personas.

Francisco ya visitó este lugar hace diez años, en 2013, apenas quince días después de haber sido elegido.

Como se hace en tantas parroquias, el sacerdote -en este caso el Papa- ha lavado los pies a doce fieles, representantes de los apóstoles en esa cena. En la cárcel, han sido doce chicos y chicas, seis menores de edad. Entre ellos, un musulmán, un rumano, un ruso, un croata, un senegalés, dos chicas gitanas e internos italianos. Algunos se han emocionado y lloraban mientras el Papa lavaba sus pies.

"Llama la atención cómo Jesús, justo el día antes de ser crucificado, hace este gesto", señaló el Papa.

Improvisó una homilía breve, sin papeles. Explicó que en la época de Jesús lavar los pies "era trabajo de esclavos. Imagínense el asombro de los discípulos cuando vieron que Jesús empezaba a hacer esto, como un esclavo".

Según Francisco, Jesús quería indicar que él moriría como un esclavo, y así pagaría la deuda "de todos nosotros".

El Papa Francisco en la Misa de la Cena del Señor en la cárcel de menores cercana a Roma

El Papa Francisco en la Misa de la Cena del Señor en la cárcel de menores de Casal del Marmo cercana a Roma.

Escuchar a Jesús y a sus enseñanzas

El Papa animó a escuchar a Jesús, porque con sus enseñanzas "la vida sería tan hermosa porque nos apresuraríamos a ayudarnos los unos a los otros, en vez de como nos enseñan los listos a engañarnos los unos a los otros, a aprovecharnos los unos de los otros".

"Ayudarnos los unos a los otros, tendernos una mano", dijo, "son gestos humanos, universales, que nacen de un corazón noble". Añadió: "Jesús hoy, con esta celebración, quiere enseñarnos esta nobleza del corazón".

"Cada uno de nosotros puede decir: ‘Pero si el Papa supiera las cosas que tengo dentro…’. Pero Jesús las sabe, ¡y nos quiere tal como somos! Y nos lava los pies por todos nosotros", insistió el Pontífice.

Francisco explicó a los jóvenes que Jesús "nunca se asusta porque ya ha pagado, solo quiere acompañarnos, quiere llevarnos de la mano para que la vida no sea tan dura para nosotros".

El Papa señaló males sociales: "Cuántas injusticias, cuánta gente sin trabajo, cuánta gente que trabaja y le pagan la mitad, cuánta gente que no tiene dinero para comprar medicinas, cuántas familias rotas, tantas cosas malas”. En este escenario, el Papa consideró que ninguno de nosotros puede decir: “Doy gracias a Dios por no ser así”. En efecto, “cada uno de nosotros puede tropezar”, reiteró.

Aprender del lavatorio de los pies

Al final de su prédica, el Pontífice retomó el sentido del lavatorio de los pies. Subrayó que, con él, Jesús “nos enseñó a ayudarnos los unos a los otros y así la vida es más bella y se puede llevar así”.

Luego, invitó a cada uno de los reclusos a pensar, mientras el Pontífice les lavaría los pies: “Jesús me lavó los pies, Jesús me salvó, y ahora tengo esta dificultad, ¡pero pasará, porque el Señor está siempre a tu lado, nunca te abandona, nunca!”.

Tras la misa, la directora de la institución penitenciaria, Maria Teresa Iuliano, agradeció al Papa "su inmensa dulzura que nos revela y nos reconduce a lo esencial", que "nos sostiene, nos anima ante todas las dificultades". "Rezaremos junto a usted por el bien, por la paz en el mundo", dijo la directora.

Un recuerdo de un cura asesinado por la mafia

Después, el Papa bendijo la placa inaugural de la capilla, dedicada al beato Pino Puglisi, sacerdote asesinado por la mafia en 1993, con 56 años, porque realizaba actividades que alejaban a los niños y jóvenes de los entornos mafiosos. El asesinato se cometió hace 30 años, la beatificación hace diez.

Los jóvenes regalaron al Papa una cruz realizada en el curso de carpintería, unas galletas y un paquete de pasta, ambos elaborados en la fábrica de pasta recientemente inaugurada en el interior de la cárcel. A los jóvenes reclusos, al director y al personal, el Pontífice les dio algunos rosarios y huevos de chocolate, signos de Pascua.

El joven capellán del centro, el padre Nicolò Ceccolini, dijo a Vatican News que los chicos habían esperado la ocasión de forma expectante, "aunque solo sea por la curiosidad de conocer a una persona que saben importante y que viene a visitarles".

En el vídeo se puede ver la misa completa en el centro juvenil de Casal del Marmo.

Jesús M.C., ReL
















jueves, 6 de abril de 2023

Evangelio del día - Lavatorio de los pies


 

Libro del Exodo 12,1-8.11-14.

