Entre despedidas históricas, una elección papal y gestos de diálogo con el mundo, la Iglesia vivió un año decisivo desde el corazón de Roma
El 2025 quedará en la memoria de la Iglesia como un año intenso y profundamente simbólico. Desde el Vaticano, la fe católica atravesó el dolor de una pérdida, la expectativa de un nuevo comienzo y renovados gestos de apertura al mundo. Veamos qué hechos marcaron a la Iglesia universal durante 2025.
Mientras el ritmo de los meses se repite, el Señor nos
invita a renovar nuestro tiempo, inaugurando finalmente una época de paz y
amistad entre todos los pueblos. Sin este deseo de bien, no tendría sentido
girar las páginas del calendario y llenar nuestras agendas.
El Jubileo, que está por concluir, nos ha enseñado cómo
cultivar la esperanza de un mundo nuevo: convirtiendo el corazón a Dios, para
poder transformar los agravios en perdón, el dolor en consolación y los
propósitos de virtud en obras buenas. De hecho, es con este estilo que Dios
mismo habita la historia y la rescata del olvido, dando al mundo al Redentor:
Jesús. Él es el Hijo Unigénito que se hace nuestro hermano e ilumina las
conciencias de buena voluntad, para que podamos construir el futuro como casa acogedora
para todo hombre y toda mujer que nace.
En este sentido, la fiesta de Navidad lleva hoy nuestra
mirada a María, que fue la primera en sentir palpitar el corazón de Cristo. En
el silencio de su seno virginal, el Verbo de la vida se anuncia como latido de
gracia.
Dios, creador bueno, conoce desde siempre el corazón de
María y el nuestro. Haciéndose hombre, Él nos da a conocer el suyo; por eso el
corazón de Jesús late por todo hombre y toda mujer. Por el que está dispuesto a
acogerlo, como los pastores, y por el que no lo quiere, como Herodes. Su
corazón no es indiferente ante quien no tiene corazón para el prójimo: palpita
por los justos, para que perseveren en su entrega; y por los injustos, para que
cambien de vida y encuentren paz.
El Salvador viene al mundo naciendo de una mujer;
detengámonos a adorar este acontecimiento, que resplandece en María Santísima y
se refleja en cada recién nacido, revelando la imagen divina impresa en nuestro
cuerpo.
En esta Jornada oremos todos juntos por la paz; sobre todo
entre las naciones ensangrentadas por conflictos y miseria, pero también en
nuestras casas, en las familias heridas por la violencia y el dolor. Con la
certeza de que Cristo, nuestra esperanza, es el sol de justicia que nunca
declina, supliquemos confiados la intercesión de María, Madre de Dios y Madre
de la Iglesia.
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Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
Saludo con afecto a todos ustedes, reunidos en la Plaza de
San Pedro en este primer día del año. ¡Mis mejores deseos de paz y de todo
bien! Correspondo con viva gratitud los buenos deseos del Presidente de la
República Italiana, Sergio Mattarella.
Desde el 1 de enero de 1968, por voluntad del Papa san Pablo
VI, se celebra hoy la Jornada Mundial de la Paz. En mi Mensaje, he querido
retomar el saludo que el Señor me sugirió al llamarme a este servicio: «¡La paz
esté con todos ustedes!». Una paz desarmada y desarmante, que proviene de Dios,
don de su amor incondicional, que ha sido confiado a nuestra responsabilidad.
Queridos amigos, con la gracia de Cristo, comencemos desde
hoy a construir un año de paz, desarmando nuestros corazones y absteniéndonos
de toda violencia.
Expreso mi aprecio por las innumerables iniciativas
promovidas con ocasión de esta Jornada en todo el mundo. En particular,
recuerdo la Marcha nacional que se tuvo lugar anoche en Catania y saludo a los
participantes en la que organiza hoy la Comunidad de Sant’Egidio.
Saludo también al grupo de estudiantes y docentes de
Richland, Nueva Jersey, y a todos los romanos y peregrinos presentes.
Al comienzo de este año, en el que se conmemora el octavo
centenario de la muerte de san Francisco, quisiera hacer llegar a cada persona
su bendición, tomada de la Sagrada Escritura: «El Señor te bendiga y te guarde;
haga resplandecer su rostro sobre ti y tenga misericordia de ti; vuelva hacia
ti su mirada y te conceda la paz».
Que la santa Madre de Dios nos guíe en el camino del nuevo
año. Muchas felicidades a todos.
Habla en estos términos a Aarón y a sus hijos: Así bendecirán a los israelitas. Ustedes les dirán:
Que el Señor te bendiga y te proteja.
Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te muestre su gracia.
Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz.
Que ellos invoquen mi Nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré.
Salmo 67(66),2-3.5.6.8.
¡Que los pueblos te den gracias, Señor!
El Señor tenga piedad y nos bendiga,
haga brillar su rostro sobre nosotros,
para que en la tierra se reconozca su dominio,
y su victoria entre las naciones.
Que canten de alegría las naciones,
porque gobiernas a los pueblos con justicia
y guías a las naciones de la tierra.
