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viernes, 14 de septiembre de 2018

Cómo hacer para que tus hijos más movidos sean apacibles

¿Son guerreros y activos, artistas, pensadores, sensibles y reflexivos? Todos, en cualquier caso, pueden crecer como personas que buscan y fomentan la paz. 

¿Es misión imposible? En absoluto. Hablar de que una persona es apacible no implica que ya peine canas. Como todas las virtudes y los valores, la apacibilidad es algo que crece con nosotros desde pequeño si la ejercitamos. Y no aparece por generación espontánea.
Es cierto que algunas personas son de natural más afable, tienden a escuchar a los demás y son más serenos y tranquilos que otros. Pero la apacibilidad es un valor que se puede trabajar y que conviene hacerlo ya desde que el niño es un bebé. Cuando llora porque se le retira un juguete o cuando se enfurruña porque no se le hace caso, aquel hijo está pidiendo ya a sus papás que le enseñen a ser apacible.

Una persona “apacible” es la que “busca la paz”

Jesús elogia enormemente este valor (la virtud) hasta el punto de incluirla en las Bienaventuranzas: “Dichosos los que procuran la paz, porque se llamarán hijos de Dios”. Buscar la paz puede implicar, en determinados momentos de nuestra vida, mucha lucha.
Ser apacible está relacionado con gozar de un estado de tranquilidad interior. Hay gente que da paz. Acudes a ellos con agitación, con preocupaciones, con un caos interno… y uno sale reconfortado, con la chispa de luz para salir de aquella maroma.


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Ser apacible implica haber renunciado al poder sobre otras personas. Eso se transforma en servicio y en autoridad moral.
Ser apacible implica olvidar los miedos personales y lanzarse a actuar si es por el bien de los demás. Una persona afable vence la timidez y la vanidad.
Ser apacible es saber mediar en un conflicto sin estar interesado en encontrar culpables sino en dar con la solución. No es entretenerse en poner el dedo en la llaga ni levantar ampollas ni agitar los ánimos. Es emplearse a fondo para que todos ganen.
Ser apacible es trabajar con conciencia de que formamos parte de la familia humana. Partimos de la paz en el corazón y queremos esa misma paz para los demás.
Ser apacible significa que estamos dispuestos a pisotear nuestro egoísmo y nuestro yo.



¿Los niños notan si viven en una familia apacible?

Sí. Los niños tienen una especial sensibilidad para detectar si hay buena sintonía en la familia, si sus padres se quieren, si alguien sufre o está intranquilo. Y son como esponjas: absorben lo que ven.
A no ser que haya un problema que requiera tratamiento terapéutico, un niño está en perfectas disposiciones de aprender a ser apacible, tanto si es un angelito como si es un destructor nato.
Lo importante es distinguir el bien del mal. El niño sabe que está llamado a actuar bien y a evitar el mal, por su condición humana.
La familia le ayudará a hacerlo, le puede proponer modelos, facilitar que haga los encargos…
Es importante que para que un niño sea apacible se le facilite que tenga el corazón libre de problemas y preocupaciones. Así podrá comenzar a entrar en su propia interioridad: reflexionará, rezará, pensará y sacará sus propias conclusiones a su nivel…


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La apacibilidad hará que el niño comprenda que no todo el mundo es como él ni pretende las mismas cosas que él, pero ha de respetarlo. Verá también a otros compañeros de distinta raza, religión o procedencia y sabrá gestionar la diferencia sin que le cause problemas a la hora de jugar, estudiar o convivir.

Momentos en que el niño puede practicar la apacibilidad

Que tenga sus momentos de silencio y reflexión. Que disponga de lectura adecuada: un libro de aforismos, libros de espiritualidad adecuados a su edad, cuentos con mensaje educativo…
En casa y en el cole, que aprenda a hablar con suavidad. Que aparque los gritos, que son más propios del juego y la diversión.
En momentos de tensión con los hermanos, que sepa escuchar antes de hablar.
Que evite pegar a nadie. Que la violencia física no entre en su catálogo de opciones.
Que se pregunte cómo ayudar a los más indefensos o a las personas que necesitan a alguien.
Que no responda a la provocación de otros.
 Dolors Massot, Aleteia


















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