El Señor dijo a Moisés y a Aarón en la tierra de Egipto:
«Este mes será para ustedes el mes inicial, el primero de los meses del año.
Digan a toda la comunidad de Israel: "El diez de este mes, consíganse cada uno un animal del ganado menor, uno para cada familia.
Si la familia es demasiado reducida para consumir un animal entero, se unirá con la del vecino que viva más cerca de su casa. En la elección del animal tengan en cuenta, además del número de comensales, lo que cada uno come habitualmente.
Elijan un animal sin ningún defecto, macho y de un año; podrá ser cordero o cabrito.
Deberán guardarlo hasta el catorce de este mes, y a la hora del crepúsculo, lo inmolará toda la asamblea de la comunidad de Israel.
Después tomarán un poco de su sangre, y marcarán con ella los dos postes y el dintel de la puerta de las casas donde lo coman.
Y esa misma noche comerán la carne asada al fuego, con panes sin levadura y verduras amargas.
Deberán comerlo así: ceñidos con un cinturón, calzados con sandalias y con el bastón en la mano. Y lo comerán rápidamente: es la Pascua del Señor.
Esa noche yo pasaré por el país de Egipto para exterminar a todos sus primogénitos, tanto hombres como animales, y daré un justo escarmiento a los dioses de Egipto. Yo soy el Señor.
La sangre les servirá de señal para indicar las casas donde ustedes estén. Al verla, yo pasaré de largo, y así ustedes se librarán del golpe del Exterminador, cuando yo castigue al país de Egipto.
Este será para ustedes un día memorable y deberán solemnizarlo con una fiesta en honor del Señor. Lo celebrarán a lo largo de las generaciones como una institución perpetua."»


Salmo 116(115),12-13.15-16bc.17-18.

¿Con qué pagaré al Señor
todo el bien que me hizo?
Alzaré la copa de la salvación
e invocaré el nombre del Señor.

¡Qué penosa es para el Señor
la muerte de sus amigos!
tu servidor, lo mismo que mi madre:
por eso rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
e invocaré el nombre del Señor.
Cumpliré mis votos al Señor,
en presencia de todo su pueblo.


Carta I de San Pablo a los Corintios 11,23-26.

Hermanos:
Lo que yo recibí del Señor, y a mi vez les he transmitido, es lo siguiente:
El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan,
dio gracias, lo partió y dijo: "Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía".
De la misma manera, después de cenar, tomó la copa, diciendo: "Esta copa es la Nueva Alianza que se sella con mi Sangre. Siempre que la beban, háganlo en memora mía".
Y así, siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que él vuelva.


Evangelio según San Juan 13,1-15.

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.
Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo,
sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios,
se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura.
Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura.
Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: "¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?".
Jesús le respondió: "No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás".
"No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!". Jesús le respondió: "Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte".
"Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!".
Jesús le dijo: "El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos".
El sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: "No todos ustedes están limpios".
Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: "¿comprenden lo que acabo de hacer con ustedes?
Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy.
Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros.
Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes."


Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.


Bulle

San Juan María Vianney (1786-1859)
presbítero, párroco de Ars
Sermón para el Jueves Santo


«Los amó hasta el extremo»

¡Qué amor, qué caridad la de nuestro Señor Jesucristo al escoger la vigilia del día en que habían de hacerle morir para instituir un sacramento por el cual iba a quedarse entre nosotros, para ser nuestro Padre, nuestro Consolador y toda nuestra felicidad! Más felices somos nosotros que los que vivían en tiempo de su vida mortal en que él no estaba en un lugar fijo, en que era necesario desplazarse lejos para tener la dicha de verle; hoy le encontramos en todas los lugares del mundo, y esta dicha se me ha prometido ser realidad hasta que se acabe el mundo. ¡Oh amor inmenso de un Dios por sus criaturas!
No, nada puede hacerle parar cuando se trata de mostrarnos la grandeza de su amor. En este momento, dichoso para nosotros, toda Jerusalén esta ardiendo, todo el populacho hecho una furia, todos conspiran su perdición, todos quieren se derrame su sangre adorable –y es precisamente en este momento- que él les prepara, igual que a nosotros, la prueba más inefable de su amor. (EED)


Oración a San Antonio para encontrar el amor

Bendito San Antonio, él más amable de todos los santos,
tu amor por Dios y tu caridad por sus criaturas
te hicieron merecedor de poseer poderes milagrosos.
Con tus palabras ayudaste a aquellos con problemas o ansiedades
y los milagros ocurrieron por tu intercesión.
Te imploro que obtengas para mí…
(Menciona tu petición).
Gentil y querido santo,
con tu corazón siempre lleno de compasión humana,
susurra mi petición al dulce Niño Jesús,
a quien le gustaba estar entre en tus brazos,
y recibe por siempre la gratitud de mi corazón.
(Rezar tres padres nuestros y tres avemarías)

(eltiempo.com)























viernes, 15 de abril de 2022

En la capilla de la prisión, el Papa lavó los pies a 12 presos: «Id a Jesús, Dios siempre perdona»


 

En la tarde del Jueves Santo, el Papa Francisco acudió a la capilla de la cárcel de Civitavecchia a celebrar la misa "in Cena Domini" con el signo del lavado de los pies.

Llegó poco antes de las 4 de la tarde en un sencillo Fiat 500L blanco. Le esperaban a la entrada algunos niños que hicieron volar globos, y la directora del centro, Patrizia Bravelli, a la que ya conocía de anteriores visitas. También estaba presente la Ministra de Justicia italiana, Marta Cartabia, una católica que desde hace unos meses es también miembro de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales. 

El Papa entró en la capilla saludando a los presos, que esperaban en los bancos. El Pontífice entró en la sacristía de donde salió con un báculo de madera de olivo en la mano. La comunidad de la cárcel de Civitavecchia, entre internos y personal, son unos 900, de los que unos 530 son reclusos, la mayoría mujeres. Pero sólo unas docenas caben al mismo tiempo en la capilla.

Los presos tienen su propio coro que canta en la misa. Otros sirven en la liturgia como monaguillos y como lectores. El Papa les predicó improvisando, sin texto escrito, a partir de las lecturas del Jueves Santo.

Servicio y perdón: así es la vida con Dios

"Jesús lavando los pies del traidor, del que le vende", predicó el Papa Francisco. "Jesús nos enseña esto, sencillamente: entre vosotros debéis lavaros los pies unos a otros... Uno sirve al otro, sin interés: qué hermoso sería que esto se hiciera todos los días y a todas las personas".