¡Que los pueblos te den gracias, Señor,
que todos los pueblos te den gracias!
Que Dios nos bendiga,
y lo teman todos los confines de la tierra.
Carta de San Pablo a los Gálatas 4,4-7.
Hermanos:
Cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la Ley,
para redimir a los que estaban sometidos a la Ley y hacernos hijos adoptivos.
Y la prueba de que ustedes son hijos, es que Dios infundió en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo" ¡Abba!, es decir, ¡Padre!
Así, ya no eres más esclavo, sino hijo, y por lo tanto, heredero por la gracia de Dios.
Evangelio según San Lucas 2,16-21.
Los pastores fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre.
Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño,
y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores.
Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón.
Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido.
Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño y se le puso el nombre de Jesús, nombre que le había sido dado por el Angel antes de su concepción.
Si el Apóstol, servidor de Cristo, sigue engendrando a sus hijos por su solicitud y su ardiente deseo, hasta que Cristo sea formado en ellos (cf. Gal 4,19), ¡cuánto más eso es cierto de la madre de Cristo! Pablo los ha engendrado al predicar la Palabra que los regeneraba. María lo hizo en forma mucho más santa y divina, engendrando a la misma Palabra. Alabo en Pablo el misterio de la predicación, pero admiro y venero más aún en María el misterio de la generación.
De su parte, los hijos reconocen a su Madre. Por una especie de instinto natural inspirado por la fe, recurren espontáneamente e irresistiblemente a la invocación de su nombre en todas las necesidades y todos los peligros, como niños que se echan en los brazos de su madre.
Por eso, no creo que sea absurdo pensar que de esos niños habla el profeta cuando hace esta promesa: “Tus hijos habitarán en ti” (cf. Is 62,5), sin perder de vista que esta profecía se puede aplicar a la Iglesia. Desde ahora habitamos al abrigo de la Madre del Altísimo, descansamos bajo su protección, a la sombra de sus alas. Más tarde compartiremos su gloria y estaremos en la tibieza de su seno. Entonces resonará el grito unánime de los hijos alabando a su madre “De todos nosotros que estamos en la alegría, tú eres nuestra morada” (cf. Sal 86,7). (EDD)
Reflexión sobre el cuadro
Debido a que la Navidad vuelve cada año, siempre existe el peligro de
que su misterio se vuelva demasiado familiar, en lugar de sorprendernos.
Lo que una vez conmocionó al mundo puede comenzar a parecer predecible.
Sin embargo, en este día de Año Nuevo, celebramos a María como Madre de
Dios, como el último día de la octava de Navidad. María no pasa por alto
lo que ha sucedido. Se detiene. Está asombrada por lo que ha sucedido.
Como escribe Lucas: "María atesoraba todas estas cosas,
meditándolas en su corazón".". Se nos muestra como una
mujer contemplativa, atenta a las maravillas que Dios ha obrado a través
de ella.
Las palabras de los pastores, que le traen el primer anuncio del
Evangelio, conmueven a María. Repiten lo que los ángeles habían
anunciado: que en la ciudad de David ha nacido un Salvador, Cristo el
Señor. María atesora esta buena noticia en su corazón. Al comenzar un
nuevo año, esta fiesta nos invita a elegir el camino de María: recibir la
Buena Nueva con renovado asombro en lugar de con rutina; meditarla en
lugar de pasarla por alto. Hoy es el día de Año Nuevo, un momento en el
que hablamos de propósitos. Y qué mejor propósito podríamos hacer que
adoptar la postura de María ante los Evangelios que escucharemos durante
el próximo año: leerlos y escucharlos con renovado entusiasmo.
¿Qué mejor imagen para comenzar un nuevo año que la luminosa
Adoración de los pastores de Gerrit van Honthorst? Pintada en 1622, María
y su Hijo se encuentran en el centro mismo de la luz y la esperanza. Eso
es todo lo que necesitamos en este año que comienza: un poco de luz y
esperanza. Van Honthorst, un artista holandés que pasó sus años de
formación en Roma y se hizo conocido como Gherardo delle Notti (“Gerardo
de la Noche”), estuvo profundamente influenciado por el dramático uso del
claroscuro de Caravaggio, pintando escenas en las que la oscuridad es
atravesada por una luz repentina. Aquí, el propio Niño Jesús se convierte
en la fuente de iluminación, proyectando un cálido resplandor que ilumina
el rostro tierno y contemplativo de María y saca a los pastores de las
sombras. Se nos invita a arrodillarnos con ellos, a mirar de cerca y a
reconocer que Dios ha elegido entrar en nuestro mundo no con fuerza, sino
con vulnerabilidad.
by Padre Patrick van der Vorst
Oración
Oremos: Te suplicamos, Señor, que derrames tu gracia en nuestras almas, para que los que hemos conocido, por el anuncio del ángel, la Encarnación de tu Hijo Jesucristo, Nuestro Señor, seamos llevados por los méritos de su Pasión y Cruz a la Gloria de su Resurrección. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.