El Papa lava los pies a presos en Civitavecchia en 2022

También animó a pedir perdón a Jesús, a acudir al juicio en el que Dios perdona. "¡Dios lo perdona todo y Dios siempre perdona! Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón". "Pide perdón a Jesús", insistió el Papa Francisco. "Hay un Señor que juzga, pero es un juicio extraño: el Señor juzga y perdona". Tras la homilía se mantuvo un largo silencio.

Francisco lavó los pies a 12 reclusos, entre ellos tres mujeres, una de ellas anciana que necesitaba ser ayudada por otra joven. Uno de esos presos, llamado Balduz, egipcio, se quitó la mascarilla y besó la mano del Papa apoyándola en su frente cuatro veces, signo de agradecimiento en su país. En un par de meses estará libre. Otro preso llevaba un rosario de plástico azul al cuello: el Papa, después de lavarle los pies, le animó a que lo usara para rezar.

Francisco celebra la misa in cena Domini en la prisión de Civitavecchia en Jueves Santo de 2022

Los que han muerto en la cárcel

Después, en las peticiones de los fieles, un joven pidió "por nuestros compañeros más frágiles, que han perdido la vida en la cárcel, para que el Señor los acoja en su abrazo amoroso y haga brillar la dicha en sus rostros". En ese momento, los asistentes aplaudieron, quizá porque casi todos conocen a alguien que murió en prisión.

La directora de la cárcel, fuera de la liturgia, dedicó unas palabras a explicar lo que se vive en este lugar: hay problemas de nacen dentro, y otros que llegan de fuera, como la violencia, los trastornos mentales o las adicciones. "Aquí hay una humanidad diversa y compleja en la que vemos muchas fragilidades", señaló. Sin embargo, también apuntó a cosas buenas que empiezan, "reinicios", con vidas nuevas y nuevas esperanzas.

Los presos entregaron al Pontífice algunos regalos sencillos preparados por ellos: cestas de plantas y flores, esculturas de madera y en alambre de cobre, dibujos a lápiz. El Papa repartió rosarios, bendiciendo algunos. Trató de hablar un poco, unas palabras, con cada asistente.

Francisco saluda en la capilla de la prisión de Civitavecchia en Jueves Santo de 2022

Francisco saluda en la capilla de la prisión de Civitavecchia en Jueves Santo de 2022.

Religiosas, enfermeras y los presos de alta seguridad

A la salida, Francisco saludó a las religiosas Esclavas de la Visitación, que prestan servicio en la cárcel, tan emocionadas que no podían ni hablar. Bromeando con ellas, llevaron al Papa a la sala de visitas de reuniones de familiares y amigos, que incluye una sala de juegos infantiles.

Allí el Papa se reunió con algo menos de 50 personas, la mayoría presos de la sección de alta seguridad. Un anciano abrió un sobre y mostró unas fotos: "Son mis nietos, nunca los he visto", le dijo. El Papa saludó también a funcionarios y enfermeras. Una mujer, esposa de un policía, le explicó, con lágrimas, que perdió a sus dos padres hace unos días.

Hacia las 17.45 horas, Francisco ya daba las gracias a la directora por su trabajo y emprendía el camino de vuelta a Roma.

(A partir de la crónica de VaticanNews)

Rel

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jueves, 14 de abril de 2022

Evangelio del día


Evangelio según San Juan
 13,1-15.

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.
Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo,
sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios,
se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura.
Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura.
Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: "¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?".
Jesús le respondió: "No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás".
"No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!". Jesús le respondió: "Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte".
"Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!".
Jesús le dijo: "El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos".
El sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: "No todos ustedes están limpios".
Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: "¿comprenden lo que acabo de hacer con ustedes?
Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy.
Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros.
Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes."

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.


Bulle

Benedicto XVI
papa 2005-2013
Exhortación apostólica « Sacramentum caritatis »


«Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13)

La santa eucaristía, sacramento del amor, es el don que Jesús hace de sí mismo revelándonos así el amor infinito de Dios por todo hombre. En este admirable sacramento se manifiesta el amor «más grande», el que empuja a «dar su vida por sus amigos» (Jn 15,13). En efecto, Jesús «los amó hasta el extremo». Con esta expresión el evangelista introduce el gesto de humildad llevado a cabo por Jesús: antes de morir en la cruz por nosotros, se ciñó un lienzo en la cintura y lavó los pies a sus discípulos. De la misma manera Jesús continúa amándonos «hasta el extremo», hasta el don de su cuerpo y sangre en la eucaristía. ¡Cómo debió quedar asombrado el corazón de los discípulos ante los gestos y las palabras de Jesús durante la Cena! ¡Qué asombro debe suscitar también en nuestro corazón el misterio eucarístico!...
En efecto, en este sacramento el Señor se hace comida para el hombre sediento de verdad y de libertad. Puesto que tan sólo la verdad puede hacernos libres (Jn 8,36), Cristo se hace para nosotros alimento de Verdad... Porque todo hombre lleva en sí mismo el deseo inextinguible de la verdad última y definitiva. Por eso el Señor Jesús «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6) se dirige al corazón deseoso del hombre que se experimenta peregrino y sediento, al corazón que aspira ardientemente a la fuente de la vida, al corazón buscador de verdad. En efecto, Jesucristo es la verdad hecha persona, que atrae al mundo hacia él...
En el sacramento de la eucaristía Jesús nos enseña sobre todo la verdad del amor, que es la esencia misma de Dios, esta verdad evangélica que interesa a todo hombre y a todo el hombre. Por consiguiente, la Iglesia, que encuentra en la eucaristía su centro vital, se compromete sin cesar a anunciar a todos «a tiempo y a destiempo» (2Tm 4,2), que Dios es amor. Es precisamente porque Cristo por nosotros se ha hecho alimento de la verdad que la Iglesia se dirige al hombre invitándolo a acoger libremente el don de Dios. (EDD)

Oración

Desconéctame, Señor, de las cosas de mi vida que tanto amo. Quiero que tu me ayudes a encontrar esa "perla escondida" que es aprender a vivir en la humildad.


Aquí estoy, Señor, para darte ese tiempo de mi vida, que es muy poco, comparado con el tiempo que siempre tengo para trabajar, para distraerme y pasear. Es muy poco pero quiero que sea tuyo y que será el mejor de mi tiempo porque es para ti. 

Dame paz, tranquilidad. Auséntame de todas mis preocupaciones, quedarme vacía de todos los problemas y dolores que llevo en mi alma, muchas veces causados por mi equivocado proceder, y entregarme de lleno a ti. 

Desconéctame, Señor, de las cosas de mi vida que tanto amo.... quiero que tu me ayudes a encontrar esa "perla escondida" que es aprender a vivir en la humildad. 

A veces pienso, al acercarme a ti, que es el único momento en que siento mi nada, mi pequeñez, porque cuando te dejo y me voy a mis ocupaciones me parece que piso firme, que hago bien las cosas, muchas de ellas, muy bien y casi sin darme cuenta reclamo aplausos, reclamo halagos y me olvido de ser humilde, de aceptar, aunque me duela, mis limitaciones, mis errores, mis faltas y defectos de carácter, que siempre trato de disimular para que no vean mi pequeñez y cuando llega el momento de pedir perdón... ¡cómo cuesta! Qué difícil es reconocer que nos equivocamos, qué juzgamos mal, que lastimamos y rogar que nos perdonen.

Señor Jesús…
Te entrego mis manos para hacer tu trabajo.
Te entrego mis pies para seguir tu camino.
Te entrego mis ojos para ver como tú ves.
Te entrego mi lengua para hablar tus palabras.
Te entrego mi mente para que tú pienses en mí.
Te entrego mi espíritu para que tú ores en mí.

Ayúdame Señor. Amén

(oraciones-cristianas.com)















































































viernes, 8 de abril de 2022

Cantalamessa: «La gente busca pan y a menudo se les da un escorpión, palabras que no saben a Dios»


 

Este viernes tuvo lugar en el Aula Pablo VI del Vaticano la quinta y última meditación de Cuaresma dirigida por el cardenal Raniero Cantalamessa al Papa y a la Curia romana, bajo el título Os he dado ejemplo. Estas palabras de Jesús durante la Última Cena sirvieron al predicador de la Casa Pontificia para explicar en qué consiste el "servicio" en la Iglesia, y en particular el de sus pastores.

El servicio, ley fundamental

"¿De qué nos dio ejemplo?", se preguntó. El gesto del lavatorio de los pies es "una parábola en acción" con la cual Nuestro Señor quiso "resumir todo el sentido de su vida" como "servicio a los hombres". De esta forma, el servicio quedó elevado a "ley fundamental" de la Iglesia, "o, mejor, a estilo de vida y a modelo de todas las relaciones en la Iglesia".

Ahora bien, precisó, "el servicio no es, en sí mismo, una virtud", sino "una condición de vida o una forma de relacionarse con los demás", y por tanto moralmente neutra si no atendemos a las "motivaciones" y a la "actitud interior" con las que se presta: "El servicio no es una virtud, sino que brota de las virtudes y, en primer lugar, de la caridad... Es una participación y una imitación de la acción de Dios". 

El cardenal Cantalamessa predica al Papa y a la Curia.

Cristo es, evidentemente, el modelo, pues "desde el momento de la encarnación, no hizo más que descender, descender, hasta ese punto extremo, cuando le vemos de rodillas, en el acto de lavar los pies a los apóstoles". Pero hay que descender con "humildad", que es "la vía regia de parecerse a Dios e imitar a la Eucaristía en nuestra vida".

Para saber cuándo estamos sirviendo con auténtico espíritu de gratuidad y humildad, Cantalamessa propone una norma infalible: ver "cuáles son los servicios que hacemos gustosamente y los que tratamos de evitar a toda costa" y comprobar "si nuestro corazón está dispuesto a abandonar -si se nos pide- un servicio noble, que da prestigio, por uno humilde que nadie apreciará". Pues "los servicios más seguros son los que hacemos sin que nadie, ni siquiera los que lo reciben, se den cuenta".

En ese sentido, hay que evita "el apego exagerado a las propias costumbres y comodidades", porque "la regla del servicio sigue siendo siempre la misma: Cristo no buscó complacerse a sí mismo".

Advertencia a los pastores de almas

El cardenal Cantalamessa aplicó esta última regla a un caso especial, "el servicio de los pastores", con una advertencia: "El servicio de los hermanos, por importante y santo que sea, no es lo primero y no es lo esencial; primero está el servicio de Dios". 

El servicio de los pastores está hoy amenazado por "el peligro de la secularización", a saber: "Dar por descontado que todo servicio al hombre es servicio de Dios". El sacerdote debe tener claro que "no sirve a los hermanos si les presta cien o mil otros servicios, pero descuida ese único que se tiene derecho a esperar de él y que sólo él puede dar", que es el de "las cosas que conciernen a Dios".

"Hay pastores que, de hecho, han vuelto al servicio de las cantinas. Se ocupan de todo tipo de problemas materiales, económicos, administrativos, a veces incluso agrícolas que existen en sus comunidades (incluso cuando se podrían dejar perfectamente en manos de otros), y descuidan su verdadero e insustituible servicio", denunció el predicador de la Casa Pontificia.

Y esto repertute en la predicación, porque "el servicio de la Palabra requiere horas de lectura, estudio y oración. Si hay una queja general que circula hoy entre los fieles en la Iglesia, es este: la insuficiencia, el vacío, de la predicación. Muchos salen de la Misa disgustados por la homilía, secos, en lugar de enriquecidos".

"La gente busca pan y a menudo se les da un escorpión, es decir, palabras vacías y manidas, palabras que no saben a Dios", lamentó en el último tramo de esta meditación. 

(A continuación ofrecemos el texto completo de la intervención, traducido por Pablo Cervera Barranco.)

* * *

Quinta predicación de Cuaresma 2022

Cardenal Raniero Cantalamessa, OFMCap

"Os he dado ejemplo"

Nuestra meditación de hoy parte de una pregunta: ¿Por qué Juan, en el relato de la Última Cena, no habla de la institución de la Eucaristía, sino que habla, en cambio, del lavatorio de los pies? ¿Precisamente él, que había dedicado un capítulo entero de su evangelio a preparar a los discípulos para comer su carne y beber su sangre?

La razón es que en todo lo relacionado con la Pascua y la Eucaristía, Juan muestra que quiere acentuar más el acontecimiento que el sacramento, es decir, más el significado que el signo. Para él, la nueva Pascua no comienza en el Cenáculo, cuando se instituye el rito que debe conmemorarla (se sabe que la Última Cena de Juan no es una cena «pascual»); más bien, comienza en la cruz cuando se realiza el hecho que debe ser conmemorado. Es allí donde tiene lugar el tránsito de la Pascua antigua a la nueva. Por esto, subraya que a Jesús en la cruz «no le rompieron ningún hueso»: porque así estaba prescrito para el cordero pascual en el Éxodo (Jn 19,36; Ex 12,46). 

El significado del lavatorio de los pies

Es importante comprender bien el significado que tiene para Juan el gesto del lavatorio de los pies que la iglesia se dispone a recordar en la Misa del Jueves santo, junto con la institución de la Eucaristía. Nos ayuda a comprender cómo se puede hacer, de la vida, una Eucaristía y así «imitar en la vida lo que se celebra en el altar». Estamos ante uno de esos episodios (otro es el episodio de la transfixión del costado), en los que el evangelista deja entender claramente que debajo hay un misterio que va más allá del hecho contingente que podría, en sí mismo, parecer insignificante.

«Yo —dice Jesús—, os he dado ejemplo». ¿De qué nos dio ejemplo? ¿De cómo deben lavarse materialmente los pies de los hermanos cada vez que se sientan a la mesa? ¡Ciertamente no solo de esto! La respuesta está en el evangelio: «Quien quiera llegar a ser grande entre vosotros sea vuestro servidor, y quien quiera ser el primero entre vosotros sea esclavo de todos. En efecto, tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10,44-45).

En el evangelio de Lucas, precisamente en el contexto de la Última Cena, se recoge una expresión de Jesús que parece pronunciada al concluir el lavatorio de los pies: «¿Quién es más grande, quien está en la mesa o quien sirve? ¿No es acaso el que está en la mesa? Sin embargo, yo estoy entre vosotros como el que sirve» (Lc 22,27). Según el evangelista, Jesús dijo estas palabras porque había surgido una discusión entre los discípulos sobre cuál de ellos podía ser considerado el más grande (cf. Lc 22,24). Quizás fue precisamente esta circunstancia la que inspiró a Jesús el gesto del lavatorio de los pies, como una especie de parábola en acción. Mientras que los discípulos están todos decididos a discutir animadamente entre sí, él se levanta silenciosamente de la mesa, busca un recipiente con agua y una toalla, luego regresa y se arrodilla ante Pedro para lavarle los pies, arrojándolo, comprensiblemente, en la mayor confusión: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?» (Jn 13,6).

En el lavatorio de los pies, Jesús quiso como resumir todo el sentido de su vida, para que quedara bien impreso en la memoria de los discípulos y un día, cuando pudieran entender, entendieran: «Lo que yo hago ahora no lo entiendes, pero lo entenderás más tarde» (Jn 13,7). Ese gesto, colocado al final de los evangelios, nos dice que toda la vida de Jesús, desde el principio hasta el fin, fue un lavatorio de los pies, es decir, un servicio a los hombres. Fue, como dice algún exégeta, una pro­existencia, es decir, una existencia vivida en favor de los demás.

Jesús nos dio el ejemplo de una vida gastada por los demás, una vida hecha «pan partido para el mundo». Con las palabras: «Haced también vosotros como he hecho yo», Jesús instituye, por lo tanto, la diakonía, es decir, el servicio, elevándolo a ley fundamental, o, mejor, a estilo de vida y a modelo de todas las relaciones en la Iglesia. Como si dijera, también con respecto al lavatorio de los pies, lo que dijo al instituir la Eucaristía: «¡Haced esto en memoria mía!»

En este momento debo hacer una pequeña digresión antes de proseguir el discurso. Un padre antiguo, el beato Isaac de Nínive, daba este consejo a quien está obligado, por el deber, a hablar de cosas espirituales a las que aún no ha llegado con su vida: «Habla de ello —decía— como quien pertenece a la clase de los discípulos y no con autoridad, después de haber humillado tu alma y de haberte hecho más pequeño que cualquiera de tus oyentes»[1]. Este es el espíritu, Venerables padres, hermanos y hermanas, con el que me atrevo a hablaros de servicio, a vosotros que lo vivís día a día.

Recuerdo la observación en broma que nos hizo una vez el entonces Prefecto de la Congregación de la Fe, el Cardenal Franjo Seper, a los miembros de la Comisión Teológica Internacional: «Ustedes, teólogos —dijo sonriendo—, apenas habéis terminado de escribir algo inmediatamente ponéis vuestro nombre y apellido. Nosotros, en la Curia, debemos hacer todo de forma anónima». Es una cualidad del servicio evangélico que me hace admirar y agradecer los muchos siervos anónimos de la Iglesia que trabajan en la Curia Romana, en las Curias episcopales y en las Nunciaturas. 

El espíritu de servicio

Volvamos al tema. Debemos profundizar en lo que significa «servicio», para poderlo realizar en nuestra vida y no detenernos en las palabras. El servicio no es, en sí mismo, una virtud; en ningún catálogo de las virtudes o de los frutos del Espíritu, como los llama el Nuevo Testamento, se encuentra la palabra diakonía, servicio. De hecho, incluso se habla de un servicio al pecado (cf. Rom 6, 16) o a los ídolos (cf. 1 Cor 6, 9), que ciertamente no es un buen servicio. Por sí mismo, el servicio es algo neutral: indica una condición de vida, o una forma de relacionarse con los demás en el propio trabajo, un ser dependiente de los demás. Incluso puede ser algo malo, si se hace por constricción (esclavitud), o solo por interés.

Todo el mundo habla hoy de servicio; todos dicen que están en servicio: el comerciante sirve a los clientes; de cualquiera que ejerza una tarea en la sociedad, se dice que sirve, o que está de servicio. Pero es evidente que el servicio del que habla el Evangelio es otra cosa, aunque no excluye en sí mismo, ni necesariamente lo descalifica, el servicio tal como lo entiende el mundo. Toda la diferencia está en las motivaciones y en la actitud interior con la que se realiza el servicio.

Releamos el relato del lavatorio de los pies, para ver con qué espíritu lo realiza Jesús y lo que le mueve: «Después de amar a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). El servicio no es una virtud, sino que brota de las virtudes y, en primer lugar, de la caridad; más aún, es la mayor expresión del mandamiento nuevo. El servicio es una forma de manifestarse del agápe, es decir, de ese amor que «no busca su propio interés» (cf. 1 Cor 13, 5), sino el de los demás, que no está hecho de búsqueda, sino también de entrega. Es, en definitiva, una participación y una imitación de la acción de Dios que, siendo «el Bien, todo el Bien, el Bien Supremo», sólo puede amar y hacer el bien gratuitamente, no interesadamente.

Por eso, el servicio evangélico, al revés que el del mundo, no es propio del inferior, del necesitado, del que no tiene, sino que es propio, más bien, de quien posee, de quien está puesto en lo alto, de quien tiene. Mucho se le pedirá a quien mucho se le dio, mucho se le pedirá en términos de servicio (cf. Lc 12,48). Por eso, Jesús dice que, en su Iglesia, «el que gobierna» es sobre todo el que debe estar «como el que sirve» (Lc 22,26) y «el primero» es el que debe ser «el siervo de todos» (Mc 10,44). El lavatorio de los pies —decía mi profesor de exégesis en Friburgo, Ceslas Spicq— es «el sacramento de la autoridad cristiana».

Junto a la gratuidad, el servicio expresa otra gran característica del agápe divino: la humildad. Las palabras de Jesús: «Debéis lavaros los pies unos a otros» significan: debéis prestaros los unos a los otros los servicios de una caridad humilde. Caridad y humildad, juntas, forman el servicio evangélico. Jesús dijo una vez: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). Pero, si lo pensamos bien, ¿qué hizo Jesús para definirse a sí mismo como «humilde»? ¿Acaso escuchó hablar de sí de modo modesto o habló en modo descuidado sobre sí mismo? Al contrario: en el mismo episodio del lavatorio de los pies, él dice que es «Maestro y Señor» (cf. Jn 13,13).

Entonces, ¿qué hizo para definirse como «humilde»? ¡Se abajó, descendió para servir! Desde el momento de la encarnación, no hizo más que descender, descender, hasta ese punto extremo, cuando le vemos de rodillas, en el acto de lavar los pies a los apóstoles. Qué estremecimiento tuvo que correr entre los ángeles, al ver en semejante abajamiento al Hijo de Dios, sobre el cual ni siquiera se atreven a fijar su mirada (cf. 1 Pe 1,12). ¡El Creador está de rodillas frente a la criatura! «¡Enrojece, ceniza soberbia: Dios se abaja y tú te levantas!», se decía san Bernardo a sí mismo[2]. Entendida de esta manera —es decir, como un rebajarse para servir—, la humildad es verdaderamente la vía regia de parecerse a Dios e imitar a la Eucaristía en nuestra vida. «Mirad, hermanos, la humildad de Dios —exclama san Francisco— y abrid vuestros corazones ante Él; humillaos también para que Él os exalte. No guardéis nada de vosotros para vosotros mismos, para que os acoja a todos quien se da del todo a vosotros»[3]. 

Discernimiento de los espíritus

El fruto de esta meditación debería ser una revisión valiente de nuestra vida (hábitos, tareas, horas de trabajo, distribución y uso del tiempo) para ver si realmente es un servicio y si, en este servicio, hay amor y humildad. El punto fundamental es saber si servimos a los hermanos, o, por el contrario, usamos a los hermanos. Utiliza a sus hermanos e instrumentaliza quien, quizás, se desvive por los demás, pero en todo lo que hace no es desinteresado, busca, de alguna manera, la aprobación, el aplauso o la satisfacción de sentirse, en su interior, en orden y bienhechor. Sobre este punto, el Evangelio presenta las exigencias de una radicalidad extrema: «Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha» (Mt 6,3). Todo lo que se hace, conscientemente y con razón, «para ser visto por los hombres», se pierde. «Christus non sibi placuit»: ¡Cristo no buscó complacerse a sí mismo! (Rom 15,3): esta es la regla del servicio.

Para hacer el «discernimiento de los espíritus», es decir, de las intenciones que nos mueven en nuestro servicio, es útil ver cuáles son los servicios que hacemos gustosamente y los que tratamos de evitar a toda costa. Ver, además, si nuestro corazón está dispuesto a abandonar —si se nos pide— un servicio noble, que da prestigio, por uno humilde que nadie apreciará. Los servicios más seguros son los que hacemos sin que nadie, ni siquiera los que lo reciben, se den cuenta, sino sólo el Padre que ve en lo secreto. Jesús elevó a símbolo de servicio uno de los gestos más humildes conocidos en su tiempo y que se solía confiar a los esclavos: lavar los pies. San Pablo exhorta: «No aspiréis a las cosas que son demasiado altas, sino inclinaos ante las cosas humildes» (Rom 12,16).

Al espíritu de servicio se opone el deseo de dominación, el hábito de imponer a los demás la propia voluntad y la propia forma de ver o hacer las cosas. En definitiva, el autoritarismo. A menudo, quien es tiranizado por estas disposiciones no se da cuenta en lo más mínimo del sufrimiento que causa y se sorprende al ver que otros no muestran apreciar todo su «interés» y esfuerzos e incluso se sienten víctimas. Jesús dijo a sus apóstoles que fueran como «corderos en medio de lobos», pero ellos son, por el contrario, lobos en medio de corderos. Gran parte de los sufrimientos que a veces afligen a una familia o a una comunidad se debe a la existencia en ellas de algún espíritu autoritario y despótico que pisotea a otros y que, bajo el pretexto de «servir» a los demás, en realidad «esclaviza» a los demás.

¡Es muy posible que este «alguien» seamos precisamente nosotros! Si tenemos un poco de duda al respecto, sería bueno que interrogáramos sinceramente a quienes viven a nuestro lado y les diéramos la oportunidad de expresarse sin miedo. Si resulta que nosotros también le hacemos la vida difícil, con nuestro carácter, a alguien, debemos aceptar humildemente la realidad y repensar nuestro servicio.

Al espíritu de servicio también se opone, por otro lado, el apego exagerado a las propias costumbres y comodidades. En definitiva, el espíritu de flojera. No puede servir seriamente a los demás quien siempre intenta contentarse a sí mismos, quien hace un ídolo de su descanso, de su tiempo libre, de su tiempo. La regla del servicio sigue siendo siempre la misma: Cristo no buscó complacerse a sí mismo.

El servicio, hemos visto, es la virtud propia de quien preside, es lo que Jesús dejó a los pastores de la Iglesia, como su legado más querido. Todos los carismas, hemos visto, están en función del servicio; pero de modo muy especial lo está el carisma de «pastores y maestros» (cf. Ef 4,11), es decir, el carisma de la autoridad. ¡La Iglesia es «carismática» para servir y también es «jerárquica» para servir!

El servicio del Espíritu

Si para todos los cristianos servir significa «no vivir ya para sí mismos» (cf. 2 Cor 5,15), para los pastores significa: «no apacentarse a sí mismos»: «¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No deberían acaso los pastores apacentar al rebaño?» (Ez 34,2). Para el mundo, nada es más natural y justo que esto, es decir, que quien es señor (dominus) «domine», es decir, haga de dueño. Entre los discípulos de Jesús, sin embargo, «no sea así», sino que quien es señor debe servir. «No pretendemos ser dueños sobre vuestra fe —escribe san Pablo—, sino que, por el contrario, somos colaboradores de vuestra alegría» (2 Cor 1,24).

El apóstol san Pedro recomienda lo mismo a los pastores: «No dominéis a las personas que se os han confiado, sino haceos modelos del rebaño» (cf. 1 Pe 5,3). No es fácil, en el ministerio pastoral, evitar la mentalidad del dueño de la fe; muy pronto se insertó en la concepción de la autoridad. En uno de los documentos más antiguos sobre el ministerio episcopal (la Didascalia Siriaca) encontramos ya una concepción que presenta al obispo como el monarca, en cuya Iglesia nada se puede emprender, ni por los hombres ni por Dios, sin pasar por él.

Para los pastores, y en cuanto pastores, es a menudo en este punto donde se decide el problema de la conversión. ¡Qué fuertes y sinceras resuenan aquellas palabras de Jesús después del lavatorio de los pies: «Yo el Señor y el Maestro...!» Jesús «no retuvo ávidamente el ser igual a Dios» (Flp 2,6), es decir, no tuvo miedo de comprometer su dignidad divina, de favorecer la falta de respeto por parte de los hombres, despojándose de sus privilegios y mostrándose al exterior como un hombre en medio de los demás hombres («semejante a los hombres»). Jesús vivió de modo sencillo; la sencillez fue siempre el principio y el signo de una verdadera vuelta al Evangelio. Es necesario imitar el obrar de Dios. No hay nada — escribe Tertuliano— que caracterice mejor el obrar de Dios, que el contraste entre la sencillez de los medios y las formas externas con que trabaja y la grandiosidad de los efectos espirituales que obtiene[4]. El mundo necesita grandes aparatos para actuar e impresionar; Dios no.

Hubo un tiempo en que la dignidad de los obispos se expresaba con insignias, títulos, castillos, ejércitos. Eran, como se suele decir, obispos-príncipes, pero bastante más príncipes que obispos. La Iglesia vive hoy, en este punto, una época que, en comparación, nos parece dorada. Conocí a un obispo hace muchos años que encontraba natural pasar cada semana unas horas en un asilo de ancianos, para ayudar a los ancianos a vestirse y a comer. Había tomado a la letra el lavatorio de los pies. Yo mismo debo decir que he recibido de algunos prelados los mejores ejemplos de sencillez de mi vida.

Sin embargo, es necesario preservar, también en este punto, una gran libertad evangélica. La sencillez exige que no nos pongamos por encima de los demás, pero tampoco siempre y obstinadamente por debajo, para mantener, de una forma u otra, las distancias, sino que aceptemos, en las cosas ordinarias de la vida, ser como los demás. Hay personas —señala Manzoni agudamente— que tienen tanta humildad como necesitan para ponerse por debajo de las buenas personas, pero no para estar en igualdad de condiciones con ellas[5].

A veces, el mejor servicio no consiste en servir, sino en dejarse servir, como Jesús que, en ocasiones, también sabía sentarse a la mesa y dejarse lavar los pies (cf. Lc 7,38) y que aceptaba de buen grado los servicios que algunas mujeres generosas y afectuosas le prestaban durante sus viajes (cf. Lc 8,2-3).

Hay otra cosa que es necesario decir sobre el servicio de los pastores, y es esta: el servicio de los hermanos, por importante y santo que sea, no es lo primero y no es lo esencial; primero está el servicio de Dios. Jesús es ante todo el «Siervo de Yahvé» y luego también el siervo de los hombres. Él les recuerda esto a sus propios padres, diciendo: «¿No sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?» (Lc 2,49). No dudaba en decepcionar a las multitudes, que acudían a escucharle y a ser sanados, dejándolas de repente, para retirarse a lugares solitarios a orar (cf. Lc 5,16).

Incluso el servicio evangélico está amenazado hoy por el peligro de la secularización. Es demasiado fácil dar por descontado que todo servicio al hombre es servicio de Dios. San Pablo habla de un servicio del Espíritu (diakonía neumatos) (2 Cor 3,8), al que están destinados los ministros del Nuevo Testamento. ¡El espíritu de servicio debe expresarse, en los pastores, a través del servicio del Espíritu!

Quien, como el sacerdote, es llamado, por vocación, a este servicio «espiritual», no sirve a los hermanos si les presta cien o mil otros servicios, pero descuida ese único que se tiene derecho a esperar de él y que sólo él puede dar. Está escrito que el sacerdote «está constituido para el bien de los hombres en las cosas que conciernen a Dios» (Heb 5,1). Cuando este problema surgió por primera vez en la Iglesia, Pedro lo resolvió diciendo: «No es justo que descuidemos la palabra de Dios para el servicio de las mesas... Nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra» (Hch 6,2-4).

Hay pastores que, de hecho, han vuelto al servicio de las cantinas. Se ocupan de todo tipo de problemas materiales, económicos, administrativos, a veces incluso agrícolas que existen en sus comunidades (incluso cuando se podrían dejar perfectamente en manos de otros), y descuidan su verdadero e insustituible servicio. El servicio de la Palabra requiere horas de lectura, estudio y oración. Si hay una queja general que circula hoy entre los fieles en la Iglesia, es este: la insuficiencia, el vacío, de la predicación. Muchos salen de la Misa disgustados por la homilía, secos, en lugar de enriquecidos. Debe repetirse con Isaías: «Los miserables y los pobres buscan agua, pero no hay» (Is 41,17). La gente busca pan y a menudo se les da un escorpión, es decir, palabras vacías y manidas, palabras que no saben a Dios.

Inmediatamente después de explicar a los apóstoles el significado del lavatorio de los pies, Jesús les dijo: «Conociendo estas cosas seréis bendecidos si las ponéis en práctica» (Jn 13,17). Nosotros también seremos bendecidos, si no nos contentamos con saber estas cosas —es decir, que la Eucaristía nos impulsa a servir y compartir—, sino que las ponemos en práctica, a ser posible a partir de hoy. La Eucaristía no es sólo un misterio para ser consagrado, para ser recibido y adorado, sino también un misterio para ser imitado.

Nos disponemos a conmemorar el acontecimiento cuyo sacramento es la Eucaristía. Muchos ritos llenarán la Semana Santa, pero el culmen de todo será la Eucaristía pascual cuando el Resucitado se haga presente entre nosotros, gritando a su Padre y a su Iglesia: «¡He resucitado y siempre estoy contigo!». Resurrexi et adhuc tecum sum! Él está espiritualmente presente siempre y en todas partes del mundo, pero está presente también realmente entre nosotros, con su cuerpo verdadero y su sangre verdadera, gracias al sacramento de la Eucaristía que nos ha dejado como signo de alianza eterna.

ReL
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Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco.

[1] San Isaac de Nínive, Discursos ascéticos, 4 (Cittá Nuova, Roma 1984) 89.
[2] Bernardo, Alabanzas a la Virgen, I, 8.
[3] Francisco de Asís, Carta al Capítulo General, 2: FF 221.
[4] Cf. Tertuliano, De baptismo, 1: CCL I, 277.
[5] Cf A. Manzoni, Los novios, cap. 38 (Rialp, Madrid 2020).